APRENDA MECANOGRAFÍA (EN ESTA ERA)

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Este era un reclamo o anuncio publicitario muy común en mi época de estudiante: Aprenda mecanografía.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Parado en una esquina esperando la línea 73 –los verdes– en dirección a la U.N.I. y leyendo los carteles publicitarios clandestinos de las paredes.

Estoy hablando de finales de los años 70. ¿La ciudad? Lima, la horrible. (Mi desesperadamente extrañada Lima. Mi queridísima Lima Limón. La del Cielo Color Panza de Burro, marca registrada.)

Entonces, llevábamos en la universidad un curso de informática, en el que nos servíamos de unas tarjetotas perforadas y perforables de la casa IBM. Y la máquina computadora era del tamaño de un órgano de una catedral o de una iglesia mayor.

Estoy hablando del siglo pasado, sí, pero apenas de finales de los años setenta y comienzos de los ochenta.

Los muchachitos de ahora lo tienen fácil.

¿Muchachitos? ¡Qué digo! Mi hijo José Antonio de dos años y medio ya sabe cómo hacer para ver su video favorito de la serie Tractor Rojo en esta portátil desde la que esto escribo.

Mis hijas, de 11 y 12, entran a la otra computadora que tenemos aquí en este cuarto de trabajo y zas, zas, pum, pum, ya tienen su monografía sobre el tema pedido –impresión incluida- en menos de una hora.

Nosotros, en la universidad, teníamos que aprender a programar la computadora u ordenador para que cumpliera las funciones que deseábamos.

Pro-gra-mar.

No estoy hablando de aprenderse un algoritmo más o menos complicado, y luego a probar, como se hace ahora con todo. Sin ningún temor, más o menos. (Salvo a los virus.)

¡¿Probar en esa época?! Bastaba cometer un par de errores entonces para poner en juego todo un semestre de estudios.

Y para poder programar, lo que uno hacía, tenía que tener pies y cabeza, aparte de lógica.

Hoy veo que cualquiera puede ser experto en computadoras. Me hace recordar a los expertos sentados de fútbol. También llamados de sillón.

Curiosamente, casi nadie sabe escribir a máquina hoy en día. Mecanografiar. De tal manera que todavía podría ser un buen negocio ofrecer ese curso del que hablaba al comienzo.

No es difícil. Ya no hay que gastar papel ni tinta como antes. Y los errores ya no se corrigen con tipex. Tampoco es complicado el aprendizaje.

Mi hija mayor consiguió aprenderlo en apenas dos días. Después de dos sesiones de ejercicios de dos horas (con los ojos tapados por mí) ya podía escribir a ciegas y con los diez dedos. Lentamente, pero para eso está la práctica, después.

Lamentablemente, dice que sus amigas la quedaron mirando raro y, por ahora, no lo quiere usar. Y allí está, la pobre, dándole con dos deditos al teclado como un pianista con un solo dedo en cada mano.

Ni siquiera ya es una cuestión de prestigio.

Mensajes he visto de académicos y de gente con formación ‘superior’ que, yo pensaba, provenían de algún adolescente, por los errores, la composición y la particular ortografía mostrados.

Lo interesante es que hoy ya no puede existir ninguna disculpa.

Hasta hace pocos años escribir a máquina –a ciegas y con diez dedos- era algo exótico, reservado a las secretarias, principalmente.

Ahora el correo electrónico se ha hecho indispensable y lo será más aún en el futuro: no requiere papel, es o puede ser gratuito, es rápido y su manejo simple. Aquí en Alemania cada vez más dependencias del Estado lo usan. (Cuando quiero prorrogar el préstamo de algún libro, me basta enviar un emilio a la biblioteca municipal.)

Pero, no.

Otra vez el Mono Sapiens y sus grandes paradojas. Pero esta es sólo una más, insignificante. Nada comparada con la principal.

En la cumbre tecnológica de nuestra especie, ahora que bien podríamos encargarnos del Proyecto Tierra -pues tendríamos la tecnología, el dinero y los conocimientos para hacerlo-, el Mono Sapiens Mentirossisimus Violenticus Rapiñensis mira hacia otro lado.

Como los nuevos ricos: incapaces de poder mirar hacia el hogar de donde vinieron.

La historia de la máquina de escribir es peculiar.

Me imagino que muchos de ustedes –menores de cuarenta- no habrán llegado a ver esos monumentos vivos de la especie, marca Remington.

Yo tampoco.

No las recuerdo, en concreto; aunque sé a qué se refieren cuando hablan de esa marca.

En ‘mis tiempos’ las más famosas marcas eran Olympia y Olivetti, cuando ya las máquinas puramente mecánicas eran una rareza.

Fue mi niñez, ya, la gran época de esos armatostes eléctricos de casas como la IBM, Brother, la misma alemana Olympia y la italiana Olivetti, y otras más.

Pero en ellas el principio seguía siendo el mismo. Lo único que disminuía era el esfuerzo muscular de las manos.

