PHIL SPECTOR Y THE RIGHTEOUS BROTHERS

11 Junio 2009

THE RIGHTEOUS BROTHERS: YOU’VE LOST THAT LOVIN’ FEELIN’ (1964)

Es un tema que comienza discretamente con el bajo barítono de la voz de Bill Medley, el único sobreviviente del dúo.

Al respecto, declaró alguna vez:

“Era demasiado lento, demasiado largo y justo en la época de The Beatles y la invasión británica.”

Duraba 3’45’’, excediendo así el formato radial de la época, pero el productor Spector se negó a recortar la canción.

Conforme aparece la pegajosa y bonita melodía, se va desarrollando una serie de ideas musicales interesantísimas por su carácter acumulativo y creciente.

(En el coro femenino de fondo se encontraba la cantante Cher.)

Es la única canción que ha estado tres veces entre las Primeras 10 del Reino Unido: en 1965 y en sus reediciones de 1969 y 1990 (tercer puesto en este último año).

Eran los primeros tiempos de la televisión.

Es decir, la humanidad podía seguir masivamente por primera vez en su historia los movimientos y voces de personas que se hallaban –en el mismo momento- en otro lugar.

Y que hablaban de amor y sentimientos abiertamente, además. (Eso hacía parte del furor y la histeria que se puede percibir en la grabación.)

Ese carácter ingenuo y timidón pero altamente genuino que acaso se ha perdido para siempre.

You’ve lost that lovin’ feelin’ fue producido por el mítico Phil Spector (The Bronx, 1940), creador del ‘muro de sonido’ (wall of sound), hoy en prisión por asesinato.

THE RIGHTEOUS BROTHERS: YOU’VE LOST THAT LOVIN’ FEELIN’ (1964)

Aunque solo se trata del audio de esta canción, esta grabación es más clara e incluye la letra.

Estamos en los albores del pop.

Los Righteous Brothers, Bill Medley (Santa Ana, California, 1940) y Bobby Hatfield (Wisconsin, 1940-Kalamazoo, 2003), no eran hermanos.

Se habían juntado en 1962 para cantar espirituales, los antecedentes musicales del gospel.

El productor Phil Spector -y coautor del tema-, se interesó por sus capacidades vocales, las arropó con magníficos y discretos coros, percusión apagada pero diversa, y una variada instrumentación de carácter sinfónico.

You’ve lost that lovin’ feelin’ ocupó el primer lugar en las listas de EEUU, del Reino Unido y de otros países más a pesar del escepticismo general inicial de sus hacedores.

Se trata de un ejemplo típico del Wall of Sound, el muro de sonido, por el que Phil Spector –cumpliendo condena por asesinato- se haría inmortal musicalmente.

En 1999 la Broadcast Music Inc. anunció que se trataba de la canción más reproducida del siglo XX y figura en el puesto 34 de las 500 mejores canciones de todos los tiempos de la revista Rolling Stone.

THE RIGHTEOUS BROTHERS (1965): UNCHAINED MELODY (1955)

Solo el mismo año, Les Baxters con una versión para orquesta (Nº2), Al Hibbler (Nº3), Jimmy Young (Nº1 en el Reino Unido), Roy Hamilton (Nº6) y June Valli alcanzaron todos ellos los primeros puestos de las listas del Billboard en EEUU y de muchos otros países con este tema.

Entiéndase bien: varios artistas diferentes llegaron a los primeros puestos de las listas con la misma canción en el mismo año de 1955.

Harry Belafonte la cantó al ser premiada como la canción más original del año y el 26 de junio de 1977 Elvis Presley la presentó en su último concierto en Indianápolis seis semanas antes de morir.

Con la película Ghost (1990) volvió a las listas y se dice que es la canción con más versiones (500) de la historia de la música.

Fue otro de los temas producidos por el excéntrico e histórico Phil Spector para los Righteous Brothers en 1965 (en realidad es un solo de Bobby Hatfield) y uno de los más reproducidos del siglo XX.

