REUNIÓN DE PADRES DE FAMILIA

Llego temprano a la reunión de padres de familia en el colegio de mis hijas.Una señora que dice conocerme, pero no recuerdo de dónde, y que después resulta ser la representante de los padres de familia, me abre una de las varias puertas que vamos a cruzar hasta llegar al aula en donde tenemos que reunirnos.

Mientras recorro los laberínticos pasadizos y la antojadiza arquitectura de la construcción que, después de casi diez años su renovación sigue sin ser terminada (¿quién paga el chiste de esa demora de años y cientos de miles de euros?, no es una broma, es un escándalo), me pregunto:

¿Quién construyó esto?

¿Bajo qué criterios?

Me propongo recordar que si alguien alguna vez me pregunta por una nueva profesión, voy a decir Constructor de Escuelas. Un profesional que dedique años de su vida a sumergirse en el mundo escolar, su psicología y sus necesidades, mientras va aprendiendo el arte –y la responsabilidad- de construir.

El o los que concibieron esta edificación han sido simples constructores, me digo.

Ayudado por nuestra representante logro encontrar el aula que ella ya conoce de memoria por otras reuniones.

Como he llegado con quince minutos de antelación por temor a no encontrar estacionamiento como la última vez –no soy el único: la mitad de los participantes ya está ocupando su lugar-, pregunto por el retrete.

Un señor en los cincuenta, pero que aparenta ya 60 años, me lo dice de tal manera que su descripción parece infalible. Pero, mientras habla, ya he descubierto lagunas en ella, algo que callo.

Los alemanes tienen fama de ser muy exactos en sus descripciones a la hora de describirte un camino, pero ya he descubierto que muchas veces se olvida esa ilusión, bah, qué digo, esa permanente imposibilidad del Mono Sapiens de poder ponerse en el lugar de la otra persona, en su cabeza, en su sentir o en su sufrimiento.

(Tendríamos, simplemente, menos miseria en el mundo si no fuera así.)

Encontrar el retrete me cuesta más tiempo del necesario, de tal manera que llego casi en punto a la hora de inicio de la reunión. ¡Ni siquiera había un letrero! Debido a las reformas que están haciendo, me imagino.

Para mi sorpresa, la reunión propiamente dicha recién se inicia diez minutos más tarde.

-Estimados padres de familia….-dice la profesora que dirige el encuentro, levantándose de su asiento.

La acústica es muy mala y vuelvo a pensar en esa nueva profesión que mencioné al comienzo.

Mientras la profesora o maestra empieza a hablar, varias voces femeninas continúan sus conversaciones al parecer sin importarles mucho que la primera haya empezado hacerlo.

Luego de un momento sus voces se apagan.

Soy de los pocos hombres en la sala. La reunión es a las 19 horas, de tal manera que nadie debería poder argumentar problemas de horario, pero las madres parecen ser las únicas verdaderamente interesadas en la educación de sus hijos.

La profesora nos dice que va a empezar con lo positivo. Se trata de un buen grupo. Es homogéneo y relativamente tranquilo. Positivo en muchos sentidos.

Lo malo. Muchos niños no respetan siempre las reglas y continúan hablando cuando ella empieza a hablar. También es negativo que nadie tenga notas sobresalientes en la clase.

-¿Cuál es la finalidad de estas reuniones? –le he preguntado a mi esposa antes de venir a esta reunión de padres de familia de la clase de mi segunda hija Marisol.

-Básicamente informativa –me ha respondido ella.

-¿No pueden enviarme un emilio? –le he preguntado.

-¿No te interesa la educación de tus hijos, ver cómo va todo y cómo se desarrolla?

Quiero responderle “Lo veo a diario”, pero comprendo lo que me quiere decir.

-También lo podría leer –le he dicho.

-Mira, allí tienes la oportunidad de dar tu opinión y participar. Eso también es importante.

Alguna vez leí que cuando en un examen hay demasiados desaprobados, la deficiencia no tiene que ser necesariamente de parte de los alumnos. Es algo relativamente lógico: si hay mucho desaprobados, entonces no han entendido la materia. Ha sido mal o insuficientemente explicada. O no han entendido el examen, que también suele ocurrir, por estar mal hecho.

-Perdón –levanto mi mano, en una pausa que hace la profesora, la señora Gierschenke, que es alguien que debe estar en los cuarenta como yo, tiene el cabello corto y teñido de rojo muy oscuro-. ¿Sería posible dar mi opinión?

