MÉDICOS DE BISTURÍ RÁPIDO

Hice un comentario, el otro día, en uno de los foros del portal de bitácoras El Boomeran(g).

Opinaba, a propósito de si legalizar ciertas drogas o no, que si EEUU analizara sus propios problemas caseros habría avanzado ya bastante en la -parcial- solución de ese asunto humano.Las guerras civiles (entre carteles, pero civiles al fin) que se libran en México y Colombia, son actualmente el efecto y no la causa del alto número de adictos usamericanos que requieren sus dosis diarias de cocaína.

(Hay adictos y consumidores casi adictos donde ustedes menos se lo podrían imaginar. Aquí en Alemania descubrieron altos y continuos residuos de esa droga de lujo en los servicios higiénicos del parlamento hace un par de años. En Roma, acaban de descubrir que partículas de la misma, que ‘usaba’ Sherlock Holmes y también más de un Papa, flotan por toda la ciudad.)

Pero creo que EEUU ya tiene la mano demasiado entrenada para disparar rápido sin pensar, fue mi comentario.

Entonces, hoy, que volví a ver el título de una revista médica preparando psicológicamente a la población en el tema de intervenciones quirúrgicas, en forma de inserción de las llamadas prótesis funcionales, se me volvieron a poner los pelos de punta.

-Los médicos de bisturí rápido ya están reproduciéndose sin control en este país -le comenté a mi hija, sin que ésta me pudiera entender.

No sé cómo será en otros países, pero yo personalmente, aquí en Alemania, desde hace mucho tiempo ya, considero que muchos –demasiados– médicos recurren demasiado rápido a la intervención quirúrgica con el fin de tratar de solucionar alguna dolencia.

Lo he vivido en carne propia varias veces.

Veo que esto sigue sucediendo y se acepta, por esa fe ciega que se suele tener a los galenos.

Pero se olvida, que, prácticamente, todo el riesgo lo corre el paciente.

No el médico, aún en caso de algún error fatal o accidente, pues son muy raros los casos en los que un cirujano es juzgado y condenado por algún error o descuido grave. Simplemente, es muy difícil probarlo y no existen jueces especializados en ese tema concreto.

Y justo hoy, como decía, segundo lunes de junio, se me acaba de congelar la sangre en el consultorio del dentista de mi hija mayor, mientras hojeaba la prensa ligera en la sala de espera.

Una revista de apariencia seria y oficial hacía publicidad a lo que se pondrá de moda en los próximos años en Europa: las operaciones a la columna. Pero solo para mayor sufrimiento de los pobres operados y para más ganancia económica de los mercaderes de los productos médicos ofrecidos y de sus testaferros: los médicos.

Ni siquiera me tomé la molestia de comprobar si había alguna institución médica o científica que respaldara uno de los temas principales de la portada donde se afirmaba en tono campante que el futuro de las dolencias de espalda se “solucionará” simplemente sustituyendo las ‘viejas’ piezas ‘oxidadas’ por otras de alta tecnología.

Y alto precio, se entiende.

(Es un defecto del sistema alemán de salud, en realidad: le da mano libre a los mercaderes para ofrecer lo que deseen, puesto que los seguros pagan más o menos ciegamente las prestaciones.)

El que se atreva a revisar las estadísticas referidas a los resultados que aporta la cirugía puede caerse –literalmente- de espaldas. (Pero, cuidado, que si se rompe algo, eso ya es otra cosa.)

No existe ninguna estadística que avale el empleo del bisturí en algunas dolencias de la espalda: ciática, lumbago y hernia discal. Y parece ser que en algunas otras dolencias corporales, tampoco.

Mejor dicho: las soluciones alternativas -no invasivas- presentan resultados tan satisfactorios como las soluciones de su primo: el cuchillo médico.

Lo que ignora mucha gente es que una vez que se ha alterado la computadora u ordenador que es el cuerpo humano, no existen más garantías de que el sistema funcione como antes y de que no se presenten aún más problemas.

Si la cirugía soluciona un problema, suele crear por lo menos otro que antes no existía.

Y esto, partiendo de que se tiene la suerte que no ocurra ningún accidente o error humano durante la operación.

Si una operación quirúrgica es algo extremadamente delicado, ya podrán imaginarse cómo lo será si de por medio está la médula espinal, un componente primordial y básico en la computadora que es el cuerpo humano.

Lo he vivido, repito, en mi propia carne.

La primera vez me sucedió hace casi veinte años con un médico que me recomendaba una rápida y sencilla intervención quirúrgica para aliviar cierta molestia que sentía.

-Pero –trataba de argumentar yo-, nunca antes había escuchado que algo así tan sencillo, se puede solucionar con cirugía. Yo ni siquiera pensaba visitar un médico, doctor.

Era verdad.

