EL DÍA QUE ASALTÉ UN BANCO EN BARCELONA

Para dejar claras las cosas, desde el inicio: yo no soy El Solitario.

El mítico asaltante español de bancos y quien sigue sin ser capturado. Ni siquiera nos parecemos remotamente.

Pero un video en el que se puede apreciar claramente cómo dos agentes femeninas de los Mossos d’Esquadra (“¿Y por qué no Mossas?”, me pregunta mi Lector Atento) agreden a una detenida, ha hecho temblar a muchas conciencias en toda España y a mí me ha hecho reflexionar un tanto y acordarme de una anécdota.

http://www.elpais.com/videos/espana/Agresion/Les/Corts/elpvid/20070530elpepunac_12/Ves/

Lo peor de este poco presentable asunto es que ahora quedan confirmadas las razones por las que se había ordenado la instalación de cámaras ocultas en ciertas dependencias policiales.

Ahora nadie puede decir que los malos tratos, agresiones y abusos por parte de la policía –a ocultas, precisamente- son un invento de algún simple delincuente o criminal.

No es algo raro el encubrimiento por parte de la misma policía, y de las demás autoridades, de este tipo de delitos cometidos por miembros –profesionales, además- del Estado. En todo el mundo.

Ese encubrimiento se justifica de diversas maneras: provocación por parte del detenido, el terrible estrés bajo el que vive un policía y para evitar dar una supuesta ventaja a los demás criminales y delincuentes. Argumentan.

Digo “a los demás” porque actos como los del video son un delito. Y quien delinque es un delincuente. No lo digo yo, lo dice el diccionario.

(Es más, ateniéndose al mismo diccionario, crimen es un delito grave. Y este tipo de agresiones constituyen un verdadero grave delito, en muchos sentidos. Son actos criminales.)

Detesto todo tipo de violencia practicada contra quien no se puede defender o no adecuadamente, por lo menos. Entre otras cosas por ser reflejo de una alta cobardía disfrazada de valentía y por sus catastróficas consecuencias.

Si la institución que debe perseguir el delito y el crimen, los comete –además, a escondidas y amparándose en una esperada impunidad-, ¿qué credibilidad puede tener ante la sociedad que paga y mantiene con sus impuestos a sus miembros?

En ese sentido, algunas de las imágenes de Represa Sagrada (Heiligendamm) en las que se ve a miembros de la policía departiendo alegremente hoy con los manifestantes contrarios a la cumbre del G-8 (¡junto a la valla, además!), es algo que hay que agradecer. Aunque eso solo sea la excepción en estos días de tensión.

Todo esto me ha hecho recordar una de mis visitas a Barcelona.

Había ido a visitar por un par de días a una de mis hermanas, quien a la sazón vivía temporalmente cerca de las Ramblas.

Era verano, vestía los pantalones cortos que estaban en ese tiempo de moda (de las modas, a veces, es preferible no acordarse), una llamativa camisa amarilla y gafas de sol. Llevaba el cabello, además, como casi siempre, con gomina.

Acababa de desayunar y me preparaba para dar una vuelta por la ciudad.

Mi idea era cambiar algo de dinero, comprar la prensa del día y sentarme a leerla en una de las terrazas cercanas a la Plaça de Catalunya. Después pensaba visitar librerías y tiendas de discos. Lo habitual.

(Por lo del cambio de dinero, de marcos a pesetas, tiene que haber sido antes de la introducción del euro. Es decir, el siglo pasado.)

Recuerdo que crucé de un lado a otro el paseo (la avenida de dos carriles separados por una amplia vereda central que sirve, justamente, para pasear), dirigiéndome a una de las numerosas casas de cambio que existían entonces.

Antes de entrar a una de ellas, recordé que había quedado en llamar a casa, aquí en Alemania. Así es que retrocedí para hacer uso de los teléfonos públicos de la alameda central.

Como la línea se encontraba ocupada, me dirigí nuevamente a una casa de cambio.

