EL TIBURÓN QUE SE NOS VIENE

El tiburón de mi infancia fue relativamente pequeño y ya estaba moribundo cuando me atacó. No es una broma.

Era muy delgado, además, y me bastó cogerlo de la cola y arrojarlo hacia la orilla para acabar con el asunto.

Bueno, en realidad, no se trataba propiamente de un tiburón, sino de uno de sus primos. O tal vez sólo de un cuñado. Lejano, además; para los que me entienden.

La historia es cierta y me sucedió en la playa de La Isla de Puerto Supe, también conocida como El Faraón, por la forma de la ridícula -la verdad valga- pero para mí mítica isla que da nombre a esa franja de la costa norte del litoral peruano. Lugar en el que también luché contra un pulpo vivo, del tamaño de mi mano. (Pero pulpo, vivo y lucha. Ojo.)

Antiguamente, en mi infancia -épocas antediluvianas para los menores de veinte-, para poder visitarla, había que ir temprano por la mañana, que era cuando el mar seguía retirado y se podía cruzar la playa a pie hasta llegar a la isla.

Luego, a partir de las once de la mañana, ya había que mojarse un poco y tener cuidado de no pisar –mi especialidad- los erizos.

Si te quedabas hasta la tarde en la isla, tenías que salir después a nado por un costado para evitar ser arrojado por las olas contra las rocas.

Como todo pasa en esta vida, visité el año pasado mi isla, y fui testigo presencial -tal como ya había escuchado decir- de que el mar se ha retirado de tal forma desde hace un par de años, que ahora es posible acceder y salir de ella a pie a cualquier hora del día.

(Esta isla parece no haberse enterado de los cambios climáticos, me digo.)

El tiburoncito de mi infancia no medía ni un metro, o sea que era un simple toyo o, tal vez, ya, un marrajo o cazón pequeño, y había llegado –junto con otro par de cientos de peces moribundos más- a la orilla, debido a uno de esos fenómenos marinos que entonces yo conocía bajo el nombre popular de aguaje.

Por lo demás, mi otra referencia tiburonaria o tiburonal la había tenido yo –aún mucho antes- con una de esas revistas mexicanas memorables de la Editorial Novaro, que inundaron los quioscos peruanos de fines de los años 60 y comienzos de los 70 (para contrarrestrar la otra inundación: la de los comics o chistes, como se les llama en el Perú) y que llevaba el nombre de su héroe marítimo, pescador y aventurero del pacífico pueblo de la costa pacífica de México llamado Ixtac: Chanoc.

Hasta que llegó Spielberg en 1975 con su película Tiburón. Jaws: mandíbulas.

Der weiße Hai, aquí en Alemania, me entero por medio de un redactor de esta columna.

Es decir: El tiburón blanco, en castellano. (Bajo ese título no habrían sacado ni para la dentadura postiza del tiburón postizo. Por lo menos no en mi país.)

Está documentado que la filmación de esa película fue una verdadera pesadilla, en la cual Steven Spielberg, quien no tenía entonces ni 30 años, estuvo a punto de tirar varias veces la toalla al mar. O sea, al tiburón: ese armatoste de cartón, madera y espuma plástica que no quería respetar el guión ni dejarse filmar y había que moverlo con una serie de inventos mecánicos que ahora nos parecerían absurdos.

La filmación fue una aventura más grande y seguramente más intensa y más importante que la película misma. Los momentos de tensión en ella fueron más que reales y eso se transmitió a la película misma. Por eso tal vez -también- fue tan exitosa en su momento.

Eran otros tiempos.

Ahora cualquier estudiante de preparatorias para el examen de admisión a la Academia de Cinematografía de Máncora, o cualquier estudiante de primer año de cualquier escuelita mediática, puede conseguir mejores efectos, entre bajada y bajada de canción, de las cientos de miles que ya guarda en su cargador de música de moda. (¿Escucharán todas?, me pregunto.)

