22 AÑOS EN EUROPA

Hoy, 12 de junio, cumplo 22 años de vivir en Europa.

Ha sido un largo camino hasta llegar a estas líneas que escribo a punto de dar las doce de la noche de este martes alemán de temperaturas agradables.

A punto de dar las cero horas, de acabarse este día en el calendario; para dar paso al miércoles de ustedes, lectores incógnitos.

(La palabra pasa, pero ya no vive. El lector la revive, pero solo en su conciencia. Sin lectores la palabra queda muerta.)

Bien pude terminar arraigado en la primera ciudad en la que intenté establecerme: París. Después de casi medio año en Francia, lo dejé todo para venir a este país, Alemania, del cual ya conocía el idioma.

Pero mi segundo intento fue en Múnich, no en Colonia. Y duró menos de un día completo.

(Una tarde y una noche repletas de anécdotas, fatalidades, coincidencias y golpes de fortuna, para ser más exactos, y que serán materia -seguramente- de otra página de esta bitácora.)

Por una de esas razones que es inútil buscarles explicación, llegué al aeropuerto apenas cinco minutos antes de que partiera el vuelo que después de 22 años me ha traído -¿por ahora?- hasta este pueblucho de las afueras de Colonia.

(Mi familia duerme. Me he despertado y me he puesto a escribir esto, hasta poder volver a caer rendido. No tiene sentido dar vueltas en la cama, me he dicho, cuando las ideas y los recuerdos quieren jugar con uno, y no te dejan dormir.)

Mi equipaje lo hice en menos de diez minutos esa mañana del 12 de junio del invierno limeño de 1985.

¡Dejaba mi país –ya lo intuía- por mucho tiempo, quizás para siempre (¿qué es siempre?), pero me porté como si me fuera de paseo a una localidad vecina!

Para evitar trámites engorrosos al hacer mi equipaje, metí, bajo la mirada asombrada de mi media novia (alemana) de entonces, todas mis cosas en un bolso de marinero que alguna vez me había regalado uno de mis tíos más cercanos.

Al llegar a Luxemburgo, como sospechoso de estar acompañando y encubriendo a un camello (de drogas), un miembro de la simpática policía luxemburguesa abrió mi bolso –único equipaje-, lo cogió de la punta pertinente, elevó ésta a una altura conveniente y dejó caer todo su contenido sobre el piso del aeropuerto.

Por suerte, hablaba alemán.

Había tenido la inmensa suerte de pasar, becado por el Instituto Goethe, tres meses en Mannheim, en este país, asistiendo a un curso de lengua alemana.

Respiré para recobrar la calma. Miré al policía a los ojos y le dije, con la mayor tranquilidad posible, en alemán:

-Ahora usted va a tener que explicarme si este es un tipo de recibimiento civilizado estándar europeo o sólo es una costumbre de su país.

El policía me quedó mirando por un buen rato.

Me imagino que no sabía cómo reaccionar.

Me imagino que se puso a repasar mentalmente todas las páginas de su Manual de Conducta Policial. Me imagino que no había contado con mis conocimientos de un idioma que los luxemburgueses están obligados a estudiar y aprender en la escuela. El suyo es una mezcla de francés y alemán.

No sé si terminaría de repasar todas las posibilidades.

Después de un momento de alta tensión, debe haber hecho en algún lugar de su cerebro clic, y, habiendo empezado a perder ya obviamente el interés, dio media vuelta, no sin antes espetarme, casi con un bostezo:

-Puede guardar sus cosas e irse.

Estas dos historias iniciales tengo que aclararlas.

Supongamos que me es posible filmar ciertas secuencias de mi vida.

Cada persona es una película: su vida. Pero también es cómo la vive. Qué tan intensamente experimenta sus momentos y sus acontecimientos.

¿Cuántas veces no nos ha sucedido algo que, sólo después de ocurrido, hemos advertido que nos sucedía a nosotros mismos?

Dejemos pasar velozmente las imágenes hasta situarnos en una mañana de invierno limeña, en uno de los mejores barrios –que aún lo sigue siendo- de mi Lima nostálgica, la del cielo nublado, color panza de burro (marca registrada): San Isidro.

¿Distancia temporal? Poco más de un año antes de partir a Europa.

Estoy caminando de la mano de una atractiva austríaca que también es profesora de alemán, pero no la mía. Es temprano por la mañana, nos dirigimos a la panadería de su barrio. Tenemos pensado volver a su departamento, donde hemos pasado la noche y desayunar juntos allí. Parecemos una pareja feliz y asentada.

Pero es la segunda vez que he pasado la noche fuera de casa. Y la situación es bizarra.

Ella me está hablando del hombre en quien se ha pasado unos dos años pensando sin ser correspondida. Un peruano con pinta de europeo y nombre de antiguo emperador romano.

No sé qué pensar. No estoy aturdido.

Nos hemos conocido más o menos la noche anterior. La he acompañado a casa más o menos de casualidad (ahora sé que no fue así).

Ella ha sacado su guitarra, ha intentado cantar un par de canciones, se ha alegrado de ver que no me es un instrumento desconocido y de que puedo cantar. Hemos bebido ron con jugo de naranja hasta terminar en su habitación.

Nos vamos a pasar bebiendo ron con jugo de naranja durante varios meses, mientras voy a seguir escuchando sus historias sobre su amor imposible, sin saber qué me quiere decir ella con todo eso.

En algún momento de esta historia conozco a alguien que me anima a viajar a París como músico. Estoy estudiando Matemáticas en la U.N.I., soy miembro del coro de esa universidad, leo como un condenado y escribo poesía a escondidas.

