YT: YouTube: LA ENCICLOPEDIA DEL FUTURO HOY

Mi tío Pibe me ha hecho llegar un documental sobre Lima de los años 50, aunque puede haber sido filmado –por lo menos parcialmente- en los 40. Esta es la primera parte (*):

Me he vuelto a quedar impresionado.

Por lo que es YT (YouTube). Y por sus posibilidades. Y por lo desconocido como enciclopedia visual que -en general- todavía es.

La enciclopedia visual del futuro hoy, vuelvo a pensar. Eso es YT. Poniéndome, de golpe, frente a un absurdo y a una paradoja, también. A un paradójico absurdo. Me explico.

Mira al avaro, en sus riquezas, pobre.

Este es el ejemplo que da el diccionario para ilustrar el significado de esa figura retórica llamada paradoja, que consiste en emplear expresiones o frases que envuelven contradicción.

Para ilustrar el caso de YT propongo invertir los dos últimos términos:

Mira al avaro, en su pobreza, rico.

Venir en estos tiempos de pantallas gigantes, planas y de alta resolución; en estos tiempos especialmente tecnológicos en los que es posible conseguir muy buenas películas y videos de muy buena calidad; venir, decía, a ver videos antiguos o actuales mal hechos, incompletos y en una pantalla mínima, y, encima, ser felices: ése es el paradójico absurdo que representa YT.

¿A quién se le hubiera podido ocurrir afirmar hace un par de años que en la cúspide (siempre lo parece) del desarrollo tecnológico mediático le íbamos a prestar atención a una pantallita mínima, de poca maniobrabilidad y grandes limitaciones, para ver también imágenes en blanco y negro? ¿No parece eso un absurdo en estos tiempos que corren?

Creo que las posibilidades y los alcances de YT aún no han alcanzado la altura o el nivel, que yo personalmente entreveo ya, y que todavía no son claros para el grueso del público -vamos a decir- mediático. Porque muy pocos se interesan todavía por YT y lo ven más como un pasatiempo para jóvenes, interesados en la música y buscadores de videos de los considerados rarezas.

Empero llegará el día en que será posible encontrar de todo en YT. Y ya no se llamará así, claro. Y será una v-e-r-d-a-d-e-r-a E-N-C-I-C-L-O-P-E-D-I-A del futuro. Humana. Seguramente en alianza con lo que hoy es Wikipedia (tan tacaña en imágenes).

La canción que quieras, la película que siempre soñamos con volver a ver, la conferencia, el concierto o el recital, las fotos o imágenes, el programa televisivo o partido determinado. La conferencia o la clase magistral de un profesor. Un curso de lo que desees. Animales y plantas. Arte en general. Libros. Series de los años 60 o 70. Documentales de todo tipo. Ver el clima en vivo, para saber cómo vestirse o adónde ir. Ver ciudades antes de visitarlas, para darnos una idea por dónde nos gustaría ir. Ver cómo anda el tráfico, visto desde arriba por imágenes satelitales para hacer nuestra propia elección de ruta. Ver inmediatamente cómo está tu mamá al otro lado del océano y qué es lo que está viendo en su paseo, mientras conversas con ella.

Leer un libro en otro idioma y decir en voz alta la palabra que no entiendes para que el aparatico (que ahora lo usas para todo: como despertador con videoclip, para controlar el funcionamiento de los aparatos de tu casa y/o oficina por control remoto, como video-teléfono o televisor, como controlador de tu presión sanguínea o tus niveles de glucosa, etc.) te de la definición visual y/o acústicamente, te corrija la pronunciación, te de más ejemplos con esa palabra y te proponga ejercicios de uso. Si lo deseas también, en tu propio idioma. Para que el aprendizaje de idiomas -o el reforzamiento del propio- sea lo más cómodo y práctico posible.

Esos tres muchachos -Chad Hurley, Steve Chen y Jawed Karimque alguna vez crearon YT a raíz de su frustración por no poder intercambiar sus propios videos con la velocidad y comodidad deseadas, no saben todavía que han creado el medio del futuro.

Yo me lo imagino así:

Un aparato, artefacto, máquina o artilugio -computadora u ordenador portátil- cómodo, atractivo y ergonómico, lo suficientemente pequeño y práctico para llevarlo siempre contigo, que sea a la vez video-teléfono y que permita acceder a las canciones, noticias, videos, programas de televisión, películas, conciertos, partidos y otras actividades humanas que se desee: i-n-m-e-d-i-a-t-a-m-e-n-t-e.

Personalmente -ya me lo estoy imaginando- faltará entonces solo un paso: la posibilidad de proyectarlo fácilmente -y a las dimensiones que se desee- sobre más o menos cualquier superficie (también en el aire) con alta resolución. Para ver una película o tener una videoconferencia con tu novia -o novio- desde tu poltrona en la playa, en el campo, en el parque, en la sala o en el dormitorio de tu casa. O en el jardín, si hace mucho calor.

Ese es el futuro de la tecnología mediática. Con un solo adminículo tener acceso a una enciclopedia de todas las materias y de todos los tiempos a un solo botón o pestaña de distancia.

¿Se dedicarán entonces las mujeres y los hombres a resolver los problemas más importantes y verdaderamente acuciantes de la humanidad?

Yo le voy a poner por ahora -ya- el nombre de Futi, Futti o Footil.

De foot (pie en inglés) o Fuß (pie en alemán). Y fútil.

Es decir, tan inseparable de nosotros como nuestros pies y a la vez tan poco importante -realmente fútil- para lo que de verdad debe importar en esta vida.

HjorgeV

Sinthern/Colonia, miércoles 31.01.2007

(*) Segunda y tercera partes:

CAZADORES CAZADOS (II)

Se seca las lágrimas. Me asegura que el chiste le ha salido tan espontáneamente, que él mismo recién lo ha captado al terminar sus palabras.

Repito para mí mismo: “Ha sentado por fin cabeza y ahora tiene un amor y una relación estable. Con el mismo amor, esta vez.”

Sonrío. El retrato de C se va completando en mi cabeza.

-Veinte años, carajo –repite B la frase como el estribillo de una canción-. Disculpe que me extravíe un poco en la memoria. ¿No es problema, no? Sírvase más ron, por favor. Mire usted, le cuento que mi madre cantaba a diario. Sobre todo boleros y algún vals. También cantaba alguno que otro tango como Volver*. Entonces yo me indignaba con ella en la parte esa que dice:

que veinte años no es nada

que febril la mirada

errante en la sombra

te busca y te nombra

Me pregunto si lo dice porque la película con el mismo nombre de Pedro Almodóvar acaba de perder la carrera por el Oscar.

-¿Cómo que veinte años no es nada, mamá?, le preguntaba yo, realmente indignado –me refiere.

Ella solo le concedía como toda respuesta una sonrisa maternal de conmiseración, que él, en ese entonces, no podía entender, agrega. De conmiseración, me repito. Y trato de imaginarme el semblante de su madre al sonreirle.

-Como salí de mi país poco después de cumplir los veinte –me dice, llevándose él mismo a la maraña de sus cavilaciones y recuerdos-, se puede decir que mientras mi madre cantó Volver en casa y yo la escuché, permanecí indignado por su contenido antijuvenil. ¿La conoce, no? Yo adivino el parpadeo / de las luces que a lo lejos / van marcando mi retorno

No canta. Había pensado que entonaría la melodía, pero se ha circunscrito a decir el inicio del texto. Adivino que su madre no existe más, físicamente. Que lo que le duele ahora son sus impacientes e injustos reclamos juveniles contra ella. Que él mismo ahora podría cantarle ahora a sus hijos la siguiente versión:

Que cuarenta años no es nada

Sé que no lo hace para evitar alguna lágrima no prevista.

A C y a él les habían encargado hacer un numerito musical en la facultad de Pedagogía de la universidad de Colonia, ya no sabe para qué ocasión, me recalca. Entonces, aparte de su condición de estudiante, entre sus varias ocupaciones alimenticias figuraba la de hacer de músico. Lo dice así por el gran respeto que siente por esa profesión y sus súbditos, me explica.

