MI DÍA D EN COLONIA

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Estoy pedaleando por las calles de Colonia. Es la segunda vez que estoy en Europa y no me puedo creer estar haciéndolo.

Es octubre de 1985, otoño europeo, el padre sol brilla allá arriba, fuerte, y empiezo a arrepentirme de haber escogido el saco de corduroy negro que llevo puesto, pero sucede que es mi primer día en la ciudad y estoy buscando trabajo.

-¿Y qué hacías en París? –me había preguntado hacía un par de días atrás, Andreas Maus, uno de los ex novios de la modelo por la que yo había dejado todo en París, para llegar a vivir –“para siempre” habían sido sus palabras- con ella, en un pueblucho cercano a esta ciudad.

Un lugar idílico y tierno, pero en el que pronto me había dado cuenta que no solo el amor se había muerto enseguida –si alguna vez había llegado verdaderamente a nacer- sino que también tenía mis días contados allí.

-Deseaba estudiar Cinematografía –le respondí.

-¿Y por qué no lo haces en Colonia? –me preguntó él-. Que yo sepa el nivel no es malo. ¿Por qué no haces la prueba? –me animó.

Le expliqué un poco la historia. Que había conocido a Babsi en París, que nos habíamos enamorado sin habérnoslo imaginado y que luego ella me había animado a dejar todo y venirme a vivir con ella.

-No son ni treinta kilómetros de aquí –añadió.

-Aunque fueran cinco –le repliqué-. Y tuviera que ir andando.

Había ahorrado un poco en París con la música, pero mucho no era. Y esta vez quería dejar el poco dinero que tenía para usarlo en casos verdaderamente extremos.

-No estaría mal como idea –añadí, sin mucha convicción.

La verdad es que no tenía ni la más mínima idea de qué iba a ser de mi vida en ese momento.

Después de haber vivido la experiencia París sin dinero, sin techo temporalmente y sin hablar el idioma al comienzo ni conocer a nadie, eso de estar en un país -Alemania- del cual sí dominaba el idioma, con un poco de dinero en el bolsillo y ningún compromiso, era de veras una buena forma de empezar de nuevo. No tenía miedo.

Y eso era lo que me permitía sonreír, mientras conversábamos.

-Deberías visitar la ciudad y darte una vuelta por la facultad. Colonia puede ser una ciudad fantástica. Además –añadió, con gesto cómplice pero cuidadoso-, no tienes ningún futuro aquí. No existe ningún hombre sobre esta tierra, disculpa que te lo diga, que pueda tener un futuro con Babsi. Es así. Simplemente es así. Te lo digo yo que estuve en la lista antes que tú.

Me lo quedé mirando sin saber qué decirle. Me gusta la gente franca.

-Lo malo es que no conozco a nadie allí –le dije, inocentemente. Era verdad.

-¿Cómo que no? –preguntó él, riéndose y fingiendo sentirse ofendido-. ¡Me tienes a mí!

Volví a mirarlo, fijamente. Esta vez con un poco de melancolía, que traté de que no se me notara. Empezaba a cansarme de las promesas gratuitas e irresponsables de la gente que me prometía de todo sin cumplirlo, pero no me atreví a decírselo ni a explicarle por qué.

-Mira –me dijo, golpeándome el dorso de una mano-. Un día de éstos me aparezco con pan fresco para tomar desayuno y te jalo a Colonia. ¿Qué te parece?

-Bien –le dije, sin mucho entusiasmo.

Mi padre hizo su tercera carrera profesional en este país.

-¿Cuál es la principal característica de los alemanes? –nos contaba allá en el Perú, cuando éramos todavía niños y no sabíamos bien qué era lo que nos quería decir con eso.

-¿Cuál es? –le preguntábamos nosotros, más para dejarlo contento a él que para satisfacer nuestra curiosidad.

-Cuando un alemán dice algo, lo cumple.

Andreas Maus se apareció al día siguiente con una barra de baguette fresco y de allí me llevó en su automóvil a Colonia.

Me mostró su apartamento, me prestó su bicicleta -uno de los medios de locomoción más admirados en este país-, me puso un mapa de la ciudad sobre la palma de mi mano derecha, me dio una copia de las llaves de su casa y me dijo:

-¡Échatelas a buscar!

Ahora estoy pedaleando por esta ciudad.

Sus edificaciones que se salvaron del salvaje bombardeo ‘aliado’ (¿fueron, en verdad, sólo los usamericanos?) constituyen apenas el 10 al 20 por ciento de las que había antes de la guerra. Como se trataba de atacar a la Alemania de Hitler, a nadie en el mundo –como ahora en Irak, otro es el pretexto- le interesó que se bombardearan objetivos claramente civiles.

La catedral, el Dom de Colonia, fue una de las pocas edificaciones que quedaron en pie.

