POSTALES DE ALEMANIA: El idioma

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La página de hoy de mi Cuaderno Que Cuenta está dedicada a todas aquellas personas interesadas en aprender el idioma alemán.

(Gracias doy, de paso, a todas aquellas que me ayudaron a mí, a conseguirlo. No seguí siendo el buen alumno del comienzo por preferir dedicarme a mi lengua castellana, pero no he perdido ningún solo día -qué exageración- la pasión por el aprendizaje.)

Bueno, ¡que se diviertan!, ¿no? –les diría un alemán.

El principiante respondería agradeciendo, sin saber que tras de esa expresión, se oculta –en realidad- una pequeño sarcasmo mal disimulado.

Y con este comienzo tenemos servida una de las características principales de este idioma: su profunda relación con el modo de ser de los alemanes, con la idiosincrasia de la gente de este país.

Ciertamente esta es una característica inmanente a todos los idiomas; pero algunos, como el inglés o el nuestro propio, comparten tantas nacionalidades, que solemos perder de vista esa relación idioma/idiosincrasia.

El idioma alemán nos la refriega en el rostro.

Si decimos que el alemán es puntual, tosco, ruidoso, disciplinado, poco sentimental y metódico –para dar, exagerando, algunos ejemplos y lugares comunes más conocidos-, lo mismo se puede afirmar de su idioma.

(Curiosamente, recién desde que leí que a Paolo Conte no le parece un idioma desagradable para cantar, me atrevo a decir ahora lo que yo mismo sabía de antaño. No me pregunten por qué.)

El alemán, como persona, suele caracterizarse en su trabajo por su precisión, claridad en los objetivos, en el camino a recorrer hacia ellos, por la tendencia a la estructuración y sistematización de los pasos.

Lo mismo vale para su idioma.

Estoy exagerando, claro. Pero valga la exageración, aquí, si es ilustrativa.

EL PRIMER OBSTÁCULO: LA PRONUNCIACIÓN

No puede ser fácil imaginarse, como les decía ayer, tener que hablar con una papa o patata caliente en la boca y tener que dirigir, a la vez, a un batallón completo (sin micrófono ni amplificadores de sonido).

Toda una vida, además.

Pues, eso es lo que hacen los alemanes. Y hay que hacerlo.

Como venimos de una lengua con sonidos relativamente suaves, cuando pasamos a una donde si la b ya es dura, imagínense como serán la p, la t y la k, tendemos a tirar la toalla con facilidad.

No es fácil imaginarse, verdaderamente, pasarse la vida emitiendo explosiones bucales (diminutos atentados terroristas, diría alguien, macabramente) que, encima, sienten una especial predilección –como los neo nazis y otros ‘valientes’- a envalentonarse en grupo.

Échenle un vistazo a las siguientes 4 (¡cuatro!) palabritas:

Donaudampschiffahrtskapitän, Zehnfingerblindschreibmethode, Steuerverkürzungsbekämpfungsgesetz, Schuldrechtmodernisierungsgesetz.

¡Uno no sabe de dónde puede venir el golpe! ¿No?

Y además hay que escribirlas completas. No como en España, donde ya solo palabras tan cortas como colegio y apetito, ¡han devenido muy campantes en cole y ape!

(Y todos lo entienden: “En el cole me da ape“.)

Bromas y exageraciones aparte, es realmente duro, para alguien como yo, que llegó después del límite de los 18 años que mencionaba ayer, convertirse en un profesional emisor de sonidos especiales. 

Lo más bravo es que hay que PRONUNCIAR TODAS Y CADA UNA de las letras de cualquier palabra.

Si no se hace –y ese es un problema muy común de todo aprendiz- uno será mal visto inmediatamente: por negligente, por oscuro y difícil de entender.

Usted puede causarle dolores de cabeza a los mismos alemanes si no se toma en serio CADA UNA DE LAS LETRAS de una palabra. ¿Se lo puede imaginar?

Digamos, para tranquilizar al auditorio, que en el lenguaje coloquial están permitidas grandes excepciones a las reglas.

Pero hay que conocerlas: tanto las reglas, como sus excepciones.

Me he tomado tiempo con esta introducción, porque esto fue lo que me faltó a mí al empezar a aprender el idioma.