-Yo hacía de músico –vuelve a recalcar-. Eso yo lo tengo claro. Usted debe saber con qué facilidad muchos se autodenominan músicos demasiado rápidamente. Porque una cosa es hacer música y otra ser músico. Yo estaba en un terreno intermedio. Hacía música sin ser músico de verdad. Por eso prefiero decir que hacía de músico.

Con C tenían formado un dúo con el que interpretaban temas de diferentes países latinoamericanos. Se movían en el ámbito de pequeños cafés y bares. Les salían contratos para esto y aquello. Llegaron a cantar alguna vez en la televisión y en verano, al aire libre, en alguna zona peatonal.

-No lo hacíamos nada mal, como usted se lo puede imaginar. Cualquiera no canta en la televisión –me dice-. Lo que sucedía era que nuestras limitaciones estaban marcadas por nuestros propios intereses: las mujeres y la vida fácil para C. Para mí, poder concluir mis estudios aquí en Alemania. No contaba con ningún apoyo económico. O me mantenía yo solo, o tarde o temprano tendría que abandonar el país.

Eran otros tiempos aquellos, me refiere; en los que ser extranjero en Europa o, concretamente, en Alemania, era algo todavía verdaderamente exótico. Me lo cuenta con entusiasmo. Olvidando parcialmente la razón de mi presencia en su casa. Pero entiendo que tener que escuchar lo que me cuenta para poder separar luego la paja del grano, también es parte del trabajo que me ha encargado.

-Mire usted –me dice con un inocultable fervor-. Los países europeos se habían recuperado unos veinte años atrás, allá por los sesenta, de la guerra que habían sufrido otros veinte años más atrás, y lo habían hecho prácticamente sin inmigrantes. Existía, sí, todo un programa para recibir a trabajadores de Turquía, Grecia, Italia, Portugal, España y otros países. Pero inmigrantes, de esos que llegan por su propia suerte como C y yo, casi no existían. Recién a partir de los setenta, cuando Europa ya se ha estabilizado definitivamente pienso que también empieza a ser más atractiva para los demás ciudadanos del mundo. Estoy hablando sobre todo del medio universitario en el que yo me movía. Esto no sé si puede ser aplicable necesariamente a otros sectores sociales. Usted sabe que mi rama es la ingeniería, no la sociología.

B me ha contratado para que yo le escriba su historia. Sus historias, en realidad. Aunque éste será el primer ensayo. Le he dicho que no he hecho algo parecido antes y que no sé cómo funcione. Que por eso es mejor probar primero.

Lo conocí hace un par de meses en una tertulia literaria de esta ciudad, aunque ya lo conocía de vista desde antes. Al terminar aquella me abordó preguntándome si yo no estaría dispuesto a pasar en limpio varias de las anécdotas e historias que ha vivido personalmente desde que llegó por allá a comienzos de los años ochenta a este país.

Me dio su tarjeta, agregó a mano su número personal privado y me aseguró que estaba dispuesto a pagar muy bien por mis esfuerzos.

-Entonces -me cuenta, haciéndome volver con un respingo al presente- uno se encontraba sobre todo con africanos, palestinos, iraníes y latinos en la universidad y existía una empatía automática y casi instantánea. No le estoy exagerando. Tal vez nos sentíamos fraternamente unidos como se deben sentir entre sí los deportistas extranjeros participantes de alguna olimpiada u otro evento internacional. Era algo parecido a pertenecer a una misma cofradía. El característico ¡Familia! que yo he llegado a escuchar cuando era niño de afroperuanos al saludarse entre sí.

De pronto me viene a la memoria el nombre que mi mente ha estado buscando –sin yo habérselo pedido- todo este tiempo: Francisco Paco Jiménez. La mente no descansa, me digo. Yo recordaba que al recibir de el encargo de B, le había dicho que nunca había hecho algo así, pero que me había quedado la sensación de haberle mentido, sin saber entonces por qué.

Un par de semanas, casi meses, después, sentados ya aquí y escuchando su relato, y sin ninguna conexión aparente con lo que me está contando en este momento, sale a la superficie el nombre de quien me contrataba para dictarme cartas al rey de España, fumando cigarrillos y tirado sobre su cama. Paco Jiménez, obrero industrial y hombre -creo que andaluz- obsesionado por hacerle llegar al rey español sus particulares preocupaciones ciudadanas de emigrante español.

“Ustedes los suramericanos todavía dominan esa lengua de los reyes antiguos –me decía Paco Jiménez, sin saber yo bien a qué se refería-. Esas palabras que en España ya no se usan. Ni nadie las conoce.”

-Los franceses, españoles o italianos no formaban grupos demasiado grandes en los claustros universitarios entonces -me explica B, ahora, retrayéndome al presente de su historia-. Pienso que tal vez porque no eran particularmente aventureros.

Me pregunta si me molestaría que fume. Le digo que sí. Espero que me responda de mala gana, o simplemente ignore mi respuesta y haga valer su derecho como dueño de la casa, pero él simplemente asiente y se vuelve a concentrar en sus recuerdos. Los fumadores tienen la costumbre de arrojar el humo lejos de sí, considero.

-El numerito que hacíamos los dos consistía en canciones y piezas, con cierta variación instrumental. Nuestro atuendo lo completaban unos sombreros típicos sudamericanos que los comprábamos en negocios turcos y que eran en realidad una mala copia de sombreros cowboys –me cuenta, sonriendo-. Cantábamos a dos voces y había entrega, ¿sabe? Tal vez un crítico de esos que no llegaron a ser toreros por pura cobardía, podía haber dicho que éramos pura entrega y nada más que pura entrega.

Él ríe y yo me río con él. Sé de qué me está hablando. A mí también me gusta cantar. Me pide que lo disculpe por sus digresiones. Me asegura que se va a concentrar en su historia.

-Terminada nuestra actuación en esa oportunidad, en la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Colonia –continúa su relato y yo noto que pierde flexibilidad y espontaneidad cada vez que trata de concentrarse en el hilo de su historia-, nos pusimos a deambular por los recintos donde se celebraba la fiesta. Andábamos tonteando, haciendo lo que dos hombres jóvenes suelen hacer en una ocasión así: ir por aquí y por allá, tratar de bailar con alguna chica interesante, comer y beber.

Desde su posición de artistas tenían una clara ventaja respecto a los demás hombres presentes, me explica. Pero también sus claras desventajas en un país como Alemania donde todo se suele hacer y atacar tan racionalmente, me advierte: las amistades, y el resto de las relaciones sociales y amorosas, incluido el sexo.

-Digamos –me dice- que llevábamos en la frente, grabadas en color escarlata, las palabras Sementales: peligro. Pero nosotros, de puros inocentes no lo sabíamos y esa era nuestra suerte y nuestra desgracia, a la vez. ¿Me entiende? Póngase en nuestro lugar. Éramos como un par de toros con sus cencerros ruidosisísimos caminando por aquí y por allá en esa fiesta. Y nosotros no lo sabíamos.

A esa fiesta había asistido A con su mejor amiga de entonces, que llamaremos D. Ambas formaban una pareja que no podía pasar desapercibida, me cuenta; no solo porque eran guapas e iban muy bien vestidas, sino porque de lejos se notaba que no eran universitarias.

-Frente a ellas –me refiere- nos sentíamos tan pequeños, como toritos indefensos, que ni siquiera nos atrevíamos a mirarlas. Hacíamos una gran curva cuando teníamos que pasar por su lado o tomábamos un desvío cuando teníamos que cruzarnos con ellas.

A era especialmente guapa. Una especie de Farrah Fawcett alemana. Demasiado acicalada para una fiesta universitaria de una facultad de pedagogía de cualquier universidad del mundo.

-Tenía clase –me cuenta, usando una voz que debe haber usado cuando era un jovencito en Lima, con ese toque ronco de los limeños que se consideran despiertos-, pero el tipo de clase que se puede tener paseando con un Porsche por una barriada o un barrio pobre, pues.

Me explica, como si yo no lo supiera, que en este país las universidades siguen siendo prácticamente gratuitas y que las mujeres que llegan a ellas lo hacen verdaderamente para estudiar, es decir, se les nota hasta cuando visten, bailan y se relacionan.