Como el sistema de salud alemán es obligatorio para todos los residentes en el país, a mi condición de estudiante universitario le correspondía, particularmente, un seguro médico general automático. A muy bajo costo, por lo demás. De tal manera que, como le sucede a muchas personas, corrí al médico porque tenía piernas para hacerlo, pero no porque verdaderamente lo necesitara.

(El de arriba es uno de los problemas con el que se enfrentan las autoridades sanitarias: cómo evitar el mal uso y abuso del sistema. Pero ese ya es tema de otra página de esta bitácora.)

-No se preocupe, es una simple operación. Ambulatoria, además –continuó el médico.

-Aahh…

No me lo podía creer. Había ido por simple curiosidad y ahora un desconocido quería cortarme una parte de mi ser. Por muy pequeña que fuera.

-Mientras tanto puede tomar estas pastillas que le voy a recetar, por si tiene alguna molestia –añadió.

-Es que en realidad –dije, casi balbuceando-, no tengo ninguna molestia especial.

Pero ya era muy tarde. El tipo cogió una receta en blanco y tomó su lapicero (peruanismo para bolígrafo o birome). Y mientras escribía, me quedé mirando fijamente, como un hipnotizado, cómo lo hacía.

¡Le temblaba la mano!

-Sí, claro, doctor –le dije, levantándome inmediatamente sin ni siquiera intentar despedirme-, cuando usted diga. Ha sido un gusto.

Y salí. Aliviado.

La segunda vez me sucedió después de haber sentido cierto dolor en la rodilla que no menguaba a lo largo de semanas. Entonces, casi como ahora, jugaba más o menos unas tres veces por semana al fútbol.

Alguien me recomendó el médico del FC Köln, el equipo de esta ciudad, Colonia, que mantiene desde hace más de diez años cierta predilección por una variante de un juego infantil: el subir y bajar de categoría.

Me advirtieron que tenía que tener paciencia. No iba a ser el único en ser atendido. El consultorio del médico ocupaba todo el quinto piso de un modernísimo edificio en pleno centro colonés.

La tuve.

Esperé horas en una sala muy agradable hasta ser atendido por ese renombrado especialista.

Debo añadir ahora, que siempre me ha fascinado la medicina.

Con un amigo del colegio nos llegamos a preparar para el examen de admisión de San Marcos.

Al preguntarme la segunda esposa de mi padre, tras terminar el colegio, qué me gustaría estudiar, respondí, sin dudas: Literatura.

Mi padre se interpuso, diciendo:

-La literatura se escribe, no se estudia.

Lo odié en ese momento (¡ahora sé cuánta razón tenía!), sobre todo porque indeciso e inseguro como era yo entonces, me dejaba llevar más por lo que me decía mi familia que por mis propios intereses.

Creo que a mi madre le habría gustado que fuera médico.

Y allí fui a parar a esa academia de preparación. Se llamaba, curiosamente, Academia Ingeniería, porque preparaba sobre todo para el examen de admisión a esa carrera y el dueño era el padre de uno de nuestros ex compañeros del colegio.

Lo malo fue que descubrimos un billar vecino a esa academia y por visitarlo a diario, no pasamos el examen de San Marcos.

El padre de mi amigo –creo haber entendido- le propinó una buena cueriza (azotaina) y lo obligó a continuar concienzudamente su preparación preuniversitaria. Yo me quedé sin saber qué hacer de mi vida por un buen tiempo.

Apenas tenía 16 años. No había apuro, en realidad, pensaba.

Después de un tiempo dándole al billar estuve a punto de ganarle, gracias a una suma insólita de grandes casualidades, a don Sixto Jáuregui en una competencia informal -pero por dinero- a tres bandas.

(Don Sixto Jáuregui Carbajo, tan pausado siempre él, había sido ya campeón nacional y era en ese entonces el eterno rival de ese otro peruano que le ha dado a nuestro país uno de los pocos campeonatos mundiales de nuestra historia: Adolfo Suárez, limeño, hijo de argentino y peruana, fallecido en el 2001. La Vieja ganó, en Amsterdam, nada menos que frente al legendario billarista belga Raymond Ceulemans, el Campeonato Mundial de 1961. Jáuregui le arrebató en 1985, a esa otra leyenda del billar, el japonés Kobayashi, el Récord Mundial de Carambolas con 15 continuas en Burdeos ese año. Pero esas ya son otras historias de mi pasión billarística.)

Mi amigo, por su parte, tuvo que comprometerse a seguir un régimen rígido de preparación.

Al siguiente examen consiguió ingresar en el primer puesto, entre unos ¡50.000 postulantes!, a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, primera fundada en América.

Para no mezclar más historias –ya saben cómo lo detesto-: la medicina me habría podido interesar, pero ahora sé que un interés no tiene por qué convertirse en profesión. Yo siempre he tenido muchos intereses.

