FERRANDO PARA TODO EL MUNDO

(Al señor Jorsche Digah, mi compatriota vecino de este pueblo de los alrededores de Colonia, le he tocado varias veces la puerta para que se digne pasarme la cuarta parte de La esposa secuestrada, pero no me la ha querido abrir.

Apenas he podido escuchar a través de la gruesa masa biológica inerte que constituye su puerta, algo como que es domingo y que no desea ser molestado. Algo he podido entender, también, de querer leer tranquilamente los diarios y los suplementos dominicales.

Son terribles esos pequeños, apartados seres, me digo, que apenas han alcanzado cierto nivel de nuestra atención y ya son capaces de jugar con ella.

Encima no me ha prometido nada.

Pero trato de comprenderlo: es un extranjero solitario, perturbado por la disolución del vínculo matrimonial con su esposa –una conocida y guapa presentadora de televisión, creo- y con una hija que apenas puede ver; un ser atacado crónicamente por angustias existenciales y que procura enfrentarlas escribiendo, actividad que él esconde y abriga como otros ciertas graves adicciones e instintos.

Prometo continuar yo mismo la historia, si la desidia -o encono- del señor Digah continuase.

Ayer tuve yo mi día solitario.

Uno de esos que a veces busco desesperadamente y no puedo encontrar. Tampoco me quejo.

Estar casado y tener cuatro hijos, no es una situación que deje mucho margen para el tipo de preocupaciones existencialistas o el ocio solitario de mi vecino Digah.

Está bien así, me digo. Mis hijos me pagan con creces. Apenas les basta regalarme el boletito que me permite verlos jugar en el jardín o corriendo detrás de una pelota, con este sol verdaderamente galante y majestuoso que tuvimos ayer y hoy.

Un sol turista, me digo. Un extraño para la Alemania de estas épocas del año.

En verdad solo fue medio día de soledad, pero eso ya es bastante pedir para una casa -¡comunidad!- de seis personas, un perro, tres conejos y pronto un gato, además de una serie de plantas y minerales.

Por la noche decidí cambiar mis costumbres y ver un programa de televisión con mis hijas. Se trataba de un concurso musical. Entonces me acordé de don Augusto Ferrando.)

AUGUSTO FERRANDO PARA TODO EL MUNDO

Algunos peruanos nos peleábamos –éticamente, por así decirlo-, allá por los años setenta, por un programa que llevaba el nombre absolutamente claro de Trampolín a la fama.

Su conductor, Augusto Ferrando Chirichigno (Lima, 1919-1999), presentador y dueño del programa, era un moreno de ojos claros, lengua suelta, dicharachero, de risa fácil y atronadora, muy querido; alto como un policía de tránsito de los de antaño, criticón, burlón, y de un corazón tan grande como su propia redonda humanidad pero, a la vez, parcialmente tan falso como el mismo nombre del programa permite adivinar.

Se había iniciado como locutor hípico a los quince años, para conducir después durante 30 años su propio y controvertido programa.

El formato original era límpido.

Un trampolín muy alto. La fama, con cuentagotas.

Agua no tenía la piscina, alberca o simple poza a la que se caía saltando del bendito trampolín. Eso sí, muchos caimanes, lagartos, pirañas y demás alimañas.

Los concursantes, salidos de las capas más bajas y sufridas de la población limeña, luchaban por entrar en el mundo de la fama (musical), teniendo que pasar antes por una serie de crueldades que se cometían con y contra ellos.

Tenían que pasar por un callejón oscuro.

(Este último es un castigo y ‘diversión’ escolar, en mi país, que consiste en dos filas apostadas una frente a otra y muy pegadas, de niños , por entre las cuales –por el callejón oscuro- debe pasar alguien a ser castigado y ‘acariciado’ por los de las dos filas.

Para diversión y contento de Ferrando, del público presente en el set y de los telespectadores.)

Personalmente recuerdo la serie de duras críticas que solía escuchar de mi padre y de algunos de nuestros mayores cuando se referían a ese programa. Lo más duro era ver lo que era capaz de hacer la gente por las galletitas que le regalaba Ferrando.