-Parece que ahora las cosas han cambiado bastante –refiere, cambiando otra vez la voz como un camaleón fónico- si me permite el paréntesis. Se pueden leer carteles promocionando grandes fiestas de comienzo de semestre. De comienzo, no de final. ¿Me entiende? No han empezado siquiera a estudiar ni saben cómo van a salir, pero ya están festejando. Me han dicho que ahora las fiestas modernas de universitarios no se diferencian mucho de una fiesta de promoción, digamos, de una escuela de peluquería colonesa.

Ríe. Lo hace con ese toque de indignación de las personas que se han vuelto mayores y han pasado por lo mismo. Ese juego de la historia en el que ella nos hace víctimas de su espiral absurda. El mismo muchacho o muchacha que escucha música a todo volumen y se indigna cuando sus padres se quejan, es el mismo que años después le pedirá a sus propios hijos que bajen el volumen y se indignará porque no pueden comprender ellos de qué se trata el asunto.

-Ahora me pregunto por qué las evitábamos –me dice, empezando otra vez a abstraerse cómodamente en el pasado-, siendo tan atractivas y simpáticas como lo eran. No porque eran un pelín mayor que las demás muchachas presentes. No porque no fueran universitarias ellas mismas. Yo me atrevería a afirmar que por dos razones. Porque no veíamos absolutamente ninguna chance con ellas y por una cuestión clasista.

-¿Cómo que por una cuestión clasista? –le pregunto, saliendo de mi mutismo, como despertando, porque la historia me empieza a interesar cada vez más. -¿Qué tienen que ver dos rubias guapas y fiesteras con eso?

(Continúa…)

HjV

(La foto de la oruga -camino a lo que parece ser una paltita, de la portada- fue tomada en nuestro último viaje al Perú.)

*Volver (1934) Letra: Alfredo Le Pera / Música: Carlos Gardel

ABUELA, VAS A VER

No estás, sigues allí.

Te has ido, sigues allí parada en

tu puerta, bendiciendo al sol.

Mi gorda de oro. Mi gordita de oro.

Abuela, cuando sea grande voy a jugar

a que vuelvas.

Voy a preguntar a los expertos si es posible

hacer una nueva puerta así, igual a la de tu casa

de tu humilde puerto,

en la que me recibías como a tu tesorito llegado de Lima.

Abuelita, ya soy más que grande, es verdad,

pero igual te juego en mi memoria

y me entrego a tu risa, a tu alegría,

a tu arte en la cocina,

a tu coraje contra la injusticia.

¿Te acuerdas cuando hacías pasar a los obreros

que arreglaban las pistas y los invitabas a almorzar?

¿Crees que tal vez ellos sepan cómo construir puertas así?

Abuela, cuando crezca más y haya pasado tanto tiempo

que mi cabeza llegue finalmente hasta el cielo, no te preocupes,

nos vamos a volver a ver.

Tú con tu dios en el que creías,

yo con los míos en los que no creo.

Esta vez seré yo quien cocine para ti, abuela,

seré yo el que lleve los regalos y disipe tus disgustos.

Espera nomás, abuelita.

Yo voy a crecer, vas a ver.

HjorgeV 28-01-07

Sinthern/Colonia, domingo 28-01-07

In Memoriam Carmela Pérez de Casas

CAZADORES CAZADOS (I)

El hombre es un animal escénico -me dice.

Estamos en uno de los ambientes de su amplia casa. Sus sillones son mullidos y tapizados en cuero. Ha hecho rodar hasta nosotros un cochecito que porta unas diez botellas diferentes y un par de vasos. También hay hielo. Una excentricidad para quien vive desde hace tantos años en Alemania. Hielo, me digo.

-Personalmente lo definiría además como el único animal que le gusta dar consejos -agrega, sirviéndose de una botella que yo adivino debe ser de whisky-. Lo cual presupone por lo menos dos elementos. El lenguaje para transmitir de alguna forma esos consejos. Y la capacidad de pensar.

Esta debe ser su oficina personal. Mientras habla, no sé si decidirme entre un vino que parece prometer mucho o un ron cubano. Añejo. Hielo, vuelvo a pensar. ¿Cuándo fue la última vez que he visto servir hielo en una fiesta alemana?

-En eso parece que no estamos solos sobre el planeta -me dice, ruiseño, acomodándose sobre su sillón-. Hay ballenas que si les pintan algo sobre su rostro pueden reconocerlo cuando se miran frente a un espejo. Es decir, tienen conciencia de su yo. Se pueden reconocer como individuos. Los únicos otros animales capaces de eso son el chimpancé y el orangután. Para mí eso ya puede considerarse como pensamiento. ¿Usted qué piensa?

Entonces recuerdo que una de las hijas de mi hermano mayor comentaba por teléfono, apenas la semana pasada, con alguna amiga, de la dificultad que habían tenido para encontrar suficiente hielo para su Caipirinha-Party. Hielo en Alemania.

-En todo caso, es el único animal que da consejos -me sigue diciendo, observándome por un momento fijamente al notar que no digo nada.

-Continúe, por favo -le ruego.

-Y le gusta hacerlo, ¿sabe? -continúa él, aparentemente sin haberse dejado irritar por mi distraimiento-. No dárselos a sí mismo, los consejos. Ni tampoco seguirlos, claro está. Sino dárselos a otros, a los demás. Regalarlos sin que se lo pidan: „Mira, fulanito,…“ “Escúchame, menganita, …” “Vengan a mí.” “Yo sé lo que es bueno para ustedes. Hagan cola.” ¿No le parece ridículo?

Se incorpora sobre su asiento lo que le pide su educación, para poder entrechocar nuestros vasos. Nos conocemos desde hace no sé cuántos años y me sigue tratando de usted.

-Pero antes que eso el hombre es un animal escénico -me sigue diciendo, agradeciéndole seguramente al alcohol completar el cuadro: recuerdos, una conversación, un oyente. Ninguna prisa.

Yo también empiezo a relajarme. He luchado -literalmente hablando- por este encuentro y no pienso echar a perder la onda, la tesitura de nuestro encuentro, solo por culpa de mi manía por abrir y mantener varias ventanas abiertas a la vez en mi mente. Hielo, vuelvo a pensar, como un jugador incorregible.

-El hombre necesita de la pluma en la cabeza si es jefe -me explica, acompañando sus palabras de movimientos teatrales de sus manos y sus brazos-. Porque es jefe. Y para que lo sepan. Para que los demás lo recuerden y los que no lo saben se enteren de que él es el jefe.

Me gusta su conversación, porque se entrega.

-Necesita de las faldas más o menos espectaculares -prosigue- si se trata de bailar o alguna actividad parecida. Del uniforme si de rangos se trata. De gestos. De las ceremonias. De la actuación y la mímica. No basta regalar algo, hay que anunciarlo con bombo. Si te hago un favor, tienes que darme las gracias en voz alta. Como decía un personaje de Scorza de otro, conocido como tacaño: “Cuando te da un sol se entera todo el pueblo. Cuando te lo quita, solo te enteras tú”. O algo parecido.

Me cuenta que en todo eso ya se había puesto a pensar después de verla a ella casi veinte años después. Había sido en un hipermercado. Él sabía que ella lo había estado observando y había tenido que soportarlo sin girar para ver, porque no estaba seguro si quien lo hacía era alguien conocido o no, me refiere.

Él está convencido que un hombre percibe demasiado rápidamente si una mujer lo observa y por eso muy pocas veces las mujeres lo hacen. O cuando lo hacen lo realizan de tal manera que es casi imposible notarlo. Por lo menos esa es la impresión que tiene. Ella lo estaba observando y él, en su timidez, no se había atrevido a girar para ver de quién se trataba.

-Vista de espaldas y así casi de medio perfil -me dice-, ella prácticamente no había cambiado. Mantenía el mismo porte atlético. Su cabello seguía siendo el mismo rubio casi natural y bastante bien formado, con esas ondulaciones que hacen pensar en un secador de cabello frente a un gran espejo y una tina recién abandonada. En ese límite casi decente entre peinado permanente de peluquería y volumen natural, ¿me entiende? Su figura incluso parecía haber mejorado; pero eso lo atribuyo a una falsa percepción mía.

Me repantigo aún más en el cómodo sillón. Es de esos que invitan a muchas cosas a la vez: a cerrar los ojos y gozar de un trago, a dormitar, a leer. A escuchar atentamente a alguien.

