LA BITÁCORA DE MARCELO FIGUERAS

Mi esposa pronto tendrá cumpleaños y se ha deseado de mi parte un libro: Kamtschatka, de Marcelo Figueras.

Me he dado con la sorpresa que a las librerías en cinco kilómetros a la redonda se les ha agotado la novela del bonaerense.

Como soy asiduo lector de las bitácoras de El Boomeran(g) y también suelo dejar mis comentarios en ese sitio, me he asombrado últimamente por lo fieros que algunos (comentarios) se han vuelto.

Lo cual tiene su aspecto positivo. Significa que se pone el corazón o parte de él, en hacerlos. El siguiente es el que incluí hoy en la lista correspondiente.

Pido disculpas.

Personalmente, no firmaría muchas de las opiniones vertidas por el escritor Figueras -de quien hasta ahora, lamentablemente, sólo he tenido la oportunidad de leer lo que escribe aquí- en el artículo que ya pasó pero todavía se discute. (Como no veo televisión, no tengo mucho que decir, últimamente.)

Y eso no sólo es válido para la mayoría de sus artículos. Vale también para los demás ‘bitacoreros’ de El Boomeran(g).

¿Hay algo de malo en eso?
Es algo normal, pienso. Espero, deseo, ruego.

Como me gusta tener ideas propias y defenderlas, comentar es algo que yo encuentro ‘natural’: dar la propia opinión, expresar cómo recibieron nuestra lengua, nuestros ojos, nuestros sentidos, nuestra mente tales o cuales planteamientos de los autores. Discutirlos.

Sin embargo, a pesar de ser éste un terreno más o menos ‘intelectual’ (no decaigo en esa esperanza), noto que a mucha gente le molestan los comentarios de otros. Lo que otros piensan, sobre todo de su autor favorito.

Y entonces –muchas veces- se dejan de lado los argumentos, para pasar al ‘equipismo’ o ‘camisetismo’. Al ‘subditaje’, por decirlo de alguna forma. Como si los autores fueran dioses que nunca se pudieran equivocar o escribir mal, o sin gusto.

Lo fascinante es que se ingresa a esta sección de comentarios por propio pie. O por propio ratón, más bien. Es decir, uno sabe lo que va a encontrar aquí. Y nadie está obligado a hacerlo.

Como en una asamblea, lanzamos nuestras iras, contentos, descontentos, opiniones, burlas, apoyos, saludos, sarcasmos, risas, frases sin sentido (como muchas de las mías: se-gu-ro) y demás; pero es la anonimidad y la distancia la que nos permite mostrarnos –paradójicamente- al desnudo: en lo bueno y en lo malo.

(Seguro que si nos pudiéramos ver las caras otro sería el cantar.)

No digo que disientan -como debe ser natural- de los comentarios. No digo que los encuentren aburridos, o no concisos (como éste), no fundamentados ni imprecisos. Digo que percibo que muchos preferirían simplemente que la mayoría de los comentaristas se callara. (Ya lo han planteado algunos.)

Bueno, pues, paso ahora a hacerles el favor, que esta noche me ha tocado cuidar de mis cuatro hijos y tengo trabajo pendiente. ¡Que tengan un buen ‘resto de semana’!

(A veces he pensado qué bonito sería que se armase otro foro como el que existe en la bitácora de Azúa, en la que lo que él escribe es además un pretexto para otras actividades igualmente sanas de la mente: intercambiar ideas, saludos, exponer proyectos, gustos, pasar ‘datos’. La verdad es que no sé cómo hacen para escribir tanto esas muchachas y muchachos. Ni de dónde sacan el tiempo para eso.)

HjorgeV

Sinthern/Pulheim/Colonia, miércoles 25-04-2007

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