Antes de ingresar a una, me di cuenta que había también una entidad bancaria vecina. Pensé que tal vez en ella sería más ventajoso cambiar de moneda. Observé los precios y consideré las posibilidades, inclinádome finalmente por el banco.

Aquí en Alemania el servicio en los bancos es particularmente amable. No es raro encontrar una sonrisa detrás del mostrador recibiendo ya desde lejos a los clientes.

Lo que yo vi detrás de los mostradores de ese banco catalán vecino a las Ramblas, fue un grupo de hombres –no recuerdo haber visto ninguna mujer- al que le hubiera gustado no haber salido de la cama ese día.

-Tienen aspecto de resaqueados estos empleados bancarios–pensé-. Y no parecen tener mucho interés por mi dinero.

Salí del banco. No tenía ningún apuro y sí el derecho a hacer uso de mi libre albedrío.

Antes tenía que volver a intentar comunicarme telefónicamente con mi esposa.

La línea seguía ocupada. ¿En dónde cambiar?

Parado junto al teléfono volví a sopesar las posibilidades y me decidí por seguir camino hacia la Plaza de Cataluña. Ya encontraría otro lugar más amable para cambiar mis marcos.

Después del cambio de moneda, compré la prensa del día y me senté a beber una cerveza en una terraza cerca de El Corte Inglés, un establecimiento que siempre me ha hecho recordar al Sears de mi niñez en Lima.

-Disculpe usted, señor –me dijo, de pronto una voz a mi lado. Demasiado autoritaria como para ser la de un mendigo o la de alguien tratando de venderme algo.

Reaccioné lentamente.

Estaba de turista allí y no pensaba dejarme malograr el día por nadie. Me saqué lentamente las gafas y giré hacia donde venía la voz. Se trataba de un policía mayor, un tanto nervioso y vestido con su uniforme reglamentario.

-¿En qué lo puedo servir, caballero? –le pregunté, con toda la tranquilidad del mundo.

-¿Usted ha cambiado dólares?

-No –le respondí, escuetamente. Había cambiado marcos alemanes a pesetas.

-¿Podría mostrarme su documentación?

-¿Mi pasaporte? –le pregunté.

-Así es –dijo él.

-Lo siento mucho. Estoy visitando a mi hermana. Vive cerca de aquí y allí lo tengo. Puedo mostrarle mi documentación de Alemania, si desea…

-Si no tiene su pasaporte voy a tener que llevarlo a la comisaría.

-¿Me podría decir por qué? –le pregunté, sabiendo que era obvio que podría responderme ‘por falta de documentación’, pero tratando de no perder para nada la calma.

-Estamos buscando a uno de esos fuleros que hay por aquí –me dijo.

Fuleros, si entendí bien, son unos sujetos que se dedican a la práctica de juegos de azar trucados, con los que suelen embaucar al paso a los turistas.

Colocan para ello una caja de cartón que transportan doblada, sacan sus mínimos implementos, se acercan sus compinches que hacen de ganchos y ya está. Corre la bolita.

Por uno de esos decía confundirme el policía aquel.

Así, con mi camisa amarillo patito, los pantalones cortos, los mocasines, las gafas de sol. Con mi bronceado veraniego, el diario sobre la mesa, la cerveza. Sentado cómodamente como cliente de una terraza al pie de la plaza principal de Barcelona.

Este policía no andaba bien de la cabeza o quería otra cosa. No podía, no pude -porque ni siquiera lo intenté-, imaginarme qué.

-Y si lo está buscando, ¿por qué pierde el tiempo conmigo? -le pregunté, un tanto divertido ya.

-No se haga el chistoso, amigo, que yo soy policía.

-Lo veo -le respondí-. ¿Y sabe qué? Yo soy turista. Y tendría que ser muy tonto un fulero para vestirse como yo y ser reconocido inmediatamente, con esta camisa amarilla, las gafas, los pantalones cortos. Y la gomina en el cabello, además. ¿No le parece?

-La gomina se la puede haber puesto hace un instante -arguyó él, con cierto brillo en los ojos.

