EL CAPITALISMO (I)

Son pocos los temas, y este es uno de ellos, en los que desde el comienzo empiezan también los malentendidos.

Basta nombrarlo, por ejemplo, para que el lector o el interlocutor piense que quien esto dice es de izquierda, socialista, comunista (nunca existieron, salvo en sus mentes), un anarquista o un attacista.

“Pero si tú tienes un negocio, o sea, eres capitalista, ¿cómo vas a hablar tan mal del capitalismo?”, me preguntaba hasta hace poco la gente a quienes confrontaba con mis inquietudes. A esa gente quisiera contarle que algo parecido me dijeron cuando me contaron que mi madre tenía o sigue teniendo problemas con uno de sus vecinos y me rogaron que interviniera en pos de una solución.

-Tengo que saber qué dice la otra parte del conflicto- les dije.

-Pero es tu madre, Jorge.

-¿Qué tiene que ver? No creo que haya ángeles por un lado y diablos por el otro. Algo tiene que haber aportado ella al conflicto y eso lo quiero saber. Por lo menos en la otra versión.

-Jorge, es tu madre, por favor.

-¿Y? ¿Para qué me piden que intervenga si no aceptan siquiera que escuche a las dos partes?

No me entendieron, claro. Y felizmente las distancias alivian un poco el escozor.

Soy, por simple experiencia y observación, alguien acostumbrado a ver al hombre (a mí mismo, también) como un mono. Un pobre mono a quien la evolución le ha dado mucho y él ha aprovechado muy poco de ella. (Como especie sobre el planeta; no me refiero a los aventajados.)

Además, estoy convencido de que la evolución ha sido acicateada por un rasgo del hombre que, ahora, más que nunca, y ayudado por la teconologías, se va haciendo más patente y a la vez más peligroso para el resto de la humanidad: su capacidad para traicionar y atacar por la espalda en provecho propio. Y hacerlo tan sutilmente que sea difícil notarlo, muchas veces hasta para él. (Pienso en la ocupación de Irak, como ejemplo de mentira y autoengaño.) Curiosamente no existe una palabra expresa en el diccionario para definirlo. Tal vez felonía, sea la que más se acerque al trono en disputa.

Si a eso le agregamos su inclinación a -y gusto para- escribir la historia también en provecho propio, tenemos, allí, parcialmente resumida, a esa criatura arrogante, tonta, habilísima, veleidosa, querida a veces, fanfarrona, reincidente en la mentira, codiciosa, puntualmente sentimental, miope y cobarde hasta más no poder que es el hombre. George, Francisco, Augusto, Helmut, Ariel, Imelda, Alan, Alberto, Adolfo. Tal. Cual. Aquellos. Nosotros. Lo de cobarde creo que no necesita ninguna explicación adicional. Es cobardía, por ejemplo, secuestrar ayudado de armas y de la fuerza a alguien indefenso y más débil, etc. (La casación no tiene por qué ser exacta. El trabajo atributivo se los dejo a ustedes. Y perdonen la generalización. Es simplemente didáctica.)

Y pienso también en todos esos mandos militares de cada una de las guerras que a prácticamente a diario empiezan sobre nuestro planeta –ese que creemos muy desarrollado y tan cerca de otros astros-: las ordenan desde la comodidad de su buen y protegido sillón o desde su trono. Tengan la absoluta certeza que quien ordena una guerra no necesita siquiera limpiarse las uñas.

Si en mi juventud temprana y prematura me atrajo el socialismo como sistema político –más por el alto concepto que tengo de la solidaridad, del reparto y de la justicia-, ahora suelo ser bastante desconfiado y cuidadoso con todo el espectro político, justamente por lo que digo arriba y la experiencia mundial bien lo apisona: junto a nuestras grandes capacidades y nuestros grandes ideales, abunda en nuestro cerebro demasiado de esas malas hierbas llamadas felonía y provecho propio. (Lo cual no quita, por supuesto, que tenga mis propios ideales y mis propias ideas al respecto; y que siga con mucha expectativa cada nuevo intento por mejorar nuestras sociedades.)

