EL RELOJ DE ORO

Leyendo la bitácora de Daniel, un peruano doctorándose en Berlín, me acordé del mensaje de una poeta desde Buenos Aires comentándome que acababa de cosechar ajíes en su huerta. (*)

Me acordé de mis primeras épocas en Alemania extrañando y echando de menos -a rabiar- las frutas, las verduras y las comidas de mi país.

Me acordé de la lista que empecé mentalmente en el avión que me traía a Europa por segunda y definitiva vez, hace 22 años, en la que, curiosamente el cebiche y lo culinario, en general, se codeaban los primeros puestos junto a seres queridos, familiares, lugares y demás amigos.

En una lista que no -por ser mental- se salvó de ser salpicada por un par de buenas lágrimas de entonces.

Este fin de semana largo, que he aprovechado para recuperarme de un resfrío, me ha resultado fácil depararlo a la lectura. Deseaba leer con y en calma la última novela de la antropóloga forense y escritora canadiense, Kathy Reichs.

Como dos de nuestros hijos se han ido a pasar parte de las vacaciones a casa de sus abuelos, la verdad, pasar de cuatro niños a sólo dos, es como pasar del vendaval a la calma absoluta.

Nos parece que la casa estuviera vacía.

Lo difícil ha sido, en las pausas de la lectura, no pensar en muchas cosas, debido al silencio reinante y casi propiciador de pensamientos.

Siendo ateo como soy, lo que me gusta de las fiestas religiosas es que se prestan perfectamente para la reflexión. El solo hecho de recibir mensajes alusivos a estas pascuas de resurrección (de los que me pregunto si la gente que los envía los lee de verdad antes de enviarlos), constituye un buen acicate mental.

Como el clima lo permitía, decidí abandonar mi cuarto de trabajo medio subterráneo y sentarme junto al ventanal en la sala para aprovechar la luz solar.

(Pretendía recuperar -y solo en parte lo conseguí- el que fue mi sillón, e iba a ser mi bastión de lectura, y que ahora le pertenece a nuestro perro Tito: se lo apropió un día, y no hubo forma de convencerlo de lo contrario, hasta ahora.)

Recordando lo de arriba, constaté también que ahora, en cambio, en cualquier supermercado alemán, del pueblo más pequeño de este país, es posible encontrar –siempre- paltas o aguacates, diferentes tipos de ají, piñas, mangos, carambolas, y hasta capulí o aguaymanto, aquí llamado physalis. Entre otras frutas y verduras exóticas.

¿Quién come todo eso?, me he preguntado más de una vez.

O sea, ¿quién lo compra?

He llegado a la conclusión que su oferta y su presencia constituyen una simple manifestación o asunto de prestigio.

Simple decoración.

La industria y el comercio, tal como sucede en los seres humanos a escala individual, tienen también muchas cosas y gastos que no tienen otra utilidad que la de mostrar el reloj de oro.

Uso esta expresión del reloj, recordando la manía de mi suegro alemán (y el único que tengo) por tratar de dejar siempre a la vista su Rolex de oro.

Cada vez que cambia de posición, estando sentado, parado o desplazándose, después de verificar que todo está en su lugar –no usa peluquín, felizmente-, completa el algoritmo revisor llevando compulsivamente su mano derecha a la muñeca izquierda para verificar si su reloj se encuentra a la vista de los demás.

En su defensa –y porque empiezo a sospechar que mi esposa revisa de vez en cuando esta bitácora- debo decir que procura dejarlo medio -o tres cuartos- tapado por la manga de su camisa. Cuando ésta tiene mangas largas.

¿No estaré exagerando?

Varias veces me he preguntado, cuando conversa él conmigo: si ya sabe que yo sé lo que tiene y lo que fue antes de jubilarse, ¿por qué lo sigue haciendo en mi presencia?

No les recomiendo seguir leyendo ésto. Puede afectar gravemente a su vida personal y sus relaciones sociales.

Quedan advertidos, lectoras y lectoros adultos.

Yo, como todos o casi todos, también me deseé alguna vez un reloj de oro. (Vamos a llamarlo redor, de vez en cuando.)

Era apenas un niño muy ingenuo, cuando mi tío Humberto –quien después resultó ser un estafador profesional a gran escala- empezó a prometerme, cada vez que lo veía, que me regalaría (“la próxima que nos veamos, sobrino, sin falta”) su reloj.

Nunca me regaló nada. Es obvio.

Se trataba de uno de la marca Movado, si mal no recuerdo; rectangular, especialmente atractivo y sobrio, y cuya característica principal consistía en no tener nada más que manecillas. El fondo no tenía cifras, marcas, muescas ni calendario.

Su superficie me hacía pensar en esa azul inmensidad de un poema de Rubén Darío.

Ése era el oro para mí.

No se necesita ser un visionario para llegar a la conclusión que cada profesión y cada oficio tiene que estar armado de su propia ideología y óptica para poder perpetuarse.

El policía cree en las leyes y en el orden. Los carniceros en la necesidad de proteínas de la población. Los vendedores de automóviles en la movilidad. El banquero en la necesidad de que circule el dinero. El abogado: tal vez, que sin él, mucha gente no sabría qué hacer con su dinero. Y así.