-A ella la llamaremos aquí simplemente A. ¿Le parece bien?

Asiento con un bajar y subir de mis párpados. Suelto el botón del control remoto. La medicina empieza a hacer su efecto.

– Yo llevaba apenas unos meses en Alemania -empieza a contar la historia que me ha traído aquí, a su casa, a su oficina particular-. Yo había dejado atrás ese monstruo llamado París. Ése con sus encajes, sus joyas, sus luces y sus coronas, pero que a la primera mordida puede matarte como una cebra. Una cebra puede ser tan peligrosa que por eso no ha podido ser convertida en animal de tracción o carga, ¿lo sabía usted? ¿Y sabe por qué? Porque no una vez que ha mordido no puede relajar la quijada y mantiene la mordida. Hasta que es demasiado tarde. La gente se desangra y muere si la muerde una cebra.

Lo imagino y se me escarapela la piel por todo mi cuerpo. No me queda otro remedio que aumentar la dosis y me acerco al cochecito para coger la botella. Es un Varadero añejo. Una rareza por estos lares, sin ser de los mejores.

-Como yo había gozado un par de años atrás -continúa su relato- de una beca de tres meses del Instituto Goethe para perfeccionar mi alemán, yo ya lo hablaba cuando llegué a Colonia. Lo cual no significa para nada que entendiera todo ni a todo el mundo. No, no , no. Alemania es un país históricamente descentralizado, ¿sabe? Pleno en dialectos regionales tanto como en cervezas: un nuevo tipo cada par de decenas de kilómetros. Además no todo el mundo habla el alemán culto.

Asiento. Sé perfectamente de qué está hablando. Podría recortar la dosis, pienso, pero el ron es demasiado benevolente conmigo. Lo dejo ser y estar. Ah, la imposibilidad del to be y del sein germano, me compadezco.

-Entonces no existía el sida, como usted bien sabe -me dice-. Sí existía, en realidad, ¿no? Pero era prácticamente desconocido. La histeria llegó unos años después.

En la historia entra C, un uruguayo que había sido maestro de escuela en su primera vida allá en el otro continente.

-C era ya entonces toda institución en la exigua y rala colonia latina de ese entonces -me dice, con cierto regocijo en la voz, ¿de envidia?-. Digamos que era un conquistador de los de antes. Sin necesidad de que nos tengamos que pelear con nuestros padres o abuelos por esa definición. C era alguien a quien le gustaba elevar a las mujeres hasta las nubes, pero no para dejarlas caer, que es la queja típica de una alemana respecto a un galán latino, sino para gozar con ellas el mayor tiempo posible allá en los algodonales celestes.

Trato de imaginármelo a C.

-Lo malo -continúa él- es que, como todos sabemos, la estancia en las nubes suele ser corta. Y si no es cimentada por otros intereses, como la familia y una vida común sensata y saludable, pronto se puede desarmar.

Sonrío. Sé perfectamente de lo que está hablando.

-Lo malo, eso malo, era lo bueno para C – me explica-. Porque así podía seguir su vuelo picaflor, el condenado. Me han contado que ha sentado cabeza y que tiene un amor y una relación estable. Con el mismo amor, esta vez.

Empieza a reírse a carcajadas con su propio chiste. No aplaudo, pero me río para mis adentros.

-Pero esto que se dice de C ahora -continúa, controlándose-, también era lo mismo que se decía de él entonces, hace la friolera de veinte años atrás, carajo.

(Continúa…)

HjV

ELECCIÓN DE LIMA (Valsecito azul)

No huyes

de la gente que te mira y no sabe

lo que sucede contigo.

Allí vas sola por las calles húmedas:

llevas el cordial encendido y muchas canciones

pulsando en tu pecho, pujando por salir.

 

La elección de Lima es para ti una tontería,

lo sabes bien, en tu sangre y en tus sentidos.

Un simple pretexto ante los dioses

para acercarte a ese epitelio que no es tan fino

como la garúa de tu ciudad,

y por el que te desplazas ahora, arropada

por sus edificios coloniales

y su cielo color panza de burro, marca registrada.

 

(También te esperan los alfajores de tu tía Carmen Rosa

que de niña te hacían soñar

cuando el amor era solo una forma más de los globos

de cumpleaños.)

 

Ha podido ser París, Amsterdam o Barcelona.

Miami, Niu Yor o Londres,

tu Buenos Aires querido o Berlín.

Pero tú has querido venir aquí.

Porque es Lima en esta tarde gris

la que mejor sabe acompañar tu pena.

Como en un valsecito azul.

 

HjV

(Sinthern/Colonia 23-01-07)

LA CASA QUEMADA (III: Parte final)

(Continuación de ayer…)

No perdí más tiempo. No le dije nada a mi mujer para no preocuparla. Me sentía por una parte aliviado y por otra con una gran carga sobre mis hombros. Por lo menos definitivamente mejor que antes. No era nada agradable ser preso de la incertidumbre y del no saber qué hacer. Ahora yo había tomado la iniciativa y a él le tocaba responder.

Por un momento se me ocurrió contactar con la policía, pero después simplemente no lo hice; ya no sé si por vergüenza o porque me pareció demasiado absurdo el asunto o simplemente me olvidé de hacerlo. En casa me sumí en un profundo estado mezcla de melancolía del futuro -por lo que me pudiera perder si me llegara a pasar algo- y ansiedad esperando el momento. Las siete de la noche de ese día. Después de pasarme parte de la tarde en ese estado medio catatónico y sin saber más cómo disimularlo frente a mi esposa, quería salir a la calle con varias horas de anticipación para seguir tomando la iniciativa. No iba a esperar sentado que cumpliera su amenaza, me dije.

En ese momento sonó el teléfono de la casa. Miré a mi mujer y ella me devolvió la mirada, sin poder saber lo que corría por mi cabeza. Contesta tú, fue lo que quise entenderle. Cogí el auricular.

-Tu mujer se va a enterar de todo esto, Jorge. Tenlo por seguro –dijo la conocida voz.

-¿Sí? –le repliqué- Un momento. Puedes decírselo personalmente.

Después mi esposa me preguntó que qué significaba eso de pasarle el teléfono para hablar con alguien que no conocía y que, encima, solo hablaba cosas inconexas.

-Es el loco del que te había hablado- le dije-. Quería hablar contigo.

Salí a la calle sin darle mayores explicaciones. Esperaba que a la mañana siguiente todo hubiera pasado.

En esos tiempos no existían todavía los teléfonos celulares. Lo que existía, ya, eran los teléfonos móviles: unos armatostes que tenías que tener mollejas en los brazos para poder cargarlos con su batería y todo. Tal como con los primeros aparatos de video y los primeros de alta fidelidad, la gente que los llevaba parecía trabajar para una empresa de mudanzas. Desde un teléfono público, de esos que ya apenas existen en el país, hice la primera llamada.

-Chico-, le dije, apenas contestó-. Soy yo, Jorge, Carlos.

-Haces bien en llamarme, hijo -le gustaba tratarme paternalmente, a pesar de tener los dos más o menos la misma edad-. Esas cosas hay que tomarlas en serio, chico, te lo dije.

-¡Cosa más grande en la vida, chico!- exclamé. Luego, tranquilizándome, lo puse al tanto de lo que ocurría.

– He quedado a las siete en el parque de al lado con él.

-No te preocupes que yo estoy allí, Jorge.

Llamé a dos amigos más, que después no se aparecieron. Indagué por aquí y por allá tratando de averiguar el paradero de la muchacha brasileña, pero sin éxito. Lo único que me tranquilizaba era saber que la policía conocía ya la identidad del tipo. Tal vez un argumento para no pasar a mayores y solo echarme el perro encima, soltarme un par de puñetazos u ordenar a su guardaespaldas que me dejara con un par de huesos rotos en algún lugar oscuro de la ciudad. Todo eso valía la pena a cambio de seguir vivo. Todo a la vez. Pensando en esas posibilidades, me di cuenta que un ataque de un Rottweiler podría ser mortal o dejarme desfigurado para siempre. Como no supe cómo atacar el problema, hice lo primero que se me ocurrió: llamarlo al mismo número que había entregado a la policía.

