BALOMPIÉ
[Esta sección está dedicada a una de mis pasiones. Considero el balompié como un juego altamente intelectual. De ideas. Un partido de este deporte no es otra cosa que un continuo moverse de un lugar para otro buscando el gol. El que mejor posicionado resulte de esa 'lucha' a lo largo del juego, tendrá las mayores posibilidades de disparar más o menos libremente al arco, anotar goles y ganar. Ojo. El que ha sido jugador o espectador de un juego de balompié, sabe que el entretenimiento también consiste en estar imaginándose cuál es la mejor jugada en cada instante del partido: es decir, cuál es la mejor posición siguiente a decidir. Si es mejor pasarla a la derecha o retroceder, disparar inmediatamente o avanzar uno mismo con el balón. Todo el tiempo se trata entonces de un juego de ideas e imaginación de posiciones. De un Juego Posicional, como el ajedrez. Considero, por lo tanto, el balompié como un juego altamente intelectual y de mayor dificultad que su primo el ajedrez, porque se tiene que decidir en grupo y a cierta velocidad. Además, las posiciones a ocupar sobre el campo no se restringen a las 64 casillas obligatorias albinegras. Al final incluyo mis 60 PRINCIPIOS BALOMPEDÍSTICOS.]
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GARY LINEKER NOS HABÍA MENTIDO
En alemán el verbo stürmen tiene varios significados: ‘asaltar’, ‘precipitar’, ‘hacer mal tiempo’ o ‘batir’ (el viento), entre otros.
Proviene del sustantivo Sturm que significa ‘vendaval’, ‘tempestad’ o, simplemente, también ‘tormenta’.
En el fútbol alemán, los delanteros reciben el nombre de Stürmer. (Los sustantivos se escriben con mayúscula inicial en el idioma de Heinrich Böll.)
Cuando los alemanes atacan, por eso, piensan en asaltar, en precipitarse, y hacer batir el viento en dirección del arco rival.
Atormentarlo, más o menos literalmente.
El tipo de juego más apreciado en este país es el juego rápido por las alas que debe concluir con centros forzadísimos y esforzadísimos –casi épicos- que a su vez, los Asaltantes, Precipitadores y Tormentosos, deben terminar clavando, de ser posible, con disparos fortísimos en el arco contrario.
Ese es el fútbol que entusiasma a las multitudes en este país.
Lo que en el ámbito hispanoamericano se denomina centrar (lanzar la pelota desde los costados hacia el lugar comprendido entre el punto de penal y el arco contrario, u otro más adecuado o conveniente: hacia el centro) en alemán se llama flanken.
Es decir, lanzar el balón desde los flancos, desde los costados.
Mientras en castellano se enfatiza la necesidad de que el balón llegue al Centro, al punto más importante en cuestión: su destino; en alemán se remarca su origen: los flancos o partes laterales del campo.
Antes del partido se me había ocurrido que una posibilidad de apagar el juego español era colocando un marcador personal a Senna.
Quien ha seguido las incidencias de esta Eurocopa y en especial los partidos de España, habrá podido constatar que la mayoría de las jugadas del equipo español pasaban por ese policía de tránsito nacido brasileño, con apellido que parece italiano y nacionalizado español.
Parecía un Puesto de Aduana su función.
Antes de que el balón llegara a Iniesta, Xavi, Cesc o Capdevila, por ejemplo, tenía que pasar por la Aduana o Puesto de Control Senna para los trámites previos.
Por eso se me ocurrió que, marcándolo y hostigándolo, Alemania podía conseguir obstruir el tipo de juego español, el famoso tiqui-taca.
En cambio, lo que hizo Alemania fue adelantar sus líneas consiguiendo lo mismo: ‘ahogar’ la salida del rival.
Así, el partido se convirtió en una especie de inundación en la que los jugadores parecían correr con el agua hasta los tobillos y teniendo que sortear, además, islotes imaginarios colocados como minas de las macabramente llamadas unipersonales sobre toda la región del campo comprendida entre las dos áreas.
La solución táctica alemana, como solución inicial, era de las mejores entre las posibles. Una especie de catenaccio sin morder demasiado ni desgastándose en un pressing madrugador.
Ahogado, inundado, el mediocampo español, difícilmente podría llegar la pelota a Torres, el único delantero oficial. Ese era el cálculo de Joachim Jogi Löw y sus huestes.
Y le funcionó al principio.
Lo malo es que se necesita de un equipo muy disciplinado y acostumbrado a jugar así, para mantener a lo largo de todo un partido –y bajo todo tipo de circunstancias y vicisitudes- un planteamiento tal.
El gol lo vieron todos y nació de un pase aparentemente bobo.
Bobo por sencillo, simple. Tal vez no necesariamente fácil, pero más que conocido, nada especial.
Es lo que debieron pensar los defensas alemanes.
Cuando Torres desbordó a Lahm, que se quedó como paralizado en pleno movimiento, y se vio que Lehmann cometía otro de sus errores garrafales no cubriendo correctamente todos los ángulos en una situación más o menos estándar para un portero, era demasiado tarde.
(Lahm significa ‘cojo’, ‘tullido’. El verbo derivado, lähmen, significa ‘paralizar’.)
El resto fue Administración de la ventaja.
Con el gol a favor, España se dedicó a administrar la posesión del balón y a soportar el vendaval. El Sturm.
Que apenas llegó.
Al final del partido los españoles se atrincheraron en su campo y a los alemanes les ocurrió algo con lo que seguramente no contaban: se agarrotaron.
Se habían imaginado una contienda con varios goles, una batalla épica de sudor y fuerza, lucha y temperamento, que tal vez recién iría a dirimirse en la tanda de penales.
Se habían imaginado participando en una tormenta y asaltando el arco de Casillas.
En cambio, se encontraron con unos jóvenes jugadores confiados en sí mismos y sin muchas prisas. Serios y aparentemente relajados. (Senna casi llega a hacer un gol, reinterpretando sus nuevas funciones en la inundación.)
Además, con la ventaja de un gol.
Ellos tenían la única cantimplora de agua en pleno desierto y no la soltaron.
Y la gran Alemania se derrumbó sobre su lugar, sobre sus piernas. Murió de sed al lado de la fuente.
Lukas Podolsky tuvo en su pie izquierdo la gran oportunidad de alterar el destino. Pero titubeó, seguramente esperando el momento exacto para amagar y éste pasó de largo, como se pasan todos los momentos, sean o no trascendentes, en la vida (por lo tanto, también en el fútbol).
Tal vez Klose tuvo la otra gran oportunidad en sus pies, por un lado –el izquierdo- que no es el suyo.
Pero la diosa Fortuna volvió a pasar simplemente de largo por su lado.
Me imagino que hay quien la ha visto esta vez pasar sacándole la lengua a los alemanes.
Gary Lineker nos había, pues, mentido.
Por suerte.
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HjorgeV 30-06-2008
Nota: Frase de Gary Lineker del 4 de julio de 1990 en el Mundial de Italia, al salir eliminada Inglaterra en la semifinal tras la tanda de penales:
“Football is a simple game; 22 men chase a ball for 90 minutes, and at the end the Germans always win.”
(“El fútbol es un juego sencillo; 22 jugadores persiguen una pelota durante 90 minutos y al final siempre ganan los alemanes.”)
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POR UNA ENCICLOPEDIA DEL FÚTBOL PERUANO
Lo vi en El Comercio de Lima y la idea me entusiasmó enseguida. Aquí va un par de mis propios aportes para una enciclopedia del fútbol peruano.
HUACHITA: El gol del peruano. Puede ir perdiendo por goleada, pero seguirá buscando a quien hacérsela. También llamada ‘túnel’ o ‘caño’. …..
HINCHA: Sujeto que puede pasarse todo el partido de espaldas al campo gritando y golpeando un bombo y jurar por su madre y por su equipo que le gusta el fútbol. …..
ENTRENADOR: Poeta, cura, hechicero, psicólogo, extorsionista, hipnotizador, domador, profeta. Entiende de números: los que salen al campo. Cuando es trabajador, se las pasa saltando y reclamando todo el partido y se molesta ante las derrotas. Cuando es sincero, se pregunta los 90 minutos, qué diablos está haciendo allí. Cuando es trafero, es capaz de echarle la culpa de las derrotas hasta a su mamá. …..
BUENOS PASES CONTINUOS: No sabe, no contesta. (Se molesta.) …..
CENTRO: Algo que los peruanos dominamos a cortas distancias, pero que nunca aprenderemos correctamente porque en las vías públicas (en la calle) eso no se puede practicar, sin riesgo de romper los cristales de alguna ventana. …..
DISPARO AL ARCO: Es un imposible, porque la flecha que sale del arco, se dispara; por lo tanto, se dispara con el arco y no se puede disparar al arco, puesto que las flechas, como se sabe, salen del arco, o sea, es decir. Siguen las explicaciones. …..
DIRIGENTE: La persona que se llevará los laureles, subirá primero al avión y tendrá las fotos más grandes. Podría ser un ejemplo para el deporte profesional, porque no se conocen casos de demora en el pago de sus propios sueldos. Sabe lo que es esconderse. …..
PARED: Término arqueológico en franco desuso. …..
FUTBOLISTA PROFESIONAL: Trabajador bien pagado que ha comprendido que la pelota quema, los kilómetros cuentan y que es preferible guardar una distancia discreta respecto del balón, mejor si es pegándose a un rival para evitar que se lo pasen. …..
BARRA: Tanda de ciegos desmemoriados propensos a las alucinaciones. Lo que más detestan es que les malogren el domingo. No les interesa el desarrollo del fútbol, salvo que sea para que gane su equipo. Su conducta pertenece al campo de la literatura de ciencia ficción. Son los abogados del diablo (de lo imposible) con licencia, felizmente, de sólo 90 y un par más de minutos. Serían los más fieles representantes de nuestra civilización en un intercambio galáctico. …..…..
CABREAR: La razón de ser de cada futbolista peruano y el 90% de su formación como tal. Si llega a profesional, hasta de eso se olvida (o se lo hacen olvidar), quedándose reducido a un 10% de su ser. También recibe el nombre de ‘regatear’, ‘gambetear’ o ‘driblear’. …..
GUAPEO: Práctica verbal, generalmente de los más antiguos de un equipo, para que los demás hagan lo que ellos ya no pueden o no quieren hacer. También llamado: compensación verbal. …..
PALOMITA: Acrobacia que usaban los delanteros cuando los campos eran de tierra, piedras y cascajo, y ni siquiera tenían seguro médico. …..
HjorgeV 24-04-2008
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JUGAR ‘AVENTAJADAMENTE’
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Lo volví a vivir -parcialmente con frustración- anoche en nuestro partido de entrenamiento. Felizmente, al final, ganamos.
