SABIOS AUSENTES

22 Noviembre 2009

 

La razón por la que hay ruego y no palabra.

La razón por la que adquiero pecuniariamente

la herida del placer.

La razón por la que oculto el otro lado de mis venas

y olvido solemnemente enumerar las cosas.

 

El cabalgar cada día este fauno imposible

que apenas habla mi propio idioma

y me insulta y se ríe de mí.

 

La luz del sol cayéndome en el rostro de

lo que nunca me pertenecerá.

Miro al cielo y sé que alguien me está observando desde

hace siglos.

 

Dime cuál es el comienzo de las cosas, la razón por

la que vamos buscando nuestras propias semillas,

la fórmula del tiempo,

el avatar de las percepciones.

 

Lo que verdaderamente importa esta tarde

(hay tardes así, en las que puede caber toda una vida)

parece ser un simple asunto de sabios ausentes.

 

 

HjV 22.10.2009


UN PASO EN FALSO NO ES NADA

19 Noviembre 2009

 

Un paso en falso no es / Nada / Caer puede ser el pretexto para

 

Volver a empezar / ¿Acaso la flor sabe que / Viene de otra flor?

 

¿Que hasta sus congéneres más / Bellas tienen

 

Como destino/ Caer?

 

 

HjV 19.10.2009


TOMAR UNA PALABRA CUALQUIERA

16 Noviembre 2009

 

 

Hablar con la boca en la espalda

Callar como respuesta

 

Tomar una palabra cualquiera del diccionario o de un

Libro escogido al azar

 

Probar a lamerla, saborearla, a morderla, hacer gárgaras con ella

Tragarla, finalmente

 

La palabra Amor, por ejemplo

 

Pasado un tiempo (en cuestiones de tiempo siempre es

exacto el tiempo), probar a expulsarla por cualquier medio

A escupirla

A llorarla, a defecarla, a extraerla como cerumen

A miccionarla, a vomitarla

A sudarla

(Exaltando las diferentes posibilidades del cuerpo humano

para asimilar y luego expulsar una simple palabra cualquiera)

 

Ya fuera de nosotros, de vuelta al reino donde suceden las cosas

Reanimarla luego

Dándole masajes en el pecho si fuera necesario

Una buena alimentación, cuidados divinos y tacto en la mano

 

Tras intentar con la respiración boca a boca

Empezar finalmente con los interrogatorios, imprescriptiblemente

 

Sin bajar la guardia, sin perderse por las ramas

Ni llegar a la tortura

Pero sabiendo a dónde se quiere llegar

Preguntarle entonces por qué divinos diantres se

trata solo de una

palabra

más

 

 

HjV 16.10.2009


PODERES (Poema)

14 Noviembre 2009

 

Mira, ya no somos nada

 

La simple contemplación del ocaso no ha

 

Vuelto a alcanzar para

 

Pagar el recibo de la luz

 

 

 

HjV 14.11.09


CÓMO APRENDER UN IDIOMA (IV)

12 Noviembre 2009

APUNTES TONTOS Y PROBABLEMENTE INÚTILES

París.

La ciudad de ensueño que esconde más de un monstruo de mil cabezas en sus entrañas.

Me pasé allí dos meses sin entender ni una sola palabra de sus habitantes, si se me permite la exageración.

Es curioso.

Han pasado muchos años desde entonces, y todavía me cuesta soltar todo lo que viví en esa ciudad en la que tuve una maldita buena suerte.

(También podía haberme salido todo al revés.)

Intentaré concentrarme en el asunto del idioma.

¿Cómo?

¿Cómo puedo conseguirlo si ahora que he empezado a recordar a París, se me ha venido, por ejemplo, la imagen de la pareja que estuvo escuchando nuestra música durante una buena hora en la explanada del Centro Pompidou?

Al final de nuestro “concierto”, cuando ya habíamos guardado nuestros instrumentos y nos aprestábamos para retirarnos, se acercó él y me dio una rosa, sorprendiéndome.

El primer hombre (y espero que quede así, sin tener nada en contra de otras selecciones, inclinaciones o alternativas sexuales) que me regalaba una rosa en mi vida, nada menos.

Debo confesar que me asusté un poco, porque intuía una situación difícil o, por lo menos incómoda. Pero no.

Me habló en inglés, decepcionándome, porque había esperado por fin conocer a franceses. Por lo menos le entendí todo.

-Es de parte de mi amiga –me dijo, explicando la rosa.

(No estaría mal como título para una canción o un poema, esta última frase.)

Me sonrojé.

Pocas cosas hay peores para un hombre, en asuntos de vergüenza y pena ajenas, que ver a otro hombre sufriendo por la mujer que lo desprecia a él para irse con uno.

Luego se acercó la muchacha, se presentaron los dos, me ofrecieron de su botella de vino. Eran de EEUU, ella vivía en París y él vivía con ella.

O algo así.

En ese momento, curiosamente, no se me ocurrió nada más que agradecerles por los aplausos, la rosa y el vino.

Si algún hombre está leyendo estas líneas y ha pensado considerarme un bobo extremo, le daría toda la razón.