Saber que no hay que tenerle miedo a las palabras largas y no dejar de pronunciar ninguna letra.

No, por lo menos, por cansancio, que es lo que nos suele ocurrir –lo digo por experiencia- a los castellanohablantes.

Los que aprenden alemán tienden a concentrarse en la PRIMERA PARTE de la palabra creyéndola primordial (tal vez porque en nuestro idioma las raíces de las palabras tienen una alta comisión o cometido y van al comienzo; en el alemán las raíces se ‘pierden’ entre tantas letras), descuidando el resto.

Lo mismo sucede con las frases y oraciones.

El alemán tiene verbos que se pueden partir, verbos partitivos.

Son, en realidad, verbos compuestos por un verbo y una preposición; o por dos verbos. Como: angehen, zurückkommen, zusammenessen, abfahren. Separémoslos en sus componentes: an-gehen, zurück-kommen, zusammen-essen, ab-fahren.

Si alguien lee zusammenessen (comer juntos o reunidos) y sólo pone énfasis, interés o esfuerzo en el comienzo (zusammen, juntos), pero no en el final (essen, comer), se entenderá que hay alguna actividad que se quiere hacer juntos, pero no se sabrá cuál.

Casos he conocido y escuchado de personas que han terminado en la cama, habiendo querido simplemente cenar juntos.

Obviaré acordarme de otros casos menos interesantes, pero tan dolorosos como una buena bofetada.

(No se preocupen, un alemán se pondrá rojo si entiende a una muchacha mal y sabrá que se trata de un error. La alemana ni se sonrojará y dirá que sí o que no, según el día del mes.) (No digan quién les pasó el truco. Ese sí recibirá la bofetada.)

Ahora, la regla gramatical obliga -en ciertos casos- a colocar AL FINAL de la oración la primera componente.

¡Hay que esperar muchas veces varios minutos –dependiendo del orador- para saber si comeremos juntos o separados o si a uno lo quieren o no!

No es una broma.

Miren los dos siguientes ejemplos:

 

1. Te quiero (amo, en realidad): Ich liebe Dich.

 

2. No te quiero: Ich liebe Dich nicht.

Uno se distrae, y se cree amado si no llegó a escuchar el final (nicht, no) de la segunda oración.

En castellano hay un NO claro desde el comienzo, aunque no sepamos todavía qué es lo que se quiere negar.

Ahora, imagínense esas frases largas, compuestas y con ese afán tan fractal en la escritura de los grandes pensadores y filósofos alemanes: Hegel, Nietzsche, Schopenhauer.

¡Quién diablos los iba a contradecir!

(Tampoco es una broma.)

El alemán, como idioma, permite construir oraciones muy complejas –pero perfectamente analizables y diseccionables, felizmente- las cuales, por tener que respetar a rajatabla una gramática muy rígida, sólo se pueden analizar con papel en mano o con una memoria y concentración prodigiosas.

(Además tienen un claro comienzo y un nítido final.)

Aún hoy es posible encontrar –sobre todo en ambientes académicos- ese afán (para mí, medioeval y oscurantista) de complicar lo que se dice: sea bueno, malo, interesante, aburrido, cierto, falso, profundo, superficial, trascendental o no, escondiendo el todo tras una rígida armazón.

Sospecho que en la mayoría de esos textos complicadísimos que se pueden encontrar a diario en la prensa alemana (no es nada especial, en realidad: todo aquel con formación universitaria ha tenido que tener la posibilidad de entrenarse con los grandes autores), sobre todo en los artículos de autor o ensayos, lo que prima es la manía de sobresalir con el manejo de esa almidonada armazón.

El que quiere transmitir algo (ideas, conocimientos, sentimientos, simple información, problemas), quiere comunicarse. ¿O descomunicarse?, me pregunto.

Pero eso es lo que hacen muchos y el alemán  se presta perfectamente para ello.

(Aquí también se trasluce otro aspecto de la idiosincrasia alemana: el dar tareas. No basta con leerlos: Te dan la tarea de descifrarlos.)

Me atrevería a afirmar que en castellano es más fácil ‘esconderse’ detrás de las palabras que detrás de la construcción de las oraciones. En alemán es al revés.

