LA CASA QUEMADA (I)

En esos tiempos tenía un negocio que iba muy bien y que ya no lo tengo. Uno de esos negocios que te pesan en el hombro dos buques y medio, por lo de la responsabilidad; y en los que tienes que sonreír todo el tiempo, de tal manera que tus amigos y clientes llegan a convencerse después de cierto tiempo que lo haces por pura afición y con la izquierda. En el piso inmediatamente superior al negocio, teníamos un departamento que acababa de dejar libre mi hermano menor por cuestiones de estudios. Mi segunda hija acababa de nacer. Las finanzas del país nunca habían estado mejor. O eso es lo que parecía. Mi tercera o cuarta preocupación en ese entonces era si aprobaría o no, el examen de entrenador de la federación alemana. La codiciada licencia B que me permitiría seguir cerca del balón, cuando no me dieran más las piernas en las ligas más desdeñables y miserables del balompié germano en las que llevaba metido, ya, demasiados años.

Un día se aparece una muchacha a pedirme un favor. Es demasiado bella como para pedir favores, es lo primero que se me ocurre, como si una y otra cosa tuvieran que excluirse. Un compadrito de ésos le podría haber dicho -con toda su gracia posible y tal vez con modales un tanto aspaventados para salvar la cara y poniendo el gesto del cerdo a punto de morir degollado, pero no por eso menos galán-:

“Yo soy el que tendría que pedirte un solo favor a ti, mi’jita.”

A la muchacha la conozco. He bailado incluso con ella. Pero eso debe haber sido unos cinco o siete años atrás. Entonces me avergoncé demasiado como para atreverme a volvérselo a pedir. Qué tonto, me digo ahora, mientras la observo y escucho lo que me dice. La tontería fue no haberla vuelto a sacar a bailar. He debido quedar ante ella como un patán, me digo. Porque estaba tan claro que me moría por hacerlo. En cambio la vergüenza había podido más y me había ido sin intentar siquiera hablar con ella.

La disculpa es que yo entonces era un hombre soltero, todavía joven y ya llevaba un buen puñado de desengaños amorosos a la espalda. Era un corazón solitario más. De esos que llevamos la letra escarlata en la frente y nos asombramos luego de espantar a quien nos interesa y de nuestra mala suerte en el amor. La verdad es que la escuchaba pero no podía creer lo que me contaba. Hablaba una mezcla de español y portugués brasileño. Yo la había tomado entonces por una alemana que bailaba bien los ritmos latinos.

-¿Y cómo se ha incendiado? ¿Estás hablando de una casa o de un departamento? -le pregunté, sin poder concentrarme bien en lo que decíamos.

-¿Un departamento? Debe ser por mi portuñol que no me entiendes, Jorge- respondió ella, riéndose. Tenía una risa dulce, pero tan frágil como un vidrio a punto de romperse-. Entonces hablaría del incendio de todo un edificio y no del de una casa, ¿no?- agregó. Y volvió a reír con su vidrio.

Fala então português brasileiro, por favor. Me gusta aprovechar cualquier oportunidad para aprender siempre un poco de tu idioma- le dije.

-No es fácil quedarse en portugués con los demás latinos. ¿Sabes?- afirmó. Pero, para mi suerte, continuó hablando solo en su lengua.

Su casa se había incendiado y no tenía adónde ir. Alguien le había dicho que el departamento que yo estaba alquilando seguía libre y había venido a pedirme que se lo preste. En verdad quería pagar poco, porque sería algo pasajero. Ese era el favor. Ella quería restaurar su casita y volver a vivir en ella. Para eso necesitaba quedarse durante un tiempo en algún lugar. No podía pagar mucho. Yo había convertido el pequeño apartamento en mi oficina, pero, en realidad, apenas lo usaba.

-Bueno- le dije-. Solo te ruego que quede claro que soy casado y soy feliz con mi esposa. Y mi familia. Disculpa que sea tan directo. No lo digo con mala intención. Al contrario. Solo para que sepas de qué voy yo.