Pero no contaré más detalles de cómo terminé esa noche con ella, después de un largo y ardiente recorrido por bares parisinos en busca de la llave de un departamento que nos pudiera cobijar. (Sin su acompañante, debe entenderse.)

Llevaba dos meses en París, no entendía a nadie, vivía de prestado en el departamento de R., una francesa amabilísima que todas las noches bebía lo suficiente como para recordar muy poco a la mañana siguiente al irse a trabajar.

Al atardecer o al anochecer (era verano y oscurecía cuando ya era de noche para mi reloj interior limeño), después de haber concluido con nuestros “conciertos”, recorría solo y melancólicamente las calles del París turístico y en las noches me tomaba unas copas con R.

Luego me quedaba en la sala de su departamento viendo la televisión (sin entender nada) hasta que ella regresaba poco después de la medianoche y entonces yo podía irme a dormir.

R. me hablaba pacientemente en francés y se servía de gestos, señas y señales para hacerme entender amablemente las cosas.

La había conocido en uno de mis peores momentos de mis días en París.

Acortaré, diciendo que cuando me ofreció ayudarme con lo de la vivienda, le dije que no esperara que le devolviera el favor con sexo.

Por supuesto que no usé esa palabra.

Usé amor, que en francés –ya sabemos- para lo práctico significa lo mismo.

Me dijo, sin sonrojarse, que lo podía entender.

Esa fue nuestra suerte y así nos llevamos muy bien el poco tiempo que pasé viviendo de prestado en su departamento.

Un día, harto de no entender nada y decidido a aprender la lengua de Balzac, Flaubert y Baudelaire, empecé a estudiar a conciencia mi diminuto diccionario y me compré un par de revistas de Asterix.

Sabía inglés y había aprendido bien el alemán, ¿por qué diablos tenía que tenerle tanto miedo al francés solo porque no entendía ni papa de una lengua que me habían asegurado ser muy similar a nuestro idioma?

Seguí con el diccionario.

En los viajes que hacíamos en tren con el grupo, aprovechaba el tiempo para traducir palabra por palabra los textos con el diccionario en mano.

Con todo, apenas podía entender muy poco de la trama de las historietas de Asterix y su pandilla.

Paralelamente, sin embargo, mantenía abiertas las orejas como un niño que quiere enterarse de todo, en todas partes, en todo momento posible.

Seguía viendo la televisión (sin entender todavía nada) y si, por suerte, se daba la ocasión de poder escuchar hablar en francés a alguien, no desperdiciaba la oportunidad para acercarme y parar aún más la oreja.

¿Cuántas conversaciones ajenas habré escuchado (sin entenderlas) en esa época?

Entonces conocí a A.

Había asistido a una especie de feria o exposición de productos o libros latinoamericanos, ya no lo recuerdo, y vi pasar frente a mí a una muchacha de esas de las que se dicen que son capaces de robarle la respiración a uno.

A mí no me la robó, pero me dejó taquicárdico y con la presión arterial regionalmente elevada.

Recuerdo que la seguí por el recinto, desde lejos, como un perrito esperando que le arrojen el hueso que sabe que nunca le va a llegar.

Mi sueño de ese momento era uno simple y sencillo.

No deseaba acostarme con ella ni soñaba con darle un beso. Sabía que pensar en eso era una quimera, un llano imposible.

Deseaba, recatadamente, que por alguna circunstancia extraordinaria, tuviéramos que cruzarnos en algún lugar del recinto y que, justo en ese momento, la muchedumbre nos obligara a apretarnos el uno contra el otro.

Durante un solo segundo.

Era poco lo que pedía. Y tonto, muy tonto.

Sin embargo, algo más remoto fue lo que sucedió.

Mi sueño no se cumplió del todo (nos chocamos casi frente a frente: alguna vez he llegado a pensar que ella lo tenía planeado), pero, en cambio, empecé a tener compañía. Francesa, además.

Acortaré distancias, diciendo que con A. descubrí lo que significaba ser una mujer libre de mente y dueña de su cuerpo. (Había estado en Alemania pero lo vivido allí no se podía comparar con la lección que me estaba dando A.)

Otro día contaré, acaso, nuestros curiosos encuentros –siempre en un hotel, siempre coronados en algún restaurante del centro de París, todo organizado y pagado por ella-, lo importante ahora es que A. me hablaba más o menos sin pausa.

En francés.

Melodía infinita.

Lecciones enteras de Yo te amo, yo tampoco.

Y a volver a a entonar desde el principio la letra a en todas sus alturas y profundidades posibles.

Por mi parte, ya de vuelta en la calle, me dejaba tomar de la mano por su mano y la acompañaba por las calles parisinas, perfectamente consciente de ser un simple amante con fecha no muy lejana de caducidad a su lado.

Me acostumbré a hacer el tonto enamorado que prestaba atención a todo lo que le decía su amada, pero sin entender nada.

Un día le pedí que me enseñara a decir “¿Cómo se llama esto en francés?”

Así, nuestros paseos empezaron a parecerse a los de un niño de dos  o tres años que empieza a descubrir el mundo con una sola pregunta en su cartuchera.