Todavía estoy por aprender por qué se le llama a octubre el Mes Dorado, pero ya lo siento y lo agradezco en la piel de mi rostro y mis manos. El resto lo llevo cubierto. Basta que se cubra el sol –este limeño lo he aprendido por las malas- para que las temperaturas bajen abruptamente.

¿Llegaré a establecerme en esta ciudad que empieza a gustarme?, voy preguntándome, mientras recorro el Ring, la calle principal, me pierdo por callecitas pintorescas por las que apenas un alma transita y me voy acercando al verdadero centro de la ciudad, pero que también es uno de sus límites naturales porque unas decenas de metros más allá está el el río Rin: la catedral, el Dom. La construcción que en su época fue la más alta del mundo. El centro espiritual de esta metrópolis provinciana.

Hay que poder imaginárselo.

Llevo conmigo un corazón medio roto.

Pero no es nada grave, me digo. Babsi es muy linda y hemos estado enamorados, pero ya desde el primer momento de nuestro reencuentro –inesperado para ella, porque fue una sorpresa que le quise dar, después que me dijera al teléfono que le gustaría tenerme ‘para siempre’ a su lado- he debido darme cuenta que los motores se habían apagado y que tendría que seguir dándole con el pie o con los remos.

No tengo más miedo.

Andreas me ha ofrecido alojarme hasta que encuentre algo propio y parece ser serio y honesto su ofrecimiento. No me lo puedo creer. ¿Pero qué importa?

Le pregunto a alguien si podría decirme cuál es el camino más directo para llegar al centro.

Éste es el centro –me responde un hombre, con un acento que muchos años después, recién, voy a empezar a reconocer sólo parcialmente; como le sucede a los alemanes de otras regiones con el dialecto colonés. Tan dífícil de entender como si se tratara de otro idioma, que, realmente, lo es.

-¿Y cómo se llega a la catedral? –le pregunto. Sé que junto a la catedral se encuentra también la Estación Central y el correo.

-¿Al Dom? –pregunta él.

-Sí Aldom –le respondo yo, juntando inocentemente las dos palabras, entusiasmado y contento de empezar a reconocer un punto central de la ciudad que por primera vez visito y que aún no sé que será mi segunda patria, me dará trabajo desde el primer día, cuatro hijos y un suelo que he aprendido con humildad a querer, agradecer y apreciar. (Hace un momento llamé, expresamente, a mi esposa -alemana- para decirle que la quiero.)

-Siga de frente. No puede perderla, se va a dar cuenta. Todo recto –añade el hombre.

Y así me encuentro ahora buscando el Aldom, siguiendo las instrucciones que me ha dado ese transeúnte amable. Pero nadie más parece conocer el Aldom.

Junto a una imponente iglesia decido tomarme una pausa y le pongo la cadena a la bicicleta en uno de los lugares previstos para ello.

La plataforma delantera de la iglesia, ante la que me encuentro, es inmensa. Veo pintores ofreciendo su trabajo, retratistas y caricaturistas, estatuas humanas y un par de músicos ofreciendo su arte al aire libre. Un grupo de personas recuerda alrededor de una mesa informativa y unas pancartas el peor atentado terrorista conocido por la humanidad pero olvidado como el cumpleaños de la abuela: Hiroshima.

No sé cuán lejos todavía estará Aldom, pero con lugares como este, me digo, no sé si valdrá la pena seguir buscando. Se respira una atmósfera cosmopolita, sana y amable. Me siento en casa.

-¿Me podría decir qué tan lejos está de aquí Aldom, por favor? –le pregunto a un señor de unos ochenta años. Me fascina conversar con la gente de avanzada edad. Y sé que ellos se alegran de encontrar a gente mucho más joven dispuesta a conversar con ellos. Pero éste responde un tanto iracundamente.

-¿Aldom? ¿Qué es eso? ¿Un nuevo negocio? ¿Una zapatería?

Aldom. Una iglesia muy conocida debe ser –le digo, sorprendido de haberme equivocado en mi cálculo, pues pensaba haber elegido a un lugareño y no a un turista.

-¿Aldom? ¿No será la catedral de Colonia lo que usted busca? ¿El Dom?

-Sí, una iglesia, una catedral –asiento con la cabeza, como si estuviera dirigiéndome a un niño que no comprende bien lo que se le dice-. Eso.

-¡Allí! –vocifera y gesticula el anciano señalando el coloso a mis espaldas y sin poder soportar mi aparente ingenuidad-. Usted no busca ningún Aldom. Usted busca el Dom. Allí está, a sus espaldas. ¡Allí! ¡No se ha movido desde hace varios cientos de años, jovencito!

HjorgeV

Sinthern, miércoles 26-04-2007

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