Al igual que le sucede ahora a mis hijas con el sicario y vicario alemán –Alemania busca sus estrellas– que le ha salido a Trampolín casi 30 años más tarde, yo no podía entender entonces esa crítica estética y moral de mis mayores.

¿Qué había de malo en ver cómo alguien se reía de otro?

¿Qué de malo, si además éste lo permitía y las burlas del primero estaban perfectamente fundadas y documentadas?

Recién ahora lo comprendo nítidamente; y veo la estela del tiempo perdido.

Felizmente, el programa de marras me ha servido para recordar por qué he restringido mi particular uso de la televisión a las dos horas semanales dedicadas al resumen del balompié alemán. (Una simple cuestión de prioridades, en realidad.)

Después me he enterado de que lo que yo tenía por un fenómeno alemán de estos últimos años (y que me tenía preocupado porque me parecía que este país empezaba a copiar al mío, el Perú, pero en lo peor, es decir, en las telenovelas y culebrones, en dibujos animados crueles y en humor chabacano y vulgar), parece ser un fenómeno mundial.

Por lo menos aparte del DSDS alemán (Alemania busca sus estrellas), también existe la correspondiente versión en Inglaterra. En EEUU se llama American Idol, en España la Operación Triunfo, y en Canadá o tal vez en otro país se llama Patea a la Vaca.

A al toro, mejor, porque siempre parece ser idea de hombres ese asunto del mal llamado humor con patadas, mordiscos, empujones, coscorrones, cabes -o zancadillas-, bofetadas y cabezazos, al estilo de esos héroes estúpidos de mi niñez, los llamados Tres Chiflados: Moe, Larry y Joe.

(Una especie de nueva ley de la selva que no era otra cosa que denle duro al tonto y a correr si no están seguros de quien es el más tonto, pero denle, igual. El original se llamaba The Three Stooges.)

Ferrando, me digo, el vibrante don Augusto, ya fallecido, tenía por lo menos su nota carismática bastante marcada.

Era un hombre al que realmente le emocionaba hacer bien -a su modo comercial- a alguna persona necesitada y a quien le gustaba que esa representación casi religiosa de su ser fuera transmitida en vivo y en directo con toda su liturgia a un par de millones de televidentes sábado a sábado.

No era un concurso, Trampolín.

Era su show. Un espectáculo a sus medidas XXXL.

Él representaba con la ventaja de las grandes luces del escenario, un personaje muy típico de nuestra idiosincrasia peruana, el llamado criollo: ese ser astuto, palabrero, sacaventajas, gran amigo superficial, con el chiste en la punta de la lengua, quimboso y rápido, que, en realidad, es un hijo de la colonia española.

(Esta, no por haber desaparecido físicamente hace casi 200 años, ha dejado de hacer sentir sus graves enseñanzas acumuladas y enquistadas malignamente en las estructuras de la sociedad peruana –y de toda ex colonia española, me imagino- a lo largo de los 300 años de su -seamos honestos- más desgraciada que positiva existencia.

Bueno, sí, no exageremos. Nos dejaron un idioma incomparable y una arquitectura bastante admirable, ¿pero qué sigue valiendo todo eso -junto a otros feos aspectos de nuestra idiosincrasia – por todo el oro que se llevaron, la cultura que destruyeron y el pésimo ejemplo que dejaron y que sigue campando, la lección del que el que tiene la fuerza, la astucia y la oportunidad, gana?)

La versión ferrrandiana alemana -como no podía ser de otra forma en este país que acaba de descubrir el tercer mundo en sus venas- se basa en un solo personaje.

Se trata de un tal Dieter Bohlen, un cincuentón que se viste como un veinteañero, inteligente y astuto, fanático y publicista de ser amante de varias mujeres a la vez, que tuvo su momento de gloria musical (comercial) en su momento y al que le pagan, y le gusta cobrar, por decirle maldades muy certeras a los pobres concursantes.

