VIVIR CON TRES MUJERES (Y UN GATO)

Durante seis años viví con tres mujeres.

En la misma casa. Compartí mi vida con ellas y ellas, las suyas, conmigo.

Hasta que nació nuestro primer hijo y luego vino la cuarta criatura, que también fue varón.

Ahora nuestras dos hijas ya están grandes y están a punto de entrar a la adolescencia (ellas lo negarían: dirían que ya están saliendo). Lo cual es una pena en muchos sentidos.

¿Cuándo fue que jugábamos juntos en la cama a los monstruos y ellas dos, María Luisa y Marisol, se me lanzaban encima y yo jugaba a asustarlas hasta terminar en un embrollo de sábanas, cuerpos y risas?

Ahora ya no es posible hacerlo. Me aplastarían.

La mayor ya pasó el metro setenta y en unos años más debe estar superando mi estatura. La segunda es un poco más baja, pero ya no está tampoco para esos juegos infantiles. Desde ahora me preparo psicológicamente para -alguna vez- hablarles desde abajo.

Ahora me tienen de chofer.

Me piden que las lleve a la piscina, al cine, las recoja de la casa de tal amiga, esas cosas. Tengo que ser puntual como un alemán y flexible como un peruano.

Y allí me tienen a mí ahí, cumpliendo las órdenes de mis chicas como si me pagaran un sueldo por hacerlo. Aunque soy de los que lo hacen con gusto.

Y mis hijas me pagan, sin saberlo.

Ya vendrá la época en que no quieran ver al padre ni en pintura, pero para ese entonces, ya estaré de chofer de mis otros dos muchachos.

Me han tomado tanta confianza ellas, que hablan -durante los trayectos- con sus amigas de sus ‘cosas de chicas’, como si yo no existiera.

Hacer algo así en mi niñez, habría sido impensable para mí. Para empezar, no más, estaba el lenguaje altamente diferenciado que teníamos que usar correctamente, dependiendo de con quién y dónde nos encontráramos.

Mi padre o mi madre, se habrían desmayado, de habernos escuchado conversar entre jovencitos entonces.

Pero a mis hijas les importa un comino usar su ‘otro’ lenguaje delante de mí. Y así, mientras hago de Taxi Papá, me voy enterando sin querer que ya empezaron los cuchicheos por este u otro muchachito, que aquel la quiso besar a mengana, pero ella prefiere a zutano, que fulana ya ha probado a fumar. Ya saben.

El asunto me gusta.

No porque me entere de las cosas de muchachitas pre-adolescentes: la mayor tiene 12 y medio, la menor acaba de cumplir 11.

Sinceramente, no soy lo que en mi país llaman chismoso. Ni siquiera soy curioso en otros sentidos: varias veces he abierto regalos de cumpleaños recién al año siguiente. Los chismes me dejan frío.

(Pero uno bien contado: aunque sea inventado.)

Me gusta por el alto grado de confianza que eso significa.

Ahora resulta que han conseguido que aceptemos tener un gato en casa. Permítanme una pequeña mirada al pasado inmediato.

No ha sido fácil la educación de nuestros hijos. (No lo sigue siendo.)

El tercero, Jorge Juan, tiene apenas 6 años. Y el último con 2, no se sentirá el dueño del mundo, pero sí de todo el tiempo posible de su madre y, además, del de su padre y sus tres hermanos juntos, también.

Creo no equivocarme al decir que mejor me llevo con mis chicas desde que una vez me di cuenta plena de que alguna vez se irán de casa a vivir su propia vida.

Ese día, fui consciente, con mucho pesar, de que las horas que ahora se nos van sin pasarlas juntos, no se van a recuperar jamás.

Todo esto venía a colación, porque leí en una revista, una propuesta de dos investigadores economistas italianos, sobre cómo conseguir una verdadera emancipación de la mujer.

Entonces me acordé de esos años viviendo solo con mis tres mujeres.