Mi sueño es convertirme en profesor universitario de matemáticas de alguna universidad de provincias (ya tengo escogida la ciudad: Trujillo) y escribir poesía sin que nadie lo sepa.

La cámara vuela ahora a otro de esos días limeños.

Recorre como un ave los techos destartalados de mi Lima romántica y sucia. Sus edificios del centro histórico que se han convertido en mi segundo hogar poético. Camino por sus calles y ya debo saber que no me queda mucho tiempo allí, porque cada paso se va confundiendo con el impulso imaginario de una máquina de reanimación clínica. Tum, tum; tum, tum.

Respiro y camino. Dejo que mi corazón dé los pasos por mí. Tum, tum; tum, tum. Absorbo mi Lima colonial y caótica, sus gentes, su historia y su pasado. Recorro las calles que un día recorrieron Valdelomar y Salazar Bondy, Vallejo y Yerovi, Chocano y Palma.

De la universidad de Ingeniería tomo el microbús que me lleva, como casi todos los atardeceres, al jirón Ica. A pocos metros de la avenida Tacna, se encuentra el local del Instituto Goethe, ocupando una casona colonial que ahora es considerada un monumento de importancia histórica.

Me siento como en mi casa allí.

Si no estoy en mis clases de alemán, visito la librería del instituto o me paso las horas escribiendo en la cafetería. Allí preparo las páginas para un concurso literario de la universidad: los Juegos Florales. Voy a presentar seis trabajos, diferentes. Seis cuadernos que me gustaría alguna vez recuperar y que me llaman desde algún lugar como sólo pueden llamarlo a uno sus propios hijos.

En una de las oficinas del segundo piso, José B. Adolph, un escritor peruano nacido en Stuttgart, le da a la máquina de escribir sin perdón.

-Esa sensación de saber que estás escribiendo bien, es algo que no se puede comparar con nada -me va a decir una vez que nos cruzamos en los pasillos del Goethe.

La cámara se detiene ahora en la cafetería.

Don Mario, el dueño, me permite pasar horas ocupando una mesa y consumiendo lo que recién le voy a poder pagar a fin de mes.

En una mesa vecina, una muchacha rubia de ojos impresionantes fuma, lee y bebe de su café. No es común esta figura. La gente que visita la cafetería suele quedarse solo unos minutos y luego seguir su camino a sus clases o a casa. Pero esta muchacha no parece tener apuro. ¿Será una turista?

Es de uno de esos momentos en mi vida en los que quisiera poder levantarme, acercarme a ella y preguntarle si tendría ganas de conversar un poco conmigo. Pero no me voy a atrever.

Mi exagerada timidez me encadena a mi asiento. Me impide la concentración. Es un martirio que trato de compensar concentrándome aún más en lo que escribo.

-Don Majio, otro cafecito, poj favoj –escucho decir.

Solo puede ser de ella la voz. No hay nadie más que nosotros a esa hora en la cafetería. No se trata de una turista, por la forma nuestra de referirse al café: cafecito.

Nos quedamos mirando por un momento. Ella me pregunta algo.

Esa noche la paso por primera vez fuera de casa.

Mi madre se alarma, pero ya no le es posible reclamar. Creo que en el fondo se ha alegrado porque finalmente tengo una novia tan fija que me quedo a pasar la noche con ella. Aunque sé que su tradicionalismo la lleva a ver un gran pecado en esto. No lo sé.

La muchacha alemana vive en uno de los mejores barrios liemños de entonces y vecino al colegio Santa María, al que apenas unos años antes, he ingresado saltando un muro un par de domingos a jugar fútbol en una de sus canchas con sus superficies como alfombras verdes. Mi colegio no queda muy lejos de allí, cerca a la Panamericana Sur. Pero no tiene esas canchas de ensueño.

Ella vive con sus padres y tiene una hermana que es de una belleza casi imposible para los muchachos peruanos, pero que vive atormentada.

Me ha presentado a su familia y yo apenas he podido probar bocado en la cena, a pesar de su alta hospitalidad y simpatía, porque lo primero que ha dicho al entrar ha sido:

-Se va a quedar a pasar la noche -refiriéndose a mí.

Horas después, ella me va a empezar a contar que, en realidad, tiene un novio cuzqueño que ahora se encuentra en la cárcel, pero en el que ella no ha dejado de pensar todo este tiempo.

Así empieza la historia con mi segunda media nueva novia.

(Como no me veo en obligación ni compromiso con ninguna de ellas, decido callar mi doble relación primero. Después lo van a saber, ambas, por mi propia voz, y no van a tener ‘ningún’ empacho cada una en continuar su media relación conmigo.)

Ha sido la primera mujer en mi vida que me ha llevado de la mano a su lecho y me ha permitido pasar la noche con ella. (No sé si fui el amante más dócil en su vida.)

La cámara corre ahora veloz a mi última noche en Lima, cruzando meses en el tiempo.

Mis planes son despedirme de mi media novia austríaca. Irme a dormir a casa luego y levantarme temprano a hacer mi equipaje.

Mi otra media novia alemana ha quedado en recogerme unas horas antes del vuelo, para tomar desayuno juntos y pasar por algún banco a cambiar dólares.

Pero la primera despedida se va a alargar toda una noche, acortando la otra a la mañana siguiente.

Con mi partida van a quedar atrás un peruano con pinta de europeo y nombre de emperador romano, y un cuzqueño encarcelado -al parecer- por drogas.

La primera historia se acaba.

La segunda historia, que me sucedió ya en pleno vuelo a Europa, provocó que todo el contenido de mi equipaje terminara en el suelo del aeropuerto de Luxemburgo por mano de la policía de ese país.

Pero eso ya lo terminaré de contar mañana.

            HjorgeV

            Pulheim-Sinthern, martes 12 de juno del 2007

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