(Creo que no lo hubiera hecho mal, además, porque llevo la vocación de curar en mí, pero no creo haber podido soportar toda mi vida en eso. Mi padre me hizo un mal y un buen favor, a la vez. Y está bien así.)

-A ver –me dijo, el simpático médico, a quien yo conocía de las fotografías de los diarios-, ¿cuál es su dolencia?

Se lo expliqué. Ese dolor sordo en la rodilla que aparecía cuando quería jugar al fútbol.

-Permítame –me dijo, procediendo a hacer unas cortas pruebas con mi articulación.

Había esperado horas. Estaba relajado y esperaba un examen completo y a conciencia. En esa época yo tenía un caro seguro privado que cubría todo tipo de gastos especiales.

-Ya está –me dijo.

-¿Cómo que ya está? –quise preguntarle, pero no lo dije.

-Su caso requiere una sencilla operación quirúrgica –añadió, con toda la calma del mundo, como quien está hablando de enjuagues bucales-. En la recepción le darán una cita. Ahora, si me permite: tengo muchos pacientes esperando.

¡La auscultación no había durado ni dos minutos!

-¿Me podría decir, por favor, cuál es su diagnóstico, doctor? –le pregunté, sin aceptar darle la mano para despedirnos.

Estaba indignado.

Tenía un seguro privado que iba a volverlo un poco más rico de lo que ya seguramente era y ¡ese individuo pensaba que podía ganar su (mi) dinero en dos minutos de consulta y una simple operación quirúrgica!

-Es una operación que hago varias veces al día, joven –añadió, desviándose del tema y con una sonrisa que ahora, en el recuerdo, me parece más falsa que euros sudamericanos.

-Usted no ha tomado ninguna radiografía de contraste, doctor. Ni siquiera una simple radiografía. No estoy hablando de una tomografía. Estoy hablando de una simple radiografía –le espeté, lentamente, pero ya indignado.

-Vaya no más –me dijo al salir, sin atreverse a volverme a ofrecer la mano-. En la recepción le darán su cita.

-Sí, claro –le dije a modo de despedida.

Decidí estudiar (más) sobre el tema y llegué a la conclusión de que mi dolencia podía tener una etiología múltiple y no necesariamente debía recurrirse al bisturí.

La rodilla es una articulación crítica. A diferencia de su similar del codo, las rodillas -y sus elementos estructurales: meniscos, ligamentos, cartílagos, membrana sinovial y otros elementos de refuerzo- soportan casi todo el peso del cuerpo.

¿Cómo mantienen las rodillas su estabilidad y qué les permite realizar sus funciones?

Los músculos. Son los músculos los encargados de ello.

Me autoreceté descanso, para reducir la inflamación. E hice uso de una de las terapias a la que más recurro para casi todo tipo de molestias: provocar la hipercirculación de la zona afectada.

Me apliqué ‘cremas musculares’ y recurrí a muchas sesiones de automasaje.

Si algo estaba mal en mi rodilla, me decía, tenía que ayudarla a que el mismo cuerpo la curara aumentando la circulación sanguínea y con ella el funcionamiento del sistema linfático, y mi metabolismo general.

(El sistema linfático es el que se encarga de formar y activar el sistema inmunológico. Junto con la sangre, que porta defensores como los leucocitos o glóbulos blancos, son los médicos naturales de nuestros cuerpos.)

Después pasé a la segunda parte de la terapia: el fortalecimiento muscular.

Como entonces tenía que atender muchas cosas a la vez, aprovechaba cualquier pausa para hacer trabajar a los músculos de la pierna, principalmente los de los muslos, grandes responsables de la estabilidad de la rodilla.

Eso fue hace unos diez años. Volví a jugar.

Antes, me preparé bien , físicamente, a lo largo de un par de semanas antes de volver a hacerlo.

No he vuelto a tener problemas similares.

            HjorgeV

            Pulheim-Sinthern, lunes 11-06-2007

P.D.: Ya les contaré un día de éstos cómo solucioné sin médicos, operaciones ni medicamentos, mis problemas de espalda, después de haber desoído el consejo de mi médico de entonces, quien insinuaba quererme operar de ¡una hernia discal incipiente! (Experimenté bastante, pero ya llevo años sin que me haya vuelto a ocurrir no poder levantarme del suelo por un ataque de lumbago. Solo les adelantaré, que por esas extraños designios que tiene la vida, me vi acompañando una vez, en pleno ataque de lumbago, a unas amigas a una discoteca. Yo apenas me podía mover. Hasta que me sacaron a bailar…)

También de la vez que un pediatra me recomendó operar a mi hija mayor del oído medio, en una “operación sencilla y rutinaria”. Felizmente cuando le pedí que fundamentara su deseo con estudios científicos, no me pudo nombrar ¡ni uno solo! (No pensaba, de todas maneras, dejar que la operen, entre otras cosas porque sólo habíamos llegado allí por un simple control auditivo.) HjV

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