Curiosamente, Unchained melody fue el tema musical de la película carcelaria Unchained (1955) basada en la novela Prisoners are people de Kenyon J. Scudder.

Sus autores (música de Alex North, letra de Hy Zaret) le pidieron a Todd Duncan que la cantara como tema de la película, iniciando así una de las carreras más exitosas de la historia musical.

Como ironía del destino queda el hecho de que, probablemente, el productor que más hizo por su popularidad como canción al encargársela a los Righteous Brothers, no llegue a salir vivo de prisión.

(Unchained significa ‘sin cadenas’ o ‘desencadenado’).

Phil Spector (The Bronx, 1940) acaba de ser condenado a 19 años de prisión por el asesinato de la actriz Lana Clarkson en el 2003.

$ …..HjorgeV 11-06-2009


PAUL AUSTER: EXPERIMENTOS CON LA VERDAD

9 Junio 2009

Es un libro de tapa amarilla que compré con cierto tremor en uno de mis pasajes por España.

En la portada aparece una especie de bandera cuadrangular deportiva dividida diagonalmente en tres.

La banda central muestra una fotografía parcial –también diagonal- del rostro de Paul Auster como quien ha tenido que sacar una tira de papel de encima rasgando los bordes para conseguir descubrir la imagen.

Auster es un autor que me fascinó de manera tremenda y misteriosa allá a finales de los años 80 cuando recién acababa de salir de mi país y no tenía mayor idea de qué iría a ser de mi vida en este país.

De allí el tremor que menciono al comienzo.

Ese temblor (ante obras de arte, ciertos sucesos o personas) que sin ser temor, nos anuncia experiencias singulares y profundas.

Esta es la cuarta o quinta vez que leo este libro, Experimentos con la verdad (2001, Anagrama, traducciones de Damián Alou, María Eugenia Ciochinni y Justo Navarro).

No solo no lo he sentido repetitivo o releído, al contrario, me ha llevado a aprender y descubrir nuevas cosas y reconocer otras perspectivas que había pasado por alto en las lecturas anteriores.

(Lo recomiendo por eso como un verdadero libro de cabecera. De esos que uno nunca se puede cansar de leer ni consultar.)

Recuerdo la lectura estremecedora de su obra más famosa, La trilogía de Nueva York, allá a finales de los años ochenta.

Esa forma de contar las cosas, haciendo compartir misterio y una visión borrosa y desenfocada del mundo (marca casi inconfundible para mí de la prosa austeriana) como si se tratara de una cualidad inmanente no intercambiable del universo.

Y no un defecto del observador.

Este Experimentos con la verdad es un libro heterogéneo (figura bajo ‘ensayos’) en su contenido.

Son notas de viaje (de la vida considerada como tal); ensayos y entrevistas en un objeto de poco más de 200 páginas.

En la primera parte –y que presta su título al libro- el escritor que de niño pensó convertirse en rabino, recoge sucesos verídicos que habían dejado una huella imborrable en su memoria.

Y esta huella, al ser relatada, sorprende al lector por su capacidad para abrir más ventanas de conocimiento (y desconocimiento: el simple desconcierto ante la vida) y añadir más luz al escenario y los personajes estudiados.

He leído este libro de Auster varias veces, lo repito.

Lo tomé ayer más o menos de casualidad del estante acristalado de mi dormitorio, mi particular estación de servicio.

Lo tomé porque no encontraba la novela de John Le Carré, El jardinero fiel (2000), que (también) había empezado a releer.

Tras empezar la lectura de Experimentos tuve una extraña sensación.

¿Cuántas veces había leído este libro y, sin embargo, estaba sintiendo como si lo hiciera por primera vez?

Me hice esta pregunta con preocupación.

Pensé en el desgaste de la memoria o de mis otras facultades mentales.

(No se pasa la línea de los cuarenta sin consecuencias patentes, quedan avisados todos los jóvenes y jóvenas que por alguna razón improbable estén leyendo estas líneas.)