-Soy yo –le dije, sin decir nada más.

-¿Qué quieres ahora? –fue lo primero que se le ocurrió decir.

-Ya le he dicho que estoy dispuesto a enfrentarme a usted y por eso le ruego que se aparezca solo. Solos, usted y yo. Nada de perros ni de guardaespaldas.

-Tú no vas a venir a darme órdenes a mí- me dijo. Esta vez fue él el que cortó la comunicación.

A las seis y media se apareció Carlos, el cubano. Era verano o finales de verano. Llevaba pantalón claro y una guayabera también clara de esas que delataban a sus compatriotas, o a los ecuatorianos y a los venezolanos recién llegados en la época en que yo mismo llegué a Alemania. (Ahora todos parecen solo vestir esos pantalones que parecen hechos para esconder un pañal usado.) En la mano llevaba una bolsa de papel de las de panadería.

-No es ningún sánguche, Jorge –me dijo, al ver que yo dirigía la mirada a su bolsa.

Yo tenía hambre. Se acercaba la hora y a mi estómago se le había ocurrido tener hambre. Él se acercó y la abrió acercándola a mi rostro. Dentro había una Smitty que no sé de dónde diablos la había sacado y se lo dije.

-No, Jorge –se apresuró a decirme-. No es lo que tú crees, chico. Es legal. Yo cargo mucho dinero a diario en esto de las ventas. Es mi protección, chico.

Ver un arma de fuego es algo que en Alemania solo se ve en las películas. Y menos que hablar de su uso. No se lo dije, pero, la pistola, en vez de darme tranquilidad me hizo pensar en balaceras, muertos y sangre. ¿Qué podía yo hacer a esas alturas de los hechos?

-Mira, Jorge, hijo –me dijo Carlos, continuando con su rol paternal-. Para empezar, la gente suele hablar más de lo que es capaz de hacer. Si alguien habla mucho es que es un cobarde o un bocón. Si de verdad el hombre quiere hacerte daño, ha tenido toda la oportunidad de hacerlo y no lo ha hecho. Lo cual me lleva a sospechar que es más bien un cobarde. Un tipo que no sabe cómo recuperar a la mujer y se quiere desfogar contigo. Piénsalo bien, no anda solo. Tiene que andar acompañado de un perro y otra persona. ¿Me entiendes?

-Ya ha estado aquí un par de veces, pero no me di cuenta.

-¿Ya ves? Es pura finta el tipo. Lo que vamos a hacer es lo siguiente. Tú te sientas aquí delante mío dando la espalda a la puerta, ¿de acuerdo?

Debí mirarlo como un niño a punto de ser castigado porque enseguida me tranquilizó.

-Tú no te preocupes. Tienes el espejo grande ése para ver todo lo que sucede. Si el tipo entra o quiere hacer algo, yo lo espero aquí con el pan. Si nos ve sentados lado a lado va a sospechar. Si yo me pongo de espaldas, puede ser que no pueda ser tan rápido con el pan, chico.

Asentí. Con el pan, pensé. Pan-pan.

El tiempo, que hasta ese momento había estado a mi favor y no se había hecho sentir, ahora reclamaba su presencia. Golpeaba lentamente y exigentemente con sus segundos y sus minutos.

A las siete menos cinco le hice una seña a Carlos. Hablábamos de esto y lo otro sin hablar verdaderamente de nada. Él asintió con la cabeza. A las siete y cinco repetimos los mismos movimientos, pero ya no hablábamos. A las siete y quince me levanté de mi asiento. Sin pensarlo dos veces, cogí el teléfono de la pared y marqué su número.

-¡¿Qué está esperando?!- le grité-. ¡Cobarde! ¡¿Qué está esperando?!

-¡No me grites! ¡No me gusta que me griten!

-¡¿Qué es-tá es-pe-ran-do, carajo!? –le grité, aún más fuerte. Toda la tensión acumulada parecía haberse concentrado en ese momento en mi voz.

-¡Yo no voy a ningún lugar sin mi perro!

Por un momento quedé confundido. Por un instante, no supe dónde estaba, ni porqué ni cómo. El efecto de la adrenalina había aturdido mi mente explosivamente. Luego, poco a poco, pero en forma acelerada, mis neuronas empezaron a trabajar.

-¿Qué es lo que quiere, verdaderamente, amigo? ¿Qué es lo que verdaderamente busca? –le pregunté, ya bastante más calmado, aunque todavía con bastante tensión en la voz. Empezaba a intuir, adónde iba a desembocar todo esto.

-Dígame, por favor, si usted es el amante de mi mujer –empezó a decir, rompiendo a hablar casi entre sollozos.

Respiré hondo. Pensé. Volví a respirar. Podía haber soltado una carcajada nerviosa en ese momento, pero también empezaba a posesionarse de mí el cansancio que sucede a acciones muy violentas y tensiones extremas. Volví a pensar.

-No sé de qué me está hablando –le dije, modulando aún más mi voz-. No sé de qué me está hablando.

-¿Puedo tomarlo como una respuesta negativa? –preguntó-. ¿Por favor?

-No tengo nada que ver con su mujer, esposa o lo que sea. Todo lo que he hecho, ha sido alquilarle temporalmente el departamento de arriba. Debería estarme usted más bien agradecido.

-¿Dónde está ahora? Le ruego. ¿Podría decirme por lo menos dónde puedo encontrarla? Llevo vigilándolo a usted casi dos semanas y ella no se ha aparecido por aquí.

No supe qué responderle al hombre. Empezó a darme, sencillamente, pena.

HjV

(Sinthern/Colonia 22-01-07)

LA CASA QUEMADA (II)

(Continuación de la semana pasada…)

-Mire, no sé de qué diablos me está hablando usted. Ni tampoco me interesa- le dije.

Y corté la comunicación.

Lo hice porque eso era lo que tenía en mente hacer desde el comienzo. Confieso que también lo hice porque cuando escuché mencionar mi nombre, pensé: O me está tomando por o confundiendo con otro, o alguien me ha inventado cosas. El acto de colgar me pareció la forma más segura de no seguir pensando en el asunto. De abstraerme de él y de esa posibilidad de futuro que él podía significar para mí. Una vida es el recorrido de una persona por un plano de ruta con infinitas variaciones y alternativas, también con calles sin salida y caminos muchas veces absurdos. Colgando deseaba cerrar una salida peligrosa de mi ruta principal.

Efectivamente, me funcionó. Después me pude concentrar en el trabajo y pasaron los días sin que se repitiera la misteriosa llamada. A mi esposa no le dije nada, seguí con el negocio, con mi familia, ya se aclarará, me dije; tal vez miré algunas veces desconfiadamente a mis espaldas. Pero nada más.

La segunda llamada me tomó, por eso, totalmente desprevenido.

-Tienes dos hijos, Jorge- dijo él, después que yo soltara el saludo de rutina-. Tienes dos hijos y una esposa joven y atractiva. Sé dónde vives y con quién andas. Cuídate las espaldas, Jorge. Hablo en serio.

-Bueno, entonces, gracias- le respondí, sinceramente, sin saber por qué reaccionaba así-. Es bueno saberlo. Voy a estar muy alerta entonces.

Y volví a cortar la comunicación.

Lo hice porque se me había ocurrido una idea, que puse en práctica al día siguiente. Esa noche, al cerrar el negocio y salir a la calle, me anduve con mucho cuidado. Buscaba con la mirada a un loco con un cuchillo o una pistola. Trataba de no aparentar miedo, de caminar erguido, con los hombros como los quería mi padre, la mirada al frente, los ojos en giro continuo. ¿Qué busca esa gente que va mirando al suelo o a sus zapatos?, nos preguntaba el finado profesor Juan Peterlick en un curso -creo- de ética profesional en San Marcos. Pensaba en mis hijos, en mi esposa y en mi negocio. ¿Qué sería de ellos si me pasara algo?

Al llegar a casa le conté a mi esposa el incidente y su repetición, dejándola preocupada en varios sentidos. Esa noche dormí mal. Empecé a jugar con varios escenarios en mi mente. En ninguno entraba una brasileña de cine mintiendo para perjudicarme o salvarse. El tipo era simplemente un loco con mucha fantasía que estaba enamorado de ella y sus sentimientos no eran correspondidos. Al mudarse ella a vivir en el departamento del cual nuestro negocio era subyacente, él había sumado ingenuamente uno más uno y yo era dos, el resultado de su suma desquiciada.