-Claro, para eso estamos aquí –me responde ella, animándome.

-No sé si sea capaz de expresarlo en su idioma tan estrictamente como lo he pensado en el mío.

Es cierto. Lo he pensado en castellano y sé que ahora tengo que traducirme. Lo digo porque lo que voy a decir podría ser malentendido. Y sé que si tengo que traducirme y tener mucho cuidado con mi pensamiento, hablar en alemán no va a ser tan natural como ya normalmente lo es.

-Sé que puedo ser malentendido con facilidad –comienzo-, pero como soy extranjero en este país, ya estoy más o menos acostumbrado. Valga la advertencia.

Empiezo a plantear lo que quiero exponer. Doy vueltas, tal como lo estoy haciendo ahora, porque lo que quiero decirle es sencillo y claro, pero sé que puedo despertar falsos orgullos y ofenderla. Pero es mi opinión y mi esposa me ha dicho que puedo participar.

Lo que quiero decirle es que si ya con los adultos tiene problemas para hacerse oír, ya me puedo imaginar cómo debe ser de difícil con los niños. Si no sería mejor cambiar de metodología. No empezar a hablar si todos no se han callado, por ejemplo.

Mi experiencia personal y profesional me enseña que los niños saben respetar las reglas, siempre y cuando se sepan dar claramente, se den a conocer las consecuencias de romperlas y –el detalle- se actúa consecuentemente. En este último punto se suele fallar.

El mismo problema tuve no hace mucho como entrenador. Un par de chicas solían seguir conversando muy bajito mientras yo exponía algo.

-Si vuelve a ocurrir, me quedo cinco minutos callado –les dije.

En realidad era una solución un poco absurda, porque podría haber pasado que ellas tomaran esos minutos como una pausa para conversar. Curiosamente, me funcionó, y allí estuvimos mirándonos las caras todos en silencio durante esos largos minutos.

Lo bueno es que aproveché para dar una regla.

-Cuando estoy dando indicaciones o intrucciones no quiero que nadie me interrumpa. Nadie. Si alguien quiere intervenir, debe levantar la mano. ¿Está claro?

En un colegio el asunto no debe ser tan simple.

-¿Quiere poner usted en duda mi formación profesional, señor V.? –me contesta ella y me agarra desprevenido.

Veo que la he ofendido.

Una de las cosas bonitas que tiene escribir, es que eso no puede suceder.

Por lo menos uno tiene tiempo para reaccionar y, de ser preciso, prepararse. En la vida real, muchas veces no.

-¿En qué parte de su carrera profesional aprendió que una simple y puntual recomendación puede tomarse como una crítica al conjunto de ella? –podría haberle preguntado, por ejemplo, contraatacando.

-Lo siento mucho, señora Gierschenke, pero acabo de ser testigo de cómo muchas personas aquí presentes han seguido hablando a pesar de que usted ya había empezado a hablar. Me imagino que los niños se lo deben tomar aún con mayor libertad.

Peor.

Pero ya no tengo salida.

Quiero decirle que si va a estar tomando una simple crítica, consejo o proposición como una afrenta personal sólo estamos perdiendo el tiempo, pero no lo hago.

Todo esto me ocurrió el miércoles de la semana pasada. Ahora ya se me ha pasado el mal sabor de boca que me dejó el suceso aquél.

Pero en ese momento lo único que me salvaba de la horca es que había dicho todo con mi mejor voz, con esa que alguna vez me permitió trabajar como locutor y con la parsimonia de un profesor universitario, que no soy. No fue fácil conservar la figura al ver cómo cambiaba el color de su rostro con lo que le iba diciendo.

La tipa me interrumpió un par de veces, le pregunté aún más cortésmente si me podía permitir terminar lo que quería decir. Faltaba todavía el tema de los exámenes y las notas. Pero ya no parecía haber forma de que se controlara tan rápidamente.

-Siento que lo tome como una ofensa, pero si estamos aquí es para buscar soluciones y no estoy haciendo otra cosa que dar una propuesta –me estoy dirigiendo nuevamente a ella.

Cuando la representante interviene para decir que no es mi intención poner en tela de juicio la profesionalidad de la profesora y yo ya estoy dispuesto a decir que por qué no, que si partiéramos de que todos hacemos nuestro trabajo a la perfección y sin errores, no tendríamos por qué estar sentados aquí, suena mi celular.

