VAN GOGH: LA OREJA PELIRROJA

Pocos ejemplos tienen el universo del arte y la historia de la humanidad como la biografía de este holandés pelirrojo y eterno llamado Vincent Van Gogh, nacido en 1853 y muerto por propia mano -y porque los médicos se negaron a operarlo- dos días después de haberse pegado un pistoletazo en el pecho al sur de Francia.

Kunst Zeiten)
Van Gogh (Imagen: Kunst Zeiten)

El día intermedio se lo pasó conversando durante horas con su hermano menor Theo, exitoso galerista de París.

Theo, como el nombre -sin la hache- bien lo indica, era su dios aquí en la tierra: quien cuidaba verdaderamente de él.

(Aunque poco después de muerto Vincent, Theo lo acompañó por la entrada de la diosa Sífilis a ese parnaso superior e ineludible de todo arte que se llama Cielo.)

Su hermano menor lo ayudó a sobrevivir -mediante remesas mensuales que se podía permitir como director de la galería de arte Boussoud & Baladon de París- durante los diez años que duró la personal y fascinante aventura Van Gogh.

La particular aventura artística del pintor que se cortó media oreja izquierda en un arranque de rabia en este mundo. (*)

El pedazo de oreja, que se conservó en alcohol durante un tiempo como prueba, se lo había dedicado a otro gran pintor, al francés Paul Gauguin, después de una discusión con él. Al parecer, Gauguin se había burlado de la obra del holandés.

Éste estuvo a punto de matarlo con su hoja de afeitar, pero terminó sólo automutilándose la oreja.

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A los 27 años de edad, Vincent se había dicho que quería abandonarlo todo para volverse pintor. Nadie sabe bien qué cosas corrían y ocurrían en su cabeza.

Una decisión así no es algo raro.

Muchos adultos deciden dar ese paso para tratar de volverse millonarios, por ejemplo, fundar una nueva familia, cambiar de profesión o simplemente para realizar los mordientes anhelos de una segunda existencia.

Otros bajan al fondo de las calles para no regresar nunca más.

Tampoco en el arte es rara la figura de quien abandona todo para dedicarse ciegamente a él. Sin ir muy lejos –y ahora que está nuevamente de moda-: Charles Bukowski, ese viejo exhibicionista con el tufo permanente a alcohol, también lo hizo a la edad de 50 años cuando dejó su trabajo como cartero para dedicarse sólo a la literatura.

Lo raro y especial es hacerlo tan consecuente, obsesiva, desesperanzadora y –a la vez- tan brillantemente como lo hizo Vincent.

Es decir, tan humanamente.

Dos años antes de morir, le escribió a su hermano en 1888:

“No puedo evitar que mis cuadros no se vendan. Pero llegará el día en que se vea que valen más que los costos de la pintura utilizada”.

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Se dice que en vida llegó a vender un solo cuadro. Pero hay indicios de que vendió unos cuantos más para subsistir. Mi sospecha es que los que vendió, fueron cuadros con carácter estrictamente comercial (encargos, por ejemplo) y no puramente artístico. Por eso no han trascendido, tampoco.

Su obra Retrato del doctor Gachet fue adquirida por el industrial japonés Rioey Saito en 1990, por la suma más alta conocida en el mundo del arte hasta hoy: 82,5 millones de dólares.

Esa compra no le produjo la inmortalidad, falleciendo el comprador japonés seis años después, en 1996.

La pregunta de cómo es posible que alguien pueda haber pagado tanto por una mezcla de colores a tanto el kilo, se la tendríamos que haber hecho al pobre Vincent en vida.

Habría sido feliz escuchándola.

Yo estoy además seguro de que habría cogido el dinero suficiente para comprarse más pintura y pagar el alquiler de su cuarto, y luego habría arrojado el resto de los billetes sobre algunos de sus paisajes de colores vangoghianos, como si de sus propias pinceladas se tratara.

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La pregunta de cómo es posible que en este mundo una sola persona pueda disponer de tanto dinero para este tipo de menesteres, habría que hacérsela a la policía. A la policía del arte del planeta Justicia Verdadera, claro. Pero, ¿quién lo conoce?