Recordé cómo me propuse tratar de ayudarlas a ser personas con los mismos derechos que los hombres.

¿Por dónde tenía que empezar?

Uno de los primeros puntos lo tenía más o menos resuelto: el asunto de la femineidad al estilo Cosmopolitan. (Tal vez la revista ya pasó de moda, pero espero que me entiendan.)

A mí me fascina especialmente la belleza femenina.

En cambio, nunca me busqué novias que se pintaran ni usaran todo los artilugios de las chicas ‘cosmo’, vamos a decir.

(Estoy hablando de pintarse, de maquillarse: de ese trabajo de manualidades que hace que las mujeres pesen unos 500 a 800 gramos más, después de por lo menos una hora de empeño concentrado. No de un toque por aquí o por allá.)

Advertí que mientras la mujer no sea autónoma, no podrá emanciparse realmente.

Porque no basta el deseo de ser emancipada. Hay que poder serlo, también.

Autónomamente.

Sin que papi, mami, los abuelos o quien sea ayude de alguna forma. Económica y trascendente, se entiende; porque toda ayuda siempre es buena.

También advertí, mientras crecían mis hijas, que el Mono Sapiens Astussisimus le está tendiendo todo el tiempo trampas y tentaciones a la mujer, para que deje de intentar su emancipación y la consecución de su autonomía.

Y la mujer suele pisar el palito. Muchas veces no quiere renunciar a los privilegios que acompañan cierta vida económicamente dependiente.

Entonces, me dije que lo mejor sería tratar de enseñarles a ser autónomas a mis hijas.

¿Tenían algún problema con alguno de sus juguetes? A intentar repararlo solas.

¿Debía yo armar, reparar o construir algo en casa? Llamaba a mis chicas para que me ayudaran con las herramientas.

Les enseñé a nadar, a patear la pelota y otros juegos con ella. Hasta un curso de defensa personal han hecho.

Como a mí me gusta cocinar, no tuve que hacer gran cosa en ese sentido. Ahora, hasta el de dos años, me pregunta:

-¿Te puelo a ayudal a cocinal, Mapi?

Claro que eso de “a ayudal a cocinal” se limita a aplastar con cierto sadismo a los tomates y pepinos, pero, pienso: algo es algo. (Mapi, es como me llaman mis hijos.)

Sin proponérmelo, he ayudado a mis hijas a convertirse en unas girlies.

Son unas jovencitas, ahora, seguras de sí mismas, que gustan de la moda y arreglarse para salir, pero que no dudan en coger un martillo u otra herramienta, y a las que no les falta la dosis saludable de complejos que toda persona a esa edad (y a cualquiera) necesita para desarrollarse.

Ahora los estudiosos italianos plantean como propuesta, rebajar los impuestos para impulsar la emancipación femenina.

También proponen, en cambio, subir –en una proporción menor- un poco los impuestos que pagan los hombres.

Aquí en Alemania las mujeres están celebrando más de 40 años de feminismo, pero ven claramente que el camino es mucho más largo y complicado de lo que pensaban.

Apenas hay mujeres en puestos dirigentes. No sólo en la economía: también en la política y en otros campos sociales.

Las alemanas ganan un 20% por ciento menos que sus colegas varones, por el mismo trabajo.

Y, si bien es cierto, el porcentaje de ocupación es de 66%, esta cifra esconde el alto número de alemanas que trabajan casi un horario completo por medio sueldo. El llamado minijob aquí: 400 € mensuales.

La idea de los italianos nació, al comprobar uno de ellos, que, estadísticamente, es la mujer la que más falta al trabajo.

Razones hay diversas: enfermedad, hijos, reuniones escolares, atención a familiares ancianos, etc.

Todas razones vitales para cualquier sociedad y, sin embargo, fatalmente incomprendidas. (Poder recuperarse de una enfermedad también es vital para una sociedad.)