-Por eso también he venido donde ti, Jorge. ¿Te acuerdas de cuando bailamos juntos? Son muy pocos los hombres con los que acepto bailar y son todavía muchos menos los hombres que no resisten pedírmelo otra vez y romperme el oído toda la noche. Tú fuiste uno de esos. Escapaste. Son muy pocos, ¿sabes? O sea, difícil de olvidar.

-Ya- repliqué-. Pasa mañana a primera hora por las llaves. Se las pides a la cocinera.

Luego le expuse las condiciones y le di mi número de cuenta para que ingresara el dinero correspondiente a la caución y el alquiler. Nos despedimos. Quitarme el rubor de la cara me va a costar mucho jabón, pensé, cuando ya se había ido.

La vi después a la pasada un par de veces, a veces contenta, a veces un pelín deprimida, pero siempre cortés, con muy buenos modales y su sonrisa vitral. Había sido entre otras cosas deportista profesional, de tal manera que, ya solo físicamente, era una mujer que llamaba la atención por su porte. A mí me recordaba su rostro a la vez a Brigitte Bardot y a Laura Antonelli, con sus labios gruesos y carnosos, sus ojos verdes, su rostro simétrico y su cabello castaño claro de ensueño. Una brasileña casi rubia en Europa, a la que se le había quemado la casa. Estudiante para más señas.

Me contó que estaba haciendo lo posible para acabar sus estudios de deportes y ya había logrado arreglar sus cosas personales, cuando sucedió lo del incendio. Alguna vez le quise preguntar cómo era posible que una estudiante –extranjera además- pudiera tener ya una casa o casita, pero no me atreví a hacerlo por miedo a ofenderla o a tener que tocar temas demasiado sensibles. Y después ya no tuve la oportunidad. Tal vez era una rica heredera y no le gustaba hablar de ese tema tan feo que es el dinero. En verdad debía haber insistido por cómo sucedió lo del incendio. Pero no lo hice.

Un día me visitó en el negocio y me dijo que sus problemas se iban arreglando, que ya tenía donde pernoctar y que el dinero de la caución lo necesitaba urgentemente. Que lo sentía mucho, pero que iba a abandonar el departamento. Quise decirle que no se preocupara, que habíamos quedado en que sería temporal el asunto, que estaba bien así. Esas cosas. Pero no me dejó.

-Me has hecho mucho más que un favor, Jorge. Yo soy el problema. Mejor dicho, yo tengo el problema y siempre sabré cómo salir adelante. Te ruego no me tomes a mal la ruptura tan rápida del contrato.

La tranquilicé y nos despedimos. Le deseé buena suerte, dejándome ella con esa sensación y sabor a imposible que sólo ciertas mujeres –y viceversa, supongo- pueden dejarle a uno, como a cualquier mortal.

A los tres o cuatro días recibí una llamada que al comienzo no tomé en serio. Ya al levantar el auricular presentí que no se trataba de una llamada común y corriente. No de esas que se empiezan tratando de mejorarse la vida al teléfono con palabrillas sobre esto y lo otro.

-Te voy a matar. Como te vuelva a ver con mi mujer, te voy a matar.

Era la voz de un hombre maduro. Por lo menos no la de un jovencito. Hablaba como lo hacen los hampones o los mafiosos en las películas. En las películas, no en la realidad.

-Creo que te has equivocado de número, hijito-, le dije, tranquilamente, tratando de dejar en claro que se había equivocado de número y que eso no le daba ningún derecho a hablarme en esa forma ni con esos contenidos. Ni distraerme de mis ocupaciones.

-¡No me llames hijito que puedo ser tu padre!- chilló el hombre.

-Padre, madre, hija o lo que sea. ¡Vete al carajo! ¿Entiendes? ¿No ves que te has equivocado de número, imbécil?

-No, Jorge- continuó, pasando del cine de hampones al de suspenso-. Tú has tenido en tu departamento tres semanas secuestrada a mi mujer y has hecho con ella lo que has querido. ¿O no eres Jorge tú? ¡Vamos, niégalo ahora! ¿Eres o no Jorge?

 

(Continúa el lunes…)

HjV

 

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