Apenas dos años atrás, me había demostrado ser capaz de emprender una nueva aventura profesional al trabajar como traductor e intérprete para la que entonces era la empresa de cemento más grande del mundo.

Había tenido que aprenderme de memoria cientos de palabras técnicas y mantenerme alerta para saber cómo reaccionar ante unas dos mil más en apenas tres semanas.

Había traducido simultáneamente al alemán y al castellano a conferencistas que se expresaban en inglés y en castellano indistintamente y ello en un terreno que al comenzar el trabajo no conocía para nada.

Sudando frío y con mucha, mucha suerte, pasé la prueba.

¿Y ahora tenía problemas de memoria con un libro, (relativamente delgado además?

¿Qué se habían hecho todas las lecturas anteriores?

¿Se habían fugado de mi mente?

Claro, recordaba muchos de los temas tratados, ciertos pasajes y situaciones descritas.

Pero la escritura misma, el tren de palabras como vagones que recién una vez puestos uno detrás de otro dan sentido al convoy y su ruta, era algo que no podía reconocer más allá de tener la certeza que se trataba de la prosa de Paul Auster.

Y hete aquí -aquí hete- que, terminando el libro, el mismo autor ha venido en mi ayuda con la siguiente frase que había pasado por alto anteriormente:

«En mis libros, siempre intento dejar suficiente espacio en la prosa para que el lector la habite; porque en definitiva creo que es el lector, y no el autor, quien escribe el libro.»

He repetido y repito hasta el cansancio que un libro tiene tantas lecturas como lectores tiene.

Y que cada lector hace diferentes lecturas de un mismo libro en circunstancias y épocas diferentes de su vida. Eso es algo que todos experimentamos pero que muy pocos reconocen y saben aceptar.

De allí estas líneas.

Un homenaje a la Relectura como placer y experiencia vital.

Y un homenaje a ese mago literario que es Paul Auster.

(Hay un Auster diferente que -por razones que desconocemos- nos espera en cada nueva lectura de sus obras.)

A pesar de haber aprendido que muchas veces es mejor regalar un libro que mantenerlo como adorno en alguno de nuestros estantes sin que nunca más lo volvamos a tocar (si nos apetece volver a leerlo podemos pasar por la hermosa fase de pensar en él y tratar de conseguirlo, ¿no?), Experimentos con la verdad ya ha pasado a formar parte de mi diminuta colección de libros que releo con pasión cada cierto tiempo como si los leyera por primera vez y de la que no pienso separarme.

Termino rescatando una frase de esta obra que el autor menciona a propósito de una carta falsificada (que debió formar parte de la correspondencia entre algún lector y otro que lo embaucaba haciéndose pasar por Auster), de la cual nunca ha querido deshacerse:

«Quizá la conservo como un monumento a mi propia locura. Quizá sea el medio de recordarme que no sé nada, que el mundo en el que vivo no dejará nunca de escapárseme.»

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HjorgeV 09-06-2009


RETORNO (Poema)

7 Junio 2009

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Retorno con entusiasmo matutino a

tu mano pan

…..

boca tiene también sus días en que es un huracán

y otros que es huraña y desconoce al

hombre

…..

pero aquí sigo, continúo

levanto mi bandera y bostezo

porque a la vuelta del horario vendrá el

diario de la mañana y a la vuelta más larga

del minutero la rutina del más allá

el tic tac del trabajo

socavando como una bomba austera las

heridas rumiantes

…..

retomo con entusiasmo todo

esto

solo porque tengo familia y es matutino

el pan que

me da tu mano

…..

Aunque también sé que es aire la luz

…..

Y eterno el pedido

De justicia

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HjorgeV 07-06-2009


EINSTEIN Y UN ENFERMO DE LA RED

5 Junio 2009

-No puedo más, hermano –me dijo.

Tenía los ojos rojos y la posición de sus hombros era la de un hombre derrotado.

-Tenías un buen trabajo, me contaste. ¿Lo perdiste?