(El paso triunfal de la computadora no tuvo piedad con Olympia. La firma alemana cerró sus puertas a comienzos de 1990, después de una agonía que duró décadas.)

No mucho después, a comienzos y mediados de los ochenta, ya, hicieron su aparición una serie de máquinas que trataban de aliviar los pesados procesos de corrección y tachado, intercalando una pequeña computadora que retrasaba la impresión final.

Pero fue, todavía, la gran época del tipex: esa tinta que servía para cubrir todo de blanco, menos el alma y los pecados.

Hasta que llegaron las computadoras u ordenadores personales y todos los que escribíamos mucho, por la razón que fuera, respiramos aliviados.

El paso a estas máquinas compactas y transportables (llamadas primero laptop y después notebook, o, simplemente, portátil) (propongo plegable) no fue ya tan grande ni nada del otro mundo.

Pero los pasos de las primeras máquinas de escribir estuvieron plagados de muchos obstáculos.

Baste decir que la actual disposición del teclado -aún cuando varía de idioma a idioma sensible pero no fundamentalmente- debe su existencia a simples exigencias del mercado en un momento dado de la historia.

¡La disposición de las teclas no responde para nada a principios prácticos o ergonómicos!

Están donde están porque esa fue la primera solución que ofreció la industria a los ultrarrápidos mecanógrafos y mecanógrafas de entonces, cuya especialidad parecía ser la de atascar a grandes velocidades las patillas o varillas metálicas que impulsaban los tipos hacia el papel sobre el cilindro.

Así, debajo de los dedos principales, ahora, no están las vocales ni las letras que más se usan, sino las que menos problemas ocasionaban a las patillas de las pioneras máquinas de entonces.

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1682 puede ser el año en que vio la luz la primera máquina de escribir.

1715 es, sin embargo, el año de la primera patente expedida al inglés Henry Mill: Patente Real Nº 395.

Como no existen restos, dibujos ni planos del diseño o construcción de esta máquina, se supone que Mill recibió la patente sólo por su idea, algo no poco común en su época. Traduzco:

„Una máquina o método artificial para imprimir o copiar letras, individual o continuamente una tras otra como en la escritura a mano, de tal manera que el texto impreso sobre papel o pergamino es tan claro y definido que no se puede diferenciar de cualquier otro impreso normal”

La primera máquina de escribir de la cual se sabe que existió, funcionó y funcionaba, aunque rudimentariamente, fue hecha y patentada por el italiano Pellegrino Turri en 1808.

Fue la verdadera pionera en su campo.

La impresión se hacía por medio de papel carbón. De tal manera que Turri es también considerado el inventor de este papel, tan útil hasta no hace mucho tiempo para la humanidad.

La segunda patente, documentada históricamente, es la de un tal W.A. Burt en 1829 en EEUU. Pero su invento tenía más de tipógrafo.

El alemán Karl Drais, contemporáneo de Goethe, fue el primero en construir una máquina con teclado y que asignaba a cada letra, una determinada tecla. La hizo para ayudar a su padre a comunicarse, debido a que se había quedado ciego.

¡Así fueron los comienzos de esta máquina que ha permitido, silenciosamente, potenciar el avance de la ciencia y la tecnología, ayudando a la creación y la difusión de las ideas individuales y a poner las cosas y las cuentas claras en el papel!

(Si la humanidad se hubiera restringido a esos dos dedos percutores en los dos últimos siglos, seguiríamos, seguramente, como en los albores de la revolución tecnológica, cuando creíamos que ver televisión en blanco y negro era lo máximo y escuchar música de un aparato del tamaño de una maleta de viaje por barco, algo parecido.)

Pero ese será ya tema de la siguiente página (o una de las siguientes, quién sabe) de mi bitácora y la continuación de ésta de hoy.

La desgraciada vida del barón inventor, o algo así, se llamará. Dedicada a ese alemán febril, Karl Drais, que fue autor de varios inventos aparte del citado, que también fue perseguido en vida por declararse ¡demócrata! y que murió pobre.

olivettivalentine0105.jpg

Yo sigo esperando que salga al mercado una máquina básicamente para escribir y realmente pequeña. (Arriba una antigua Olivetti portátil y totalmente mecánica.)

Como soy de los que detestan cargar bultos y tener muchos bolsillos –no voy con la moda, lo siento-, tendría que ser verdaderamente portátil.

He probado algunos de los modelos actuales y ninguno me satisfizo hasta ahora.

Digamos que estaría dispuesto a soportar los mínimos tamaño y peso disponibles en el mercado. Lo malo es que entonces el teclado es diferente –más pequeño- y ya no permite la escritura tan rápida. Tal vez sólo sea cuestión de costumbre.

Busco una máquina actual, para gente que la necesita básicamente para escribir.

En verdad, lo que me imagino para el futuro es lo siguiente:

Una especie de teclado deplegable o enrollable, que podría ser de látex o de una goma parecida. O una lámina. Algo que se pudiera plegar con facilidad y no sufriera con esa manipulación.