Si alguien no entiende esto, basta traer a la memoria esas incontables veces en las que, corriendo los últimos minutos del partido, el equipo de nuestros amores o nuestro propio equipo iba perdiendo o necesitaba un punto desesperadamente y alguno de los jugadores o nosotros mismos gritábamos algo así como: -¡Aquí, aquí! ¿No lo ves? ¿No lo ves? ¡Si en este preciso momento recibiera el balón lo podría hacer! ¿A qué se refería ese jugador o nosotros mismos, si era el caso? ¿A que de pronto nos podría haber caído potencia, fuerza, puntería o más velocidad del cielo y podríamos haber hecho lo que no nos había salido el resto del partido, salvándolo? Obviamente no. Salvo que se juegue con la estampita de algún santo en el bolsillo. ¿Qué entonces? Hay casos raros en el fútbol, pero, por lo general, cuando se pide desesperadamente la pelota en determinada circunstancia, es que se ha reconocido claramente que se está en una Posición Aventajada más o menos obvia. Una en la que sería más o menos fácil o ‘infalible’ introducir el balón en la portería contraria. (Hasta que el balón no llega a las redes no existe esa palabra en el diccionario balompedístico y todo es falible por naturaleza: se trata de demostrarlo con la acción no con la palabra ni con la mente: grave error de aquellos que ven un balón tan fácil que ya ni siquiera se preocupan seriamente por concluir la jugada o remate.) Para mí sigue siendo un enigma el porqué de ese grito de Kämpfen! que bien podría traducirse por: ¡Cobardes, a la guerra! Es decir, de creer que basta luchar, guerrear, poner más ímpetu, más músculo y garra, más valentía, para sobreponerse a los acontecimientos en un partido. No estoy contra todo eso. Juegan personas que tienen que moverse rápidamente por un amplio campo. Sin músculos, fuerza, potencia, velocidad, ímpetu, espíritu de lucha y garra, estarían en franca desventaja frente a un rival de su misma categoría. El fútbol acepta muchas metáforas. Una de ellas es la de la guerra. Esa es una de las razones –me imagino- del gran atractivo que tiene este deporte. Cuando dos equipos juegan están sublimando algo que seguramente llevamos –desgraciadamente- en los genes: la lucha, la guerra. (Soy de los que piensan que esta característica guerrera es a su vez una mera deformación de otra que permitió que nos dispersáramos exitosamente por todo el mundo desde nuestra salida de África: la de la caza.) Pero el balompié es un juego de ideas. De una permanente y constante búsqueda de ideas. No es boxeo ni lucha libre. Deportes en los que, aún siendo netamente de lucha, el más tonto (el de menos ideas) puede llevarse su buena porción de golpes a casa. Mencioné lo del idioma del país de Beckenbauer (en verdad su idioma es el bávaro, no el alemán), no solo porque vivo aquí sino también porque ese idioma tiene dos vocablos que no tiene el castellano y que reflejan mejor lo que quiero decir con ‘pensar’ en el balompié: ausspielen y übervorteilen. Sin embargo, nadie utiliza estos dos conceptos en el balompié. El segundo vocablo se suele traducir por ‘engañar’. Etimológicamente, se trata de una palabra compuesta, y, así vista, significa algo así como ‘sacar algo más que ventaja’. El primer vocablo, ausspielen, significa entre otras cosas ‘sacar o dejar fuera del juego a alguien’. Así, aplicadas al balompié, son palabras perfectamente recomendables. La primera indicaría jugar sacando algo más que ventaja o sacando tanta ventaja que el rival no tenga ninguna chance, sea en las jugadas individuales o a lo largo de todo el encuentro. La segunda indicaría jugar de tal manera que el otro quede fuera del juego (no confundir con la regla de la posición adelantada). Tal como en ese juego que en mi país se llama ‘el camote’: tres o más jugadores más o menos en círculo, que se pasan la pelota impidiendo que uno o más centrales lleguen a ella. A eso se le llama ‘camotear’ en el Perú. Resumiendo, podríamos decir que ambas palabras interpretan bien lo que se debe buscar en este juego intelectual o de ideas llamado balompié (fútbol en su versión rústica): Hacer que el balón se mueva y posicionarnos nosotros mismos todo el tiempo, de tal manera que el rival no tenga ninguna chance de llegar a la pelota ni de quitárnosla. Si el rival tampoco tiene chance de evitar nuestros goles, entonces habremos llegado a la idea principal, meta, objetivo, finalidad, sentido o propósito de este deporte. Visto, así, ¿tiene esto que ver con golpes, saltos furibundos, patadones, fuerza bruta y sangre o huesos rotos? Ahora, bien, ¿cómo traducir esas dos palabras en una sola del castellano? ‘Jugar sacando siempre más que ventaja’ y ‘jugar tratando siempre de dejar fuera del juego al rival’ son expresiones muy largas. Propongo: jugar aventajadamente, aventajar. También se podría llamar pichanguear al rival: sino fuera porque una ‘pichanguita’ es una modalidad de juego en la que lo más importante no es meter goles, sino ‘dejar mal’ al contrario, ‘burlarse’ de él. En la vida, el aventajado es aquel que por naturaleza o por adquisición se ha premunido de ciertas ventajas que impedirá que sea ‘alcanzado’. (Dejo allí la imagen.) Hay que tener cuidado, porque este término es algo que está fuertemente hermanado con hacer trampa para obtener lo mismo. En el balompié, tal como se hace en el mencionado juego del Camote, sería equivalente a dar pases cómodos y a tiempo, moverse de tal manera que nuestros compañeros tengan a la vez un escape y la posibilidad de una jugada peligrosa para el rival; dejar que sea el rival quien se desgaste más que nosotros; no dar ninguna chance de llegar a la pelota; hacer los goles más cómodamente posible allí donde el portero no puede llegar; hacerlo todo con el menor esfuerzo posible; cansar físicamente y agotar psicológicamente al rival. Para eso se tiene que valer de algo que en la vida suele estar prohibido, pero que en el balompié se debe promover: engañar, hacer trampa óptica, fintear, mentir con el cuerpo, hacer creer al rival una cosa y hacer otra. El que juega aventajadamente tendrá además otra ventaja: más tranquilidad en la mente para afrontar los momentos verdaderamente críticos. Digamos que en el balompié, mentir y engañar para sacar ventaja está legalizado. Pichanguear al rival. ¿No se podría ver, entonces, en esto una oportunidad para tratar de sublimar con un deporte ese alto espíritu tramposo que parece hermanarnos a todos los seres del planeta seamos teólogos, futbolistas, políticos o empresarios?
HjorgeV 03-04-2008
JUEGO Y PROGRESO
Un siguiente trabajo con los aquí llamados bambini -niños menores de siete años-, me hizo ver el otro lado de la medalla: mientras los niños se encuentran aprendiendo los rudimentos del juego es muy difícil concentrarse en el juego en sí. Si hay un deporte o actividad donde saltar o quemar etapas sea algo más o menos natural, ese es el fútbol o balompié. Tal vez de esta disparidad y asimetría resulte el mayor y principal dilema de todo entrenador: la enorme diversidad de niveles técnicos entre los jugadores de un equipo. (Un buen entrenador intentará armar un equipo y un sistema de juego con los jugadores que tiene disponibles. Un mal entrenador solo sabrá quejarse de la falta que le hacen un par de estrellas en su equipo.) Aunque siempre van a existir diferencias de nivel en cualquier actividad humana porque todos somos seres simple y llanamente -por suerte- diferentes, esas discrepancias de nivel no tienen por qué darse en el terreno de las capacidades o habilidades elementales. Ningún ajedrecista puede ignorar cómo se mueve un caballo o no saber lo que es un enroque, para poner un exagerado ejemplo. Así como un nadador no puede conocer solo dos estilos de los cuatro principales que existen. Sin embargo, he apreciado que no todos los futbolistas profesionales dominan el remate exclusivamente con el empeine (la cara superior) o con la parte exterior del pie. (Este último lo dominan apenas un puñado de jugadores.) El uso de la parte interna del pie -en mayor o menor combinación con el empeine-, parece ser la única arma percutora de la mayoría de futbolistas. Algo totalmente absurdo para mi forma de ver, si, tal como se puede demostrar, son justamente el empeine ‘limpio’ y la parte externa del pie las superficies percutoras que permiten los tiros más potentes y más precisos. (Invito a probarlo a cualquiera. El disparo con la parte interna del pie casi siempre tiene la desventaja que el balón recibe cierto efecto o rotación, adquiriendo así la trayectoria también cierta curvatura que no siempre es fácil de calcular. Disparando exclusivamente con el empeine, por ejemplo, la pelota puede girar o rotar sobre un eje perpendicular a su trayectoria, pudiéndose evitar así las desviaciones por roce hacia los costados, es decir, el llamado efecto. Por otro lado, por cuestiones de nuestra musculatura y fisiología específicas, un remate con la parte interna del pie no puede alcanzar la potencia de aquellos hechos con el empeine y con la parte exterior del pie. Los músculos recto femoral y el cuadriceps femoral son los que determinan esa ventaja, por ser especialmente masivos y los encargados de extender la pierna y de acercar el muslo a la pelvis.) Es más, son pocos los jugadores que saben usar convenientemente sus piernas para desplazar a la pelota. Compárese la rigurosidad de movimientos de un tenista o un golfista, por ejemplo, al golpear la pelota: sus brazos siempre completan una trayectoria definida y terminan en una posición también definida. Curiosamente, esto es algo que se podría remediar más o menos fácilmente: poniendo absoluto énfasis desde las divisiones más inferiores en el aprendizaje didáctico y pedagógico de los rudimentos o habilidades básicas con los dos pies, tal como sucede en otros deportes. Lamentablemente, lo que suele primar en el fútbol son los resultados, la competencia solo por ganar. Y basta que cualquiera haya pateado una pelota en su vida para que se crea un especialista, con todo lo bueno que esto pueda tener para la difusión de este deporte. Así, un entrenador no aplaudirá normalmente a sus niños cuando éstos hayan mostrado haber aprendido lo practicado en los entrenamientos (por más que no sea mucho), sino solamente cuando los niños hayan ganado. Pienso que no es un problema irresoluble. Que se vea el fútbol como un juego de competición tampoco es nada malo, porque es su característica principal. Tendrían que ser las federaciones correspondientes o los responsables deportivos del gobierno o no, los que tendrían que proponer la administración de una tabla extra no de posiciones por partidos ganados, sino de posiciones por nivel técnico. En esa Tabla Técnica complementaria se podría consignar lo que los niños pueden hacer con la pelota: -si dominan todas las partes del pie y del cuerpo, -si utilizan las dos piernas, -si disparan con frecuencia al arco, -si recurren a pases largos, -si son capaces de jugar combinando y haciendo las llamadas paredes, -si tratan de desarrollar lo más pronto posible un juego ofensivo, -si realizan jugadas preconcebidas y entrenadas, -si el nivel de entendimiento grupal existe, -si hay capacidad de sacrificio por el equipo y -si existe la conciencia del juego limpio. Para poner algunos ejemplos. Pienso que debería impulsarse además el interés en los niños por el juego con sentido práctico, dando puntos por el número de tiros de esquina obtenidos y por el número de remates al arco realizados. Una pared podría valer otro punto, para dar otro ejemplo. Y cierta acumulación de puntos podría valer al final como un gol. Si a alguien se le ocurriera decir que solo valen los goles ‘directos’ en el fútbol, habría que decirle que las faltas ocurridas en el área penal llevan a permitir un lanzamiento libre desde los once metros que generalmente se convierte en un gol ‘directo’. ¿Por qué premiar entonces solo lo negativo, un foul o falta en este caso? También se podría hacer lo mismo con lo positivo: cada cierto número de tiros de esquina, de paredes y de remates al arco, podría premiarse con un tiro penal. Otro ejemplo de que no se gana solo ‘directamente’, es decir con goles, es la llamada diferencia de goles, que permite a veces discernir al ganador en un campeonato. ¿Por qué no, de la misma manera, dirimir un encuentro por diferencia de tiros de esquina, de remates al arco, de las llamadas paredes o por el número de veces que se ha llegado al área rival, para poner otro ejemplo? No sé si lo tenemos de la religión, pero al igual que quienes van a la iglesia lo hacen para confesar sus pecados y no sus buenas acciones, en el fútbol se suele castigar lo negativo y prohibido, pero se deja de lado lo que la pedagogía moderna ya sabe desde hace bastante tiempo:
Los niños aprenden más y mejor cuando se los estimula positivamente.
