JORGE VOLPI & ROSS MACDONALD

¿QUÉ HACEN VOLPI Y MACDONALD JUNTOS?

Intentando recuperarme del Vacío Larsson (aquella depresión que genera la adictiva lectura de la Trilogía Millennium al terminarse), empecé a rebuscar en mis caóticos estantes, esperando encontrar algún tipo de consuelo de papel.

Pasé mis dedos por dos libros de Bolaño que ya había empezado (Putas asesinas, El gaucho insufrible).

No sentí ninguna atracción.

(Diré, en su defensa -póstuma-, que aún no he leído Los detectives salvajes ni 2666.)

Pasé mis dedos por El mal de Montano, Premio Herralde de Novela del 2002, de Vila-Matas.

Hielo.

(El escritor catalán puede ser divertidísimo y alguna vez se especializó en escribir fajas editoriales, pero leer su novela me pareció como pasar unas largas vacaciones con un tipo que solo es brillante cuando está pasado de tragos. Terminé dejándolos solos en el bar a los tres: novela, autor y beodo.)

(Constato, de paso y curiosamente, que El mal de Montano aún no ha sido traducida al alemán. ¿Por qué será?)

Tomé la excelente La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza, que había empezado a leer por segunda vez con renovado entusiasmo antes de que llegaran a mis manos las dos últimas partes de Millennium de Stieg Larsson.

Esta vez me pareció chocolate frío (la bebida tradicional de mi país para estas fechas y que sirve, entre otras cosas, para quemarse los labios) en plena noche navideña.

Entonces recordé que había vuelto a empezar En busca de Klingsor del mexicano Jorge Volpi.

(El mismo que afirma que América Latina no existe. Un lector argentino comentó: “Me resulta peculiar que el Sr. Volpi base su discurso en una entidad que según él no tiene existencia.”)

Tenía su gracia, aunque no era para devorársela de un tirón.

Entonces vino Larsson y arrasó con todo.

Entre ayer y hoy he intentado retomar la novela de Volpi; me he esforzado, pero he claudicado en mi intento sin ningún remordimiento.

ROSS MACDONALD: LA MIRADA DEL ADIÓS

Volví a mi dispersa biblioteca.

El termómetro marcaba 6 grados bajo cero, temperatura ideal para leer. (Siempre y cuando funcione la calefacción, se entiende.)

Tomé la autobiografía de Groucho Marx (releída por lo menos cinco veces, más que genial).

Tomé el tomo ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? De Raymond Carver y una novelita con aspecto de novela negra para camioneros.

Esta última de un tal Macdonald, con hombre muerto (desangrándose y con una pistola en la mano para más detalle) incluido en la carátula (qué disparate) de la Editorial Bruguera.

Entre los tres libros, me decidí por la novela de Ross Macdonald (California, 1915-1983), La mirada del adiós.

Recordé que había tratado de leerla varias veces.

Y había sido así porque el prólogo me había fascinado una y otra vez, pero no había conseguido pasar de las primeras páginas.

¿Por qué?

Nadie menos que Chandler había alabado el trabajo de Ross Macdonald.

Juan Carlos Martini, el entusiasta prologuista (como debe ser), recordaba que el mismo Raymond Chandler había utilizado el método del palo y la zanahoria (látigo y pan dulce, en alemán) con Macdonald:

“…he aquí a un hombre que ambiciona para la novela de misterio un público con su primitiva violencia y que ambiciona, al mismo tiempo, que quede claro que él, como individuo, es un ser de enorme cultura y sofisticación”.

Lo apunto, porque de no haber sabido que eso lo había dicho Chandler de otro escritor –Macdonald en este caso-, habría pensado, inmediatamente y sin ningún tipo de duda además, que alguien se estaba refiriendo al gran Raymond, uno de mis autores favoritos.

(Muchas veces la vida es así, un gran juego de espejos. Con proyecciones -que hacemos sobre los demás- bajo las que nos escondemos para poder decir lo que pensamos sobre nosotros mismos pero sin miedo a herirnos.)

Y el librito (dos centenas y media de páginas: nada, comparadas con las casi 2.500 de Millennium), tantas veces despreciado y dejado de lado como a un@ admirador@ fe@, ha conseguido pescarme por el cuello esta vez.

¿Por qué me ha costado casi 25 años encontrarle el gusto?

Creo que se debe a errores del inicio.

Me explico. Veamos el comienzo.

El protagonista, el detective privado Lew Archer, se acaba de presentar en la oficina de un tal Truttwell, interesado por sus servicios y quien aún no ha llegado, y está dirigiéndose a su secretaria, una desconocida para Archer.

La novela acaba de empezar. Estamos en la decimocuarta línea.

Entonces Macdonald se manda con este fragmento, transcribo:

-Lamento que el señor Truttwell llegue tan tarde. Es por esa hija suya… –dijo la muchacha, de una forma más bien vaga-. Debería permitir que cometiera sus propios errores. Como yo los cometí.

-¿Eh?

-En realidad soy modelo. Estoy haciendo este trabajo porque mi segundo marido me dejó plantada. ¿Es usted realmente detective?

Le dije que lo era.

¿Qué persona que uno acaba de conocer –y, además, en el ambiente formal de una oficina- le suelta a uno de golpe ese tipo de opiniones sobre su propio  jefe además de verdaderas intimidades sobre sí misma?

¿Cuántos buenos libros habré desechado por un mal comienzo como este?

(Hay quienes se pasan la vida entera puliendo las primeras líneas de su novela.)

Esta vez, me dije, acepta el pan duro y sigue, tal vez se ablande o termines acostumbrándote a él.

Y persistí con la lectura.

Y ahora estoy gozando con La mirada del adiós, obra de un autor de quien Julian Symons (no sé quién es, pero le dan bastante importancia en el prólogo aludido) llegó a decir lo siguiente:

“Si todo este talento y esta energía estuvieran mejor controlados, si hubiese un poco menos de violencia y un poco más de desapego, tal vez Macdonald podría ser no solo el sucesor de la línea de Hammett y Chandler, sino incluso superior a ellos”.

Dudo de que lo último sea cierto, por lo menos en el caso del genial autor de El largo adiós (la releeré uno de estos días), pero esta novelita de Macdonald ha conseguido que pueda olvidar por lo menos momentáneamente que Stieg Larsson no volverá a escribir.

Cito dos descripciones de La mirada del adiós a modo de despedida:

Llevaba el cabello gris cortado al cepillo y tenía ojos duros y severos a ambos lados de una nariz rota y llena de cicatrices. Su boca estaba mordisqueada y marcada por una vida entera de dudas y sospechas, que seguían carcomiéndola en este momento. Se sentó frente a mí, al otro lado de la mesa.

[...]

Era un hombre de unos cuarenta años, con un hermoso cabello lacio, ojos atrevidos y una boca pervertida. Parecía la de un poeta que ha perdido su inspiración y tiene que conformarse con satisfacciones más groseras.

Me quedo con estas dos últimas líneas premonitorias que ilustran bien mi Vacío Larsson.

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HjorgeV 16.12.2009

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