EL PLANETA DE LOS SIMIOS

A mí me sigue fascinando (sin yo ser ningún pesimista ni aguafiestas: al contrario, creo), cómo el coronel George Taylor deduce en la escena final de una famosa película de ciencia ficción del año 1968, que, en realidad, se encuentra sobre la Tierra y no sobre otro planeta desconocido, como él -hasta ese momento- había supuesto.

La película la debo haber visto una buena media docena o más de veces en mi vida, y aún me continúa fascinando por muchas razones. Una de esas razones es su legendaria y tremendamente visionaria escena final.

Vengan. Pónganse los auriculares de ley y acompáñenme un momento en la máquina del tiempo. El viaje durará apenas un minuto y 41 segundos, señoras y señores, ladies and germans. Preparados.

Me volví a acordar de la película leyendo la bitácora de Marcelo Figueras del día 06-02-2007 (¿Dreamboys, o Chicos Pesadilla?).

La película se estrenó en 1968 –producción norteamericana- y estaba basada en la novela La Planète des Singes (ustedes que saben francés, tradúzcanlo) que Pierre Boulle (autor de la también exitosamente llevada al cine El puente sobre el río Kwai) había publicado en 1963 (!).

Como la vida tiene su propios rizos, el actor que personificaba al coronel George Taylor, fue presidente de la Asociación Nacional del Rifle (NRA) en EEUU hasta el año 2003 y sigue siendo activamente uno de sus más férreos y acérrimos defensores y patrocinadores. Sí, del mismo consorcio que defiende la posesión de armas de fuego, es decir, está por un mundo lleno de ellas. O, por lo menos, no tiene nada en contra.

El mismo actor o personaje -de esta vida, también- que, al final de la película y semidesnudo a los pies de la Estatua de la Libertad y su entorno destruido, exclama -en la versión doblada al castellano (*)-:

-¡Maniáticos! ¡Lo habéis destruido! ¡Os maldigo a todos! ¡Maldigo las guerras! ¡Os maldigo!

El actor no es otro que el legendario Charlton Heston. Y la película no es otra que la no menos legendaria El planeta de los simios de Franklin J. Schaffner y Michael Wilson.

Me atrevo a asegurar que ninguna otra ha tenido tan larga saga o secuela en la historia del cine, sin que sus continuaciones hayan podido alcanzar jamás llegar siquiera a los tobillos de la original. (Tal vez sólo la segunda parte se salve de este improperio mío. Las demás fueron hechas sólo para hacer dinero con la fama de la hermana mayor.)

Me acuerdo especialmente de esta película porque fue una de las primeras que no me la tuvo que contar Víctor Tupa.

Víctor era un compañero del colegio y de la misma camioneta de transporte escolar, quien algunos lunes nos relataba en el trayecto, con máximo detalle (la primera parte en la ida, la segunda en la venida), la película que él –un poco mayor que nosotros- había visto el día anterior: el domingo de cine y de medias blancas, vestidos de las niñas y el cabello bien peinado de los niñitos como nosotros, entonces.

¿Qué será de su vida? No he vuelto a toparme (tuparme) en la mía con un narrador tan bueno como él.

Cuando él contaba, el mundo se detenía e ingresábamos de su boca (ruego me excusen) a otro universo: el de las películas que nos relataba como si él mismo las hubiera escrito y rodado.

Gracias a su verbo pude “ver”, por ejemplo, películas como Viaje Fantástico (1966) de Richard Fleischer; en la que una nave tripulada y más pequeña que una célula humana, va recorriendo el interior del cuerpo de una persona hasta llegar a abandonarlo dentro de una lágrima.

-¡Qué poesía la del final! -exclamaba él, para delirio nuestro, mientras recorríamos la avenida Arequipa-. ¿Se dan cuenta? ¡En una lágrima!

¿Recuerdan ustedes el argumento de El planeta de los simios?

La película también me sigue fascinando por su sustrato (o base) religioso y filosófico, siendo, como es, una perfecta y sutil burla de la raza humana. Una gran chanza sobre y contra el Hombre.

Ese mismo Hombre que en la película –al final- ha destruido el mundo tal como lo conocemos.