El problema se presenta cuando el que empieza a observar detenidamente todo, comienza a comprender también cada vez más, cómo es el verdadero fondo de todo lo que le rodea.

Y toda esta información puede llegar a ser dolorosa, pues no todo ser humano posee libros del estilo de Cómo encontrar el equilibrio existencial mientras nos lavamos los dientes.

Supongo que la neurosis no suele tener cura. Solo alivio.

He conocido o tenido noticia de cirujanos hartos de ver sangre, prostitutas hartas de diferenciar y catalogar compulsivamente escrotos y prepucios; de camareros tentados de arrojarles los platos a sus clientes desde la cocina para ahorrarse el camino hasta las mesas, futbolistas que parecen huir de la pelota o no querer que se la pasen, profesores cansados de enseñar y disertar, y de padres hartos de educar y tener a sus hijos.

Empezar a observar el mundo, las personas y sus conductas como si fuéramos sociólogos venidos de otro planeta, puede echarnos a perder gran parte de lo que trabajosamente hemos alcanzado en nuestra vida mental y en nuestra vida social.

Porque en el momento que descubrimos que también el vecino o la vecina, la amiga o el amigo, la o el colega, tienen su particular reloj de oro que siempre tienen que estar mostrándonos, podemos empezar a verlos también de manera muy diferente.

Y podemos correr el riesgo de pasar a preguntarnos si ha escogido su automóvil o motocicleta, su traje o su pantalón, el lugar donde vive o sus discos, para satisfacer sus propias y particulares necesidades como persona, o para mostrar a los demás su colección de redors.

Es decir, el endiosamiento de la decoración, del alarde, de las plumas. De más maquillaje.

Por lo menos puede, así, llegar a causarnos gracia, por ejemplo, la actitud de la persona que en el cajero de la gasolinera o del supermercado, hace más esfuerzos por mostrar sus veinte o treinta tarjetas de plástico (solo dos o tres serán de crédito) que por pagar.

O la próxima vez que veamos a un eminente profesor o político, pasar un buen momento observando sanamente cómo reparte luces y poses, entonaciones de voz, tics y gestos pedantes (**).

Son sus propios relojes de oro. Sus plumas de colores puestas para ser vistas.

Lo crítico viene si somos consecuentes.

¿Estamos haciendo lo que hacemos porque nos gusta y satisface? ¿O solo como una forma de poder adquirir uno o varios redors?

¿Estamos estudiando lo que estudiamos porque nos imaginamos muy bien trabajando en esa profesión para todo el resto de nuestra vida o porque nos permitirá, al menos, un buen redor?

¿Aspiramos a ello por lo que nos sacrificamos -tanto y diariamente-, por nosotros mismos o por adquirir un redor que mostrar en la muñeca? O en el cuello, el garaje o en nuestras viviendas.

¿Amamos a la persona a nuestro lado, o solamente su valor como reloj humano de oro?

(¿Será por eso que muchos hombres las prefieren rubias, es decir, doradas?)

Mostrar un objeto que brilla tiene sus ventajas.

No es necesario hacer mucho esfuerzo para que cumpla su función. Basta pasarle un trapo o el dorso de la mano por encima. A veces, un poco de vaho ayuda.

Lo que llevamos en la mente, los buenos sentimientos, la honradez, las buenas intenciones, no tienen brillo hacia afuera.

Por lo menos no de una manera que pueda ser reconocida inmediata e inequívocamente por el común de los mortales. (Hitler era considerado una buena persona por sus vecinos, por ejemplo.)

Quiero pensar que el que verdaderamente triunfa en algo y lo hace honradamente –por más insignificante o pequeño que pueda ser su campo para el resto del mundo-, consigue un brillo propio que hace menos necesario el otro exterior.

El metálico o plumífero.

Sé que el orgullo es un magnífico combustible para nuestras mentes y nuestros músculos.

Pero, si es real, ¿necesita ir acompañado indivisiblemente de plumas, plástico, brillo metálico y poses de pavo real?

No lo creo.

No les recomiendo, ahora, que traten de descubrir cuál es el reloj de oro que quiere mostrarles la próxima persona que conozcan.

Puede ser irremediable preguntarse: ¿Quiere comunicarse o sólo mostrarme su reloj?

Que tengan un domingo brillante.

HjorgeV

Colonia, sábado 07-04-2007

(*) Solo como corta información, los Jardines Familiares son parcelas que el estado alquila más o menos a quien lo desee –originalmente para garantizar el autoabastecimiento del período entreguerras y después- para que sean utilizadas como huertas. Asociaciones constituidas para el efecto se encargan de garantizar el funcionamiento de las huertas por toda Alemania. Existen más de un millón y pueden llegar a tener una extensión de más de 400 metros cuadrados. Su nacimiento data de los comienzos de la era industrial y se crearon como una forma de compensar la pobreza. Tienen una proyección netamente social y recreativa. El enlace es el siguiente:

http://canaldani.blogspot.com/

(**) Lo pedante no existe. La pedantería es ignorancia. El que se cree que es mejor, superior o más alto que otro, es porque así lo cree, no porque necesariamente lo sea. Por lo común, se trata de simple ignorancia y falta de confianza en sí mismo.

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