Para eso, claro, tendríamos que cambiar de mentalidad, tal como ha ocurrido en otros deportes como el voleibol, cuyas reglas han cambiado masivamente en los últimos años. ¿Será casualidad que en un deporte tradicionalmente femenino hayan sido sido posibles tantos cambios? También habría que pensar que no se trata de poner ‘en peligro’ una tradición, sino de adaptar un juego a las necesidades de quienes verdaderamente podrían sacar provecho de una actividad lúdica que es tan o mucho más difícil que el ajedrez, el juego o deporte ciencia por excelencia. (El balompié, como el ajedrez, es un juego posicional, es decir, gana o está en ventaja quien mejor se posiciona. Es, además, un ajedrez grupal en el que las mismas piezas tienen que pensar rápidamente, todo el tiempo, y moverse ellas mismas a gran velocidad.) Una actividad lúdica que puede fomentar: -la camaradería, -la solidaridad, -el gusto por el ejercicio físico y la geometría dinámica, -el sacrificio común, -la acción ordenada, concertada y coordinada del conjunto y -el respeto por las reglas y por el contrincante. Personalmente me fascina el balompié, pero detesto el fútbol como negocio y como sublimación de nuestros instintos guerreros y agresivos. Pero el balompié tiene también todas estas cualidades nombradas y que coinciden con muchas de las necesitan urgentemente nuestras sociedades modernas en muchos sentidos. Y todo eso lo podrían aprender los niños jugando. HjorgeV 02-03-2008
LOS DEMONIOS INTERIORES DEL GAÚCHO ¿Qué pasa con Ronaldinho Gaúcho? El que podría ser el Mejor Jugador de Todos los Tiempos, no sale de su particular sube y baja en lo que se refiere a su forma física, su estado anímico y su rendimiento. Acaba de intentar ignorar una orden dada por Rijkaard al final de uno de los últimos entrenamientos del Barcelona. Lo cuenta El País.
Con esta actitud, Ronaldinho está demostrando varias cosas. Entre ellas: 1. Que no ha entendido lo que significa ser un jugador profesional. Con contrato multimillonario, además; es decir, no uno cualquiera. 2. Que no tiene mucha consideración ni respeto hacia el club, su entrenador, dirigentes y su público. Por las razones que sean: hartazgo, inocencia brasileña o simple estupidez. (Salvo que esté provocando su salida del club. Entonces se trataría de fría calculación suya.) 3. Que no basta ser bueno en muchos sentidos, si no se es capaz de vencer los propios demonios interiores. Si algo tenían en común las dos máximas figuras del fútbol mundial (independientemente de por quién se quiera decantar quién), Pelé y Diego, en su época activa, aparte de sus respectivas Divinidades, esa era su gran capacidad para morder y ser mordidos. Para aguantar. Y eso que en esos tiempos no se pagaban las barrabasadas que se pagan ahora y por las que más de un ser de este planeta podría dejarse cortar el día de hoy más de una pierna. (Es un decir.) Romario lo ha conseguido no hace mucho, pero Pelé, ya en 1969 (¡hace casi 40 años!), había conseguido marcar 1.000 goles oficiales, todavía a varios años de dar por terminada su carrera profesional. ¿Tendrán que pasar otras cuatro décadas para celebrar un acontecimiento de ese calibre? (Estadísticamente hablando, Pelé marcó un gol cada 5 días de sus 21 años como futbolista profesional. ¡No tenía tiempo para quejarse el Rey!) A Maradona, para detenerlo, fueron necesarias varias veces verdaderas acciones que bien pudieron merecer algo más que la cárcel. Otro que soportaba bien los mordiscos para devolverlos con queso, fue el gran Hugo Sánchez. ¡Cinco veces máximo goleador -pichichi- en España! (Al tercer año los defensas, ya convenientemente advertidos, tendrían que haberse presentado al trabajo con esposas, grilletes y cadenas. Pero, no. El gran Hugo, se siguió burlando de todos ellos, tres temporadas más.) Ahora se aparece el que bien podría ser el Verdadero Sucesor de Pelé. Tiene la talla, como se dice: el físico, las cualidades, los conocimientos y –ahora- la experiencia. Nada menos que en el Barcelona. ¿Y cómo reacciona este verdadero rey en potencia? Como un gauchito o gauchinho molesto y engreído porque las cosas no le salen en el campo como en los potreros y los campos de su niñez en Brasil. No ha estado lejos de encontrar y seguir por el cauce correcto. Empezó muy bien con el Barcelona. Pero, ya antes, en su mísero paso por el Paris Saint Germain, había empezado a demostrar más de lo que ahora le sobra: la falta de la conveniente fuerza mental, esa, sin la que el fútbol es solo un ajedrez inmóvil. Porque, para poder desarrollar el fútbol hasta lo que tiene que llegar a ser –un ajedrez grupal, dinámico y sinérgico, a altas velocidades- hay que ser más que fuerte mentalmente, tanto fuera como dentro de la cancha. Si esta estrella frustrada ya sale con estas poses estando el Barça en el segundo lugar de la clasificación y todavía no hay nada resuelto en la liga, no quiero ni imaginarme qué sucedería si en vez de esta cómoda posición – a solo 4 puntos del primero y habiendo ganado todos sus partidos como local-, se estuviera, por ejemplo, a mitad de la tabla. (Algo que ya debe haber sucedido más de una vez.) Intuyo que con este intento de desplante, Ronaldinho Gaúcho ha firmado su sentencia: no no podrá ser más el monarca que bien pudo haber sido. Sea o no por conveniencia. Es decir, lo esté haciendo para provocar su traspaso o no. Porque la Fuerza Mental –tanto en la victoria como en el infortunio- es un como músculo: si no lo entrenas y desarrollas, y crees que escapándote del entrenamiento y de la disciplina te haces más fuerte a ti y a tu equipo, nunca crecerá ni se fortalecerá. Al contrario, te seguirá enseñando aquello para lo que la has condicionado, atrofiándola: las posibles vías de huida o escape. Lamentablemente esa fuerza mental, esa misma que permite sobreponerse a los malos momentos, a la adversidad y ayuda, también, a soportar mejor largas rachas de posibles triunfos, es algo que no se puede inyectar como un analgésico. Menos, comprar. Ni siquiera con millones.
HjorgeV, 10-12-2007
CAMBIEMOS A PIZARRO (DE POSICIÓN)
Ahí lo tenemos.
El entrenador alemán, Joachim Löw, se ha atrevido. Para el próximo partido de la selección germana -esta noche contra el País de Gales-, el delantero del Bayern de Múnich, Lukas Podolski, no jugará en su posición habitual de delantero. Lo hará como mediocampista. ¿Por qué no probar lo mismo con Pizarro? (No me refiero a don Pancho, calma.)
Pizarro es un jugador excepcional. Pero también es uno cuya estrella se empieza a apagar, si no se apagó hace mucho tiempo, ya. Como delantero, quiero decir.
Por lo demás, es un atleta relativamente joven, capaz de dar mucho más en su deporte. Acaba de cumplir 29 años.
El resto de sus cualidades no las ha perdido: buena visión en el medio campo, buen toque de pelota, precisión, fuerza en las piernas; es ambidextro, sabe cabecear, tiene buena ubicación en el campo, es solidario como compañero, tiene fuerza mental y capacidad de sacrificio. Eso sí, no es el más veloz.
Su principal problema aparece cuando está cerca del arco rival. Entonces es como si el portero contrario le hiciera una especie de magia psicodélica, y, lo que antes era claro y lineal -geométricamente hablando-, ahora se le vuelve a él una serie de figuras deformes y en constante movimiento que le impiden orientarse. (Además, no tiene mucha capacidad de maniobra en espacios cortos. No es un Rey del Metro Cuadrado, por así decirlo.) Esta ‘enfermedad’ tiene un nombre: la famosa ansiedad del goleador. La sufren muchos. Actualmente, en la liga alemana, los casos del paraguayo Valdez del Dortmund, con 2 goles en 39 partidos como delantero, y del mismo Podolski con solo 4 goles en 30 partidos (después de venir de marcar 46 en 81 partidos por el Colonia FC) son los más llamativos. En el Chelsea, por su parte, el peruano lleva 9 partidos jugados y ha marcado un solo gol. Curiosamente, en su debut. Pizarro lo tiene más duro: desde el banquillo de los suplentes es más difícil meter goles y mostrar lo que sabe y puede. No siempre fue así. Claudio Miguel Pizarro Bosio (Callao, Lima, 1978) fue un jugador destacado desde pequeño. De hecho, a pesar de no haber brillado especialmente en el Bayern, su paso por Alemania lo ha marcado llegando a anotar 100 goles y convirtiéndose en el cuarto extranjero en conseguirlo en este país. Por otra parte, en los 11 partidos clasificatorios para el Mundial pasado jugando por el Perú, solo anotó un gol. Escuché la siguiente anécdota de un famoso periodista deportivo de El Comercio limeño en el negocio que tenía, aquí en Colonia, ciudad por la que han pasado muchos futbolistas peruanos. Julio Baylón jugó por el Fortuna de esta ciudad, Germán Leguía pasó una o varias temporadas vinculado a la Escuela de Deportes colonesa; y Ramón Mifflin hizo sus travesuras con el balón -y otras que también sabía- en esta misma ciudad. Se cuenta que el director del Werder de Bremen se encontraba de viaje en el Perú para cerrar la compra de un banco de una ciudad norteña. Para cerrar el trato, el peruano que le había vendido el banco le dijo: -Ahora vamos a celebrar a la peruana. -¿Y eso cómo es? –preguntó el alemán, por medio de su intérprete. Era un domingo. -Primero nos comemos un buen cebiche, lo regamos con buena cerveza y de allí nos vamos en la tarde al estadio. Después del partido nos espera una comilona al estilo criollo. -Al norte de Alemania también solemos comer pescado del Atlántico y lo regamos con buena cerveza alemana. Y los domingos en la tarde, también nos vamos al fútbol. -No, pues –replicó el peruano un poco contrariado, pero sonriendo socarronamente-. No se trata de cualquier partido, aunque sea uno amistoso. Se trata de mi equipo. -¿Su equipo, dice? ¿Acaso le pertenece a usted? -¡Claro, pues! Soy el dueño –dijo el peruano, orgullosamente. -Mire, qué casualidad –dijo el alemán, haciendo un gesto de incredulidad con la boca-. Sucede que soy el presidente de un club en mi país. El peruano volvió a sonreír ante tanta ingenuidad de su visitante. Hablaban como dos niños refiriéndose a sus juguetes. -No, no, amigo. No estoy hablando de cualquier equipo de fútbol. Estoy hablando del glorioso Alianza Lima, un equipo que bailó al mismo Bayern de Múnich allá por los años setenta o sesenta. Y en su propio país. Un equipo de primera división, pues. Una gloria viviente. Solo hay tres en el Perú de los que se pueda hablar así. Y vamos a ver el encuentro, además, en nuestro propio estadio. Se trataba de un partido amistoso en el que los Íntimos de La Victoria enfrentaban al Unión Minas. -No, no, amigo –le respondió el alemán con las mismas palabras y también con una gran sonrisa en la boca, mientras paladeaban ya un excelente cebiche en el Hotel Bolívar y las cervezas empezaban a cumplir su cometido-. Soy presidente del Werder de Bremen. Fue fundado hace un siglo, en 1899, y también tenemos nuestro propio estadio. En 1909 ganamos nuestro primer campeonato regional. Desde entonces hemos ganado la Copa de Alemania y hemos sido campeones varias veces del país. No se trata de cualquier club, amigo. Más tarde durante el partido, el alemán se quedó especialmente impresionado por un muchachito que llevaba anotados 5 goles. -A un joven así tendría que llevarme a Alemania –dijo el presidente del Bremen. -Bah, no es para tanto –replicó el peruano, sin perder su concentración en el juego-. En el Alianza tenemos varios de su categoría. -Seguro, pero no cualquiera hace cinco goles en un partido. -Mucha suerte de por medio –dijo el peruano, quitándole importancia al asunto. -Bueno, sí, seguro –insistió el alemán-. Pero primero, hay que meterlos. Primero hay que meterlos. Es una linda frase alemana que puede pasar desapercibida en la traducción. Es una que se usa para