Pero, ¿qué tan loco estaba realmente? Es decir, ¿lo estaba lo suficientemente como para cumplir sus amenazas? Recuerdo que una vez subido a mi camioneta, podía respirar más tranquilo. Era el único lugar donde me sentía relativamente seguro. Pero ni en ése ni en los siguientes días me fue posible recobrar la normalidad. Ese estado que tan poco se sabe apreciar, cuando no le suceden a uno cosas así.

-Considérate muerto –dijo, a modo de presentación, al día siguiente.

-¿Usted está seguro que soy yo la persona con quien quiere hablar?- le pregunté, lo más tranquilamente posible, mostrándole respeto y poniendo en marcha la grabadora, que era parte del plan que se me había ocurrido el día anterior.

-¡Sé quién eres! –empezó a decir él con voz gruesa, raspándola además en todo su recorrido desde sus alveolos pulmonares hasta salir expulsada de su boca, pero no con demasiado volumen-. Sé de qué país vienes, a qué horas se te puede encontrar solo, cuáles son tus pasatiempos e intereses. Sé todo sobre tu familia, Jorge, ya te lo he dicho. ¿Tú crees que puedo equivocarme de hombre?

-¿Qué quieres de mí?- le pregunté, rindiéndome de una vez por todas. Está bien. Has ganado.

-Despedazarte con mis propias manos, puerco.

-Repítelo –le dije, sin darme cuenta que lo había empezado a tutear-. Di tu nombre. Si eres tan valiente como para amenazarme, debes serlo también para decir quién eres.

-Mi nombre es algo que no interesa en este asunto, Jorge.

-¿Qué quieres hacer conmigo? Vamos, dímelo.

-Pedacitos. Con estas manos.

-Muy bien. Gracias- le dije, para terminar, y corté.

 

En la estación de policía no me tomaron en serio hasta que les hice escuchar la grabación. También les proporcioné el número desde el cual se hacían las llamadas, que a mí recién se me había ocurrido anotar en la segunda amenaza.

-¿Usted sabe la cantidad de amenazas mortales que se hacen cada minuto por todo el planeta?- me preguntaron. También podían haberme preguntado si sabía cuántas personas morían cada segundo en el mundo. O si conocía el último trabajo de Coco Legrand o el traje talar del Papa.

-¿Usted cree que sus estadísticas me pueden importar ahora? Si no desean tomarme en serio ni aceptar mi denuncia, está bien, lo acepto. Pero lo necesito por escrito.

 

Con la copia de la denuncia en la mano empecé a moverme más de prisa. Todavía me sentía relativamente seguro dentro del negocio, pero en la calle, me movía más ligero y tomaba todas las precauciones posibles. Era verdad: le estaba agradecido por haberme alertado.

Le rogué a mi mujer que evitara salir a pasear sola, como solía hacerlo. Que esperara unos días hasta que la policía pudiera hacer algo. Mi pequeña hija y la mayor la mantenían felizmente lo suficientemente ocupada como para asumir una preocupación más, y menos de ese tipo. No me lo dijo, pero el asunto se le estaba volviendo insoportable.

Hablé con el mejor de mis empleados. Vamos a dar una vuelta al parque, le dije. Curiosamente, ahora que recuerdo, salimos los dos para cruzar la pista y llegar al parque contiguo, pero en ningún instante me preocupó que el loco me pudiera atacar allí. Sucedía que solo una cosa ocupaba mi mente en ese momento. Qué iba a suceder si yo moría.

-No sé qué tan cierta sea la amenaza- le dije, después de referirle algunos detalles-. Te ruego que en caso de que me pase algo, te hagas cargo del negocio hasta que se pueda vender y le des el dinero a mi esposa. Lo sigues llevando como siempre, como si no hubiera pasado nada. Nada de derrumbes, ni cambios de ningún tipo. Como si nada. Esto es un negocio, no una funeraria ni ningún velorio. Del dinero de la venta puedes descontar tus honorarios. Si ella está de acuerdo con venderlo, claro.

-Ya- me respondió. Tuve la impresión que temblaba imperceptiblemente y que no lo dejó de hacer hasta que estuvimos otra vez dentro.

 

Por esos días llegó un representante de ventas cubano que a mí me caía especialmente bien por su puntualidad y su seriedad comercial. También por su trato conmigo. El tipo debió notar enseguida que algo no iba bien conmigo. No era hora de atención en el negocio, solo estaba allí para recibir las mercancías que me traía, así es que le invité algo de beber y nos pusimos a charlar. Le conté mi caso.

-Chico, tienes que andarte con mucho cuidado. Esas son cosas que hay que tomarse en serio. Toma- me dijo, entregándome su tarjeta- si en algo te puede ayudar este servidor, no dudes en llamarme, chico.

Las palabras del cubano no consiguieron tranquilizarme, pero sí me hicieron ver que no tenía por qué afrontar solo el asunto. Pensé en contratar a alguien para mi protección, pero al final no llegué a hacerlo porque los acontecimientos se precipitaron.

-¡Cobarde! ¡Eres un cobarde!- fue lo primero que me dijo al teléfono unos días después-. ¡Ahora me has metido en un lío con la policía! ¡Eres un cobarde!

-¿Qué quería? ¿Que me quedara atado de manos? El cobarde es usted por no dar la cara.

-¿No dar la cara? ¿Yo? –preguntó, incrédulo y riéndose por primera vez-. Imbécil, si ya nos hemos visto la cara varias veces.

Me quedé, como le gustaba decir a mi abuela, de una pieza. ¿Era posible que el tipo hubiera estado visitándome como cliente sin haberme dado yo cuenta de ello? Sentí un escalofrío recorrer mi espalda, pero también cierto alivio. Tan loco, entonces, no estaba, me dije, puesto que no me había atacado. Podía controlarse por lo menos.

Lo peor era que no podía acordarme para nada de alguien a quien yo pudiera haber reconocido como a un tipo peligroso, vengativo y dispuesto a matarme. Recorrí rápidamente (con esa velocidad de la que es capaz nuestra mente, pero que lamentablemente solo la usamos en casos como éste) los rostros de los clientes de los últimos días y solo pude decidirme por uno. Un tipo de unos cincuenta y tantos años, fumador hasta la muerte, alto, fuerte pero de maneras cansadas. Lo acompañaba otro, quien debía ser una especie de chofer, amigo y compañero para todo, tal vez hasta su guardaespaldas. Y un perro, un Rottweiler.

Los había visto llegar en el BMW más grande que yo había visto en mi vida, con el compañero al volante. Mi amiguito había descendido con el perro, había ingresado a mi negocio y esperado que llegara el otro después de aparcar. No se me ocurría otra posibilidad.

-Mira –le dije, volviendo al el tuteo y harto de estar viviendo con el miedo encima-. Te propongo una cosa.

-Tú no me propones nada a mí.

-¿Qué quieres? No te tengo miedo.

-Tendrías que estar temblando, chiquitín.

-Tienes razón estoy temblando y te tengo miedo -le dije, no mentía-. Pero ya estoy harto de todo esto. Te espero en el parque esta noche a las siete. O a las seis. Después tengo que trabajar. Tú y yo. Nadie más. Solos tú y yo. Y allí usted me cuenta sus penas. O me mata, si es que quiere y puede. Pero cuidado que ya estoy advertido.

Después de colgar, me di cuenta que había dejado otra vez de tutearlo.

(Continúa…)

HjV

ANCIANO Y VESTIDO VERDE

 

La recordé.

Otra vez su ropaje latía verde en mis ojos

como una ceremonia tribal.

 

Ella fue.

A ella amé.

En el aire se dispersaban mil amalgamas

de mi pequeño ser

cuando sentía su nombre

en la boca de otros hombres.

 

Tan alta ella

y tan baja en cuestiones de hombres.

Tan alto yo

y tan bajo en cuestiones de amores.

Tan altos nosotros

y tan bajos en nuestras propias cuestiones.

 

(Despertar a la vida de papel carbón luego.

Vivir así la adolescencia

y luego la juventud sin ti.