-Es a lo único que me aferro –me respondió, dándole la espalda a su escritorio.

Tenía la computadora encendida (él la llama ordenador) y de cuando en cuando se volteaba para abrir una nueva página a la que solo le podía echar un vistazo desganado debido a nuestra conversación.

Me había contado que su nuevo trabajo consistía en confeccionar textos para libros escolares. Al comienzo se había entusiasmado con él.

Su gran sueño era escribir una novela, o, mejor dicho, terminar de escribir alguna, porque había escrito varias a lo largo de sus poco más de treinta años de vida y todos los intentos habían terminado en la papelera.

-¿Cuál es tu problema? –le pregunté-. Déjame serte franco, tienes el aspecto de estar endrogado con algo.

-Estoy enfermo de la Red, hermano.

-¿Juegas?

-Bueno fuera. Tal vez así podría obtener algún beneficio económico de mi vicio.

Le pregunté cuál era su vicio. No podía imaginármelo. ¿Sexo a la distancia?

-¿Te acuerdas que te contaba que cuando mi abuela descubrió la televisión poco antes de morirse después nunca más abandonó su sillón favorito?

Algo así recordaba vagamente.

Que la madre de su madre se había marchitado frente a la caja tonta, esas habían sido más o menos sus palabras. Creí intuir adónde quería llegar.

-¿Y tu novela? –traté de animarlo-. Me contaste que la habías empezado y que habías empezado a hacer varias versiones.

Me había contado un par de años atrás que las nuevas posibilidades tecnológicas (la corrección automática del texto, el cambio de formato casi instantáneo y la posibilidad de poder ver lo escrito en cualquier tamaño y tipo de letra) lo habían entusiasmado y que la creación se había convertido en algo verdaderamente liberador para él.

-Me siento durante horas frente a la pantalla y no atino a hacer otra cosa más que zapear por la Red.

-Le pasa a todos. Muchas compañías están considerando seriamente restringir el uso de la Red para sus empleados.

-Lo mío es peor. Empiezo revisando mi correo y luego paso a las noticias del día. Cuando menos me doy cuenta, ya me he pasado cuatro horas frente al ordenador.

-Me ha sucedido alguna vez –traté de consolarlo-. Pero no tan drásticamente.

-Me sucede a diario, Jorge. No tengo quien me controle. Ese es mi gran problema. ¿Te acuerdas que lo primero que me gustó de mi nuevo trabajo era que no tenía que salir de casa ni rendirle cuentas a nadie? Ahora preferiría tener a alguien controlándome por encima del hombro. Hablo en serio.

-Lo dices por decir, vamos.

No sabía cómo reaccionar, qué decirle, cómo animarlo.

-¿Y cómo haces para entregar tus trabajos? –le pregunté, con preocupación-. ¿Los terminas?

-¿Los textos para los libros escolares?

Se levantó de su sillón giratorio, empezando a sonreír tristemente.

Su departamento era un caos casi insoportable para el visitante. Él parecía no poder percibir más la realidad a su alrededor. O tal vez era la confianza que me tenía. Había cajas para pizza por todas partes, latas y botellas vacías colocadas con cierto esmero absurdo junto a la pared desde la entrada hasta su habitación principal.

Siempre había sido un desordenado del carajo, como él mismo solía anunciarse cada vez que recibía a un visitante nuevo en su departamento, pero ahora, con el paso a la vida adulta, todo se había vuelto más patético, más pronunciado en su conducta.

“Lo que se perdona en los niños, se condena amargamente en los adultos”, me había dicho una vez tratando de justificarse al respecto.

-No me digas que estás a punto de perder el trabajo –le dije, casi con piedad.

Me encontraba sentado sobre uno de los brazos de lo que alguna vez había sido un sillón y ahora era una especie de objeto de arte: una instalación que abarcaba desde libros hasta prendas de vestir, pasando por envases vacíos de comestibles, tazas y vasos vacíos y un par de zapatos sin pareja.