contrarrestar a pretenciosos y fanfarrones. ¿Me dices que eres capaz de llegar a la Luna? Primero hay que llegar. Y después hablamos. Ese jovencito que fue retirado del equipo en el segundo tiempo para que no rompiera la marca de Pitín Zegarra, uno de las más grandes glorias que hayan dado los aliancistas y el fútbol peruano en su historia, se llamaba Claudio. En el Bremen, a Pizarro le fue muy bien. Sobre todo porque jugó junto a Ailton y supo adaptarse a su estilo. Lo que la Bolita brasileña no metía, lo cogía el peruano y se lo metía a la bolsa. Lo más importante fue que pudo jugar varias temporadas sin mayor presión de ningún tipo. ¿Qué se podía esperar de un peruano futbolista en Yérmani, después de todo? Solo su juego relativamente simple y seguro bastaba para mantenerlo como titular en el Bremen. Pero hizo más: marcó 29 goles en 56 partidos. Así son los alemanes. Un jugador de juego simple, pero muy seguro, es algo que se aprecia aquí como un automóvil con motor. Si, además, ese jugador hace goles, se lo lleva algún equipo con más dinero. Las reglas en el fútbol profesional de cualquier país del mundo son bastante simples. Así llegó Pizarro al Bayern. Y a su jubilación. No se sabe exactamente qué sucedió con nuestro compatriota desde entonces. Cumplió su trabajo, pero no mucho más. La gran promesa goleadora y futbolística peruana no pasó de ser un jugador cumplidor, pero más mediocre que estrella. Alguien podría decir maliciosamente que sus escapadas (a las discotecas) en Bremen eran toleradas y ahora ya no en Bavaria. ¿Puede influir algo así en un jugador profesional? Lo cierto es que cambió. Subió de peso, se hizo más lento y no volvió a encarar un duelo de uno frente a uno como antes. ¿Lo anularon los bávaros? Puede ser. Mientras más alto estás en la liga alemana, menos puedes arriesgar. En este país no hay lugar para el lujo, el taquito; para el finteo, gambeteo, dribbling o regate sin mucho sentido -aparente-, para el espectáculo dirigido a las graderías (que igual, mucho, no les interesa a ellas). Lo que interesa fundamentalmente es ganar, más o menos a cualquier precio y sin que importe la belleza. (Y los bávaros son unos expertos en esto.) Ese precio lo pagó Pizarro alterando su juego. Y convirtiéndolo en frustración. El punto más alto de ésta lo marcó una carta que se dio a conocer en octubre del 2006, en la que le solicitaba a la Federación Peruana de Fútbol, no volver a ser considerado en la selección, mientras Franco Navarro fuera entrenador de la misma. ¿Qué hizo Navarro? No lo consideró para uno de los dos partidos contra Chile. ¿Viajar desde tan lejos es garantía de titularidad, acaso? ¿Se comporta así un jugador verdaderamente profesional, e interesado en su camiseta nacional más que en su normal interés por vestirla? Han sido muchos años así. Pocos goles, mucha frustración. Ahora nuestro compatriota quiere ‘descobrárselas’ todas y mostrar con la selección todo aquello que no pudo con el Bayern y que ahora tampoco no puede mostrar en el Chelsea porque no es titular. Cuidado: Claudio Pizarro no ha abandonado esa ansiedad. O al revés: esa ansiedad del delantero goleador sigue sin abandonar al chalaco. ¿Por qué se insiste entonces con él en todas las últimas formaciones de nuestro seleccionado? Lo más probable es que sea por la ascendencia que tiene en el equipo. No por nada ha sido el capitán de nuestra selección en los últimos años. Pero eso no basta para ser incluido en la nómina de los titulares. Esa misma ascendencia la podría tener desde el borde del campo, por ejemplo; antes y después de los partidos. Un juego no se gana únicamente con la pelota en los pies. Veamos lo que dice el entrenador alemán sobre Podolski, jugador colonés nacido en Polonia, quien fue compañero de Pizarro durante un corto periodo en el Bayern. Este delantero de 22 años puede aportar mucho más viniendo desde el medio campo; no cuando está de espaldas al arco, sino cuando sale desde el fondo y tiene la portería contraria al frente. Justo lo que se le critica tanto al peruano: que tiene grandes dificultades para crear peligro cuando está de espaldas al arco y cerca a él. Pizarro no es el más ágil, ni el más flexible. No tiene explosividad. Eso que marca la diferencia a pocos metros de la línea de gol, allí donde todos los ángulos -sus vértices- deben converger y, por lo general, todo se complica. Una de sus mayores carencias es la de no poder alterarle la brújula a sus marcadores con un simple gesto, movimiento, rotación o cambio de eje. Le cuesta horrores, como se dice. Y eso, un marcador, un defensa, lo agradece. ¿Por qué no darle alguna vez la oportunidad de venir desde atrás? Considero que Pizarro tiene todas las dotes para ser un magnífico centrocampista y armador. Alguien capaz de mantener la visión panorámica incluso para dar pases desequilibrantes y hasta de los llamados mortales. Organizar y dirigir el tránsito en lo ofensivo podría ser su función. (Siempre me ha quedado la impresión que ha llegado a marcar tantos goles, no por ser un goleador nato, precisamente, sino a pesar de ser colocado en esa posición.) Tal vez no se ha pensado todavía en esta posibilidad. El entrenador alemán acaba de dar el ejemplo con Podolski. Veremos primero que pasa esta noche en Quito.
HjorgeV
Colonia, miércoles 21-11-2007
PERÚ-BRASIL: ¿JUEGA O NO RONALDINHO? Creo que el arma más importante de un equipo de grandes jugadores, es, también, su gran capacidad para dar pases verdaderamente desequilibrantes a lo largo de un partido. Con suerte y constancia, esos jugadores sabrán dar -además- un par de pases mortales, de esos que necesariamente terminan en gol. Veámoslo. Aunque parezca una perogrullada, un encuentro nunca se gana por 2 bicicletas ó 3 huachitas (’túneles’) a cero.
Es más, el defecto más común de grandes jugadores del mundo, fue –y sigue siendo- su aparente imposibilidad de comprender que el fútbol tiene reglas muy claras y una de ellas dice que gana el equipo que marca más goles. Y que un gol es gol, recién cuando la pelota ha traspasado la línea de cualquiera de las dos porterías. No está mal repetirlo, créanmelo. Para el Mundial pasado, los peruanos nos quedamos sin clasificarnos, entre otras razones, por un par de goles de los llamados hechos, pero perdidos misteriosa e ingenuamente frente al arco contrario por nuestros delanteros. Pregúntenselo al Cóndor Mendoza, por ejemplo. O a Farfán. El defecto de muchos delanteros es ese: confundir el deseo con la realidad. Exactamente como sucede en la vida. (El fútbol también es vida, pero una superior, para los verdaderos futboleros.) Cuando ven un balón aparentemente fácil llegando a ellos –y sabiéndose incluso libres de marca-, ocurre aquello que solemos practicar como un deporte en la vida diaria: no hemos terminado una tarea, pero ya queremos cobrar. Lo malo es que el aire contiene un conjunto de partículas distribuidas caótica e irregularmente en el espacio. Eso es importante saberlo cuando viene un balón aéreo. Los llamados ‘extraños’ que hace un balón en su trayectoria aérea –sobre todo cuando va a gran velocidad-, se debe principalmente a que el aire no es un medio perfectamente homogéneo. Es decir, el esférico interacciona con los ‘huecos’ del aire. Y lo mismo sucede con el suelo del campo de juego. Basta un terrón o un pequeño agujero en el gramado para alterar la trayectoria de la pelota en último momento y echarnos a perder el cálculo que centésimas de segundo atrás nos parecía correcto. Por eso, un delantero tiene la obligación de concentrarse al máximo hasta que la pelota haya cumplido lo que dice el reglamento: traspasar la línea de gol. No hay más trucos. Recién entonces puede pasar por caja. Cualquier intento de hacerlo antes de lo que indica el reglamento, se paga caro en la cancha y se debería pagar más caro aún en dinero contante y sonante, si se trata de jugadores profesionales bien pagados. Para conseguirlo son necesarias varias cosas: 1. Concentración física y óptica absolutas. 2. Deseo inmenso de hacer bien las cosas. 3. Humildad para no creerse nada hasta que no lo hayamos conseguido. 4. Excelente estado físico y mental. 5. Extirpar del vocabulario personal la expresión ‘goles hechos’. No existen. Son una mera y triste ilusión. 6. Profesionalidad en el cumplimiento de los puntos anteriores. 7. Buena mano del entrenador y apoyo psicológico del grupo, sin críticas durante el juego, para no estropear el alto estado de concentración de los demás. Pienso que el fútbol es como un ajedrez dinámico en el que, por una parte, las piezas (jugadores) están siempre como si estuvieran tonteando por el tablero (campo), pero, por otra, están discretamente muy atentos de poder lanzarte un alfil, un caballo o una torre encargados de clavarte el puñal. Tratar de predecir dónde puede ir lanzado, constituye la mayor parte de la tarea defensiva de un equipo. La otra: en tratar de evitarlo, una vez reconocido anticipadamente el peligro. No es, o no debería ser, el estar permanentemente atento al trabajo de ‘tonteo’ del rival: sea aquel con bicicletas, motonetas o deslizadores. ¿Qué nos tiene que interesar las piruetas artísticas del contrario en su campo, o en zonas –y circunstancias- nada o poco peligrosas del nuestro? Los equipos que mejor se han defendido frente al Barcelona de Ronaldinho, han sido aquellos que humildemente se han dedicado a la tarea de defender en conjunto, atentos a todas las posibilidades de ser ‘apuñalados’ por los azulgranas. Entre esas posibilidades, las de esos pases mortales que decía al comienzo. Los equipos que le dieron demasiada importancia a Ronaldinho y a sus piruetas circenses, se dejaron marear por ello y pagaron muy caro su boca abierta de sorpresa y admiración. A pesar de que son muy raros los goles marcados por el brasileño genial, tras ganar un enfrentamiento uno a uno. (Otra cosa es Messi.) Y, en general, bien visto, Ronaldinho, a pesar de su gran técnica y poderío físico, no comanda ninguna tabla de goleadores. ¿A qué tenerle miedo, entonces? Esperemos que Chemo del Solar sepa inculcarles a los jugadores esa confianza en sí mismos, que es algo que necesita a gritos desde hace -ya- décadas nuestra selección. Porque se trata, pues, de jugadores profesionales, muchos de ellos codiciados por grandes clubes europeos. Seamos claros: las deficiencias de nuestro deporte base no las vamos a salvar con estas eliminatorias (ese es otro tema candente), pero, sí -estoy convencido de ello-, nuestros jugadores tienen más de un argumento para arrancarle algo más que un empate a Brasil. Para mí, ha llegado la hora de arriesgar fuerte. No solo basta esperar y rogar que Brasil no nos golee o humille en casa. Tenemos que salir alguna vez a cumplir el reglamento: llevar la pelota a que traspase la línea de gol contraria. ¿Qué podemos perder en ese juego que conocemos desde nuestra niñez, después de todo? Aunque nos salga el tiro por la culata, podríamos saber hasta dónde somos capaces de llegar ofensivamente, por lo menos. Y no seguir con esa sensación del novio que conoce a la novia con la que nunca se llegará a casar, solo por fotografía. ¡Cohesión, concentración y riesgo ofensivo!, tendrían que ser entonces las consignas, para el partido de mañana domingo contra Brasil en Lima.
HjorgeV
Colonia, 17-11-2007
¿LAS ALEMANAS O LAS BRASILEÑAS? Deben ser los largos años que llevo en este país y mis cuatro hijos germano-peruanos los que ya no me permiten gritar enseguida “¡Brasil!”, ante una pregunta así, como antes. Además, las jugadoras alemanas se lo han ganado discretamente, sin muchos aspavientos, casi humildemente, y todo eso a pesar de no tener mucho a su favor. Son las actuales Campeonas del Mundo y aquí en su propio país, la gente apenas se ha enterado de ello.