Valga decir, que, a pesar de las rígidas estructuras sintácticas de su gramática (del modo de construir las oraciones, de armar las palabras), el vocabulario alemán, en cambio, es tan claro, en general, que da muy poco lugar a la anfibología, es decir, al doble sentido de lo que se quiere decir.

Por lo demás, ¿qué lleva a alguien a ocultar el significado de lo que quiere decir detrás de la anfibología de sus palabras?

¿Se trata de una simple manía?

¿O se debe a que ignora el o los significados de las palabras que emplea?, me he preguntado muchas veces.

¡Con la red, ya no se puede argumentar que las buenas enciclopedias y diccionarios pesan demasiado, es decir, ya no existe ese posible impedimento físico!

Y todo esto sin hablar del estilo ni del modo de argumentar.

¿O será que no quieren comunicar nada especial y sólo bailar?

Pero ese ya es otro tema y el tiempo se me acabó hoy, viernes.

Seguiré uno de estos días, no sin antes rogar que mi vecino y compatriota tenga a bien pasarnos pronto el próximo capítulo de La esposa secuestrada, desearles un buen fin de semana y dejarles un acertijo:

¿Quién es Zusunaga?

 

        HjorgeV

        Sinthern / Pulheim,viernes 04-05-2007

P.D.: Estas son las noticias que más me interesaron el día de hoy:

http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Brasil/rompe/patente/medicamento/sida/elpepusoc/20070504elpepusoc_5/Tes

http://www.elpais.com/articulo/cine/Elogio/cine/ambiguo/elpepucin/20070504elpepicin_2/Tes

(Solución del acertijo: Schwarzenegger. ‘Zusunaga’, que también existe como apellido español y que debe ser una variación del apellido vasco Zuzunaga, es más o menos como he escuchado pronunciar en España el apellido del fortachón austriaco que actualmente es gobernador de California. Curiosamente, significaría algo así como ‘negro negro’. HjV)

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5 comments

    1. A decir verdad no lo sé. Desde que tenía como 10 años de edad me comenzó a interesar y gustar todo lo relacionado con Alemania. Cuando cumplí 15 años fui a Europa y lo que más me gustó fue Múnich, hasta hoy amo Múnich, amo Alemania, tuve un novio alemán y tengo muchos amigos allá. Lo único que no he logrado es aprender el idioma. Lo estudié cuando tenía 17 años pero me di cuenta de lo difícil que es. Ahora estoy convencida de que algun día lo aprenderé y estoy trabajando en eso.

      Hola, Tammy. El mejor método es la inmersión: llegar a Alemania y hacer como si ni siquiera supieras tu lengua materna y el único idioma existente fuera el alemán. Eso obliga a abrir bien los oídos y la mente y a memorizar todo porque sabes que te podrá servir alguna vez.
      El método vale para todos los idiomas. Es el de los bebés. El garantizado.

      Lo malo es que muchas veces solemos recurrir al inglés (por ‘lucimiento’ personal, por estulticia, ignorancia o pereza) y bloqueamos la posibilidad de aprender el idioma del lugar. Por otro lado, según mi modo de ver las cosas, la experiencia de usar el inglés en Alemania es única y falsaria: la gente -joven- suele tratarte mejor (porque estás en su onda y porque le brindas la oportunidad de practicar el idioma internacional por excelencia), pero creando una realidad ilusoria. Porque según mi experiencia, y esto lo digo a pesar de considerarme feliz en este país, Alemania sabe poco de hospitalidad. Esta es una de las razones que explican por qué, a pesar del gran número de inmigrantes turcos desde los años sesenta, los alemanes siguen sin saber decir siquiera gracias ni buenos días en el idioma de Pamuk, el Nobel de Literatura turco. Otra cosa es cuando el visitante denota con su uso del inglés cierto cosmopolitismo y que solo está de paso. Saludos desde Colonia y suerte con el aprendizaje. HjV

  1. Este año por fin me he puesto en serio (?) con el alemán y me está “enganchando”. Al hilo de ello, me he topado con este artículo y a fe que me ha encantado. Un cordial saludo.

    Hola Hansec: Te deseo más ganas de seguir esforzándote. No es un idioma tan difícil como parece y como dicen. Pero, como en muchas cosas, sin sudor no hay pan. Saludos desde Colonia. HjV

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