Entre éstos últimos, hay algunos tan malos, que es difícil imaginarse cómo es que ellos mismos no han podido darse cuenta de ello antes.

Pero no es eso lo que viene a cuento.

¿La especialidad del tal Bohlen? Emitir juicios tales como:

“No sé qué dirán tus padres de tu voz, pero no quisiera estar en su lugar”.

“Si esa es tu voz, no quiero imaginarme como serán tus excrementos”.

“He escuchado vacas cantando mejor”.

Valga decir en su defensa, que estos tres juicios puestos como ejemplo no son de su autoría, sino de la mía. Pero allí ya ven ustedes qué tan clara y copiable es su escuela.

Como pasó Ferrando, pasará Bohlen y pasarán otros.

Me consuela -débilmente- pensar en cómo nos hacía reír el moreno aliancista y su dosis de ternura Ña Pancha, doña Pancha, esa figura afroperuana, también hija de la colonia, especializada en lavar la ropa de sus dueños y cocinar rico.

El alemán no hace reír. Hace compartir su burla solamente y mezclarla con el propio enojo y vergüenza ajenos.

Ustedes, en su propio país –primera o segunda patria-, deben tener su propio tirano televisivo.

Un tipo o una tipa, que a cambio de dinero puede sacar a flote lo peor que tiene el ser humano en cuanto ser social. Todo eso cubierto del brillo del dinero y el comercio, y envasado en risas reales y de las enlatadas (por si acaso). Para contento de los bolsillos de los mercaderes.

Lo que nadie parece querer ver es que la violencia no sólo es física. Y que se enseña y aprende.

Que también existe la violencia psicológica.

Los mercaderes, no satisfechos con inundar la caja negra de violencia absurda y gratuita, ahora han vuelto a descubrir la nueva veta de oro: la violencia psicológica.

Lo que me empieza a preocupar es que, ya que salí de mi país entre otras cosas por buscar mejores horizontes culturales (en ese sentido este país me ha defraudado bastante, o mejor: fui injusto con los alemanes, creyendo que eran unos superdotados culturalmente; no es una queja, es una preocupación), me pregunto adónde estará apuntando la proa de este buque llamado Europa.

Ahora que ya llegaron las telenovelas –y así, exactamente, se llaman aquí, en castellano: telenovelas– y Ferrando ya aprendió alemán y el humor de la televisión ya empieza a parecerse al humor de los artistas callejeros de Lima, mi pregunta es, mi vital y tremenda pregunta es:

¿Voy a empezar a soñar con hacer vacaciones aquí en la misma Alemania?

Los dejo con sus sueños, rogándoles recordar que, al igual que en los toros y en la prehistórica -pero no por eso menos presente y actual- violencia de género (*), es fácil burlarse del más débil y del que no se puede defender.

Trátenlo con sus jefes. O con los más fuertes. Ya verán.

Que tengan un buen comienzo de semana.

HjorgeV

Sinthern/Pulheim, domingo 22-04-2007

P.D.: Violencia de género es el eufemismo -no intencionado, me imagino- que se usa en España para referirse a la violencia doméstica, concretamente de la cometida por uno de los cónyuges contra el otro, y que suele ser, en la abrumadora mayoría de los casos y sociedades humanas, la que comete el marido contra niños, mujeres y personas dependientes económicamente de él. Es el terrorismo doméstico que todos parecen callar y querer ocultar por programación genética, de tal manera que solo se conocen sus más nefastas consecuencias cuando es demasiado tarde. Tendré que dedicarle una página de mi bitácora a este tema.

Los dejo con un gran tema de Armando Manzanero, ese que ha sabido hacer arte y sublimar -de buena forma, me atrevo a decir- esas terribles ansias masculinas de posesión. No puedo hablar por las mujeres.

JOSÉ Y JOSÉ & MANZANERO: MÍA

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Un comentario sobre “FERRANDO PARA TODO EL MUNDO

  1. por favor no exageres poniendote en el plan de fiscal moral de la sociedad y de lo que la gente debe o no debe ver en la television. es calro que todo lo que dices es muy subjetivo y que no representa la realidad.

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