EL VIOLÍN DEL DEMONIO

Por las calles de París se desplaza una figura, alta y oscura. De profundos ojos negros y cubierta su cabeza por unos largos cabellos, negros también, que ya apenas lo son.

Su dueño es uno de los hombres más geniales de la historia humana de todos los tiempos. En sus momentos libres se dedica a visitar a oscuros médicos y curanderos, como ahora.

Es invierno y las calles de París las cubre parcialmente la nieve.

La ventisca obliga a los transeúntes a cubrirse el rostro. Algo que a él solo puede convenirle, puesto que es uno de los rostros más conocidos de París y del resto de Francia, de Italia -su país natal-, Inglaterra, Austria y Alemania. El resto del mundo lo va a conocer mucho después.

Pero no va a tener la suerte de verlo actuar en vivo.

Ha vivido varias décadas dando conciertos y ganando una fortuna con su música a lo largo y ancho de esos cuatro países. Ha tenido amantes y perdido tanto dinero en el juego, que muy tarde ha empezado a entender que tal vez ambas actividades configuran las dos caras de una misma nefasta moneda funesta.

Por el carácter y las consecuencias de esas actividades.

Aunque su genio ya es indiscutible desde hace dos décadas -sin saber nadie que es algo más que eso y algo diferente a la vez-, todo no ha sido color de rosa en su vida.

Por eso todavía puede apreciar estos momentos. Por más que tenga que enfrentarse a los rigores del clima, luchar por hacer desplazar su figura de gárgola entre los transeúntes, los carromatos, los coches y los excrementos de los caballos, cuyo paso van dándole a la nieve y a las calles el desagradable color de las aguas usadas por toda la ciudad.

Su dueño sufre de diversas enfermedades y dolencias. Apura su paso.

Él sabe que su final no está a la vuelta de la esquina, pero que mucho más lejos tampoco está. De él, se afirma que ha hecho un pacto con el diablo para poder dominar su instrumento de la forma en que lo hace.

Él, Niccolò Paganini, el violinista diabólico, el artífice ilusionista y mago de su música; él, cuyas obras -incluso hoy- siguen sin ser ejecutadas correctamente; él: solo ruega ahora, poder encontrar pronto un curandero de esta tierra que pueda alargarle un poquito más la vida.

Corre el año 1836. Le quedan aún cuatro años por vivir.

Es el París que todavía no ha sido modelado arquitectónicamente por el prefecto y barón Georges-Eugène Haussmann (París, 1809-1891), siguiendo a su vez las estrictas órdenes del emperador Napoleón III, quien por su parte vive prendado de la arquitectura de Londres y de otras ciudades europeas en las que ha vivido.

Recién hacia 1850, Haussmann -de origen y apellido alemanes- ordenará desalojar a media población parisina hacia los suburbios y hará destruir media ciudad, para poder realizar ese sueño arquitectónico de grandes edificaciones, fastuosas avenidas y obras de canalización, que ahora -en este futuro ya real- sigue deslumbrando a los turistas y artistas de todo el mundo.

Pronto se inaugurará un casino en esta ciudad -París-, que llevará su nombre: el Casino Paganini. Armatoste que le hará perder casi toda su fortuna y una serie de juicios.

El juego y las mujeres han marcado su vida. Han sido el complemento de su música sideral. Al juego ya no le teme, desde que decidió enfrentarse resolutamente a él y llegó a perder hasta su alma. Es decir, su instrumento.

Pero no puede con el juego. En sus dos facetas.

Él fue el primer músico en el mundo entero que supo autopromocionarse y ganar una fortuna con su espectáculo, en tiempos en que nadie lo hacía con su instrumento.

Ahora siente que sus fuerzas lo abandonan. Cada vez más de prisa. El genio se está muriendo de a pocos y busca desesperadamente quien lo pueda curar. Ha arriesgado tanto en curarse como en el juego.

Por eso ahora se desplaza ya sin ningún diente sobre su mandíbula superior, producto de sus empeños por curarse de la sífilis, inhalando el mercurio que le han recomendado los médicos, cuyos vapores curan, sí, pero matando.

La lista de sus enfermedades y padecimientos (sífilis, síndrome de Marfan, aracnodactilia como secuela de éste, priapismo, tuberculosis laríngea) se lee como las de un condenado que las ha aceptado a cambio de morir bajo la guillotina, esa gran compañera de la Revolución Francesa ocurrida solo pocos años atrás.

La lista de sus virtuosidades (flageolett, pizzicato, staccato, doble llave o técnica de pisada doble, uso de la scordatura o afinación inusual de un instrumento) se lee como la receta para curar definitivamente de sífilis averna, sí, pero al propio Don Sata, en persona.

Aunque su arte fue considerado como algo imposible de ser humano, pocos podían saber o siquiera sospechar que estaba cimentado en la férrea disciplina a la que le había sometido su padre cuando él aún era un niño -y no se podía defender-, haciéndole practicar su instrumento hasta diez horas diarias y castigándolo corporalmente -o sin comer- en caso de no estar contento con lo alcanzado.

Tuvo la fortuna de poder desprenderse de la égida de su padre a la edad de 16 años. Desde entonces no paró de dar conciertos, entregarse a su música y a sus otras debilidades, sufrir con su enfermedades y seguir viajando de un lugar a otro para huir -tal vez- de sí mismo, de Niccolò Paganini, el genio extremista por excelencia que haya dado por siempre la música jamás.

Su genio -como en muchos otros ejemplos de la historia- escondía una tragedia.

