22 AÑOS EN EUROPA (Continuación)

Justo antes de partir me entero que he ganado los Juegos Florales en la sección poesía, aunque ya no voy a poder asistir a la ceremonia de premiación.Tres de mis seis trabajos han ocupado los tres primeros puestos. No me lo puedo creer.

Hasta ahora.

(No he vuelto a ver esos cuadernos. Espero recuperarlos algún día.)

[Fueron jurados del evento: un poeta que admiro y que falleció hace un par de años, Washington Delgado (Cuzco, 1927-Lima, 2003), y el editor y profesor universitario Abelardo Oquendo, entre otros.]

Dos días antes me he despedido de una de mis tías más queridas quien no ha podido contener las lágrimas al final.

-Se me va otro hijo –me ha dicho, cuando ya me encontraba a una distancia prudente-. Pero así es la vida.

Unos años después, ella misma va a separarse de uno de mis tíos más queridos -su ex esposo- para iniciar su propia segunda vida en otro país.

Porque así es ella, la vida.

Y muchas explicaciones, a veces, no hay que pedirle. Alta razón que tenía.

Ahora ya he olvidado la cámara que está filmando todo esto y me encuentro ya en el avión, que he estado a punto de perder.

Basta decir ahora que a mi madre le rogué no acompañarme al aeropuerto a despedirme.

Deseaba algo corto y expeditivo.

Sabía que a mi media novia alemana no la iba a traicionar la emoción. Y no me equivoqué. Carlos V., pero ya no estoy seguro, un gran amigo de entonces, creo que fue la segunda persona presente a mi lado esa mañana.

(En ese entonces casi nadie se iba del país y en el aeropuerto sólo parecía haber turistas extranjeros.)

Junto a mí, en el avión -que he alcanzado a abordar por suerte-, viajan un talentoso músico peruano –que ahora es profesor de música en Francia- y un muchacho chileno. Mi asiento de los tres es el más alejado de la ventana.

Al otro lado del pasillo, una cantante que empieza a estar de moda en el ambiente musical alternativo de Lima -Danaí ¿de TV Color?- me pronostica que me va a ir bien en Europa.

Le sonrío –porque me parece guapa-, pero apenas tomo en serio lo que me dice.

Minutos más tarde, intentando dormir, esas partes de todo ser humano que suelen desprenderse de uno, disfrazadas de gotas de agua salada, me mojan la camisa cuando empiezo a esbozar una lista mental de las cosas que más voy a extrañar lejos de mi país.

Lejos de mi Lima atorrante y gris.

Las luces del avión han sido disminuídas al mínimo y ya debemos estar por la mitad del vuelo, cuando hago esa lista.

Las calles y la arquitectura del Centro de Lima. La vista de los ambulantes –porque ya me han contado que no existen en Europa-. El bello patio de la casona colonial del local del Goethe. La cafetería de Don Mario. El cebiche. Mi familia. Mi madre.

Las horas muertas desnudo y entrelazado sobre el lecho con alguna de mis 2 medias novias, mientras ellas piensan en sus amores imposibles, me imagino. Sin atreverme a preguntarlo.

Los parques limeños. Miraflores. Barranco. El bar Cordano. Las playas. Los amigos. Las fiestas. El buen humor de mucha gente. El crucigrama dominical gigante de El Comercio. Recorrer las librerías de viejo callejeras. Las parejas besándose por las calles. Un buen lomo saltado. Las peñas. Mis tías.

(He tenido y mantengo aún relaciones magníficas con muchas de ellas. A mi tía Lucila acabo de llamarla por teléfono, así porque sí. Porque tenía ganas de escuchar su voz que apenas ha cambiado desde los días en que dio refugio temporal a mi madre cuando mi padre la dejó.

Ahora ella ya se va: “¡Por los titantos años, hijito, pues, cómo se ha pasado volando la vida, hijo!” Tal como habla ella, intercalando hijos e hijitos como por encargo.

Chilo, el alemán! –me dijo esta tarde al teléfono, usando uno de los titantos apodos que tengo y que me dura desde la época del refugio que he mencionado.

-Tía, con un poco de suerte voy a poder volver a visitarte pronto –le dije yo.

-Ay, hijito, ojalá nos podamos ver para navidad, ¿seguro, no?

Mi tía no está lejos de los noventa. Pero mejor regreso con el objetivo de la cámara al avión que me está llevando a Luxemburgo. De allí debo seguir viaje a París.)

El músico, el chileno y yo hemos hecho buenas migas en poco tiempo.

Cuando llega la hora de dormir, el muchacho peruano está tan nervioso que no sabe cómo hacer para descansar, cerrar los ojos y dormir.