Hasta que de un momento a otro, como por arte de magia, ese chorro ininteligible y oscuro de sonidos que brotaba de las bocas de A., de R. y de la demás gente de París, empecé a percibirlo como partes aisladas e independientes entre sí.

En la televisión empecé a reconocer algunas palabras y expresiones aisladas.

A R. empecé a entenderle el número de cervezas o copas de vino que se tomaría esa noche y a A. le entendí que pronto partiría a África.

Para todo esto, yo seguía sin atreverme a hablar todavía.

Como nuestro idioma es muy parecido, luego, cuando mi oído se acostumbró a deducir las palabras por simple comparación, el siguiente salto fue más rápido y pasé a entender cada vez más.

Mi escuela de idiomas “particular” empezaba a rendir frutos.

En otras palabras, sin habérmelo propuesto ni saberlo de antemano, había hecho lo que toda persona hace desde que puede oír en el vientre de su madre: escuché, oí, “ausculté”, percibí, husmeé, siempre con mucho interés, los sonidos de las voces de mi entorno.

Hasta que empezaron a tomar sentido y separarse en sus elementos.

Y empecé a entender los noticieros casi al cien por ciento y parte de las conversaciones de la gente en la calle y en el metro. (Desde entonces, recomiendo los noticieros como parte fundamental del aprendizaje de un idioma.)

Los dos meses siguientes que pasé en Francia me permitieron pasar a entender casi todo.

Curiosamente, justo cuando había empezado a atreverme a hablar (imitando la melodía de A., como un bebé que recién después de varios meses de estar escuchando a su madre lo hace), ella partió rumbo a África tal como lo había anunciado.

Poco después conocí a B., una rubia alemana estudiante de danza con aspecto de modelo que no me creyó que me había dirigido a ella en plena calle solo para poder practicar mi alemán.

Pero esa es otra historia.

Baste resumir que mi aprendizaje del francés se interrumpió porque me vine a Alemania. (Todavía puedo hablarlo y engañar un poco a algunos.)

Me detengo aquí, notando que París sigue siendo un tema especial, casi candente, cuasi tabú, para mí.

No de otra forma pueden explicarse los tremendos rodeos que doy cada vez que me enfrento a mis recuerdos de la Ciudad Luz.

Me imagino que esos recuerdos siguen exigiendo un relato independiente, una novela -acaso- que alguna vez emprenderé.

En mi próxima entrada concluiré este tema idiomático.

Entonces contaré cómo aprendí italiano (ya sin sexo ni enamoramientos) aquí en Alemania y sobre mis grandes problemas con el idioma de este país.

Me olvidaba, por cierto.

Sigo sin haber pisado la Torre Eiffel.

Y Rayuela recién la leí aquí en Colonia.

 

Continúa…

HjorgeV 12.11.2009


CÓMO APRENDER UN IDIOMA (III)

10 Noviembre 2009

Hablar de idiomas, de uno en particular o de simples palabras es algo que me fascina particularmente.

¿Por qué algunas personas aprenden más rápidamente una nueva lengua y otras no?

¿Será que poseen un don especial que les permite hacerlo?

¿Por qué pocas consiguen hablar un nuevo idioma casi como un nativo y en muchas se nota enseguida cuál es el idioma base?

Opino que cada uno de nosotros es capaz de aprender uno, dos o más idiomas.

Y que cada nuevo idioma aprendido allana la posibilidad de aprender más fácilmente otros más.

Solo que no lo sabemos.

SIN SABERLO DOMINAMOS VARIOS “IDIOMAS”

En realidad, dominamos varios “idiomas”, por así decirlo.

No me estoy refiriendo necesariamente a los llamados sociolectos o dialectos sociales, los hablados por una clase o grupo social.

Me refiero a que empleamos diferentes elementos lingüísticos de acuerdo al medio en el que nos hallamos.

Nuestra educación y cultura, y nuestro sentido común, nos permite usarlos adecuadamente según como convenga.

A nadie se le ocurriría hablar con el director del colegio o escuela como con el compañero de carpeta: evitaría, por lo menos, ciertas palabras y expresiones.

(Si lo consigue o no es otra cosa.)

Nadie habla con la gente del barrio como con la chica o chico de otro (de otro barrio, quiero decir) que acabas de conocer.

(La fascinación amorosa nos puede llevar a cambiar incluso de entonación, fuerza de voz y a esforzarnos por mejorar nuestra capacidad de expresión. Casi como si fuera “otro” idioma.)

El especialista, profesional o académico de cualquier rama no habla con sus colegas como con su abuelita ni con la gente con la que juega fútbol o sale de copas.

Pero, como en la música, si quieres aprender una canción, primero tienes que hartarte de escucharla. Y si has aprendido a cantarla, es que la has practicado (sin habértelo propuesto, por lo general) hasta la saciedad.

Opino que con mucho trabajo divertido se puede llegar a aprender cualquier idioma.

El interés disponible es la primera piedra y también el combustible, claro está.

Entre mis sueños está el de llegar a un país extraño en idioma y en casi todo.

China, por ejemplo (aunque no me atrae nada). O Grecia.

Y, suponiendo que no tenga que morirme de hambre y tenga donde dormir, dedicarme solo a escuchar y aprender el idioma.