Como he olvidado apagarlo y no puedo rescatarlo tan rápidamente como quisiera del bolsillo de mi pantalón, tengo que levantarme para hacerlo y pedir disculpas en una misma pincelada. En la pantalla veo que es mi esposa.

-Quedó en llamarme en caso de emergencia –digo, sonrojándome, y pido permiso para abandonar la clase.

-Tus hijas no se han aparecido todavía –escucho decir a quien me ha salvado de la situación. Por un momento no sé de qué me está hablando.

Entonces recuerdo que se han ido por primera vez en bicicleta a la piscina de un pueblo cercano junto con una amiga.

-Ya llevan una hora de retraso.

Repaso en mi mente. Mis hijas no suelen hacer cosas así. Repaso la constelación. Pero están con una amiga que puede haber hecho de catalizador en ellas. Y viceversa. Esas cosas normales de los niños.

-¿Puedes venir enseguida y buscarlas en el automóvil por aquí por los campos, por favor?

El susto repentino me hace olvidar dónde estoy y por qué, pero no lo que acaba de ocurrir. Mi intento de buscar solución a un problema concreto ha sido tomado como una afrenta personal.

Regreso al salón y digo en pocas palabras qué sucede. Ruego disculpas. Antes de partir me dirijo expresamente a la profesora:

-Sé apreciar el trabajo de los docentes. Siento mucho no poder haberlo transmitido tan claramente como me habría gustado.

No me contesta. Agradezco que las miradas no maten.

La tardanza de mis hijas resultó ser una chanza suya, un experimento. Para ver qué pasaba. No ver televisión hasta fin de mes, es lo que ha pasado. Se han ganado esa prohibición.

Pero los gestos de la profesora no se me van de la cabeza.

No quiero imaginarme ahora cómo trata a sus alumnos cuando desean dar su propia y abierta opinión.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, sábado 16-06-2007

One thought on “REUNIÓN DE PADRES DE FAMILIA

  1. He leido la publicación porque aún siendo maestra me resulta un tanto frustrante tener que hablar con padres y más porque coincido con la cuestión ¿para qué una reunión? si es evidente en mi caso ver como los padres solo van escuchan, miran el reloj constantemente, firman carpeta huyen los apresurados mientras aquellos inconformes con los resultados esperan a que se retiren los demás para que les aclare de maenra PRIVADA y específica sobre sus hijos…me pregunto entonces ¿dónde está lo hablado en las reuniones anteriores?
    En fin, creo que es básico hacer una distinción los niños es cierto respetan reglas, pero no lo hacen por periodos largos o por voluntad, a fin de cuentas son imposiciones que limitan su interés personal, comunicar sus experiencias, ponerse de acuerdo o aclarar a un compañero algún tema. Mientras que un alumno de mayor edad asiste a clase con un propósito definido.
    Bueno me corto un poco solo para decir que una reunión es principalmente para informar acerca del mejoramiento que pueden llegar a tener sus hijos en un periodo de tiempo. Basado en ello se pueden tomar acuerdos para modificar o continuar realizando acciones que permitan el desarrollo de habilidades, capacidades y actitudes de los niños escolares. Dichas acciones son consensadas para que TODO padre de familia que lo considere a bien, lo ponga en práctica, aunque tristemente he de contarles que no sucede así.
    …es cierto hace unos años no se necesitaba la ayuda de los padres para educar, pero las escuelas y sobre todo los maestros eran tratados con respeto y muchos por miedo solían memorizar conocimientos. Así mismo existía el padre que realmente revisaba trabajos de tal manera que se presentaban con claridad, orden y sobretodo calidad…ahora los cuadernos son maltratados, deshojados y repasar para una evaluación no son tomados en cuenta, ps no tienen por dónde. Y si por casualidad a un maestro se le ocurre exigir calidad es acusado por los padres de exagerados y son descalificados ante los hijos, quienes terminan por no prestar atención al entrar en el dilema de quien tiene la razón o el que les permite omitir una corrección.
    Afortunadamente los padres si callan cuando inicio la reunión, el problema es que no colaboran en su totalidad jajaja
    no ven que los maestros no somos santos por tanto no es lo nuestro hacer milagros y la ayuda conjunta si podría generar grandes éxitos en lo que más aman, sus hijos.

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