Para reflejar mejor cómo era la metodología y el ambiente en el que se hacían las películas de ese corte en esos años, basten las luminosas palabras del cineasta Richard Lester (director de Superman y autor del primer videoclip de la historia: A hard day’s night, con unos Melenudos de Liverpool que aún no se han enterado que se han sacado la lotería y que pronto pasarán a convertirse en los iconos o íconos de la música del siglo XX por excelencia) (*) . Palabras que paso a citar, traduciendo e invitándolos a saborear la profunda gilletiana o wilkinsoniana ironía de este señor:

“Tal vez parezca coqueto decirlo pero filmar películas como Superman era entonces de lo más fácil. Era maravilloso: teníamos un guión, en el cual había cosas magníficas como Christopher Reeve lanzando un ómnibus o autobús por los aires, pero nadie sabía cómo hacerlo. Entonces todo se hacía con trucos ópticos. Algo que ahora se consigue con un simple programa de efectos especiales, contenidos en un miserable disco. Nosotros en cambio, teníamos varios talleres y estudios con una infinidad de técnicos y ayudantes, que andaban rompiéndose la cabeza de la noche a la mañana y de la mañana a la noche para conseguirlo. Tarde o temprano nos presentaban una solución practicable y nosotros solíamos decir: ‘Está bien, así lo hacemos’. ¿Qué más nos quedaba? Entonces pasábamos a comunicárselo a los diferentes equipos de filmación y lo hacíamos. Mi trabajo consistía básicamente en silbar a mi chofer para que me llevara hasta el próximo estudio de filmación.

Cualquiera no puede expresarse así.

Ahora llega Meg, el nuevo tiburón antediluviano que se nos viene.

De no sé cuántas decenas de metros y medio centenar de toneladas de peso, y que merodea ahora las playas de California. Cuidado.

Un tiburón, como la mayoría de animales (incluido el hombre, amén de patologías: ¿qué pensarán los habitantes de Griboste -ese nuevo planeta descubierto- sobre la invasión de Irak y sus funestas consecuencias hasta ahora?) solo ataca, decía, en caso de verdadera urgencia o emergencia.

O cuando se siente atacado o no tiene nada más qué comer. Nada.

De las 350 especies existentes, sólo se sabe de 10 a 12 especies que han atacado al hombre sin que haya habido (aparentemente) provocación alguna.

(El tratado que Joan Balkihas E. presentará este año, titulado El lenguaje corporal exacto de los tiburones, y prometido para el próximo mes de julio, nos permitirá saber qué movimientos debemos evitar en presencia de un tiburón. A partir de entonces será pan comido bañarse en cualquier playa del mundo sin temor.)

Entre 1916 y 1969 se registraron 32 ataques a seres humanos de tiburón blanco en todo el mundo. De ellos, 13 fueron mortales. Así de antigua es mi enciclopedia.

Tomando en cuenta todas las demás especies (de tiburones), el número de víctimas (humanas; no se rían) aumenta un poco.

Pero no llega ni a morderle el tobillo al número de de personas que mueren anualmente (en su mayoría niños) bajo las fauces del mejor amigo del hombre.

Sí, el pobre perro.

Y allí está nuestro amigo paseándose por todos los continentes, subiéndose a nuestras faldas (o piernas), jugando con nuestros bebes o bebés, ensuciando parques y veredas (la típica plaga de la zona urbana céntrica de Colonia y de toda ciudad, me imagino) y apareciendo en las fotos que nos tomamos.

No me lo digan. Yo ya lo sé.

La próxima verdadera película de terror tiene que tener de protagonista principal al…

¡No sean malos! Tengo hijos. Y un perro, además, que no hace nada.

A veces.

HjV

(*) Por esta misma razón, se le considera a Lester el padre de MTV, algo que él niega y para lo que “estaría dispuesto a hacer una prueba o test de paternidad”, según sus propias palabras.

Aquí un popurrí, medley o combinadito de Luis Miguel, para que vayan relajándose antes de la película.

(Incluye Un poco más, Llévatela, El reloj y Sabor a mí. )

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