-Cortado y pegado. A eso me dedico. Así de sencillo –respondió a mi interés, cuando ya me había olvidado qué le había dicho-. Me pongo a buscar textos, los corto, los adapto y luego los pego.

-Ya.

Me ofreció un poco de vino, pero no se lo acepté.

Después me acompañó hasta la puerta, al abrirla dejó caer un par de botellas vacías que había colocado con esmero demasiado cerca de ella.

-No vuelvas a visitarme, por favor –me dijo, empujando con un pie las botellas caídas hacia un lado.

Sonreí.

Nos conocíamos hacía mucho tiempo y eso solo podía ser una broma de su parte, aunque lo había expresado con absoluta seriedad.

-Tú fuiste el que me invitaste -me apresuré a defenderme.

-Quiero decir que no se te ocurra venir sin que te lo haya pedido.

Le pregunté si era una broma, poniéndome a calcular cuánto tiempo nos conocíamos ya.

-Claro que es una broma –me dijo él, sin sonreír-. Estoy atravesando una grave crisis.

Recordé unos pensamientos atribuidos a Alberto Unapiedra, la traducción del alemán del nombre de Albert Einstein. Le rogué que me permitiera usar su computadora.

Leímos juntos, después de encontrar lo buscado:

Wir können nicht davon ausgehen, dass sich Dinge verändern, wenn wir immer dasselbe tun.

Eine Krise iste der größte Segen, der einer Person oder einem Land passieren kann, denn sie bringt immer Fortschritt. Die Kreativität entsteht aus der Panik, genau so wie der Tag auf die Dunkelheit der Nacht folgt. Krisen gebären Innovationen, Erfindungsgeist und große Strategien. Wer eine Krise übersteht, überwindet sich selbst, ohne bezwungen zu werden.

-¿Sabes qué? –me dijo, tras terminar de leer el corto texto.

-Dispara.

-Hace tiempo que no hago una traducción. Creo que eso me podrá servir para airearme un poco la mente.

-Pásamela cuando la termines –le rogué por decirle algo antes de despedirme y dejarlo enfrascado en la traducción.

No podemos esperar que cambien las cosas, si siempre hacemos lo mismo.

Una crisis es la mejor bendición que le puede suceder a una persona o a un país, porque siempre trae consigo progreso.

La creatividad nace del pánico, tanto como el día sucede a la oscuridad de la noche.

Las crisis generan innovaciones, creatividad y grandes estrategias.

Quien supera una crisis, se supera a sí mismo sin sentirse forzado.

(ALBERT EINSTEIN)

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HjorgeV 05-06-2009

Nota: Existen varias versiones en castellano del mismo texto atribuido a Einstein. Un ejemplo pulsando aquí.



SERGIO BARANDIARÁN: LECCIÓN DE UN DEBUTANTE

3 Junio 2009

El cuarto viernes de cada mes procuro darme una escapada a Colonia para asistir a la velada literaria de la Tertulia La Ambulante.

Aunque el nombre me parece poco feliz, se trata de una reunión que personalmente me ha dado más de una buena sorpresa en cuestión de libros, historias, lecturas y escritores.

Para el viernes pasado se anunciaba un autor absolutamente desconocido y debutante.

Confieso que leí el nombre de la novela, Coctel Selva Negra – 18 historias de amor fronterizas, y estuve a punto de desanimarme.

Leí lo de novela fraccionada –la presentación que le hacían a su obra en la página Latinos en el mundo- y casi se me van las ganas por completo.

Finalmente, mi pareja consiguió convencerme.

Llegamos temprano a Ehrenfeld, saludamos a los conocidos de costumbre y el autor empezó su lectura.

-Voy a leer tres capítulos de mi libro –anunció, con notable nerviosismo, pero del positivo-. El primero tiene una duración de 19 minutos –completó.

Nos advirtió, más bien.

Cuando terminó de leer, fui el primero en levantar la mano para reclamar que el tiempo de lectura había sido solo de tres minutos y no de 19 como se había anunciado.

No quería halagar al autor con mi chanza.