La pregunta sobre si ése es el mejor cuadro de nuestro artista invitado de hoy, la pueden responder ustedes mismos –al final de estas líneas- a solas con su conciencia. Yo garantizo personalmente que nadie va a escuchar su veredicto. (**)

La vida del joven Van Gogh se lee como una incesante e inclemente lucha por hallar un camino propio en su vida.

Es la biografía del artista atormentado.

Cuando en la primavera europea de 1880, a los 27 años de edad, toma la decisión de dedicarse sólo a la pintura, ya ha pasado por diferentes oficios y escuelas, pero él debe tener la sensación de que no ha alcanzado nada. Que no sabe nada. Y se decide a empezar otra vez desde el principio.

Es hijo de unos pastores protestantes holandeses. Ha vivido y estudiado en Inglaterra. Habla -además de holandés- alemán, inglés y francés. Sabe o domina los elementos del griego y del latín. Ha vivido y sufrido con sus amores juveniles. Ha realizado diversos estudios y ha intentado ser predicador. En París ha trabajado y ha sido bien acogido en una galería de arte. Renuncia porque siente una voz superior que lo llama.

Entre 1878 y 1880 vive al sur de Bélgica ayudando a los pobres y a la gente que trabaja en las minas, retratando sus miserias y negándose a vivir –por sus convicciones religiosas- mejor que ellos. Es la época en que su hermano Theo desde París, a pesar de desaprobar su estilo de vida y sus inclinaciones artísticas, empieza a enviarle dinero mensualmente. Vincent se marcha a Francia.

“He echado raíces al sur de Francia y tengo mil motivos para trabajar. Quiero ver otra luz y creer que la naturaleza bajo un cielo más claro se ve de otra manera […], pero sobre todo, quiero tener más sol…”, le responde él.

Diez años después, en la campiña francesa, sentado frente a su último óleo –Trigal con cuervos-, Vincent es un hombre de apenas 37 años pero que ya está mortalmente atormentado. Ha pasado por un manicomio y por fases de desnutrición; es adicto a la caña de ajenjo (peligrosa bebida narcótica de entonces) y, al parecer, sufre de algún tipo de epilepsia.

El artista desconocido y autodidacta ha sido prolífico: ha llegado a pintar más de 800 cuadros (27 de ellos autorretratos) y realizado más de 1500 dibujos. A su hermano Theo le ha escrito unas 650 cartas. (***)

Pero su tormento existencial y de artista no ha disminuido un ápice con su trabajo.

Lleva el nombre –Vincent Willem- de su hermano muerto al nacer, un año antes de su nacimiento: ¿Cómo podía ser de otra forma?

Su derrotero pictórico lo ha llevado de los tonos ocres y apagados -con los cuales pintó uno de sus primeros cuadros, Die Kartoffelesser, que muestra a un grupo de cinco personas alrededor de una mesa comiendo papas o patatas (Kartoffel)- a los brillantes azules y amarillos de su época final.

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¡Su arte es desconocido!

No sólo es eso. Se siente incomprendido y, además, no ha conseguido independizarse de la ayuda económica de su hermano Theo, sin la cual habría muerto de hambre.

Su sueño no es ser famoso ni hacerse rico. Sueña apenas con que su arte sea reconocido lo suficiente como para pagarse la pensión y los colores.

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El anhelo de Van Gogh de ganar alguna vez dinero con sus obras no lo vio cumplido en vida.
Otros lo hicieron por él con creces inusitadas muchos años después. Sin saber siquiera cómo se coge un pincel entre los dedos.
Pero es que tampoco les faltaba media oreja.
.

.

HjorgeV Sinthern, 12/14-03-2007

(***) Recién ahora se empieza a reconocer, por otra parte, en las numerosas cartas que intercambió con su hermano, su gran vena poética. Como todo artista, buscaba desesperadamente poder expresarse no sólo en su arte principal.

(*) Van se pronuncia entre fan y fen. Y Gogh, más o menos joj.

(**) Pulsar en todas las imágenes, por favor, para agrandar. Aquí el Retrato del doctor Gachet.

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Un comentario sobre “VAN GOGH: LA OREJA PELIRROJA

  1. muy amena la descripciòn.. tengo una ediciòn cubana de las cartas a Theo…no es muy buena pero algo es algo…

    Rpta.: Me has hecho recordar una edición peruana de un libro de Gabriel García, que debo tratarlo con especial cariño para que no se me desmiembre. Saludos y gracias, pelirroja. HjV

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