El fútbol ya no es capaz –salvo en el Mundial pasado, celebrado justamente aquí- de mover pasiones más allá de los límites que demarcan los verdaderos aficionados. Además, a su carácter supuestamente proletario que tenía en este país, ahora hay que agregarle el agregado del gran circo mediático que ahora lo envuelve, con todo lo bueno y lo pésimo que eso pueda conllevar y denotar. El Mercado, como siempre, solo quiere vender, aún a costa del deporte mismo del cual se ocupa. Las mujeres no tienen la suerte de ser consideradas dentro de él. Son prácticamente ignoradas por el común de las gentes. Hay que tener en cuenta, además, que hasta 1970 y por esas razones que hoy no podrían aludirse, el fútbol femenino estaba prohibido en este país. Hoy las muchachas jugarán la final de este Campeonato Mundial Femenino de Fútbol China 2007 enfrentándose nada menos que a Brasil, equipo que goleó 4-0 a las favoritas de EEUU en la otra semifinal. Al momento de escribir esto –faltando unas cuatro horas para que empiece el partido-, no tengo la más mínima idea de quién pueda ganar. He visto, sí, los goles de casi todos los partidos en fifa.com. Y si algo he notado en el equipo brasileño, son sus grandes cualidades técnicas y su intenso -fogosísimo- deseo de ganar y hacer bien las cosas. Algo que no necesariamente se podría decir de las selecciones brasileñas masculinas de los últimos años, tan medrosos algunos de sus integrantes aún en eso de gastar energías. Lo más natural del mundo en un deportista.
Solo he visto -parcialmente, además- un par de partidos de todo este Mundial, justamente por lo que digo arriba: los partidos de la selección femenina apenas han sido mostrados por la televisión alemana. Ahora que Alemania ha llegado a la final, las cosas han cambiado y la curiosidad pública se ha despertado. Es duro, pero es así, y a las chicas no les queda sino seguir adelante con su programa, tan exitoso hasta ahora. Para empezar, como parte de ese programa, está la nueva entrenadora de la selección, Silvia Neid (43). Los medios de comunicación recién la empezaron a tomar en cuenta, después de que sus chicas pasaran a los cuartos de final. -Qué gusto de verlos –les dijo a los periodistas, fotógrafos y camarógrafos, entre irónica y divertidamente. “¿Existo, no?”, bien podría haber agregado. Y es que nadie daba nada por ella antes de este Mundial, a pesar de todo el historial de triunfos deportivos que acreditaba su presencia en el puesto de entrenadora de la selección nacional que ahora ocupa. Las mujeres lo siguen teniendo más que difícil. Aquellas que se atreven a ocupar algún puesto directivo, aún más. Hasta el 2003 fue la asistente de su especialmente exitosa antecesora, Tina Theune-Meyer. Hasta la semana pasada, Silvia Neid no había ganado nada como entrenadora.
De tal manera que el escepticismo era algo que rodeaba como un aura a alguien como ella, que aparte de su talento, posee un título profesional que no tiene nada en común con su puesto actual, el de vendedora de carne.
¿Cómo podría ser de otra manera, si aún las mujeres que juegan en primera profesional, apenas ganan lo suficiente y tienen que ejercer un segundo trabajo o profesión para subsistir?
Lo digo con conocimiento de causa. Fui entrenador de las divisiones inferiores del FFC Brauweiler, el equipo femenino de un pueblo aledaño al nuestro, y que llegó a ser campeón de la Erste Bundesliga, la primera división alemana, por esfuerzo propio. Llegado a ese punto, el equipo fue desmantelado por los dos o tres equipos más poderosos de este país. Ahora, el Brauweiler, después de haberse pasado la última temporada sin haber ganado ni un solo partido, se encuentra en segunda, soñando con volver a primera. Pero Neid no es una cualquiera. Como jugadora estuvo siempre entre las sobresalientes. En su debut en la selección, hace 25 años contra Suiza, marcó dos goles. En el Primer Mundial Femenino de Fútbol –celebrado también en China- fungió de capitana de la selección. Además, es una de un grupo selecto de cinco jugadoras germanas que han estado en todos los 5 Mundiales Femeninos hasta ahora realizados. Se dice de ella que tiene una alta capacidad analítica, especialmente del rival, y que ha conseguido armar una férrea defensa casi al estilo catenaccio. Ese sistema defensivo a base de sogas, esposas, cadenas, cepos y trampas que inventaron los italianos y que habrían seguido desarrollando hasta concebir jaulas y usar armas para aturdir al adversario si el reglamento se los hubiera permitido. Que esto no engañe a nadie: Alemania figura con 19 goles en cinco partidos como el equipo más ofensivo del torneo.
Lo que sí es indiscutible es que ha sabido proporcionarle a su equipo un claro sentido de juego en conjunto, sin temer a incluir jugadoras muy jóvenes e inexpertas junto a sus favoritas, las experimentadas y fogueadas como Birgit Prinz. (Ésta última goleadora absoluta del Mundial del año 2003, elegida como Futbolista del Año a nivel mundial en el 2003, 2004 y 2005; siete veces Futbolista del Año en Alemania y, con 14 tantos, lidera la tabla de goleadoras absolutas de los Mundiales de Fútbol Femenino. ¿Quién lo sabe?) Las más jóvenes se dirigen a ella -la entrenadora- como Frau (‘señora’) Neid. Las más antiguas la llaman, simple y coloquialmente, Silv, un apócope de su nombre. Algo que solo puede hablar de su gran ascendencia sobre el equipo y del respeto que se le tiene. Se afirma que si no está contenta con el juego de alguna, se acerca al borde del campo y le espeta “¡Muévete!”, enviando inmediatamente a dos jugadoras del puesto correspondiente, o parecido, a calentar, como prueba de la seriedad de sus palabras o de sus intenciones. Que es alguien que sabe vender, ya lo ha demostrado como vendedora de salchichas detrás de un mostrador o vitrina de tienda durante largos años y, últimamente, en el negocio mayorista de flores. Ahora solo le queda saber ‘vender’ bien –aún mejor- este equipo de talentosas jugadoras alemanas. Que gane la mejor escuadra. Será un lindo partido.
HjorgeV
Colonia, domingo 30-09-2007
UN TROFEO PARA ÁFRICA
“Aunque ningún dios de los humanos sea negro, este Mundial Sub-17 tendría que ser, perfectamente y con justicia, africano”, escribí sobre el partido que perdió Argentina frente a Nigeria hace una semana.
Hoy, viendo la final del Mundial Sub-17 entre España y Nigeria en directo en FIFA.com, cumplí mi sueño de ver un partido y escribir paralela y sincrónicamente, la crónica del mismo.
Si bien, me hubiera gustado que ganara España, me parece muy bien que el Continente Olvidado empiece a recoger todo tipo de trofeos.
Me parece muy bien que esta vez las fotos que verán los niños africanos en los diarios de los próximos días, no sean solo las de aquellos que se mueren en el mar intentando buscar un simple y humilde futuro sin hambre en Europa. Por simple simetría -y aquí no es el caso-, se lo merecen. Nigeria ya lleva tres en esta categoría. Carajo. MUNDIAL SUB-17: ESPAÑA SE RINDE EN LOS PENALES ANTE NIGERIA Empezó muy bien el partido España, llegando a tener una clara oportunidad de pasar adelante en los primeros minutos. Tenían los peninsulares claro contra quienes estaban jugando: unos muchachos durísimos, agilísimos y muy rápidos, y que sabían muy bien para qué sirve un balón. Ya no son los jugadores inocentes que no saben lo que es una cámara de televisión ni los asusta un gran estadio. Son jugadores contra los que no te puedes confiar en cuestiones de músculo y contra los que no te puedes permitir ningún error que pueda dejar libre la autopista hacia tu arco. Si a eso le agregamos 5 aspectos resaltantes del conjunto nigeriano, podríamos tener una clara idea del peso del rival que le había tocado a los españoles.
1. Estos jugadores africanos ya no abusan del dribbling, gambeta o regate como antaño.
2. Saben lo que es actuar disciplinadamente, en conjunto y a favor de él.
3. A pesar de que no tienen la brújula ajustada del todo, la verticalidad que han ganado es asombrosa. Hasta no hace mucho era relativamente fácil, con un buen sistema defensivo (catenaccio), hacerlos pasearse y gambetear horizontalmente, sin mayor peligro verdadero de gol.