Genial es, por ejemplo, en la película, el juicio que se le hace a Taylor. Pueden juzgar ustedes mismos. El viaje durará tres minutos y 27 segundos.

El autor del libro, el francés Pierre Boulle (1912-1994), quien era electricista de profesión, sabía de lo que hablaba.

Durante la Segunda Guerra Mundial se alistó en el ejército y combatió en China, Birmania e Indochina. Fue prisionero de guerra hasta que consiguió escapar en 1944. Escribiendo a escondidas sus propias impresiones, pudo soportar mejor su cautiverio.
Todo esto me ha venido a la mente ahora que nuevamente escucho hablar de esa palabra tan odiosa, desastrosa y fatal -tanto, que pienso que debería desaparecer del lenguaje humano -que se llama guerra.

Peor no pudo ser mi sorpresa tampoco, hace unos pocos días, al descubrir que hasta una mente tan preclara, crítica y progresista como la de César Hildebrandt, también la exige indirectamente. Porque exigir armarse no es otra cosa que exigir acercarse cada vez más a esa catástrofe humana -que lleva la firma del hombre- llamada guerra.

Una guerra es un desastre. Una guerra es una verdadera catástrofe.

No es algo natural. Es algo creado. Por lo tanto, evitable.

¿Que es muy difícil, casi imposible, muchas veces? Nadie está afirmando lo contrario.

Por supuesto, la guerra es algo que duele menos que una inyección (o nada) para el que la ve, vive, alienta -y hasta la goza- desde lejos. Lo mismo vale para el que la ordena desde su cómodo sillón.
¿Tal vez por eso será -por lo de la inyección- que muchos creen que se trata de un deporte más?

Vista así, la guerra no es sino un acto de cobardía. Porque buscar, pensar y tratar de encontrar soluciones allí donde muchos no las encuentran, puede resultar un acto heroico y de verdadero valor.

(Cuando escucho guerra palabra pienso inmediatamente en la desgracia de los refugiados, en los que pierden todo, en la insania y la destrucción absurda, en los heridos y amputados, en los familiares de las víctimas. En los inocentes que sobreviven. Los muertos, después de todo, no sienten más dolor.)

Alguna vez ha llegado a manos de mi hijo una de esas armas de juguete que tanto y tan absurdamente proliferan por todo este planeta.

-Tú sabes que en las guerras hay bombas y balas -le digo.

-Claro -me responde Guami, mi hijo de cinco años.

-¿Te gustaría perder tus juguetes? ¿O a alguno de tus amigos?

-¡Nooo! -me responde, mi hijo, con la mirada del que pregunta: “¿Cómo se te pueden ocurrir esas tonterías, papá?”

-¿Te gustaría que tu mamá o tu papá o un vecino perdiera un brazo o una pierna y que tuvieras que dejar tu cuarto porque ha sido destruido?

-¡¡Nooooo!! -me responde, como debería responder cualquier niño sano mentalmente, de este mundo.

-Déjalo, entonces -le digo, sereno-. Hay otros juegos. Éste no vale la pena.

Muchas cosas las entienden los niños -simplemente- con más facilidad y rapidez que los adultos.

Si yo tuviera alguna vez suficiente dinero como para producir una película y poder contratar a Charlton Heston, haría una sobre una guerra que ustedes conocen.

Trataría de convencerlo diciéndole que su trabajo se reduciría a repetir su mismo papel en una escena similar a esa final de El planeta de los simios.

Pero ambientada en Bagdad, esta vez. Claro. O tal vez pronto en muchos países más.

La venta de cancha -o palomitas de maíz- estaría por lo menos garantizada.

HjorgeV

Sinthern/Colonia 10/12-02-2007

(*) Aquí la versión original:

Y aquí el discurso final de la La rebelión de los simios, una de las secuelas de la legendaria hermana mayor:

One thought on “EL PLANETA DE LOS SIMIOS

  1. hola ,me sorprende mucho tu amistad con victor tupa creo tenemos un amigo en comun si nos referimos al mismo victoer tupa ..cual su segundo apellido ..te agradecere me respondas .
    atte.
    victor .

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