Se me fue la adultez y no te volví a ver.)

 

Ahora sé que mora finalmente en el espacio que tenía

reservado a mis cosas verdaderamente

reales e importantes.

 

Su vestido era verde.

 

 

HjV

(Colonia, enero 2007)

EL CAPITALISMO (I)

Son pocos los temas, y este es uno de ellos, en los que desde el comienzo empiezan también los malentendidos.

Basta nombrarlo, por ejemplo, para que el lector o el interlocutor piense que quien esto dice es de izquierda, socialista, comunista (nunca existieron, salvo en sus mentes), un anarquista o un attacista.

“Pero si tú tienes un negocio, o sea, eres capitalista, ¿cómo vas a hablar tan mal del capitalismo?”, me preguntaba hasta hace poco la gente a quienes confrontaba con mis inquietudes. A esa gente quisiera contarle que algo parecido me dijeron cuando me contaron que mi madre tenía o sigue teniendo problemas con uno de sus vecinos y me rogaron que interviniera en pos de una solución.

-Tengo que saber qué dice la otra parte del conflicto- les dije.

-Pero es tu madre, Jorge.

-¿Qué tiene que ver? No creo que haya ángeles por un lado y diablos por el otro. Algo tiene que haber aportado ella al conflicto y eso lo quiero saber. Por lo menos en la otra versión.

-Jorge, es tu madre, por favor.

-¿Y? ¿Para qué me piden que intervenga si no aceptan siquiera que escuche a las dos partes?

No me entendieron, claro. Y felizmente las distancias alivian un poco el escozor.

Soy, por simple experiencia y observación, alguien acostumbrado a ver al hombre (a mí mismo, también) como un mono. Un pobre mono a quien la evolución le ha dado mucho y él ha aprovechado muy poco de ella. (Como especie sobre el planeta; no me refiero a los aventajados.)

Además, estoy convencido de que la evolución ha sido acicateada por un rasgo del hombre que, ahora, más que nunca, y ayudado por la teconologías, se va haciendo más patente y a la vez más peligroso para el resto de la humanidad: su capacidad para traicionar y atacar por la espalda en provecho propio. Y hacerlo tan sutilmente que sea difícil notarlo, muchas veces hasta para él. (Pienso en la ocupación de Irak, como ejemplo de mentira y autoengaño.) Curiosamente no existe una palabra expresa en el diccionario para definirlo. Tal vez felonía, sea la que más se acerque al trono en disputa.

Si a eso le agregamos su inclinación a -y gusto para- escribir la historia también en provecho propio, tenemos, allí, parcialmente resumida, a esa criatura arrogante, tonta, habilísima, veleidosa, querida a veces, fanfarrona, reincidente en la mentira, codiciosa, puntualmente sentimental, miope y cobarde hasta más no poder que es el hombre. George, Francisco, Augusto, Helmut, Ariel, Imelda, Alan, Alberto, Adolfo. Tal. Cual. Aquellos. Nosotros. Lo de cobarde creo que no necesita ninguna explicación adicional. Es cobardía, por ejemplo, secuestrar ayudado de armas y de la fuerza a alguien indefenso y más débil, etc. (La casación no tiene por qué ser exacta. El trabajo atributivo se los dejo a ustedes. Y perdonen la generalización. Es simplemente didáctica.)

Y pienso también en todos esos mandos militares de cada una de las guerras que a prácticamente a diario empiezan sobre nuestro planeta –ese que creemos muy desarrollado y tan cerca de otros astros-: las ordenan desde la comodidad de su buen y protegido sillón o desde su trono. Tengan la absoluta certeza que quien ordena una guerra no necesita siquiera limpiarse las uñas.

Si en mi juventud temprana y prematura me atrajo el socialismo como sistema político –más por el alto concepto que tengo de la solidaridad, del reparto y de la justicia-, ahora suelo ser bastante desconfiado y cuidadoso con todo el espectro político, justamente por lo que digo arriba y la experiencia mundial bien lo apisona: junto a nuestras grandes capacidades y nuestros grandes ideales, abunda en nuestro cerebro demasiado de esas malas hierbas llamadas felonía y provecho propio. (Lo cual no quita, por supuesto, que tenga mis propios ideales y mis propias ideas al respecto; y que siga con mucha expectativa cada nuevo intento por mejorar nuestras sociedades.)

Eso que nos lleva a deformar las cosas y los entes (países, instituciones, organismos, ministerios, ONGs, amistades, federaciones) solo por perseguir nuestros propios objetivos.Creo que llevamos el puñal escondido tras la espalda. Y ese puñal se llama provecho propio, ventaja, comodidades, dinero, poder. Yo primero. (Agregar una pizca de maquillaje de la realidad, por favor.)

Hay una pregunta que me escoce y que me ha llevado también a estas líneas. Si aún aquellos tantos que persiguiendo ideales tan grandes como el socialismo, la libertad, la democracia, la justicia y el pan para todos (éste último el ideal primero para mí y pienso en ese niño que cada uno, dos, tres… segundos se muere de hambre en algún lugar del planeta, según el informe anual de desarrollo humano de la Organización de las Naciones Unidas (ONU); tranquilos: sucede, por lo general muy lejos de nosotros, internetistas), no han hecho otra cosa, decía, que hacer derivar muchas veces todo aquello en sistemas corruptos e ineficientes, pregunto, ¿qué se puede esperar entonces de los feroces capitalistas y de aquellos que siguen creyendo que la economía se puede regir por sí misma y que la bonanza y el desarrollo para todo el mundo algún día llegará por sí solo?

¡Ya tiene demasiadas arrugas mi ombligo!

Leyendo el otro día -y deseándoles de paso un agradable fin de semana-, leyendo, decía, un artículo de Basilio Baltasar (El más alto testigo, 12-01-07) en su columna de El Boomeran(g), no pude más con el escozor y le escribí esta carta, porque su artículo empezaba mencionando la sospecha de que el capitalismo pueda o puede ser un accidente cultural:

Respetable señor Baltasar:

Disiento. No soy de la misma opinión.
El capitalismo se basa, principalmente, en la acumulación de capital. Si no tengo capital acumulado, si no tengo reservas, no puedo prestar.

Aún en los tiempos en los que no existía la moneda –uno de los inventos más modernos del hombre, de la mano de la escritura, ésta hermana menor del lenguaje- ya existía el capitalismo incipiente, es decir, la acumulación de bienes, productos o cosas.

Como la acumulación es una simple extensión, es decir, el siguiente paso de una de las actividades más genéticamente arraigadas del hombre, la recolección, se puede afirmar que el capitalismo lo lleva el hombre en las venas.

Con todo lo bueno y malo que eso pueda significar. De hecho, el capitalismo actual parece ser solo una carrera desenfrenada por acumular el mayor capital posible globalmente (y en el menor tiempo posible) sin importar mucho para qué, para quiénes más, por qué ni –lo más grave- cómo.

Me atrevo a opinar, que, vistas las herramientas tecnológicas que ahora posee el hombre, y visto que se ha llegado a una etapa en que la humanidad (asumida como un ente homogéneo) está en pañales culturalmente hablando, es decir, no está como cultura a la altura de las circunstancias tecnológicas, opino, decía, que estamos por alcanzar el cenit como especie sobre este planeta.

Luego solo es posible la decadencia. Si algo o alguien llega a la cima, luego solo le queda desaparecer o empezar a descender.

Particularmente, a pesar de todo lo que me gusta la vida (mi bitácora es testigo de ello) y lo que me preocupa el destino de los futuros hijos de mis hijos, creo que el hombre, como especie depredadora y de poco respeto por su medio ambiente y las demás especies terrenales, se lo tiene bien merecido.

En el momento que el hombre, hace miles de años, gracias a su cerebro que se iba desarrollando cada vez más, empieza a pensar en el mañana –a PRECAVER-, y empieza a acumular mucho más de lo que buenamente puede necesitar -seguramente por miedo excesivo y luego avidez y codicia-, comienza también la historia del capitalismo.

Qué paradoja. La continua pero irrefrenable desaparición de la actividad humana que más hizo por el desarrollo de nuestra especie –el precaver-, se ha vuelto su peor enemiga.