4. Su capacidad de sacrificio ha aumentado.
5. Cada vez más son más peligrosos cerca del arco, allí donde antes parecían sufrir de un súbito ataque de parálisis.
Para mi personal gusto, España se enfrentó demasiado a Nigeria a golpe abierto, como en el boxeo. Algo que puede tener sus ventajas en el fútbol. Sí. Puedes bajarle la moral a tu rival allí donde él se creía imbatible, por ejemplo. Y esto creo que es algo que funciona especialmente bien con los equipos africanos. Si sabes y puedes mantenerte en pie, claro. La desventaja es que te pueden dar verdaderamente duro y, en un descuido, meterte un buen piñazo. Y de allí, mejor parar de contar. Pero España tiene jugadores excelentes. Iago Falqué, el 14, por ejemplo. Peligroso hasta cuando te da la mano para saludarte el del Barcelona. http://es.fifa.com/u17worldcup/news/newsid=590232.html#iago+polifuncional+suena+titulo O el 12, Lukas, que engancha la pelota como los grandes y con un par de movimientos mentirosos desplaza a los jugadores del equipo rival como si los tuviera reposando sobre el lente de su largavista. De esos que con una sola jugada suya, te preguntas cómo puede ser posible que todavía no sea conocido internacionalmente. Sergio, el 15, que ya podría estar jugando en cualquier equipo profesional. O, simplemente, Fran Mérida, el 10. Y entonces, a la media hora del partido, en este intercambio abierto y sincero de golpes que era el partido, Nigeria se empezó a ir por las puntas, especialmente por la derecha, y sus jugadores se pusieron a hacer eso que saben hacer muy bien: el dribbling, regate o gambeteo (cabrear, se dice en mi país) en espacios reducidos y sin que importe mucho la orientación. Si hay más piernas, mejor, aún, para ellos. En un par de jugadas bien hilvanadas, casi como en un entrenamiento de ataque rápido, desborde y gambetas complementarias, podían haber sellado los africanos perfectamente un 2-0, relativamente justo a estas alturas del encuentro. Entonces, como estábamos en una contienda de golpe limpio, en un saque de esquina, la pelota se la encuentra un español a apenas tres metros del arco y lanza un zapatazo que choca nadie supo bien dónde, pero que no entra. (En el abdomen de un defensa nigeriano, se ve después.) 2 a 1, en la teoría. En la práctica, seguía jugándose un partido de alto riesgo y, por otro lado, se acercaba el –para ambos- ansiado descanso. Creo que cuando mejor estuvo España en esta etapa, fue cuando los muchachos españoles se dedicaron a hacer lo que saben. Pisar y llevar bien el balón. Administrar su desarrollo sobre el campo y sus trayectorias. Sacarle provecho a la gambeta bien hecha, esa que se tiene que repetir miles y miles de veces en los entrenamientos. Lo único que le faltaba era un poco de suerte. ¿Sabían sus jugadores que era, con todo, una verdadera suerte haber llegado vivos al pitazo intermedio ante unos leones de jugadores como rivales? Antes de la pausa, Nigeria volvió a tener un par de oportunidades, pero, curiosamente, en ellas salió a flote ese gesto que tanto daño suele hacer a los conjuntos africanos: la desesperación. Ahora a los españoles solo les quedaba sacar provecho del descanso y del gesto anterior. SEGUNDO TIEMPO España volvió a salir a hacer un partido franco. Que gane el mejor y punto. Qué demostración de confianza en sí mismos. Como latinoamericano, con dos apellidos españoles a la espalda (es un decir), ¿qué más deseaba? Eso es algo que como espectador también hay que saber agradecer, aunque después no queramos que se nos acabe el partido. Nigeria, como para hacernos recordar que no se había movido del campo y allí seguía, casi le clava el aguijón a su rival alrededor del minuto 55. Tal vez la gran diferencia en el juego de estos dos equipos en esta segunda etapa, estaba en la actitud. España parecía estar jugando un partido más. Uno especialmente duro y difícil y en el que tendrían que tener mucha suerte para salir como vencedores, pero un partido más al fin. Eso es algo que a esta edad se sabe o no se sabe. Y se actúa consecuentemente o no. Positivo español, en ambos casos. Nigeria, por su parte, no estaba jugando un partido de fútbol oficial más. Los nigerianos estaban jugando el partido. Su encuentro. Una final de un campeonato mundial de su deporte rey, más rey aún que el león. Un trofeo que no se ha atrevido a pisar en su versión adulta, –todavía- quizás por temor, las tierras del continente africano. En esos casos, el mismo reloj se vuelve una bomba de tiempo que gotea ansiedad a cada minuto que pasa, allí donde solo debería haber agua y paciencia. Y un 0-0 te puede llegar a parecer una derrota. Faltando menos de media hora para el final del encuentro, España, a pesar de haber podido recibir la estocada, empezó a mostrar rutina y cierta tranquilidad: oro y plata en situaciones de este calibre, en las que también está claro que quien marca un tanto, puede considerarse como ganador. Mérida, en el minuto 70 tuvo la oportunidad en el pie derecho, después de haber llegado al área medio ladeado desde la izquierda. Una de esas jugadas que no requieren de extrema pericia técnica, pero sí de un gran cálculo sincrónico y angular, porque te quitan en forma bella el obturador de tu lente, con un solo cambio de pie, permitiéndote a continuación la captación casi en cámara lenta de tu gol. -¡Tranquilo!- se escuchó desde el banquillo español ante la oportunidad perdida por él. Como tiene que ser. (El delantero necesita tranquilidad y concentración absolutas.) A continuación, en un afán de simetría, el nigeriano Yakubu Alfa, el 13, le repitió una versión más barata, sin fuerza, por suerte; seguida de una genial puntada de Aquino, el 16, que no tuvo conclusión feliz. Como era una pelea de golpes francos, al minuto siguiente, un defensa español casi le regala la pelota en los pies a un delantero nigeriano. (Solo faltó que le pidiera un autógrafo.) El dios Tictac seguía corriendo. Nigeria empezó a tratar con pelotazos aéreos. Tiene buenos y fuertes cabeceadores el equipo africano. Lo que le faltaba a sus jugadores era ese plante de músculos y nervios, ese temple que requieren los centros si se desea que sean precisos. Como ha pasado en muchos campeonatos mundiales, con el paso de los minutos y acercándose el final, los africanos empezaron a descreer de sus fuerzas y posibilidades y a cometer ese tipo de errores mínimos que después se pueden convertir en una bola de nieve capaz de hacer rebalsar un lago y arrastrar con toda una población. Mientras tanto, el entrenador nigeriano seguía sentado en su lugar, casi inmutable, como un abuelito que solo puede escuchar el partido por la radio, pero que sabe que ha hecho bien las cosas y solo le queda esperar el designio de esa señorita tonta, bella y veleidosa llamada Fortuna. A los españoles, por su parte, parecía haberles crecido un tercer pulmón y mucha madurez con él. Solo tenían que administrar el empate un par de minutos más y seguir con su confianza en sí mismos. El planteamiento –que espero haya sido algo deseado por parte del entrenador: el juego franco- les había funcionado y estaban dominando los últimos minutos de la final. Nigeria, pasó, asombrosamente, a estar perdida en el campo. La pócima de brujería que le habían aplicado los españoles en la pausa parecía empezar a hacer su efecto. No hay mejor forma de jugar bien que cuando te la crees. Ese estar fresco. Todo te sale, entonces. Así había empezado Nigeria. Así terminaba el partido, pero para los españoles. Hasta que en una tijera del capitán Camacho contra un rival -y con la que recuperó más o menos limpiamente el balón-, el árbitro estuvo a punto de meter su mano de dios e inclinar la balanza hacia los nigerianos. Pero todo no pasó de un buen susto. El partido se acababa. Nigeria sentía perder con el empate. España, tranquila. Por lo menos aparentemente. Estaba por decir yo que habría que escribir un tratado sobre la paciencia en el fútbol, cuando, ya en los adicionales, Aquino por un lado y el 15, Sheriff Isa, por el otro, se lanzaron unos zarpazos sucesivos, tan tremendos, que bien pudo haberles costado la cabeza a ambos; seguidos de un tiro libre que el arquero africano Ajiboye estuvo a punto de convertir en un autogol. El japonés, Nishimura Yuichi, hizo entonces lo mejor que un árbritro sabe hacer en estos casos: dar un par de minutos de descanso para volverse a ajustar las torcidas cabezas y regresarlas a sus correspondientes sitios los dos gladiadores. Lo bonito de este deporte llamado balompié es que reúne elementos de varios deportes y actividades diferentes. Está la comparación con una lucha o batalla, y, sin embargo, no hay muertos ni heridos. Se trata de una simple alegoría. Una metáfora. Una sublimación, además. No lo que desearían algunos: golpes aniquilantes, peleas de verdad, sangre, arena. Brutalidad. (Nos pesque confesados, como dirían mis tías.) Están los movimientos que tienen mucho de atletismo, ballet y baile. De tango. De salsa y samba. (De orígenes claramente africanos, estas dos últimas.) Está lo que tiene de deporte ciencia, de ajedrez. Lo que tiene de táctica y estrategia. Lo que tiene de poder mental. Los minutos finales se estaban colmados de estas características. Hasta que llegó el periodo suplementario. El juego de cabeza, músculo y corazón, había pasado a convertirse, además, en uno de nervios. El que mejor los tuviera puestos saldría ganador. ¿O sería otro de esos encuentros en los que la Señora Suerte querría hacer cumplir su voluntad impredecible y banal? Son esos momentos en los que la ansiedad contamina todas las herramientas como un aceite maligno, haciendo que no funcionen como acostumbran a hacerlo y, haciendo resbalar, añaden la sorpresa propia como regalo perverso adicional. Son esos momentos en los que la simple actitud de conjunto puede aniquilar la mente del rival. Son esos momentos en los que, muchas veces, nadie quisiera estar ya allí y que sirven, por eso, para dirimir cuáles son las otras características también importantes de un equipo. Su capacidad de lucha, de terquedad; pero en los que también hay que saber actuar con tranquilidad y cierta parsimonia, mostrándole al rival que puedes llevar el pantalón húmedo, pero que no por eso estás dispuesto a dejar de morder. (Tener miedo en estos casos no es malo ni inusual. Pero así como a la pelota, al miedo hay que saber administrarlo.) Nigeria tenía más de un verdadero velocista entre sus líneas. De esos que tienes que tomarte un par de metros de ventaja si tienes que enfrentarte con él en una carrera por el balón. Pero, que, si mides mal, tu rival, desagradecido como siempre, puede usar muy bien el hueco que tú mismo has creado para excluirte de su jueguito y hacerte verdadero daño por otro flanco. En un enfrentamiento así, al 4 de España, a David Rochela, se le coló uno de esos atletas que los africanos suelen esconder en algún lugar entre el campo y las tribunas, y que se visten con el mismo uniforme, entran ilegalmente al campo reemplazando a uno de los jugadores, y te dejan sentado para que los veas pasar, como el infante que ni siquiera ha aprendido a pararse todavía. Kabiru Akinsola, el número 8, con un precioso y deseado tiro desde su propio campo y desde una distancia de unos 60 metros, falló por unos 5 centímetros. ¿Porcentaje de error? 0,083%. (El cálculo no es correcto, porque hay que tener en cuenta el tamaño de la pelota; pero es de lo que se suele hablar.) Un gol del siglo, pensamos todos (acaba de empezar). Y un Mundial Africano. Como el fútbol no lo inventaron los dioses, o -tal vez- por lo mismo, siguió el partido. ¿Quería irse España ahora a los penales? ¿Sintió desfallecer? ¿Se asustó con ese portento de idea y ejecución de Akinsola? Lo cierto, es que reaccionó bien y empezó a amontonar hombres por las bandas. Allí donde se escondían esos atletas disfrazados de los que hablo. Los españoles están acostumbrados a vivir con bombas que pueden explotar en cualquier momento en cualquier lugar. España es el único país de Occidente, en el que una banda terrorista como ETA, se puede dar el lujo de tener un respetable apoyo ciudadano y eso es considerado normal. Vistos esos antecedentes, el equipo español no tuvo problemas para resistir bien a la presión del dios Tictac, el de los mecanismos de relojería. En un buen gesto táctico, Iago cambió de punta y volvió a su banda izquierda. Pocos momentos después, el juez japonés permitió que los nigerianos se cobraran un tiro libre con la pelota todavía rodando. A lo que siguió un tiro libre felizmente inocuo para España. ¿Dónde obtuvo este árbitro japonés su licencia arbitral?, me pregunté. ¿En una tienda de Yamaha? Lo que sí propició esa patinada del juez –pero los españoles también lo permitieron- fue hacerles perder la concentración que venían manteniendo. Cinco minutos más. Son esos momentos en los que hay que actuar con cara de palo y no dejarse turbar el gesto por nada. Ni por un gol. (No se está perdiendo por cinco o tres a cero. El partido va cero a cero. Hasta un gol, se puede igualar, todavía.) Cara de palo y adelante, decía, y ahí vino la oportunidad de Iago. Un disparo desde unos 35 metros que el portero desvió al corner, seguido de otro ataque español. El partido de golpes francos, se había convertido en uno de nervios francos, ahora. Ya valía cualquier cosa en el par de minutos finales del partido: codazos, faltas graves por ambas partes, trampillas, poses histriónicas, pelotazos al cielo para calmar al Dios Relojero que vive en las nubes, seguramente. Un partido vibrante. De esos que solo pueden terminar definidos por los penales. Allí donde empieza otra fase diferente y que tiene sus propias reglas de juego y dramatismo. Sin olvidar la tragedia. Pero esa ya será historia, me dije, empezando a relajarme. Quise ver un buen partido y mi deseo se ha cumplido. Quise escribir paralelamente y mi otro deseo también lo he cumplido. Si este es un ejemplo de lo que se nos viene en el futuro, entonces, me dije, atención Mundo, atención Mayores, que África ya hace demasiado tiempo que se está haciendo esperar. (Como soy de los que se desean justicia en el mundo, hasta esto lo aplaudo y me alegro por el Continente Olvidado.) Por otra parte, me puedo imaginar perfectamente que de la base de este excelente equipo de muchachos españoles salga la selección del próximo o del subsiguiente mundial de mayores. Por lo menos. Eso, independientemente del resultado que ya conocemos todos, pero que yo no conocía cuando terminé de escribir esta última palabra.
HjorgeV, domingo 09-09-2007 14:32
ARGENTINA TAMBIÉN SE DESPIDE ANTE NIGERIA
Un equipo particularmente robusto y esclarecido este nigeriano.
Ya pasaron los tiempos en los que los equipos africanos apenas sabían dónde estaba el arco contrario, salvo por el grito histérico de las graderías. Eso sí, siguen reaccionando en alguna ocasión con bastante pánico en el propio. Pero eso no es todo.
Un partido vibrante minuto a minuto, como si estuviera claro que el ganador sería/será, seguramente, el campeón de este torneo.
La gran diferencia que marca Argentina, y que la diferencia de selecciones como la nuestra, está en su gran rutina.
