BIENVENIDOS AL AÑO 2BOND

El año empezó el lunes, pero, a pesar de ser el primer día de la semana, recién el martes comenzó a bajar la gente de sus casas, de sus camas, de sus resacas, algunos de sus fiestas y otros simplemente de sus propios mundos. Bajar, he dicho. Sí, bajar. Herrumbrosos y tiernos, alelados; con esa costra que te deja la mucha fiesta, el mal sueño y la resaca moral. Ese bicho que suele aparecerse cuando menos lo necesitas y al que le has jurado de todo. Hasta de empezar verdaderamente a ignorarlo uno de estos días.

A muchos parecía hacerles falta una cuerda atada al pie con una o un par de piedras para conseguir ese objetivo: bajar. De hecho, en mi primer trote mañanero del año, siguiendo la ruta de siempre y en la que me suelo topar y cruzar con otros trotadores y paseantes (caninos: el paseo con el perro es el pretexto y la obligación para salir a los campos que rodean esta zona), sólo me crucé con un par de personas muy mayores que nunca había visto antes. Todos los demás debían seguir engullidos a esa hora de la mañana, (muy cívica por lo demás: las diez) por sus mantas, compañeros de cama (conocidos o no), frazadas, colchas, edredones, sábanas, gatos o hasta perros. Casos he escuchado. Y debe haberlos.

El lunes me las pasé, desde temprano como de costumbre, buscando artículos, comentarios o entradas nuevos en la red, pero recién por la noche empezaron a caer. Sí, caer. Tuve la impresión de estar pescándolos casi todo el día en (desde) sus cielos particulares con una paciencia infinita. La pesca es como en el mar, solo que tienes que tirar de cuerdas como de esas que se sujetan a los globos. Y, claro, estar mirando hacia arriba.

El martes obligó a volver a casi todo el mundo a la base. Muchos lo hicieron habiendo olvidado parte importante del equipaje, como fajos enteros de células cerebrales, porciones de memoria, modales, obligaciones y todas esas cosas que recién a la hora de hacer las cuentas aparecen, pero en la página del debe y no de la del haber.

No sé cómo hará la gente de El Boomerang, pero todos ellos (los que leo regular y casi religiosamente todos los días, como corresponde devolver el cariño a aquello que te hace bien: Marcelo Figueras, Santiago Roncagliolo, Fogel y, últimamente, Rioyo), habían hecho sus tareas, a pesar del calendario, y me alegré de volver a la ruta, empezando el día con sus envíos. (Si volviera a ser un juerguero y tuviera que cumplir con un trabajo así, haría las tareas antes. Quién sabe si alguno o muchos de los nombrados haya obrado así.)

Recomendado por Fogel llegué a la página de Hikikomori (qué raro ver tanta buena pincelada literaria acompañada de tantos errores de ortografía, me dije) y de allí, de carambola, a la del escritor peruano Iván Thays.

Y he aquí con lo que me encontré y cómo comenté:

(Transcribo solo el comienzo del corto texto. Les ruego dirigirse a su último artículo para mayor orientación. La edición no me ha salido como quería.)

[En el cuento “Año nueva, vida nueva” de Carlos Calderón Fajardo, del libro Historias de Verdugos, se lee:

“Compré el mejor vino que encontré. Por fin llegó ese último día del año”.

La frase con que se refiere a la copa de vino es incorrecta por vaga. Implicaría, por ejemplo, que el personaje tiene tanto dinero que pudo pagar miles de dólares por una botella de vino, ya que era “el mejor” que encontró. Para corregir la frase, tendría que eliminarse la vaguedad. Yo suguiero (sic):

“Compré el mejor vino que pude pagar”]

Ahora, lo que se me ocurrió escribir en mi comentario:

Perdone la molestia, respetable señor Thays (llegué a su página partiendo de una recomendación del señor Fogel de El Boomerang y pasando por la de Hikikomori), pero permítame las siguientes acotaciones:

1. ¿Qué copa?

(Que viene alguna después será algo seguramente inevitable. Salvo que se quiera beber ese vino “a pico” o en un simple vaso o recipiente. No he leído el cuento.)

2. Opino que la frase no tiene pies ni cabeza, desde un punto de vista lógico y comunicativo. Sin olvidar la subjetividad del gusto personal: solo después de probado se puede saber qué tan bueno es un vino. Y, después de compararlo con otros, si es el mejor o no (entre ellos).

(Y eso si no salió acorchado o avinagrado, por ejemplo.)

3. Ahora, como no existe nada “mejor” sólo comparado consigo mismo, permítame que le haga una corrección a su corrección:

“Compré el vino más caro que pude pagar.”

4. Permítame además, respetable señor Iván Thays, jugar a adivinar qué es lo que quiso decir/comunicar realmente el autor, Carlos Calderón Fajardo:

4.a. “Compré un vino que me recomendaron como el mejor de los que tenían.”

4.b. Balbuceando: “Después de permitir que me hicieran probar, hip, todos los vinos de la tienda, compré, hip, el que me pareció el mejor, ¡hip!”

4.c. “Compré el vino más caro que pude encontrar, cariño. Me pasé horas en el quiosco de la esquina, solo pensando en este encuentro, mi diosa.”

4.d. “Compré el primer vino que encontré. Es el mejor que existe en el mundo, porque lo beberán esta noche nuestros labios”, etc.

4.e. “Mostré todo el dinero que tenía y me dieron un vino (botella), asegurándome que era el mejor que tenían.” (“Antes de pagar, pedí, hip, que me lo, hip, demostraran, hip. Y no, hip, me convencieron, hip.”)

4.f. “Les lancé sobre el mostrador, con desidia, todo el dinero que llevaba encima; sabiendo que, como todos los años por estas fechas, me volverían a decir que es el mejor de la región/país/mundo.”

Bla, bla, bla.

Esperando sepa disculpar el sortilegio y el entrometimiento, me despido deseándole doce meses creativos y críticos; y deseándome a mí conocer sus textos, puesto que hasta ahora es usted un autor desconocido para mí.

Cordialmente

HjorgeV

En este miércoles, tercer día del año, me empieza a doler haber escrito lo de arriba. Como ya es demasiado tarde, solo me queda razonar que todo el que se arriesga a publicar una bitácora, se arriesga también a ser comentado, criticado o corregido. Es decir: crucificado.

No puse yo las reglas.

HjV

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