-¿Tú cómo haces? –le pregunta al chileno, quien acaba de contar que viaja frecuentemente.

-Me tomo una pastilla y ya está, po’ –le responde el del vecino país.

Luego le pregunta éste:

-¿Querís una?

Petete asiente.

Finalmente, ellos se duermen. Me empiezo a relajar.

Dejo que mi cabeza ingrese a esa especie de esfera magnética que parece abrirse en todo vuelo y que después nos producirá el mentado jet lag, la disrritmia circadiana o (síndrome de) descompensación horaria.

Cuando estoy a punto de dormirme, escucho que Petete –el apodo del músico peruano- está tratando de despertar al chileno para preguntarle si le puede dar otra pastilla.

El joven chileno murmura algo y Petete introduce, siguiendo las balbuceantes instrucciones, su mano al bolsillo de la camisa del otro y coge la lámina con las pastillas para dormir.

Por el rabillo del ojo puedo ver que toma por lo menos una.

Cuando hacemos una pausa en el aeropuerto de Schiphol en Holanda (¿o estoy confundiendo nombres?), no nos es posible despertar a Petete.

Alarmados, se lo comunicamos a la tripulación.

La cámara ahora nos sigue por los pasillos del aeropuerto de Schiphol. Petete está vivo, sentado sobre una silla de ruedas que nos ha proporcionado gentilmente (eran otros tiempos) el personal de la línea aérea y yo me he ofrecido a ayudarlo.

Escena final de hoy: la policía de Luxemburgo sospecha que mi paciente lleva drogas en el estómago. No nos lo dice directamente, pero creo escuchar una advertencia en tono jocoso de uno de los policías, en su idioma.

-Si no canta, se va a morir el tontito ése.

Ahora sé que se está refiriendo a que si realmente está haciendo de camello, es mejor que lo confiese para que se le pueda hacer un lavado de estómago. De lo contrario podría morir.

Felizmente, Petete sólo está bajo los efectos de una sobredosis, por suerte no muy alta, de sedantes.

Ahora usted va a tener que explicarme si este es un tipo de recibimiento civilizado estándar europeo o sólo es una costumbre de su país.

Me vuelvo a escuchar decirle al policía luxemburgués, en alemán.

Pero en este momento, yo ya me estoy dirigiendo a la puerta de salida del aeropuerto.

La cámara me enfoca en mi camino a París. Ella lo graba todo. Creo que fue en tren. Debo llevar embutidas en mi bolsón de marinero todas mis pertenencias, menos mis libros, que he tenido que dejar en Lima. Creo que tuve que esperar a Petete, hasta que se comprabara que no se trataba de un asunto de drogas.

Creo que tuvimos un buen viaje de allí hasta París. Creo que nos olvidamos de comer por la emoción. Creo que creo. Ya no lo sé. Ni siquiera sé cuánto duró el trayecto hasta la Ciudad Luz, ni si me las pasé pegado a la ventanilla del tren. Simplemente no me acuerdo. Ya no lo sé. No me lo pregunten.

Ya lo he olvidado.

22 años no pasan, así no más, en vano.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, 12/13-06-2007

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2 comentarios sobre “22 AÑOS EN EUROPA (Continuación)

  1. Qué buena crónica, la parte de las “medias novias” alemanas es cierta? por lo demás, 22 años no son pocos, una vida en realidad, ahora el Goethe I. está en Jesús María, y la “amabilidad” del trato en la embajada y en el aeropuerto son cosas del ayer… pero la única coincidencia, cuando te fuiste y ahora, el presidente del Perú era (es) Alan García.

    Rpta.: Gracias, Eduardo. El nombre de esta bitácora no es Cuaderno Inventable, es decir, Inventor. Son ciertas esas y otras historias más que ya no vienen a cuento. Interesantísimo, por otra parte, volver a revivir recuerdos emocionantes propios, cuya escritura ya había olvidado, sorprendiéndome a mí mismo. Gracias otra vez, también por eso. Debo imaginarme que también has pasado por el Goethe. Saludos cordiales. HjV

  2. Hola,
    de casualidad encuentro tu blog. He leído dos cosas de aquí, y esta “Zeitüberstellung” tuya me hace recordar a mi hace 3 años.
    Yo estoy estudiando al sur, BW, quizás con tiempo leeré un poquillo mas.
    Saludos,
    pp
    Rpta.: Cuidado que los estudiantes alemanes son bastante ‘rumberos’, pero estudian. Y esa esquizofrenia puede confundir. Saludos desde Colonia. HjV

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