Mientras que los nuestros todavía no parecen tener claro donde está la puerta del autobús que deben conducir y se dejan aturdir con las vicisitudes del viaje (lluvia, pasajeros que suben y bajan, frenazos, momentos de peligro); los argentinos se suben a su vehículo, se sientan como si lo llevaran haciendo cien años, encienden el motor y nadie los saca de su concentración hasta el final. Dicho en tres palabras: lo tienen claro. Lo suelen tener claro.
Saben de qué va la cosa. Y tienen todos los elementos que necesitan para un viaje/partido así: físico, vista panorámica, fuerza de conjunto, claridad conceptual, sacrificio, paciencia, nariz (intuición) para reconocer las verdaderas oportunidades.
Sin embargo, les llegó un penal cuando menos lo esperaban. Casi injusto, además, y los tanos, demasiado sorprendidos como para recapacitar y sentar cabeza, perdieron los papeles. Y ya no los volvieron a encontrar entre tantas piernas verdaderamente fuertes y más que ágiles y más que rápidas y más que morenas.
Llevamos viendo unos veinte años cómo las selecciones africanas mejoran cada vez más y, a pesar de todo, siguen siempre a un gran paso por detrás de muchas otras como Argentina o Brasil, Francia o Alemania, para poner algunos ejemplos.
En este mundial, se están viendo cosas diferentes. Jugadores del continente negro menos desesperados en el juego, con las cosas más claras en la cabeza, gran voluntad de sacrificio, deseo de jugar en equipo y mucha disciplina. Casi militar.
Es el fruto del trabajo de entrenadores que han visto con indignación cómo teniendo el potencial necesario, éste no se traduce en éxito a nivel de estas competiciones mundiales.
Cuando África aprenda a relajarse un poco más, adquiera rutina y más confianza en sí misma, será muy difícil ganarle.
En el penal, el delantero se tropieza consigo mismo. En esos casos es muy difícil saber hasta qué punto ese tropiezo no fue inducido por el rival de forma mínima. De tal manera que se puede tachar de discutible la propuesta irrebatible del árbitro, pero defendible.
Poco antes de terminar el primer tiempo, teniendo a los argentinos encima, se vio claramente cuáles son aún las grandes deficiencias africanas: su gran inclinación por el caos absoluto y la histeria colectiva en la defensa en casos de gran peligro y la ingenuidad de los arqueros africanos en los balones que vienen por alto.
Esas cosas que se aprenden jugando desde niño en campos con medidas oficiales y una pelota, también, oficial. Con guantes, además.
A Argentina, y particularmente a Meza (el capitán, defensa y receptor de una tarjeta amarilla en el discutible penal), le dolió el gol. Quizá más de lo necesario. En ese punto en el que es posible tirar la rutina por la borda de pura obnubilación. ¿Qué tenía que reclamar él si ya se sabe que un árbitro no puede corregir su decisión?
Si cometió un error en este primer tiempo el equipo albiceleste, fue el de querer igualar inmediatamente, llamando en cambio la ansiedad a gritos, que es el peor enemigo de juegos como este, donde la concentración y la fortaleza mental son tan importantes como la técnica y la condición física.
En ese estado de cosas, encajó su segundo gol; justamente en una jugada donde tratar de detener al atacante africano podría haber significado otro penal y una posible expulsión.
Así, los argentinos terminaron la primera parte del encuentro con un marcador adverso y en una situación que no podían haberse imaginado al comienzo del partido.
¿Responderían desesperándose aún más o saldrían a confiar en su aparente superioridad conceptual y esperar a que el dios del juego les sea favorable?
Transcurridos 65 minutos de juego, la pregunta ya no era la misma, pero Nigeria, por su parte, no se lo había puesto más fácil a los argentinos, sino mucho más difícil. El partido se acababa y no habían encontrado una fórmula concreta para contrarrestar dos goles en contra. Sospecho que faltando 15 minutos de juego, los muchachos argentinos ya se habían rendido mentalmente del todo. Si ya no lo habían hecho antes, al ir al descanso.
Porque ya no fueron capaces de aprovechar situaciones menos complicadas y más rutinarias, y sus delanteros perdieron toda mordida.
Cuando en la cabeza se cierran las llaves de esos combustibles llamado deseo y confianza en sí mismo, hasta las cosas más sencillas no te salen por más que lo quieras, justamente, por quererlo demasiado y perder energías y concentración en ese deseo.
África está aprendiendo y madurando futbolísticamente. Les queda un largo trecho por delante, pero les llegará su momento.
El partido terminó con Nigeria yendo cada vez a más y con unos jugadores argentinos durísimos, como agarrotados mentalmente, y agradeciendo no haber perdido por goleada.
Aunque ningún dios de los humanos sea negro, este Mundial Sub-17 tendría que ser, perfectamente y con justicia, africano.
HjorgeV 02-09-2007
UN SOLO MINUTO DE LUCIDEZ
Cinco partidos. Dos ganados, dos empatados y uno perdido para Perú en este Mundial Sub-17 de Corea. Despedida final después de haber llegado a los cuartos de final.
No está mal para empezar a recuperar la ilusión. Pero esta misma ilusión hizo que el último partido y este mundial, en general, nos supieran a poco.
No sé quién dijo alguna vez que no veía los partidos de la selección para no amargarse. Recuerdo que entonces me pareció una afirmación absurda. ¿Amargarse por un partido de fútbol?, me pregunté entonces. ¿Fue un peruano? (Seguramente se puede aplicar más o menos a cualquier nacionalidad.)
Hoy quedó completamente claro que Ghana no le había ganado a Brasil de pura casualidad. Ghana gana y se va con fuerza hacia la final.
Tienen un juego duro estos muchachos africanos, lejos de las acrobacias propias de artistas de circo pero apenas con brújula a las que nos solían tener acostumbrados los equipos africanos hasta no hace mucho.
Se ve disciplina férrea en el equipo ghanés. Ganas de ganar y mucha responsabilidad, por más que empezaran el partido con el miedo colgándole de las camisetas -como condecoraciones- al igual que los peruanos.
Las estadísticas hablan lo suyo. Posesión del balón: 55 contra 45%.
Ya transcurrido un cuarto de hora del partido, había que ser muy iluso para creer que Perú podía ganarlo. ¿Cómo?
Con el planteamiento ultradefensivo, solo hubiera sido posible gracias a algún contragolpe, algo para lo que se necesita fuerza, rapidez, rutina y contundencia. Cuatro elementos en los que estábamos en clara desventaja y que no caen del cielo.
Como todo no era rosas en el equipo africano, nuestra oportunidad de gol también la tuvimos, a pesar de que apenas disparamos al arco contrario.
En los momentos en que Perú pudo administrar bien el curso del balón, los muchachos lo perdieron casi infantilmente. ¿Por qué?
Si nos guiamos por cómo le salió la mayoría de centros y pases al mejor de los jugadores peruanos, a Manco, debo suponer que una vez más se jugó con ese tipo de pelota muy dura y poco elástica que seguramente inventaron los alemanes y que es un atentado contra este deporte.
Esto no es una disculpa, puesto que los dos equipos jugaron con el mismo instrumento.
Pero para el tipo de juego peruano, las características de la redonda importan tanto como qué bebida es la que acompaña mejor nuestros platos. (No es oscura.)
No me he cansado de repetirlo como entrenador en este país: basta que el peso y la presión del balón cumplan las reglas. Pero lo he comprobado con balanza en mano: a pesar de que ahora la pelota es más ligera y más pequeña que antes, se la infla –por manía tradicional- simplemente demasiado, adquiriendo otras características diferentes a las que un peruano criado en el fútbol de la calle con un balón ligero y elástico, está acostumbrado.
(Es lo que explica los errores de grandes jugadores muchas veces. Presten atención alguna vez en cómo rebota la pelota y el sonido que produce. Si es posible matarla rápidamente o no. El que está acostumbrado a pisarla lo nota enseguida. El que ha estado de jugador en el campo y le importa la técnica, sabe de qué estoy hablando. No hay otra forma de explicarse tantos balones sencillos perdidos. No en jugadores profesionales.)
Las condiciones climáticas eran muy malas para un equipo que le gusta la pelota bien puesta al pie y sin complicaciones.
Si algo deberían aprender de una vez por todas, todas nuestras selecciones, sería a aceptar que a veces es necesario jugar en situaciones de adversidad múltiple. Muchas veces bastan uno o dos goles para desarmarnos mentalmente, o un árbitro particularmente pesado. Un dos a cero no es irreversible si queda más de media hora. El rival es el que debería ponerse a temblar, por parecerle poco para relajarse.
Pero el portero de nuestra selección tuvo que ser amonestado por su histérica reacción luego del segundo gol, como mal indicio de lo que pasaba por las mentes de nuestros jugadores. Malísima solución, además. ¿Qué se gana renegando en el campo de juego? (Se pierde mucho, en cambio.)
Eso queda en manos de los entrenadores. Dar líneas claras: A los jugadores del propio equipo se los alienta hasta el minuto 93 ó 95. Es una orden. Punto.
Por otra parte, si el jugador peruano no está acostumbrado a jugar con lluvia no es algo malo. Pero ya tendrían que existir recetas claras y precisas de juego en casos así. Pero, no.
Perú pasó de pescar con red o anzuelo a hacerlo con las manos y creyó que era lo mismo.
Jugó como si las condiciones fueran las mejores y apenas pudo tratar bien el balón. Algo dramáticamente ostensible en el caso del portero Hermoza, quien, al darse cuenta de lo difícil que lo iba a tener con el balón mojado y sus propios nervios, optó por resignarse a no detener ninguna pelota, y se dedicó a simplemente despejarla durante todo el partido.
El conjunto ghanés fue muy superior. Pero justamente contra equipos así, no puede existir una inocentada como esa de lanzar el balón por la propia línea de fondo y no por la lateral en caso de peligro.
A Perú sólo le vi un minuto de buen juego.
Ese fresco, en el que se toca con precisión, entendiendo la geometría dinámica del juego y se va avanzando mientras se van dejando a la vez varias puertas abiertas mareando al rival, con ganas de llegar arriba y divirtiéndose en el camino.
Pero eso fue un solo minuto.
12 remates ghaneses al arco contra uno solo peruano.
Estas cifras son las que hablan más que cualquier intento de análisis.
HjorgeV 02-09-2007
PERÚ PASA A CUARTOS DE FINAL DEL MUNDIAL SUB-17
No sé cuántos años han pasado desde la última vez que mi país se clasificó para un mundial.
Lo primero que se me ocurre es pensar en nuestra tablista, campeona mundial, Sofía Mulanovich.
En el fútbol, los muchachos Sub-17 lo han conseguido.
Además de eso, ahora acaban de pasar a cuartos final, donde se enfrentarán a un equipo tradicionalmente duro en este tipo de competencias, Ghana, que viene de ganarle nada menos que a Brasil en este mismo torneo.
A pesar de que no soy hincha de ningún equipo (porque a mí me fascina el balompié como deporte ciencia, comparable con un ajedrez rápido, grupal y geométrico, y no la camiseta que viste al que mañana puede ser tu rival), cada vez que pierde o gana la selección de mi país, no me puedo quedar indiferente.
Soy de los que sufren tremendamente porque no nos clasificamos desde hace más de un cuarto de siglo para un mundial de mayores. Y eso, no solo porque soy peruano, sino también porque sé del gran potencial balompédico que existe en el Perú.
No sólo tuvimos, tenemos, un gran potencial todavía (eternamente, al parecer) en ciernes y hemos empezado a exportar jugadores –por supuesto, todavía muy lejos de ser lo que son las fábricas Brasil y Argentina, y tampoco ése debería ser el ideal-, además, en el Perú existe algo que en el mismo país que vio nacer a Pelé es más reciente: la tradición futbolística.
