POSTALES DE ALEMANIA: La conversación

Si me pidieran definir a ésta mi segunda patria y pudiera decir lo primero que se me ocurre, lo haría hoy así:

Alemania, un país obsesionado por la conversación.

Comentaba un lector en esta bitácora, hablando de la relación intrínseca que, al parecer, existe entre un idioma y la idiosincrasia de la gente que lo habla, creer ver en el alto respeto y afición que tienen los alemanes por la conversación una consecuencia de la sintaxis de su idioma.

Como el verbo principal (la acción, lo que se hace o ha hecho) suele ir en muchos casos al final de la oración, es necesario esperar atentamente hasta el bendito final, para saber de qué va la película.

Una de las razones, justamente, que me llevó a interesarme aún más por este país –mi padre estudió aquí y su segunda esposa es de estos lares-, fue la forma de abordar el conocimiento de una persona que tienen los teutones.

-¿Y usted a qué se dedica, realmente? –era la pregunta fascinante que me hacían los germanos que conocía allá en el Goethe Institut de Lima, en su antiguo local que era una bella casona colonial.

Estos tipos se interesan verdaderamente por lo que haces, me decía yo.

Cuando alguien de este país hace esa pregunta, ténganlo por seguro que el interés es real y que el interlocutor prestará una máxima atención a lo que se dice. Desde la primera palabra hasta la última. Luego se podrá enviar la pregunta de vuelta, claro, aunque no es absolutamente indispensable.

Pero no es que el alemán deje de hacer lo que está haciendo (no suele descuidar su trabajo y no suele ser espontáneo) para ponerse a conversar, que lo hace, pero no es una manifestación masiva.

El alemán se cita. Destina un tiempo exclusivo para eso.

Curiosamente, lo que en un comienzo me pareció tan fascinante y una demostración de civilización y cultura, después de vivir dos décadas aquí, me ha sucedido que cuando conozco o me presentan a una nueva persona, como ya sé qué me va a preguntar, ya encuentro -de arranque- el asunto sumamente aburrido.

Como vengo de un país donde ser desempleado, no tener grandes perspectivas o no saber realmente qué va a ser de nuestro futuro, es algo bastante normal, los peruanos nos hemos acostumbrado a relacionarnos teniendo en cuenta que preguntas como ésa podrían poner en serios aprietos a la otra persona.

Algo que ya se está empezando a ver en esta nueva Alemania, la de la globalización económica y del capitalismo salvaje y ‘raptor’.

El número de desempleados ha aumentado tan escandalosamente en los últimos años, que cada vez más gente deja de hacer esa pregunta, o se lo piensa bien antes de hacerla, cuando conoce alguien en alguna ocasión.

A un amigo ecuatoriano le sucedió que encontrando también –como yo- muy aburrida esa forma de acercarse y conocerse, empezó a tener problemas con su novia –que ahora es su esposa- alemana.

-¡Nunca quieres ir a mis fiestas! Por ti he aprendido a bailar salsa, te acompaño a tus fiestas, pero cuando se trata de ir a las mías y conocer a mis amigos, te olvidas de todo eso –le reclamaba ella.

-Pero, mi’jita –trataba de calmarla él-, es que las fiestas alemanas no son fiestas. O si lo son, son ‘fiestas sentadas’. Además, tienes que pasarte la noche contándole a todo el mundo la misma historia de qué es a lo que te dedicas. Yo quiero divertirme, no recordar qué es lo que hago todos los días para ganarme la vida. Si por lo menos hubiera comida – le argumentaba.

El caso es que la novia consiguió convencerlo y él contaba, incansablemente, a quien lo quisiera escuchar, que un día se animó, se armó de valor y la acompañó a una de sus fiestas.

Para no tener que caer en el mismo esquema de siempre, decidió esta vez a atacar. Se buscó la persona que le pareció por lo menos simpática y se acercó a ella. Se trataba de un italiano.

-Hola, ¿qué tal? –le dijo, él, ofreciendo su mano a modo de saludo-. Me llamo Julio Almeyda y vengo de Ecuador. ¿A qué se dedica usted, realmente?

¡Porco dio! –respondió el tano, visiblemente irritado-. ¡Esta es la quincuagésima vez que me preguntan lo mismo en esta fiesta! (*)

Mucho de cierto tiene, sí, esa aseveración del lector atento que me escribe desde Berlín.

Definitivamente, la forma más importante que tienen los alemanes de relacionarse es por la conversación.

Amigos y amigas se reúnen, no sólo para verse y pasar un buen momento, no: se reúnen para conversar. Si no tienen nada para contarse, la amistad no durará, por más que lo pasen muy bien juntas o juntos y en silencio.

Lo terrible es cuando uno tiene que pasarse toda una media noche -o una entera-o una noche entera escuchándolo al otro sin pausa. Me ha sucedido un par de veces, y lo evito a mordiscos limpios.

Para agravarle aún más el asunto a los latinos, está muy mal visto interrumpir a la persona que está hablando, de tal manera que no existe esa figura en la que en un mismo grupo hablan varios a la vez.

Sinceramente no lo he tenido fácil en eso de relacionarme con la gente de esta mi segunda patria, por lo antes expuesto.

Por eso me alegro tanto cuando se presenta la oportunidad (muy rara) de pasar un día, o por lo menos varias horas, con gente castellanohablante y que no tiene otro interés que el de pasarla bien, contar chistes o cantar, hablar sin mucho orden ni concierto -y varios a la vez- y reírse un buen rato.

Otro de los rasgos idiosincráticos que más nos llama la atención a los latinoamericanos y que tiene que ver con esa necesidad que tiene el alemán de hablar -casi compulsivamente-, es su afición por hablar del trabajo.

Personas que han estado todo un día trabajando juntas, se reúnen después del trabajo para hablar… del trabajo. ¡Y eso durante horas!

Todavía recuerdo la muchacha (J.) que conocí en primeros tiempos en Colonia, cuando todavía no conocía a nadie -sólo a mi anfitrión- y menos a una mujer.

También recuerdo del par de veces que entré a un bar, veía a dos muchachas conversando, me inflaba de simpatía y, creyendo que los alemanes eran tan espontáneos como pueden serlo en sus vacaciones, me animaba a hablarles.

¡Qué delito! ¡Estaba interrumpiéndoles su conversación!

J. me invitó a pasar la noche con ella desde la primera vez.

Pasamos dos o tres noches ‘conversando’ frente a una botella de vino en su casa. Cuando me di cuenta que mi única función era escuchar, seguramente por el efecto del alcohol, escapé de ella (de su monólogo) saltando por la ventana. (Era guapa y ahora debe ser una académica, para que no haya malentendidos.)

No es una broma. Pero ya lo contaré en otra página de este cuaderno de bitácora.

Tal como sucede en un cuento de misterio o policial, en el que la solución se da al final, el idioma alemán se presta así como un buen medio para ganarse a un oyente atento.

Si la voluntad y las ganas existen, claro.

Aunque los tiempos también han empezado a cambiar.

HjorgeV

Sinthern, viernes 11-05-2007

(*)Blasfemia muy común que se hace en italiano y que quiere decir literalmente -agárrense fuerte-: ¡Puerco dios!

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