El problema de la pantalla lo resolvería el celular, que sería una minicomputadora en sí, de usos múltiples.

(Yo aquí lo bautizaría ahora mismo como oCel. Con la o de omnipotente.)

El oCel sería capaz de proyectar la pantalla virtual sobre cualquier superficie, incluso en el aire. Al tamaño que se desee, con los caracteres que pida la imaginación y la posibilidad de alterar contraste, brillo y definición al gusto.

El teclado estaría conectado al oCel por vía infrarroja o algo similar.

(Todavía es temprano, lo sé. El papel, la pantalla, en blanco, aguanta todo.)

Así, aquellos a los que nos gusta o necesitamos escribir, sólo tendríamos que agregar un solo adminículo más a nuestro bagaje o equipaje.

Como soy de los antiequipaje, o antibultos, propongo finalmente que ese teclado plegable como una lámina flexible, pueda guardarse dentro del oCel.

(Mi idea llega muy tarde. Vean la fotografía arriba: un teclado virtual de Virtual Devices.)

Pero creo que el futuro de mis hijos va a ser teclear directamente sobre sus propios muslos. Sobre microsensores-transmisores adheridos invisiblemente a la piel.

No crean que estamos muy lejos.

Y la idea se me acaba de ocurrir en este momento. (La idea del celular que proyecta imágenes sobre alguna superficie ya no sería nueva, como muestra el invento de Virtual Devices. Lo que aún no se ha inventado, es un oCel capaz de hacer proyecciones en el aire.)

¡A la oficina de patentes!

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, jueves 21-06-2007


P.D.: Acabo de descubrir que ya se ha empezado a trabajar en esa tecnología, aunque todavía está en pañales. ¡Qué alivio! Fuera de bromas, el terreno es interesantísimo y las posibilidades de uso al estilo de la ciencia ficción no son pocos. ¿Una idea? Conferencias virtuales en tres dimensiones y a tamaño natural con alguien que está en otra parte del mundo, se me ocurre en este momento. O clases magistrales a distancia, con pizarra virtual incluida. ¿Otro uso? Para asustar al vecino. O a alguien que no te cae bien. Lo malo es que ya sé que también puede tener muchos usos bélicos. El Mono Sapiens, como siempre. (Y lo del teclado virtual no lo veo tan fácil. La ventaja de tener una lámina de cierto mínimo grosor, es que ayudaría a reconocer la posición de las teclas por contacto. En la versión virtual, las manos tendrían que mantenerse en una posición bastante rígida para no cometer errores. Aunque, seguro, todo sería una cuestión de costumbre, como casi siempre.)

http://www.tendencias21.net/Producen-imagenes-de-tres-dimensiones-que-flotan-en-el-aire_a882.html

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9 comments

  1. Mensajes he visto de académicos y de gente con formación ‘superior’ que, yo pensaba, provenían de algún adolescente, por los errores, la composición y la particular ortografía mostrados.

    Prueba de eso —>”como se hase este experimento porque esta cjhido”
    —-
    No aprendió la lección? bueno muy interesante y gracias por hacerme recapacitar en cuanto a lo que escribimos en internet y más en el chat.

    Gracias a ti por tu comentario, Armando. Saludos. HjV

  2. Tengo al rededor de 35 años. Mí generación en Argentina llegó a conocer las viejas Remington en las aulas. Sin embargo esto fue una época aislada porque la generación anterior (con alguna justificación) y las posteriores (prácticamente sin ninguna justificación) las únicas Rémington que conocen son las que se consiguen y se usan en las calles: Rémington de 6 luces, mucho plomo y cada vez menos sentido.

    Muy buen post. Saludos.

    Rpta. No entiendo eso de las 6 luces, pero eso de que se sigan usando en las calles me parece fascinante. Como de otro siglo (en realidad lo es), visto desde la perspectiva de aquí de Alemania. Saludos. HjV

  3. Parece que usé un término demasiado regional. Paso a explicar: Rémington, no sólo fabricó máquinas de escribir. También fabricó fusiles y revólveres (en la jerga rioplatense un “seis luces” es un revolver, en referencia a los 6 disparos que carga).
    Ahora sí, con la aclaración regional pertinente, te invito a releer el comentario sin desilusionarte.
    ¡Saludos!

    Nota1: Por supuesto que aquí ya no se ven máquinas de escribir más que en los museos. ¡Aunque estés en Alemania no pierdas la perspectiva sobre latinoamérica!

    Nota2: Mi comentario en realidad iba más en referencia a la tapa del libro de Walsh que publicaste en el post.

    Rpta. Ahora sí, Chabat. ¡Me habías dejado en bolero, che, mirá! Gracias mil por la aclaración. Seguiré tu consejo. Saludos. HjorgeV

  4. ¡QUÉ BONITA HISTORIA…!→y pss si es es cierto eso
    pero pss no hay que recordar el pasado pasado no?→♥
    y pss sí, se sacó un 10 el creador de esta historia y espero que sea basada en la vida real…
    ☼↓
    …..!

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