En mi familia también existe cierta tradición, para poner un ejemplo infantil. Casi todos mis hermanos varones lo juegan y muchos de mis tíos, también. (Mi hermano menor podría haber llegado fácilmente a jugar como profesional; en cambio, fue tricampeón nacional de decatlón y ahora hace su doctorado en biología marina, si no me estoy equivocando.)
En mi niñez, de visita en la casa de mis abuelos maternos, pasaba a diario por una fotografía muy bien enmarcada que mostraba la imagen de mi abuelo Remigio vistiendo los colores del Deportivo Barranca. Mi mismo padre, quien aún es profesor universitario –de Física Cuántica- era un fanático de (jugar) el deporte al que me estoy refiriendo. Como él se separó de mi madre cuando yo tenía solo un año, pasé mi niñez y mi parte de mi pubertad recibiendo su visita semanal de los sábados.
Bueno, pues, una de las cosas que mejor hizo por mí, fue esa de animarme a jugar con quien fuera. Partido que se armaba en algún parque, allí me enviaba él a preguntar si podía jugar.
Tal vez una de las anécdotas más duras –en muchos sentidos, por sus varias connotaciones- fue la que me tocó vivir hace un par de años, cuando jugamos una pichanguita o partidito de domingo en el club El Bosque de Chosica.
Éramos, creo, tres contra tres o tal vez con un jugador más por equipo. Se trataba de un partidillo altamente informal, donde no estaba en juego nada más que la diversión y el esparcimiento sobre el césped. Las edades de los participantes eran muy disímiles entre sí.
-¡Pásala, pásala! –era la consigna que más me había repetido de niño mi padre.
(Lo aprendí tarde y es sumamente trivial, pero no por eso menos fundamental: la pelota tiene que moverse entre las propias filas hasta llegar al arco contrario. Si no la pasas no sucede eso.)
-¡Pásala, pásala! –me volvió a gritar ese domingo de sol y movimiento en las incipientes alturas serranas del departamento de Lima. Esa tarde pasé el balón con ganas.
Hasta que en un ataque nos quedamos los dos contra un solo rival, después de haberle pasado yo a él la pelota.
-¡Pásala, pásala! –le grité yo, esta vez.
Mi padre se enfrentó al jugador, me vio solo al lado derecho, debió considerar qué hacer o no, demoró en seguir moviendo el balón y eligió una solución, de las dos más probables o recomendables. (En verdad solo había una: pasármela a mí que estaba completamente libre.)
-¡Pásala, pásala! –volví a gritar, ya agitando los brazos. Con ese gol podíamos ganar el partidito de marras.
Creo que ya saben el final de la anécdota, porque lo intuyen. Mi padre quiso hacerle una huachita al jugador, un túnel. Y falló.
Cuando pienso en mi selección –qué atrevimiento usar el posesivo- pienso también en lo mejor que nos iría si pasáramos la bola más frecuentemente y con mayor rutina.
El caso de nuestros jugadores evidencia algo que muchas veces se deja de lado: la importancia del vigor y la estabilidad mentales para jugar al balompié.
No basta ser bueno, moverla, lucirse, entender de qué va este deporte-ciencia. (Lo es.)
Hay que llevarlo a la práctica con convicción, creer en las propias fuerzas y posibilidades. O, en su defecto, saber sobreponerse a la adversidad.
Los peruanos muchas veces solemos ningunearnos. No valemos nada. No somos nadie. Me estoy refiriendo, especialmente, al jugador que está en la cancha.
Creo que una de las cosas más positivas que surgen de victorias, clasificaciones y avances en campeonatos como este, es que anima a los niños del país a creer en sí.
(La clasificación a México 70 cambió toda mi vida de niño, por ejemplo.)
¿Y eso qué importa?
Importa mucho. Un niño que cree en sí, está más confiado y seguro de sí mismo, aprende sin miedo ni temores. Además, se vuelve entusiasta.
Si por algo me deseo que Perú avance por lo menos una ronda más en este Mundial de Corea, es por eso.
Para que los niños de mi país sepan lo que es creer y confiar en sí mismos, y, haciendo deporte, se mantengan sanos y aprendan a aprender.
Algo así les caería muy bien después de tanto sismo.
Pero todo eso -ya lo sabemos- sólo está escrito en el cielo.
HjorgeV 29-08-2007
http://www.elcomercio.com.pe/ediciononline/HTML/olecultimas/2007-08-29/olecultimas0421673.html
CALENTAMIENTO, ESTIRAMIENTO Y CONCENTRACIÓN
He tenido que vivirlo en carne propia para recordarlo. No es una metáfora.
Después de dos meses sin jugar, empecé a hacerlo hace tres semanas en un equipo de mayores (de 30) de una localidad vecina.
Se trata de gente que ha jugado en diversos equipos de variado nivel y prosapia. Hay un par de ex profesionales, pero la gran mayoría ha pasado por equipos de ligas menores, como es mi caso.
La experiencia está resultando interesante por varios motivos. Además, me ha permitido reencontrarme con el ritmo diario de ejercicio que había abandonado durante más de dos meses.
No sé dónde, leí alguna vez que recién después de más o menos 20 sesiones (días) de algún ejercicio o entrenamiento, el cuerpo se vuelve adicto a él y ya no lo quiere dejar.
Eso era lo que había temido con la larga pausa: que me tomara bastante tiempo entrar otra vez al ritmo del trote diario matutino y de, por lo menos, dos partidos semanales.
Pero, no. He tenido suerte. Casi instantáneamente me ha sido posible volver a la rutina. (Me imagino que a partir de tres meses de interrupción del ejercicio físico, debe ser más difícil retomarlo.)
Sobre el estiramiento existen grandes volúmenes. Uno de mis ocho hermanos (que voy a llamar Nini Saltimbalqui para proteger su identidad), que ha sido tres veces campeón nacional de decatlón -no es una broma y espero no equivocarme con los datos concretos-, me ha dado los siguientes consejos:
El estiramiento óptimo está entre 40 y 60 segundos por músculo. Como nunca sobra el tiempo, el estiramiento se hace en los músculos principales y la elección de los secundarios o menos importantes (en el caso del fútbol, los brazos) va variando cada día para que no se queden músculos sin estirar. Algunas consideraciones: - nunca estirar ‘balanceando’ (puede causar lesiones), sino realizando un elongamiento constante - antes de estirar hay que calentar (por ejemplo, trotando) y, antes de calentar, ‘desarticular’ un poco, haciendo girar los tobilos, rodillas, caderas, hombros, cuello, etc.
Se lo agradezco aquí. (¡Hola Nini!)
Por mi parte, creo que la experiencia que acaba de empezar para mí, ilustra bien el tema.
La primera vez llegué al entrenamiento/partido con media hora de antelación y la utilicé por completo para hacer un calentamiento integral. Sin embargo, no me alcanzó el tiempo para hacer estiramientos.
Jugamos en total más de dos horas –porque íbamos ganando y el otro equipo quería remontar el marcador adverso a como diera lugar- y terminé el partido cansadísimo, pero bien, salvo eso.
Jugué en mi puesto habitual, como delantero, y marqué dos goles; pero más jugué por el equipo, bajando a marcar y repartiendo todas las bolas posibles. De delantero sacrificado, vamos a decir.
Los días siguientes estuvieron marcados por dolores musculares, como lo había previsto. Nada del otro mundo y que también tiene su gracia. (Por lo que te hacen recordar ciertos músculos que uno había olvidado que existían, por ejemplo.)
La segunda vez llegué con menos de media hora de antelación y no me fue posible calentar como quería. Lo hice sin mucha concentración, además. Como me sentía bien y parecía que los dos meses de pausa no habían causado mayor mella, me confié.
Encima, en la primera oportunidad, me llegó un balón alto desde la derecha en dirección a mis pies. Detrás de él venía el último defensa corriendo paralelo a la línea de fondo hacia mí.
Hice el amague de servírmela hacia adelante y hacia la izquierda con el pie derecho, y el defensa mordió, permitiendo que le cruzara la pelota a la altura de su abdomen con un gancho de rebote con el empeine derecho hacia el lado contrario a su movimiento.
(Esta jugada tiene el añadido de desarmar completamente al rival -psicológicamente-, porque, como la pelota pasa a la altura de sus manos, ese momento crítico le hace perder la concentración, desarmándolo.)
Ya solo frente al arquero de casi dos metros, me sentí lo suficientemente seguro como para no amagar y colocarle la pelota como lanzando un preciso pase -como una tacada de billar- con la parte interior del pie junto al poste derecho.
Gol a los cinco minutos. Me volví a confiar.
Hasta que me llegó un lindo pase al vacío y piqué como un atleta para alcanzar la pelota. Y sentí una contractura en el muslo derecho, casi un tirón.
Una contractura no es nada grave. Es un aviso del cuerpo.
Cuidado. Conmigo, así no, te está diciendo. No se ha roto nada. No hay lesión. Pero, para, justamente evitarlo, los demás músculos más fuertes y ‘calentados’ o preparados, se endurecen a su alrededor para evitar que se rompa.
Como una cápsula rígida.
Tuve la suerte de sentirlo inmediatamente. Mis músculos no estaban ni iban a funcionar como debían ese día. Ese era el mensaje. Como estaba en medio del partido, decidí cortar por lo sano y me ofrecí a tapar, a ir al arco.
El de arquero es un puesto al cual le puedo sacar mucho entretenimiento y distracción, además que de niño fui portero con pasión. Como no tenía siquiera guantes, no lo pasé del todo bien. Pero -lo más importante- no me lesioné y seguí practicando mi trote matutino diario.
La tercera vez, el miércoles pasado, apenas calenté. En cambio, me dediqué a estirar los músculos más comprometidos. También me propuse tomármelo con calma y asumí un puesto en el medio campo, más o menos de semáforo alternándolo con el de aguatero.
(Dar buenos pases, es decir, sin ninguna complicación, de preferencia al ras, sin mayor efecto, con la velocidad adecuada y al pie correcto, es como darle agua al sediento y es una práctica a la que pocos le dan la importancia que tiene.)
(Este es un puesto que me gusta especialmente, en su versión ofensiva, pero que requiere de gente que piense contigo y eso, en Alemania, es mucho pedir. )
Mis conclusiones son simplemente la confirmación de todo lo que he aprendido en la práctica, junto a un par de verdades eternas y obvias.
1. Tanto calentamiento como estiramiento cumplen un papel importantísimo en todo deporte y no se pueden soslayar.
2. En un nivel recreativo o aficionado, un buen (extendido, relajado y completo) calentamiento, puede llegar a obviar –excepcionalmente- el estiramiento obligatorio.
3. Lo contrario es una ruleta. Puede funcionar ocasionalmente si se trata de un organismo sano y acostumbrado a cierto pensum diario o interdiario; pero, con la edad se va perdiendo esta capacidad de compensación.
4. Tomar litros de agua, de ser posible antes y durante el partido, debería ser tan importante como tener buenos zapatos y una buena pelota. (Cada cual tiene su propia medida a descubrir.)
5. Apenas se note la injerencia de ese policía o fiscal llamado contractura, hacerle caso sin chistar y dejar de jugar. De ser posible, no dejar de moverse, pero sin poner en riesgo la zona comprometida.
6. La importancia de la concentración desde el primer minuto del calentamiento. Mejor si se empieza a activar ya desde antes: la preparación mental previa.
La concentración es el aditivo final completamente indispensable. Es la que le permite a los músculos trabajar como conjunto y en armonía. Una deficiente o insuficiente concentración le abre la puerta a las lesiones. Una buena concentración hace de la mente y del cuerpo una unidad autónoma concentrada –precisamente- en lo suyo.
A veces, concentrarse (en cualquier actividad) no es fácil. En esos casos, la rutina y la voluntad –el verdadero deseo de querer hacerlo- deben acudir en su ayuda. Pero ya estoy, para variar, en otr














