LA ESPOSA SECUESTRADA (V)

Vuelvo a sopesar todas las posibilidades mientras espero su respuesta. Creo saber de qué va la cosa. Conozco bastante bien a Andreas.

Pero la vida es la vida y tiene sus propios -insondables, muchas veces- sistemas de pesos y medidas.

Y don Carlitos Marx, ex vecino de una ciudad muy cercana –Trier-, tenía mucha razón cuando decía que el hombre es el hombre y las circunstancias que lo rodean.

(Muchos otros lo han expresado, ilustrado y demostrado de mejores y muy variadas maneras desde entonces.)

-¿Has llamado a los artificieros, a tus colegas? –vuelvo a insistir, sin quitar mi mirada de la suya.

¿Qué pasa, Andreas?, pienso.

Por un momento es que como si el hombre seguro de sí mismo, atlético, simpático, bonachón, pero extremadamente sensible que, en el fondo, es, pudiera romper a llorar en cualquier momento. ¡Crash!

Pero yo sé que no lo va a hacer. Es hombre, sí.

Pero, primero, es alemán.

Es decir, antes amputarse una mano que llorar en público. O demostrar fuertes sentimientos.

Si no fuera su amigo, aparte de no entender para nada lo que sucede con él, tampoco entendería que ese resquebrajamiento que acabo de descubrir en su ser a través de su mirada, es, en realidad, su forma de pedirme ayuda, de gritar auxilio.

-No los vas a llamar, ¿no?, por alguna razón –le digo suavemente, tratando de hablar por él y ponerme en su lugar.

Sé que su repentina mudez es su única forma de controlar sus emociones, de evitar que salgan disparadas millones de partículas de su ser por el aire.

Tal vez para nunca más poder hallar el correcto camino de regreso y confundir su posición original o anterior de fusión. Un posible caso que requiera ayuda psiquiátrica, llego a fantasear.

No conozco los procedimientos de la policía, pero me puedo imaginar perfectamente que ese tipo de cosas pueden costarle el puesto a uno de sus integrantes: el comisario segundo Andreas Süssmann queda suspendido temporalmente del servicio por haber dado claras pruebas de estrés mental. Punto. Trata de volver a tu antiguo puesto de trabajo después, débil emocional, si tienes suerte. ¿Es eso?

Ni siquiera pondrían emocional, estrés emocional, recapacito. Mala publicidad.

Él niega con la cabeza. No los va a llamar.

-Está bien –le digo-. ¿Quieres iniciar el interrogatorio aquí o en la comisaría?

Hace un corto y brusco movimiento con la cabeza hacia arriba, tratando de darme a entender que quiere oír mi opinión.

-Me faltan datos –le susurro.

No sé quién nos puede estar escuchando.

-La he cagado, Jorsche –me dice él, de pronto, saliendo de su mutismo.

Su voz no es la suya. Es la de alguien que se ha equivocado de cuerpo y de alma y desea abandonarlos inmediatamente. Huir.

Ahora soy yo el que le ofrece una mirada de acero puro y liso.

Le estoy ordenando controlarse. Sé que puede contarme todo ahora, pero sé también que no es posible porque allá atrás a unos metros están dos o tres de sus colegas, junto a la mujer y su niño, a quien los sanitarios están controlándole las constantes vitales.

¿En qué lío está metido, mi querido amigo policía?, me pregunto y dejo que varias posibles soluciones divagen rápidamente por mi mente. Alguna podría encontrar el camino más próximo hacia la verdad y ayudarme.

-No quieres que me meta, ¿no? –le digo, arrepintiéndome de haberlo hecho, puesto que no casa con el desarrollo de los acontecimientos. Si no hubiera deseado mi presencia, no tendría por qué haberme llamado. Pero él no responde nada.

Entonces, entiendo.

Quiere y no quiere, a la vez, mi presencia. En algo le puedo ayudar, pero, por otra parte, puedo perjudicarlo. Pero, ¿en qué?

-Estás saliendo con tu colega y está casada. Estás en líos y sabe que yo no debería trabajar oficialmente para la policía –lanzo un globo experimental, pero justo en ese momento suena su aparato de radio.

Él gira un poco, llevándose el aparato hacia su boca y dándome casi la espalda. Está haciendo ahora el reporte de la situación. Cuando termina, se dirige nuevamente a mí.

-Haz tu mejor trabajo, Jorsche. Te lo ruego. No, no salgo con ella, aunque ella lo quisiera. Pero ya se ha dado cuenta que aquí sucede algo raro. Y ahora no te lo puedo decir, Jorsche. Haz tu mejor trabajo, es todo lo que te puedo decir. Vamos, ahora.

-Ordena que se lleven al niño inmediatamente a un hospital –le digo, sujetándolo de un brazo.

Él me mira, como diciendo: ¿sabes de qué estás hablando?