En la calle, en los restaurantes y negocios, en reuniones y en contacto con los medios de comunicación; como un aventurero, como quien dice.

(Me imagino que para el chino como idioma, necesitaría más de los tres meses que necesité para el francés y el italiano, hasta que dejaron de ser un flujo continuo de sonidos y pasaron a separarse en grupos cada vez más definidos y empecé a reconocerlos como palabras independientes.)

Pero me interesaría el reto.

Me pasaría unos dos meses solo escuchando y aventurándome al comienzo a repetir los sonidos más fáciles. Luego me pasaría unos dos meses más hablando como un loro para practicar los demás.

No usaría jamás otro idioma para ayudarme a hacerme entender: ni el inglés ni el mío propio.

En la enseñanza tradicional comercial de idiomas (aquella entendida y ya establecida como un negocio y no como un intento serio de aprender un idioma foráneo) se hacía y se sigue haciendo todo al revés.

Se pretende que el alumno empiece a hablar desde el primer día, palabras y sonidos a los que su aparato fonador no está acostumbrado ni conoce.

(Un buen profesor escogería las palabras más parecidas al del idioma del aprendiz para empezar.)

Y se pretende que el novato aprenda primero la gramática.

Cuando es demasiado tarde, el alumno ya perdió el interés por el idioma y este se ha vuelto una carga académica y no una herramienta de comunicación con todo lo interesante que esto puede significar.

¿Y SI TUVIÉRAMOS QUE APRENDER A HABLAR RECIÉN A LOS 10 AÑOS?

Si tuviéramos que aprender nuestra primera lengua (la que llamamos ‘materna’, sin que esto tenga que ser necesariamente así, póngase el caso de los niños adoptados, por ejemplo)  a una edad “más avanzada” tendríamos grandes problemas para aprenderla y aprehenderla.

Aunque no existen grandes estudios al respecto, puesto que los casos conocidos son muy escasos, parece ser que los niños que han tenido que crecer aislados de la civilización –muchas veces en compañía y hasta, incluso, criados por animales- nunca llegan a dominar ningún idioma.

Ni siquiera el que tendría que haber sido el suyo “propio”, sea por razones geográficas o familiares.

Aunque no he podido encontrar ninguna fuente, estudio o investigación confiable, doy por plausible la suposición de que los doce años es la edad que marca el “umbral superior” para el aprendizaje de la primera lengua.

Quiero decir que traspasada esa edad, un niño que no ha aprendido a hablar ningún idioma no conseguirá dominar alguno nunca.

Por los casos documentados de lo que podemos llamar agudo aislamiento e incomunicación infantil, los afectados apenas llegan a expresarse con grandes limitaciones, después de su reinserción social, en la que debía haber sido su lengua propia.

Menciono todo esto por los puntos que nos interesan en el tema de aprender un nuevo idioma.

Parece razonable suponer que todo niño puede aprender con relativa facilidad –y dadas ciertas condiciones como la posibilidad de jugar y escuchar en ellos- uno o más idiomas hasta los doce años.

Por simple experiencia me atrevo afirmo que esa capacidad va disminuyendo hasta casi atrofiarse alrededor de los 18-20 años.

Lo cual no significa que a partir de esa edad no se pueda aprender ningún nuevo idioma, simplemente que, en quien lo haga, “se notará más” que no es su idioma principal.

(El reciente caso de la joven austriaca que vivió secuestrada por su propio padre, el electricista Josef Fritzl, es diferente, porque si bien vivió más o menos completamente aislada, no lo hizo en un régimen de incomunicación, puesto que tenía contacto con su padre y tenía un televisor en su covacha y zulo.)

Por lo visto, solo si se escucha (bien) se puede aprender a hablar.

Está comprobado que los bebés que nacen con atrofias o malformaciones en el oído, pueden tener graves problemas para aprender a hablar, dependiendo del grado de su afección.

De hecho, esos bebés se han perdido nueve meses de práctica auditiva, lo que los hace llegar al mundo con una gran desventaja que puede influir en toda su vida y en su desarrollo integral como persona.

Como las conexiones nerviosas entre el oído interno y el centro del lenguaje en el cerebro terminan de formarse en los dos primeros años de vida (extrauterina), si no se ha detectado a tiempo alguna malformación o atrofia, esto puede influir para siempre en el desarrollo de una persona. Además de ser algo que no es posible corregir por medio de una operación o una prótesis.

LA VERGÜENZA: UNO DE LOS INHIBIDORES MÁS PODEROSOS

El bebé no se avergüenza de hablar como habla.

Sobre todo porque aunque diga bapá, maná, pam para referirse a papá, mamá y pan, respectivamente, recibirá aplausos de sus progenitores, de los abuelos e, incluso, de los vecinos.

Así deberíamos aprender un nuevo idioma.

Equivocándonos al jugar con las palabras, riéndonos, imitando, volviendo a escuchar y simplemente oír y no prestando (demasiada) atención a nuestros errores sino a nuestros progresos.

Lamentablemente, no estamos preparados culturamente para ello.

La educación formal estatal de más o menos cualquier país del planeta está contaminada de antiguos vicios y errores que la lastran.

Sin que el hecho de conocerlos, sirva para hacerlos desaparecer.