Paganini nació el 27 de octubre de 1782 en Génova. No solo fue un virtuoso en la composición, ejecución e interpretación con el violín. También lo fue con la guitarra.

A pesar de sus cortos estudios de composición en Livorno, se puede afirmar que fue un gran autodidacta.

Tuvo la mala suerte de ser demasiado adelantado para su época. (Aún hoy lo sería. Incluso para cualquier futura.)

Me atrevo a afirmar, y ustedes mismos prestando mucha atención podrán corrobarlo en los videos que les presento, que sigue siendo imposible ejecutar -ya que no interpretar– sus temas sin cometer errores (el piano, por su afinación constante, se salva parcialmente de esta observación). Por más que se suela afirmar que “recién 50 años después fue posible interpretar correctamente sus temas”. Compruébenlo ustedes mismos.

Era poseedor de un oído y una entonación perfectos.

Una presentación de Paganini en esos tiempos (y por las que se llegaban a pagar pequeñas fortunas para verlo) puede equivaler lejanamente a uno de esos espectáculos modernos que pueden durar horas, y en los cuales, con la ayuda de ingentes sumas de dinero y el trabajo de varios días de cientos de personas apoyadas por la parafernalia tecnológica más moderna, se consigue maniatar y entretener de alguna manera al público.

Él no necesitaba más que su violín con sus cuatro cuerdas para conseguirlo.

A veces hasta sólo con una. Con la cuarta cuerda. Si se lo pedían. Procediendo a retirar delante de todos los presentes las otras tres.

Se dice que en cada concierto (y eso estaba anunciado en el programa), solicitaba al público que le presentaran alguna partitura desconocida para ejecutarla inmediatamente sin haberla estudiado. Lo cual significa que también dominaba la lectura directa musical: algo que muy pocos músicos, incluso los profesionales, lo alcanzan medianamente.

Su sino fue llegar a este mundo con una maleta demasiado llena de sorpresas, novedades y virtuosidades increíbles, fantasías imposibles y sonidos impensables. Todo en demasía.

Se dice, también que -por miedo a ser copiado- en sus presentaciones y ensayos, repartía sus partituras momentos antes de empezar y las volvía a recoger apenas terminaba la función.

Nadie es capaz hoy en día de hacer algo parecido.

Creaba emociones en los oyentes, para luego destruirlas y poder tenerlos así rendidos a sus pies y sujetos a su voluntad, prestos para una nueva subida a las estrellas.

Lo que ignoraba el oyente, era que el nuevo despegue se producía esta vez desde algún lugar imaginario cerca del infierno o del paraíso (no lo sabían), subidos a los designios de una montaña rusa astronómica que los transportaba vertiginosamente a través de los astros de las emociones y los planetas de la imaginación musical humana.

Consiguió arrancarle al violín además de las lágrimas, risas, llantos y lamentos habituales y conocidos, muchos sonidos nuevos e inesperados; y otros más, que el alma terrenal del público oyente solo podía atribuir a los dioses.

Como su estilo no era el adecuado para una iglesia, y porque alguna vez se negó –por razones ajenas a la actividad- a participar en un concierto benéfico, se dijo con mala fe que había hecho un pacto con el demonio.

Algo que su fisonomía y su aracnodactilia productos del síndrome de Marfan que sufría, solo parecían corroborar, y que Paganini, con su vestuario invariablemente negro, se encargaba de fomentar, como un elemento publicitario más.

El arte de Niccolò Paganini sólo conocía el deleite y la confusión.

El éxtasis genial de un cofre de sorpresas que se abre bajo la luz despedida por un castillo -absurdo e impresionante a la vez- de luces multicolores y plurisonantes nunca antes experimentadas.

Uno de sus conciertos quiero compararlo con el trance de un loco que recorre por dentro la cúpula de la Capilla Sixtina, aferrándose y sujetándose sólo con sus uñas, con el único objetivo de llegar hasta sus límites y poder comprobar así, contemplando en lo profundo, que, efectivamente, allá debajo de todo -del mundo, de las gentes, del cielo y del infierno- solo reina su genio.

Dejó para la posteridad 24 Caprichos, 6 Conciertos, varias Sonatas y unas 200 obras en las que involucra la guitarra.

Su deseo antes de morir, un 27 de marzo de 1840 en Niza, fue el de ser enterrado en tierra bendita, algo que le fue negado y que solo pudo ser cumplido 36 años después.

La iglesia no aceptó siquiera que se le enterrara acompañado por campanadas de duelo ni menos en el marco de una ceremonia religiosa.

Su hijo tuvo que momificar y deponer su cadáver en el sótano de un amigo de la familia, donde pasó el primer verano de su deceso.

Recién en 1876, la iglesia accedió a su deseo.

No sin antes reclamarle a la familia la devolución de todo el dinero ganado por Niccolò Paganini bajo la influencia del diablo.

HjorgeV

Pulheim/Colonia 19/21-02-2007 (Fuentes: Wikipedia y otras enciclopedias.)

(Dedicado a mi hijo Jorge Juan. Aunque no pase de su segunda clase de violín.) ¿Ya tienen a la mano sus auriculares?

FAZIL SAY (Turquía, 1970): Variaciones sobre Paganini (piano, adaptación moderna)

JASCHA HEIFETZ (Lituania, 1901-Los Ángeles, 1987): Capricho No. 24

Aquí un fascinante documental sobre su vida y su obra (en inglés). Esta es la primera parte de un total de nueve (1/9) que pueden encontrar en YouTube.

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