En ese momento se apareció -no sé de dónde- un agente de civil con un tono verdaderamente autoritario, que debía haber seguido la conversación de muy cerca.

-Estamos investigando un asalto a un banco, señor. La cámara del banco lo ha filmado todo y usted es el que responde a las características.

-¿Y se puede saber quién es el nuevo caballero? -pregunté, engolando un poco la voz.

-Soy de la policía –me respondió, enseñándome muy rápidamente su placa policial.

-¿Por qué no toman asiento los caballeros y me dicen en qué, verdaderamente, los puedo servir? –propuse, haciendo espacio en la mesa y los gestos pertinentes.

-Usted tiene todas las características de un hombre que acaba de asaltar un banco –continuó él, haciendo caso omiso de mi invitación.

-¿Cómo lo sabe usted? –le pregunté yo, tranquilamente.

No llevaba mi pasaporte y no quería que volvieran a recordar el tema. Por otra parte, me resulta a veces imposible no usar la lógica para comunicarme con los demás.

-Porque he visto una fotografía –me respondió el detective, empezando a perder la paciencia.

-¿Podría mostrármela, pof favor? –le repliqué, seguro de que una comparación directa e inmediata de mi rostro con el de la fotografía, me permitiría seguir con mi lectura y mi cerveza vacacionales.

-No la tengo aquí. Pero tengo buena memoria –me respondió, levantando aún más la voz.

-Está bien –le dije, ralentizando aún más mi voz y hablando aún más claramente-. Si usted tiene buena memoria, y yo le creo, ¿qué le parece si ahora me observa bien, compara mi rostro con el que tiene en la memoria y saca sus conclusiones?

-No tiene sus documentos –dijo el policía de uniforme, asistiendo en su ayuda.

-Y encima indocumentado –espetó el detective.

-Permítame una pregunta –dije, intentando cambiar de tema-. ¿Asaltó o no asaltó el banco el individuo en cuestión?

-No llegó a asaltarlo, no –contestó el de uniforme, ganándose una fea mirada de su colega.

-Entonces, suponiendo que yo soy el de la fotografía, ¿de qué se me acusa? ¿De haber pensado asaltar un banco? ¿Está penado imaginar o qué? ¿Ustedes pueden leer, además, el pensamiento?

Eso fue demasiado.

Pero a mí ya no me importaba.

Consideré que mi hermana tendría que acercarse a la comisaría con mi pasaporte. Que tal vez me harían dormir una noche sobre el piso frío de una celda apestosa e inmunda. Por lo menos estábamos en Europa y hasta un pan me darían a la mañana siguiente, pensé.

Sería una buena anécdota de vacaciones, me dije, tratando de hacer de tripas corazón.

Por suerte, no fue así.

Debió convencerlos mi increíble -para ellos- pasividad y mi ostensible divertimiento. Me acompañaron hasta el departamento de mi hermana, y pude mostrarles mi pasaporte.

Cuando se fueron, tardé bastante hasta encontrar la respuesta.

Me habían preguntado si había cambiado dólares y yo les había dicho que no. Era la verdad. Pero, para ellos, eso era una demostración de que yo les estaba mintiendo.

Mi indecisión al escoger en dónde cambiar mis marcos, había llamado seguramente la atención de algún empleado del banco. La resaca había hecho el resto del trabajo. Él había tomado mis indecisos movimientos de un lado a otro de la alameda, como los de un asaltante tomando valor para su cometido.

Era yo el de la fotografía o el de las imágenes del banco.

Mi camisa amarilla, mis gafas, el pantalón corto y el pelo engominado me habían delatado inmediatamente.

En eso tenía razón el detective.

Pero, ¿puede existir un asaltante o ladrón tan necio de presentarse de tal manera a tratar de esquilmar un banco?, vuelvo a preguntarme ahora; sin encontrar ninguna respuesta.

Esos policías lo creían.

No se les ocurra ahora preguntarme por qué.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, 07-06-2007


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