Para poner un solo ejemplo.

La psicología moderna advierte que se aprende más por “premiación” que por “represión”, sin embargo, lo que prevalece en las pruebas y exámenes escolares es la búsqueda, represión y reprensión de los errores.

(Aquí en Alemania se ha dado un gran paso al permitir que en el primer año escolar no se usen notas calificatorias. Todos los niños pasan simplemente de año.)

De tal manera que desde muy pequeños estamos acostumbrados a concentrarnos en evitar cometer errores en el aprendizaje de cualquier materia y no en aumentar nuestro caudal cognitivo y nuestra práctica en ella.

Esta actitud es fatal en el aprendizaje de lenguas.

Crecemos con un temor a equivocarnos, azuzado por la escuela, los maestros, profesores y la misma familia.

Porque el que desea hablar un nuevo idioma y apenas lo practica (por temor a equivocarse), obviamente, estará en gran desventaja respecto a los que sí han tenido la oportunidad de hacerlo.

Quien quiere aprender a jugar fútbol o a bailar no puede hacerlo, sencillamente, sentado.

SOMOS APRENDICES NATOS

Salvo por malformaciones o atrofias fisiológicas, todo ser humano aprende su lenga (absolutamente) sin problemas.

No solo estamos premunidos de un aparato fonador y las correspondientes funciones cerebrales, también lo estamos de un excelente “aparato” de aprendizaje.

Opino que toda persona es capaz de aprender cinco o diez idiomas, manejar (o conducir) un avión, un cohete interespacial y construir una casa.

Si se lo propusiera.

Y tuviera acceso relativamente sencillo a los medios para conseguirlo.

Nuestra condición humana nos permite a africanos, anglosajones, latinoamericanos, asiáticos o árabes, judíos o alemanes, argentinos o esquimales, mucho más de lo que nos creemos capaces y la enseñanza tradicional nos hace creer.

Relataré en las siguientes líneas mis experiencias con los idiomas.

De cómo llegué a pensar que nunca aprendería alemán cuando tenía unos veinte años y de cómo, mucho tiempo después, a pesar de vivir en Alemania la misma cantidad de años, y de hablar, leer y escribir alemán, sigo con la sensación de no haber dado grandes pasos.

De cómo, sin embargo, a pesar de no haber estado jamás en Italia, puedo hacerme pasar por italiano con los mismos italianos. (Con grandes limitaciones, se entiende; pero mis conocimientos me pueden alcanzar para varios minutos de conversación hasta que se descubra el “engaño”.)

De cómo me sucede algo parecido pero en menor medida con el francés, a pesar de haber vivido allí solo cuatro meses y haberme pasado casi tres sin decir apenas una palabra en ese idioma.

Y de cómo me he sorprendido a mí mismo no hace mucho rescatando mi inglés (que creía frustrado como idioma bien aprendido por la dificultad para perder el acento), usando el método de la imitación.

PARÍS

Llegué a París sin saber más de tres o cinco palabras en francés.

Una de las primeras sorpresas fue descubrir que los franceses solo hablaban (¿habrá cambiado algo?) francés. Es decir, que mi inglés y mi alemán no me servían prácticamente para nada.

La lección me la dio un empleado bancario, un cajero, al querer hacer una transferencia bancaria hablándole en inglés.

-No le entiendo, señor. Por favor, el siguiente -me dijo, debo suponer, en su idioma.

-¿Y castellano? -le pregunté, en castellano, completamente aterrorizado porque aunque no le había entendido lo que me había dicho, su gesto con la mano indicaba claramente su intención.

Continúa…

HjorgeV 10.11.2009


CÓMO APRENDER UN IDIOMA (II)

7 Noviembre 2009

Exageré notablemente en mi entrada anterior, con el fin de dejar clara mi intención:

Para poder aprender un idioma deberíamos retomar estrategias y usos de los niños pequeños.

Ellos son gente que sin “profesores” (empezando por su madre y su padre, todas las personas que entran en contacto verbal con un niño, en realidad, lo son), sin libros, apuntes, grabaciones ni grandes esfuerzos aprenden cualquier idioma.

Recomiendo, por lo tanto:

→ En una fase inicial, jugar sin miedo con las nuevas palabras. Saber que al comienzo las pronunciaremos mal y que eso forma parte natural del aprendizaje.

→ Recuerde que los bebés al nacer llevan varios meses de “incógnito” escuchando los sonidos y las palabras de su entorno. Hasta que un infante empieza a hablar transcurren varios meses más, que se suman a ese periodo de solo dedicarse a escuchar.

→ Tenemos una ventaja y una desventaja respecto a los niños que aprenden a hablar. La ventaja es que nuestro aparato fonador ya está completamente desarrollado.

→ Pero esa también es la desventaja: nos sirve poco o menos para ciertos idiomas (aquellos con sonidos muy diferentes a los nuestros).

→ Los bebés no se avergüenzan de de cometer errores al practicar. Al contrario, cualquier esfuerzo es alabado por sus progenitores y la gente de su entorno.

→ Los niños aprenden sobre todo por imitación.