Eso que nos lleva a deformar las cosas y los entes (países, instituciones, organismos, ministerios, ONGs, amistades, federaciones) solo por perseguir nuestros propios objetivos.Creo que llevamos el puñal escondido tras la espalda. Y ese puñal se llama provecho propio, ventaja, comodidades, dinero, poder. Yo primero. (Agregar una pizca de maquillaje de la realidad, por favor.)

Hay una pregunta que me escoce y que me ha llevado también a estas líneas. Si aún aquellos tantos que persiguiendo ideales tan grandes como el socialismo, la libertad, la democracia, la justicia y el pan para todos (éste último el ideal primero para mí y pienso en ese niño que cada uno, dos, tres… segundos se muere de hambre en algún lugar del planeta, según el informe anual de desarrollo humano de la Organización de las Naciones Unidas (ONU); tranquilos: sucede, por lo general muy lejos de nosotros, internetistas), no han hecho otra cosa, decía, que hacer derivar muchas veces todo aquello en sistemas corruptos e ineficientes, pregunto, ¿qué se puede esperar entonces de los feroces capitalistas y de aquellos que siguen creyendo que la economía se puede regir por sí misma y que la bonanza y el desarrollo para todo el mundo algún día llegará por sí solo?

¡Ya tiene demasiadas arrugas mi ombligo!

Leyendo el otro día -y deseándoles de paso un agradable fin de semana-, leyendo, decía, un artículo de Basilio Baltasar (El más alto testigo, 12-01-07) en su columna de El Boomeran(g), no pude más con el escozor y le escribí esta carta, porque su artículo empezaba mencionando la sospecha de que el capitalismo pueda o puede ser un accidente cultural:

Respetable señor Baltasar:

Disiento. No soy de la misma opinión.
El capitalismo se basa, principalmente, en la acumulación de capital. Si no tengo capital acumulado, si no tengo reservas, no puedo prestar.

Aún en los tiempos en los que no existía la moneda –uno de los inventos más modernos del hombre, de la mano de la escritura, ésta hermana menor del lenguaje- ya existía el capitalismo incipiente, es decir, la acumulación de bienes, productos o cosas.

Como la acumulación es una simple extensión, es decir, el siguiente paso de una de las actividades más genéticamente arraigadas del hombre, la recolección, se puede afirmar que el capitalismo lo lleva el hombre en las venas.

Con todo lo bueno y malo que eso pueda significar. De hecho, el capitalismo actual parece ser solo una carrera desenfrenada por acumular el mayor capital posible globalmente (y en el menor tiempo posible) sin importar mucho para qué, para quiénes más, por qué ni –lo más grave- cómo.

Me atrevo a opinar, que, vistas las herramientas tecnológicas que ahora posee el hombre, y visto que se ha llegado a una etapa en que la humanidad (asumida como un ente homogéneo) está en pañales culturalmente hablando, es decir, no está como cultura a la altura de las circunstancias tecnológicas, opino, decía, que estamos por alcanzar el cenit como especie sobre este planeta.

Luego solo es posible la decadencia. Si algo o alguien llega a la cima, luego solo le queda desaparecer o empezar a descender.

Particularmente, a pesar de todo lo que me gusta la vida (mi bitácora es testigo de ello) y lo que me preocupa el destino de los futuros hijos de mis hijos, creo que el hombre, como especie depredadora y de poco respeto por su medio ambiente y las demás especies terrenales, se lo tiene bien merecido.

En el momento que el hombre, hace miles de años, gracias a su cerebro que se iba desarrollando cada vez más, empieza a pensar en el mañana –a PRECAVER-, y empieza a acumular mucho más de lo que buenamente puede necesitar -seguramente por miedo excesivo y luego avidez y codicia-, comienza también la historia del capitalismo.

Qué paradoja. La continua pero irrefrenable desaparición de la actividad humana que más hizo por el desarrollo de nuestra especie –el precaver-, se ha vuelto su peor enemiga.

Disculpe usted que éste no sea un tema fácil de tratar una mañana de sábado, junto a una taza de café (sin panecillos, todavía).

Y disculpe los posibles errores que se me hayan podido filtrar. Feliz Año 2BOND.

Cordialmente

HjV

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