Veo que ha conseguido relajarse un poco. La llamada ha despejado un poco su mente y el estrés emocional que debe estar sufriendo.

-Entonces tendría que ir la madre con él –me responde.

Me conoce. No suelo hablar por hablar.

-Puede ir tu colega. Es mujer. No está prohibido.

Me ha entendido. Me queda mirando, mientras sopesa sus posibilidades.

-Di que yo tengo poco tiempo y no puedo esperar a que la mujer regrese del hospital para hacer el interrogatorio correspondiente. Di cualquier cosa, que tus superiores no aceptarían que tengas que pedir a otro intérprete. Te cubro la retaguardia –le digo.

La primera esposa de Andreas no había querido darle el hijo que él tanto se deseaba. Ella había preferido hacer su carrera profesional y dejar el tema maternidad para una ocasión mucho más tardía en su vida.

Lo inconveniente era su edad. No era de las más jóvenes. Y su sueño –el de él- no podía esperar.

Si la simpatía y el amor los había unido. La carrera de ella y su deseo de esperar para ser madre, se trajo con el tiempo todo eso abajo.

Yo sabía que su problema principal era su profesión. Aunque él no lo reconocía abiertamente.

Como policía tenía que aceptar el sistema de horarios o turnos cambiantes. Sabiendo que en casa siempre lo esperaba su mujer y su o sus hijos, él podría haber vivido tranquilo. Pero sabiendo que en casa sólo lo esperaba -si lo esperaba- una mujer que podía cansarse de él o conocer a otro en cualquier momento, eso era algo que resultaba demasiado agobiante en su ser.

Cuando se lo quiso explicar a ella, aconsejado por un especialista, su esposa lo tachó de machista y misógino. Aunque seguramente no le faltaba razón, la razón más importante de su relación para él–el tener hijos- simplemente era algo que no era compartido.

En Brasil buscó consuelo y olvido después de su separación y lo encontró en una descendiente de alemanes; una chica más de diez años menor que él, atractiva y simpática, germanoparlante y dispuesta a iniciar una nueva vida en la patria de sus ascendientes con él.

Cuando lo de mi lío en el aeropuerto, él estaba viviendo justamente la mejor época de su vida con ella. Se habían ido a vivir a una casa en la que podrían formar una familia. Ella lo quería. Era su idea inicial. Pero, entonces, inesperadamente, él empezó a dudar.

Lo peor es que no sabía por qué.

En noches interminables, en las que nos ocupábamos de esos y otros temas en la primera época de nuestra amistad, tratamos de encontrar la respuesta a todas sus interrogantes, sin poderlo conseguir. Tuvimos que incluirlas en ese extenso capítulo dedicado a la insondabilidad del comportamiento humano.

Desde entonces la vida sentimental de Andreas había sido un completo desastre.

Y yo estaba seguro que ese aspecto chúcaro de su vida, le estaba pasando ahora la cuenta. Todavía no sabía cómo ni por qué, pero el aviso había sido totalmente claro.

Haz tu mejor trabajo, Jorsche.

Asiento con la cabeza y nos dirigimos al grupo.

-¡Señora! –le digo a la bella mexicana en castellano, en voz alta, consiguiendo enseguida que todos me queden mirando, sabiendo que no me pueden entender-. Dígame la hora con los dedos de la mano. No hable, dígame la hora aproximada con los dedos de la mano, por favor.

Ella mira confusa, aún más confusa de lo que ya está, con sus cabellos cubriéndole parcialmente el rostro, el llanto que se renueva una y otra vez.

Mueve la cabeza, haciéndome preocupar por un momento. Luego me mira con ojos como de loca, pero hace finalmente lo que le he pedido: ella alza una mano mostrando tres dedos y levantando ligeramente los hombros, como indicando que no está segura, para luego agregar un dedo más a la cuenta.

-¡Dice que le ha dado cuatro pastillas para dormir! –grito en alemán, haciendo saltar inmediatamente a los sanitarios que saben seguramente que no puede ser, pero el pánico que he conseguido crear no los deja reaccionar.

-¡Al hospital! ¡Inmediatamente! –brama Andreas, más seguro ya de sí mismo.

-No puedo acompañarlos –respondo yo, tratando de mantener el control de la situación-. Si me necesitan tiene que ser ahora. Además ella nos puede llevar al lugar exacto donde están los explosivos. Ya he traducido que están en el sótano.

Andreas le hace una señal rápida a su colega y ésta, también en conmoción por el pánico, solo atina a acceder, agitando la cabeza en señal de asentimiento.

Cuando los veo, por fin, alejarse al grupo con el niño en la camilla, vuelvo a respirar. ¿He contenido acaso el aire todo este tiempo?

Lo miro a él. La miro a ella.

Ahora quiero saber toda la verdad, Andreas, pienso.

(Continúa…)

HjorgeV

Sinthern / Pulheim, sábado 28-04-2007

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