→ Los niños empiezan por las cosas más sencillas y con el tiempo su lenguaje se vuelve más complejo. Al final, un adulto puede crear un número ilimitado de comunicaciones a partir de un número finito de elementos (lingüísticos).

¿Por qué aconsejar imitar a los niños en este asunto de aprender un nuevo idioma?

Porque la enseñanza tradicional de una lengua está plagada de una serie de errores, vicios y manías que, en vez de facilitar el aprendizaje, lo dificultan.

Para empezar, cualquier aprendizaje de un nuevo idioma debería estar precedido de lo que me permito llamar Fase de Inmersión Acústica.

Lo digo partiendo de mi experiencia.

¿En qué consiste?

FASE DE INMERSIÓN ACÚSTICA

En familiarizarse lo más posible con la lengua a aprender: escuchando la radio, viendo videos o televisión, escuchando discos y la mayor cantidad posible de personas en el idioma a aprender.

Aquí está el primer gran defecto del aprendizaje tradicional: la única referencia que tiene el aprendiz es la voz del profesor o profesora.

Como somos seres que hemos aprendido inicialmente casi todo por imitación, no solo es algo (una capacidad) que llevamos dentro y que probablemente perdemos recién al morir, también solamente escuchando se va despertando nuestro instinto imitador.

(Los imitadores profesionales se pasan horas de horas escuchando una y otra vez a los que desean imitar. Con el tiempo adquieren práctica y experiencia, y les cuesta cada vez menos, obviamente.)

Antes de pasar a exponer en qué me baso para aconsejar esta primera fase (aprendí el inglés y el alemán tradicionalmente, sin embargo, casualmente, aprendí algo de francés, más o menos bien el italiano y un poco de portugués pasando por una fase de inmersión acústica inicial y me resultó más fácil que aprender las dos primeras lenguas) es importante hacer una diferenciación vital.

Aprender una lengua no significa dominar su teoría gramatical. Es decir:

APRENDER UN IDIOMA NO EQUIVALE A ESTUDIARLO

Aprender una lengua no es estudiarla.

Cualquier persona del mundo domina su propio idioma.

Sin haberlo estudiado.

Sin poder –necesariamente- explicar ni entender sus reglas gramaticales..

Mil millones de chinos nos demuestran que no debe ser difícil aprender el chino.

Sin embargo, perviven ciertas falsas creencias.

Tomemos un ejemplo de la Wikipedia sobre el tema (“Cómo aprender lenguas”):

“En resumen, para la adquisición de un idioma, el estudiante o hablante requiere entrenarse en la adquisición de las cuatro estrategias língúísticas que estructuran el dominio de una lengua: escucha, habla, lectura y escritura.”

Un niño de cinco años, por ejemplo, ha “adquirido” su idioma y, sin embargo, por lo general no sabe escribir ni leer.

Este es un claro ejemplo de cómo sigue vigente la enseñanza tradicional: el creer que “adquirir” o saber un nuevo idioma equivale a dominarlo en todos sus aspectos o estrategias lingüísticas.

Por supuesto que al intentar aprender una nueva lengua es deseable terminar no solo entendiéndola y hablándola, sino también sabiendo leer y escribir en ella.

Sin embargo, muchas veces se invierte la lógica del aprendizaje y se insiste en enseñar primero lo que es secundario (a leer y escribir) echando a perder el todo, la meta principal: poder comunicarse con otras personas en la nueva lengua en cuestión.

Justamente lo contrario del “método natural” de todo bebé y niño de este planeta.

¿O qué niño aprende primero a escribir antes que a hablar?

De allí mi insistencia en aprender de ellos, de los infantes.

Si continuamos con el ejemplo tomado, podremos leer:

“Con el dominio de la lecto-escritura, se estima que ya el hablante está capacitado para la adquisición de las reglas gramaticales de dicha lengua, que le permitirán conversar, leer y escribir con ciertos niveles de corrección en el marco de la lingüística.”

Gran falsedad.

Los niños, ya a los pocos años de edad, dominan el uso de todas las reglas gramaticales, incluso antes de saber leer y escribir y antes de entenderlas como tal.

De hecho, un analfabeto en cualquier lengua, puede desenvolverse escuchándola y hablándola a la perfección.

Y la mayoría de personas apenas conocemos las reglas elementales de la gramática de nuestros respectivos idiomas, salvo por interés o necesidad profesional.

Sin embargo, ese es uno de los pilares de la enseñanza tradicional: se invierte el orden natural del aprendizaje y se empieza con la enseñanza de la llamada lecto-escritura.

En la próxima entrada de esta bitácora, expondré mi propia experiencia con las lenguas que aprendí tradicionalmente (inglés y alemán) y con las que tuve la suerte de hacerlo de una manera casi natural (francés, italiano, portugués).

Parto de las siguientes convicciones, basadas en mi experiencia y la observación, tanto propias como ajenas:

  1. Toda persona es capaz de aprender uno o varios nuevos idiomas. Independientemente de su procedencia geográfica, social y cultural.
  2. A mayor número de idiomas, aumenta la facilidad para aprender más aún.
  3. Es mejor concentrarse en métodos autodidactas que en los de la enseñanza tradicional.
  4. En la imitación (de sonidos, expresiones, formas y estilos de hablar) es la clave.