Mejor dicho, sabía que lo estaba halagando, pero lo que me interesaba era decirlo abiertamente: me había parecido tan interesante, amena y divertida su lectura que el tiempo (como en toda buena historia) se me había pasado literalmente volando.

Luego vinieron los otros dos capítulos –el segundo era el final- y el entusiasmo que me había despertado la lectura se hizo más patente y pronunciado.

El autor es Sergio Barandiarán (Lima, 1966), un hispanoamericano (la tertulia la fundaron españoles y latinos) afincado en Alemania como muchos de nosotros.

Al final de la lectura, me levanté y me puse a aplaudir de pie.

Fui el único en hacerlo así y no me pareció malo en dos sentidos: por sentirlo realmente y porque era el único en hacerlo de pie.

¿Cuántos éramos los presentes? Apenas unas veinte o veinticinco personas.

Me fascinó su estilo diáfano y directo, el sobrio dominio del idioma, sin especiales malabarismos pero con el grado de vivacidad y magia que toda buena historia necesita para hacerte su esclavo.

En alemán existe el término Bildungsroman -’novela de aprendizaje o formacion’- para referirse a las novelas que se ocupan del desarrollo físico, moral, psicológico y social de un determinado personaje, generalmente desde su niñez.

Más que una novela de aprendizaje, Coctel Selva Negra es una novela de autodescubrimiento: la segunda adolescencia (o tercera o cuarta) que  los libros de psicología aún no consideran.

Y que muchas veces nos llega para poner en entredicho todo lo que creíamos aprendido y seguro en nuestras existencias.

El libro de Barandiarán se publicará a fin de año en el Perú por la editorial Altazor que dirige Willy del Pozo. Es decir, todavía no ha llegado a Europa.

Recomiendo preguntar por él llegado el momento.

Se encontrarán frente a un narrador nato y entretenido.

Con un buen puñado de historias alrededor de sucesos –debo imaginarme- de su vida pasada en Alemania, Sergio Barandiarán recorre el espectro de la condición humana en sus debilidades, sus absurdos y sus grandes y pequeñas batallas perdidas y por perder.

Hacerlo con buen humor y de forma amena –estoy convencido- es más que un arte que no cualquier escritor llega a dominar.

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HjorgeV 03-06-2009


PASEO POR LOS PUEBLOS

1 Junio 2009

Me desplazo por un paisaje de campos de cultivo, apenas interrumpido por la carretera rural que los cruza y la ciclovía paralela por la que me muevo.

Es domingo y apenas circulan automóviles.

Vuelvo de un pueblo vecino  a cinco kilómetros de distancia del nuestro al que me he llevado mi esposa por la mañana en la camioneta.

El sinuoso panorama de verdes que completan el amarillo verdoso de sembríos de colza y pequeños bosques a lo lejos en casi todas las direcciones reafirma la sensación de irrealidad que provocan ciertas escenografías naturales como esta.

Si no fuera por las torres de electricidad que laceran el paisaje a la distancia, bien se podría estar frente a un cuadro rural de hace cien o más años.

Bajo velozmente por las faldas de una suave colina, después de vencer un largo ascenso, el viento me da en la cara y vuelvo a sentirme como un niño aventurero.

Voy en patinete, lo cual potencia esta sensación.

Antes, al salir de la localidad vecina en la que he trabajado hasta las cinco de la tarde, podía pasar como un adulto al que se le ha ocurrido pasear en este artilugio de dos ruedas.

Ahora, sobre esta vía rural sé que soy un caso raro.

Estoy seguro de que a nadie antes se le ha ocurrido pasar por aquí con este minúsculo medio de locomoción.

Aunque mi decisión se debe a una simple cuestión práctica (como el servicio público de transportes se reduce a un mínimo los domingos y feriados, frente a la disyuntiva de tener que esperar una hora por el autobús o llevar el patinete y usarlo para el regreso, preferí esta última), sé que debo llamar la atención de los pocos automovilistas con los que me cruzo en mi ruta.