Lo que en principio se puede ver como una desventaja para los empresarios, visto más objetivamente, es, en realidad, antes que nada, una gran desventaja para las mujeres.

Así nació la idea que han presentado el pasado mes de marzo en la revista Il sole 24 ore, y que ahora se está discutiendo en varios países europeos.

Muchas mujeres ven en esta idea, la ansiada compensación económica –el bono- que toda mujer debería tener por el simple hecho de ser las únicas en poder procrear. Algo que los hombres suelen soslayar con mucha habilidad cuando llega el momento de discutir sobre ello, argumentando, muchas veces, con un simple fatalismo.

Toda esta vuelta he dado porque desde hoy tenemos un nuevo miembro en la familia.

Esta tarde llegó Marisol contenta con su nueva mascota: un gatito. Blanco, encima.

La otra mascota que prometieron cuidar, alimentar, cepillar, sacar a pasear y bañar -nuestro perro Tito-, sigue allí su vida, pendiente de que mi esposa le dé de comer y de que yo lo saque a pasear temprano por las mañanas.

(Para mí es positivo: troto con él todas las mañanas antes de empezar a trabajar.)

Vamos a ver cómo les va a estas Girlies con la nueva mascota.

Me fascina verlas crecer y desarrollarse, entrando a un mundo que, ruego (sé que es en vano, qué vamos a hacerle: yo no paro de contribuir con mi aporte), sepa tratarlas como todo ser humano se merece: independientemente de su sexo, su inclinación sexual, su raza y su procedencia.

Los expertos dicen que la cría de animales estimula el sentido de la responsabilidad en los niños. Espero, entonces, por lo menos, no tener que volverme ahora un experto en gatos.

Los detesto (lo saben ellas). Aunque verlo hoy, así, tan chiquitito, indefenso y necesitado de cariño, ha alterado mi predisposición.

Vamos a ver, pues. qué sucede cuando salga el tigre que lleva dentro.

            HjorgeV

            Pulheim-Sinthern, sábado 09-06-2007

P.D.: A propósito de emancipación y autonomía femeninas, aquí un interesante reportaje:

http://www.elpais.com/articulo/sociedad/estudios/trabajo/mujeres/elpepusoc/20070610elpepisoc_6/Tes

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4 comentarios sobre “VIVIR CON TRES MUJERES (Y UN GATO)

  1. Bueno quiero decirte que tu gato está precioso y le encantó a mi mamá y dice felicitaciones por tu gatico, en serio.

  2. hola… antes que todo este es el primer y unico post q he leido sovre ti… seguramente no vuelva a leer este ni otro q venga de ti… pero lo q has escrito aqui y del q me e tomado el tiempo de escrivirlo me a hecho creser… realmente te lo agradesco no se quien seas pero te lo agradesco si lees esto respondema a mi mail: juanjmmk@hotmail.com

  3. Me encantó tu escrito es así como se educa a las niñas para que sean independientes y autónomas eso no quita que se les de el apoyo que necesiten, pero especialmente lo de ayudarte a arreglar dándote las herramientas porque las mujeres en general no saben hacerlo yo tengo 40 años y me las arreglo sola para todo desde los 15 excepto económicamente que me independice un poco mas tarde, pero podía llevar una casa yo sola sin ningún problema, gracias a mis padres que también me enseñaban los dos las cosas cuando las hacían, sobre todo mi padre que me enseñó hasta a colocar azulejos jajajajaaj que buenos recuerdos me trae tu escrito,que pena que haya pocos como tú…

  4. Espero que sigas compartiendo un poco más con todos nosotros acerca de esa visión maravillosa que tienes acerca de cómo apreciar la belleza femenina en toda su magnitud.

    Muchas gracias.

    Rpta.: Hola, Diego Fernando. Las gracias a ti, por mencionar tan inmerecido comentario. Que estés bien. Saludos desde los arrabales de Colonia. HjV

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