Si se fijan bien, salvo en el segundo punto, todos los demás son aplicables a cualquier bebé o niño de este planeta.

Continúa…

HjorgeV 07.11.2009


CÓMO APRENDER UN IDIOMA

5 Noviembre 2009

Para aprender un idioma como el chino, el ruso o el griego, diría un chistoso, basta nacer.

En China, Rusia o Grecia.

Un extraterrestre despistado (cualquiera que se acercara a la Tierra lo sería) diría que el chino mandarín es el idioma más fácil de aprender del planeta.

Porque es el que más personas lo han aprendido.

Poco menos de un millardo -unas 874.000.000 personas- lo hablan en el mundo.

En la lista de idiomas “más fáciles” seguiría el nuestro, con unos 358.000.000 hablantes. Solo recién vendría el inglés, con unos pocos menos: 341.000.000.

¿Desea aprender un nuevo idioma, muy diferente de su idioma principal?

¿Por qué tendría que ser difícil?

¡Hay más de 6.000 para escoger en el mundo!

Permítame presentarle mi primer método, especial para principiantes:

Conviértase en un bebé.

Sí: (a) hable como un bebé, (b) piense como un bebé y (c) compórtese como un bebé en o con su nuevo idioma.

HABLE COMO UN BEBÉ

¿Cómo hablan los bebés el idioma de su madre, de su hogar, de su entorno más cercano?

Al comienzo no lo hablan.

¿Ve que no es difícil mi método para empezar?

Pero, espere. Allí no queda la cosa.

Comencemos.

¿Sabe algunas palabras en el idioma que desea aprender?

¿Sí?

Olvídelas.

Sí.

Por un momento o por un par de días, pero olvídelas.

Escoja, en cambio, un par de vocablos que desconozca y pruebe a decirlos como un bebé: no tenga miedo a hacerlo.

Exactamente como los bebés.

Juegue con las palabras en su boca. Defórmelas. Tritúrelas. Chúpelas. Con una sonrisa en la boca. Babee. No se preocupe, usted está probando su aparato fonador. Como un bebé.

Pronuncie más palabras. No tengo miedo ni vergüenza de hacerlo mal. Use un babero si siente algún prurito ético.

Si alguien se ríe al escucharlo, dígale que es muy negativo reírse de los bebés que cometen errores al hablar.

Ponga cara de bebé molesto al decirlo.

(Si usted es un experto en informática o un investigador privado, consígase los videos de sus críticos cuando eran unos bebés. Extorsiónelos. Sáqueles una buena pasta. Tal vez después de volverse millonario por ese camino se dé cuenta de que ya no le interesa aprender un nuevo idioma.)

Continuemos.

PIENSE COMO UN BEBÉ

Cuando un bebé argentino, hondureño o español quiere decir mamá, papá o cigarrillo (dado el caso), ¿acaso piensa cómo se dice mamá, papá o cigarrillo en otra lengua?

¿Cómo, si no tiene otro idioma?

Eso mismo haga usted.

Intuya, imagínese, barrunte, asocie mentalmente con objetos o personas las palabras que ha escogido en el nuevo idioma, pero no les busque el equivalente en su idioma.

(Algunos pegan papelitos en las cosas, pero tuve un amigo que empezó poniéndole un papelito en la frente a su novia alemana y, bueno, sí, ya saben. Porque las alemanas también tienen su pudor y no les gusta que les pongan cartelitos en cualquier parte. )

Olvídese de su idioma principal. No piense en él.

Pero sí en sus objetivos:

¿Usted quiere aprender un nuevo idioma o quiere trabajar de traductor?

COMPÓRTESE COMO UN BEBÉ

Cuando un bebé está empezando y probando a hablar no se preocupa por el papelón que hará ni por lo que pensarán los vecinos, la novia ni el jefe.

El bebé habla y se pasa el mundo por, digamos, el pañal.

¿No ha visto que cuando dice mapi, maá, amá o amama (o incluso cuando bala como un carnero) en vez de decir la simple palabra mamá, hasta se lo celebran y lo llenan de mimos y le dan más leche?

¡Haga usted lo mismo!

O algo parecido.

Si alguien se burla de sus ejercicios en su nuevo idioma, mándese un berrinche del carajo, patalee y al final exija que le den de comer.

O por lo menos de beber. (De paso, le estoy dejando un buen pretexto.)

¿No le hacen caso?

Por lo menos duérmase profundamente como un bebé sin responsabilidades ni prejuicios.

Piense que el día siguiente lo espera para continuar con sus ejercicios guturales.

 

Continúa…

HjorgeV 05.11.2009


PUTO SEGUNDO

3 Noviembre 2009

 

escribir como los antiguos

escribir sin tarjetas en los

bolsillos ni cuentas

numerarias

 

escribir sin una red al frente

ni otra debajo de tus pies

por si llegaras a caerte de alguna línea

que traza tu dedo

en la pantalla de tu realidad

 

escribir como los antiguos

como el primero

que sintió el estallido de una luz

provocada por el

genio de la palabra en su

mente

 

escribir

sin embargo

perdido en tu cueva

con la absoluta conciencia

de no haberle ganado ni un solo

puto Segundo

al vano Tiempo en tu

ejercicio

 

 

HjorgeV 03.11.09


JUAN JOSÉ CAMPANELLA: EL SECRETO DE SUS OJOS (2009)

1 Noviembre 2009

El peor destino de una obra de arte.