Ahora son menos de cinco kilómetros los que me separan de mi hogar.

Levanto la vista al cielo incomensurable apenas maculado por alguna nube.

Samuel Butler (Inglaterra, 1835-1902) decía en uno de sus aforismos, que todo progreso parte del profundo deseo de todo organismo de vivir por encima de sus posibilidades.

¿Cuáles son las mías ahora, si apenas me desplazo en un pequeño vehículo al que tengo que impulsar con mi propio cuerpo?

Recorro estos campos sinuosos, alternando la pierna de apoyo y trato de tomármelo como un paseo.

Es la primera vez que voy por esta ruta y lo he hecho para evitar la vía principal. He querido tomar un atajo, pero de pronto he empezado a dudar.

Todo se ve muy diferente desde aquí.

No sé verdaderamente si debo continuar o si debo abandonar el carril paralelo a la carretera que estoy siguiendo.

La idea es acercarme al pueblo más cercano, comprobar la ruta y de allí proseguir el camino hasta el nuestro.

Me decido por la última posibilidad.

Ya encontraré a alguien a quien preguntar, me digo. Soy todo entusiasmo, el sol me da en la cara. Sé que me espera mi familia a un par de kilómetros de distancia y eso me anima mucho más.

El camino que desde lejos y cierta altura se veía como una alternativa atractiva, no está asfaltado y a duras penas me puedo desplazar por él con el patinete.

Plantaciones de cebada o trigo flanquean mi paso. Elevados árboles solitarios deben marcar límites que desconozco.

Por contemplar el paisaje, tropiezo con una piedra y casi voy a parar al suelo.

Sonrío, porque no me ha pasado nada.

Sonrío también porque no tengo la más mínima idea de dónde estoy verdaderamente y siento que este es un sentimiento que deberíamos experimentar más a menudo en nuestras vidas.

Reconocer que lo que nos une al espejismo del que formamos parte son apenas simples pero complejos mecanismos automáticos como la respiración y la circulación de la sangre.

Olvidar que pertenecemos a una sociedad y que dentro de ella formamos una familia o vivimos solos.

Olvidar por un momento nuestros vínculos a todo lo demás.

Llego a lo que supongo que es el vecino pueblo de Geyen, pero no puedo reconocerlo desde la entrada absolutamente secundaria (trasera) que he escogido para hacerlo.

Abandono los campos de cultivo y regreso al paisaje urbano.

Me decido a preguntar por información al primero que se me cruce en el camino. Es domingo por la tarde. No hay nadie en las calles.

¿Dónde están los niños?, me pregunto.

Avanzo un par de cuadras y de pronto reconozco una calle, luego otra más y ya sé dónde me encuentro.

Ahora avanzo más confiado. No necesito preguntar a nadie para orientarme.

Paso por la escuela a la que va uno de mis hijos.

Dejo atrás el campo de fútbol en el que entreno a un equipo juvenil del pueblo y una cancha de baloncesto. Veo la mesa de tenis de mesa que la flanquea.

Desiertos.

Veo a una pareja mayor con su perro. Luego una mujer que también pasea con su can.

Empiezo a ascender el último tramo de mi ruta: pequeñas calles empinadas de mi pueblo alemán ahora totalmente solitarias.

¿No habrá empezado la Gran Evacuación del planeta y este peruano no se ha enterado?

Es domingo en Alemania, me doy como explicación.

Cuando volteo la última esquina antes de llegar a casa, me sorprendo porque finalmente en la entrada de la especie de pasaje en el que vivimos veo a dos niños jugando.

Están acuclillados, pintando algo sobre el piso frente a la fila de tres garajes que precede nuestra angosta bocacalle.

Por fin veo a niños jugando en la calle, casi al llegar a mi destino.

Están tan concentrados en su juego que apenas notan que voy hacia ellos.

Cuando me acerco más, constato, aún con más sorpresa, que se trata de mis propios hijos.

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HjorgeV 01-06-2009