Disculpe usted que éste no sea un tema fácil de tratar una mañana de sábado, junto a una taza de café (sin panecillos, todavía).

Y disculpe los posibles errores que se me hayan podido filtrar. Feliz Año 2BOND.

Cordialmente

HjV

LA CASA QUEMADA (I)

En esos tiempos tenía un negocio que iba muy bien y que ya no lo tengo. Uno de esos negocios que te pesan en el hombro dos buques y medio, por lo de la responsabilidad; y en los que tienes que sonreír todo el tiempo, de tal manera que tus amigos y clientes llegan a convencerse después de cierto tiempo que lo haces por pura afición y con la izquierda. En el piso inmediatamente superior al negocio, teníamos un departamento que acababa de dejar libre mi hermano menor por cuestiones de estudios. Mi segunda hija acababa de nacer. Las finanzas del país nunca habían estado mejor. O eso es lo que parecía. Mi tercera o cuarta preocupación en ese entonces era si aprobaría o no, el examen de entrenador de la federación alemana. La codiciada licencia B que me permitiría seguir cerca del balón, cuando no me dieran más las piernas en las ligas más desdeñables y miserables del balompié germano en las que llevaba metido, ya, demasiados años.

Un día se aparece una muchacha a pedirme un favor. Es demasiado bella como para pedir favores, es lo primero que se me ocurre, como si una y otra cosa tuvieran que excluirse. Un compadrito de ésos le podría haber dicho -con toda su gracia posible y tal vez con modales un tanto aspaventados para salvar la cara y poniendo el gesto del cerdo a punto de morir degollado, pero no por eso menos galán-:

“Yo soy el que tendría que pedirte un solo favor a ti, mi’jita.”

A la muchacha la conozco. He bailado incluso con ella. Pero eso debe haber sido unos cinco o siete años atrás. Entonces me avergoncé demasiado como para atreverme a volvérselo a pedir. Qué tonto, me digo ahora, mientras la observo y escucho lo que me dice. La tontería fue no haberla vuelto a sacar a bailar. He debido quedar ante ella como un patán, me digo. Porque estaba tan claro que me moría por hacerlo. En cambio la vergüenza había podido más y me había ido sin intentar siquiera hablar con ella.

La disculpa es que yo entonces era un hombre soltero, todavía joven y ya llevaba un buen puñado de desengaños amorosos a la espalda. Era un corazón solitario más. De esos que llevamos la letra escarlata en la frente y nos asombramos luego de espantar a quien nos interesa y de nuestra mala suerte en el amor. La verdad es que la escuchaba pero no podía creer lo que me contaba. Hablaba una mezcla de español y portugués brasileño. Yo la había tomado entonces por una alemana que bailaba bien los ritmos latinos.

-¿Y cómo se ha incendiado? ¿Estás hablando de una casa o de un departamento? -le pregunté, sin poder concentrarme bien en lo que decíamos.

-¿Un departamento? Debe ser por mi portuñol que no me entiendes, Jorge- respondió ella, riéndose. Tenía una risa dulce, pero tan frágil como un vidrio a punto de romperse-. Entonces hablaría del incendio de todo un edificio y no del de una casa, ¿no?- agregó. Y volvió a reír con su vidrio.

Fala então português brasileiro, por favor. Me gusta aprovechar cualquier oportunidad para aprender siempre un poco de tu idioma- le dije.

-No es fácil quedarse en portugués con los demás latinos. ¿Sabes?- afirmó. Pero, para mi suerte, continuó hablando solo en su lengua.

Su casa se había incendiado y no tenía adónde ir. Alguien le había dicho que el departamento que yo estaba alquilando seguía libre y había venido a pedirme que se lo preste. En verdad quería pagar poco, porque sería algo pasajero. Ese era el favor. Ella quería restaurar su casita y volver a vivir en ella. Para eso necesitaba quedarse durante un tiempo en algún lugar. No podía pagar mucho. Yo había convertido el pequeño apartamento en mi oficina, pero, en realidad, apenas lo usaba.

-Bueno- le dije-. Solo te ruego que quede claro que soy casado y soy feliz con mi esposa. Y mi familia. Disculpa que sea tan directo. No lo digo con mala intención. Al contrario. Solo para que sepas de qué voy yo.

-Por eso también he venido donde ti, Jorge. ¿Te acuerdas de cuando bailamos juntos? Son muy pocos los hombres con los que acepto bailar y son todavía muchos menos los hombres que no resisten pedírmelo otra vez y romperme el oído toda la noche. Tú fuiste uno de esos. Escapaste. Son muy pocos, ¿sabes? O sea, difícil de olvidar.

-Ya- repliqué-. Pasa mañana a primera hora por las llaves. Se las pides a la cocinera.

Luego le expuse las condiciones y le di mi número de cuenta para que ingresara el dinero correspondiente a la caución y el alquiler. Nos despedimos. Quitarme el rubor de la cara me va a costar mucho jabón, pensé, cuando ya se había ido.

La vi después a la pasada un par de veces, a veces contenta, a veces un pelín deprimida, pero siempre cortés, con muy buenos modales y su sonrisa vitral. Había sido entre otras cosas deportista profesional, de tal manera que, ya solo físicamente, era una mujer que llamaba la atención por su porte. A mí me recordaba su rostro a la vez a Brigitte Bardot y a Laura Antonelli, con sus labios gruesos y carnosos, sus ojos verdes, su rostro simétrico y su cabello castaño claro de ensueño. Una brasileña casi rubia en Europa, a la que se le había quemado la casa. Estudiante para más señas.

Me contó que estaba haciendo lo posible para acabar sus estudios de deportes y ya había logrado arreglar sus cosas personales, cuando sucedió lo del incendio. Alguna vez le quise preguntar cómo era posible que una estudiante –extranjera además- pudiera tener ya una casa o casita, pero no me atreví a hacerlo por miedo a ofenderla o a tener que tocar temas demasiado sensibles. Y después ya no tuve la oportunidad. Tal vez era una rica heredera y no le gustaba hablar de ese tema tan feo que es el dinero. En verdad debía haber insistido por cómo sucedió lo del incendio. Pero no lo hice.

Un día me visitó en el negocio y me dijo que sus problemas se iban arreglando, que ya tenía donde pernoctar y que el dinero de la caución lo necesitaba urgentemente. Que lo sentía mucho, pero que iba a abandonar el departamento. Quise decirle que no se preocupara, que habíamos quedado en que sería temporal el asunto, que estaba bien así. Esas cosas. Pero no me dejó.

-Me has hecho mucho más que un favor, Jorge. Yo soy el problema. Mejor dicho, yo tengo el problema y siempre sabré cómo salir adelante. Te ruego no me tomes a mal la ruptura tan rápida del contrato.

La tranquilicé y nos despedimos. Le deseé buena suerte, dejándome ella con esa sensación y sabor a imposible que sólo ciertas mujeres –y viceversa, supongo- pueden dejarle a uno, como a cualquier mortal.

A los tres o cuatro días recibí una llamada que al comienzo no tomé en serio. Ya al levantar el auricular presentí que no se trataba de una llamada común y corriente. No de esas que se empiezan tratando de mejorarse la vida al teléfono con palabrillas sobre esto y lo otro.

-Te voy a matar. Como te vuelva a ver con mi mujer, te voy a matar.

Era la voz de un hombre maduro. Por lo menos no la de un jovencito. Hablaba como lo hacen los hampones o los mafiosos en las películas. En las películas, no en la realidad.

-Creo que te has equivocado de número, hijito-, le dije, tranquilamente, tratando de dejar en claro que se había equivocado de número y que eso no le daba ningún derecho a hablarme en esa forma ni con esos contenidos. Ni distraerme de mis ocupaciones.

-¡No me llames hijito que puedo ser tu padre!- chilló el hombre.

-Padre, madre, hija o lo que sea. ¡Vete al carajo! ¿Entiendes? ¿No ves que te has equivocado de número, imbécil?

-No, Jorge- continuó, pasando del cine de hampones al de suspenso-. Tú has tenido en tu departamento tres semanas secuestrada a mi mujer y has hecho con ella lo que has querido. ¿O no eres Jorge tú? ¡Vamos, niégalo ahora! ¿Eres o no Jorge?

 

(Continúa el lunes…)

HjV