Lo peor que le puede pasar a un poema, a una novela, a un cuadro o a una película.

Es la indiferencia.

Algo parecido sucede con el amor y las amistades profundas: “Puedes olvidarme, pero, por favor, no me confundas con otra persona”.

Me acabo de enterar (la desventaja de vivir en un pueblucho semirrural de las afueras de Colonia) gracias a la Red (la ventaja de vivir conectado), aunque con varias semanas de pecaminoso atraso, que Juan José Campanella ha estrenado nueva película tras El hijo de la novia (2001) y Luna de Avellaneda (2004).

Se trata de El secreto de sus ojos, una historia basada en la novela La pregunta de sus ojos, del escritor argentino Eduardo Sacheri, con quien Campanella ha escrito también el guión.

(Me ocuparé de ambos autores en esta bitácora en las próximas entradas.)

Por lo que he podido entender, la trama es la siguiente.

Benjamín Espósito (Ricardo Darín), un empleadito de juzgado penal que acaba de jubilarse, pretende cumplir el sueño de su vida: escribir una novela basada en un hecho real del que ha sido testigo y protagonista.

Se trata del caso –juzgado, pero no resuelto- de un asesinato ocurrido en 1974, poco antes del inicio de la dictadura militar en la Argentina.

Espósito escribe, sin querer reconocerlo del todo, para una mujer que ama en secreto y que ha compartido con él esa historia.

Su ejercicio de escritura, que es también el de la memoria y un revolver en el fango del pasado, termina despertando fuerzas y personajes que se resisten al descubrimiento de la verdad y sus consecuencias.

Pero todo esto ya no puede detener a Espósito en su empresa, para quien, descubrir la verdad, forma parte indesligable del proceso de llegar a comprenderse a sí mismo y enfrentarse a la mujer que ama.

Debo confesar que solo la banda sonora del avance de El secreto de sus ojos ha despertado en el cinéfilo que llevo dentro, el deseo imperante de visitar un cine para ver esta película ambientada en los años setenta.

(La música de Federico Jusid me ha hecho recordar de paso, sin que esto signifique nada negativo sino al contrario, la que Antonioni utilizó para su Muerte en Venecia: el Adagietto de la 5ª Sinfonía de Gustav Mahler.)

También me ha despertado el deseo de comprender los momentos previos al paso de la Argentina a la época más tenebrosa de su historia reciente.

Me imagino que la película es un ejemplo de corporización de esa honda e inhumana sed de justicia que debe acompañar a muchos argentinos desde entonces, en un país marcado no solo por los crímenes impunes de la dictadura militar sino también –más grave, acaso, y complejo-  por las contradicciones de una sociedad que permitió el horror de los militares golpistas y que luego ayudó a tratar de traslapar.

Sin haber visto El secreto de sus ojos (ahora también comento películas que no he visto), leer sobre lo que otra gente ha escrito sobre ella me ha deparado un placer interesantísimo, asaz satisfactorio.

Baste como ejemplo extremo la reseña de un crítico argentino de cine en la que declara haber abandonado la sala puteando de indignación.

Al margen de si su argumentación (verla aquí bajo el título “Los dilemas de un crítico” de Leonardo D’Espósito), vista como crítica cinematográfica, sea correcta o válida, o no: ya quisiera cualquier cineasta con sus obras hacer olvidar al espectador (incluso al más especializado, ¡qué más querría!) que sigue en su mundo real, que no ha abandonado su butaca para nada y que los profundos estados anímicos provocados visualmente, son pura fantasía de su mente.

El mencionado crítico de cine (“Pánfilo” le diría la protagonista de la película, un vocablo de aquella época que llegó a usarse incluso en mi país, a medio camino entre el insulto y el cariño) tiene que haberse “creído” la historia primero –haberla sentido como real- para reaccionar de esa manera (¿quién sale puteando a viva voz de una sala de cine si no es porque le han derramado medio litro de cerveza, una bolsa gigante de cancha -rosetas de maíz- o media botella de ketchup encima?), algo que ya habla mares de la película.

(Leo, de paso, en la prensa alemana, que Campanella “ha logrado un filme tanto pesado como ligero” así como ” empacar una historia de amor dentro de una película de intriga judicial y enriquecer todo con elementos comiquísimos de sátira oficinista”. Estos alemanes. Los especialistas del etiqueteo, me digo.)

Por lo demás, un conocido mío, conocido también por ser poco dado a compartir sus cosas, me ha propuesto hacerme el favor de copiármela, algo inaudito en él.

Como soy de los que prefieren la pantalla (madre) del cinematógrafo para las buenas películas, solo me queda aguardar (im)pacientemente.

Me deleito, mientras, ingresando cada tanto al sitio oficial de El secreto de sus ojos, recomendable en más de un sentido y que espero no deje indiferente a ninguno de sus visitantes.

HjorgeV 01.11.2009