UNA HUMILDE PERO REVOLUCIONARIA MÁQUINA

 

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A la máquina de escribir no se le reconoce el verdadero y gran valor que le corresponde en la historia de la humanidad.

Sucede con muchos inventos y descubrimientos. Una vez que son tan conocidos y usados, y pasan a formar parte de la rutina diaria, se convierten en triviales.

Nos sucede con las cosas y las gentes.

Recién cuando perdemos un bien o alguien importantísimo en nuestras vidas y que -tontamente- creíamos perennes, nos damos cuenta de cuán ciegos habíamos sido.

¿Por qué habría de ser de otra forma con tantos importantes descubrimientos humanos, como la humilde máquina de escribir?, me pregunto ahora.

Ella fue al mundo de las comunicaciones y los negocios, lo que la locomotora a los transportes y al comercio, en su tiempo.

Bien visto, si la actual gran revolución tecnológica y cultural se debe a las computadoras y a internet, la última, hace siglo y medio atrás, se debió a la humilde pero revolucionaria máquina de escribir.

Hay que poder imaginárselo.

Consideremos el pensamiento humano.

Nos parece algo tan natural (además, es gratis), que solemos olvidar que es, precisamente, la capacidad de pensar, la que nos define y diferencia como seres, como los monos pensantes que somos.

Sin pensamiento, seguiríamos viviendo salvajemente (todavía lo hacemos en parte, a pesar de nuestras ropas, nuestra educación y adelantos tecnológicos) libres en la naturaleza.

Cuando el Mono Sapiens aprendió a escribir, dio un paso gigantesco en la evolución: se iniciaban la civilización y la cultura. (*)

La historia del pensamiento humano es, también, la historia de su registro y de su difusión.

La escritura –su registro– significó un gran salto cualitativo en el camino del hombre. En muchos sentidos.

No es, pues, lo mismo decir que alguien dijo tal cosa –deformando casi inevitablemente el original-, que mostrar sus palabras escritas.

Pero no bastaba con la escritura.

Faltaba la difusión de lo que ella encarnaba: poder llevar –con facilidad- a otros lugares la palabra del hombre. Sus pensamientos, sus conocimientos, sus sentimientos, sus órdenes y noticias.

De nada -o poco- valía tener el pensamiento escrito sobre, vamos a decir, una gran piedra o sobre pesadas tablas.

(Recuérdense, por ejemplo, las Tablas de Moisés, que eran de piedra y contenían los Diez Mandamientos cristianos, y reconózcanse ahí los inicios de la religión cristiana actual. Después va a ser el invento de la imprenta el mayor motor de su propagación por el planeta.)

Más tarde -o más temprano- el hombre descubriría el papiro y luego el papel. Ese fue un gran paso tecnológico, pero no uno verdaderamente importante.

El siguiente y verdaderamente importante lo constituyó la imprenta.

Se considera que las primeras técnicas de escritura humana tienen unos 6.000 años de antigüedad: 4.000 antes de nuestra era.

(Intentos más rudimentarios, como ideogramas y las famosas pinturas rupestres son mucho más antiguos, se entiende.)

Tuvieron que pasar, empero, unos 1.000 años más hasta el invento del papiro, el padre y madre del papel actual. Cito a la Wikipedia:

El papiro más antiguo conocido está en blanco, y se descubrió en la tumba de Hemaka, el visir del faraón Den, de la Dinastía I, c. 3000 adC, en la necrópolis de Saqqara.

Si consideramos como correcto el primer cálculo, entonces, tuvieron que pasar 5.500 años más hasta el siguiente descubrimiento verdaderamente revolucionario: la imprenta, del alemán Johannes Gutenberg en 1450.

Lo cual quiere decir que hasta el año 1449 los libros eran difundidos solamente a través de copias manuscritas.

Hay que poder imaginárselo: monjes y frailes dedicados únicamente a rezar y a copiar a mano, por encargo del propio clero o de reyes y nobles. O de quien pudiera pagarlo.

(Aquí es fascinante enterarse de que la mayoría de esos monjes eran simples copistas analfabetos. Algo que se hacía adrede, para evitar que se enteraran del contenido de los libros que copiaban. Esto explica en parte lo ilegible de la caligrafía antigua, especialmente de los títulos, adornados por esos monjes que desconocían que podían alterar las letras con demasiada pompa gráfica.)

(Una modalidad de imprenta, muy usada en toda la Edad Media para dar a conocer bandos, decretos y avisos oficiales en general, ya había sido descubierta en China un par de siglos atrás: la xilografía. Lo que Gutenberg inventó fue la tipografía propiamente dicha.)

Como un solo trabajo de un copista -un libro-, podía llegar a tardar hasta 10 años, Gutenberg apostó por rebajar el tiempo de impresión hasta la mitad.

Él desconocía que su cálculo era -positivamente- errado y que su invento conllevaría una gran transformación del mundo de entonces.

Hagamos un salto con garrocha histórica de unos 400 años. De cuatro siglos.

Los años que van de 1800 a 1899, el siglo XIX (valga remacharlo), recibieron a una humanidad ilustrada (al conjunto ‘adelantado’ de ella). A una que ya había dado -o estaba dando- una serie de saltos tecnológicos y culturales, pero que todavía no parecían servirle de ‘mucho’.

Se conocía ya la pila y el acumulador eléctricos. La luz y la energía eléctrica en general pasaban a usarse en la vida diaria. Se conocía la máquina de vapor y el ferrocarril. Las telecomunicaciones de entonces: el telégrafo y el incipiente teléfono. Los motores y el condensador eléctrico. La imprenta en colores. El hombre era un experto navegador.

Sin embargo, habiendo pasado 4 siglos desde el invento de la imprenta gutenberguiana, se seguía escribiendo todo tipo de original A MANO.

Los conocimientos científicos y tecnológicos, la literatura y la historia.

El tráfago documentario que requerían y requieren los negocios y el comercio.

Todo ello, se tenía que hacer a mano.

Con los consiguientes riesgos, dificultades y simples malentendidos que ese sistema conllevaba.

(El oficio de linotipista debía ser muy preciado en aquella época.)

 

Hasta más o menos 1850, entonces, la transmisión y difusión del pensamiento y del conocimiento humano, semejaba el juego ese de calcar la figura de un tigre consecutivamente por varias personas. Quien lo conoce o ha experimentado, sabe que la figura obtenida por la última persona poco se parece a un tigre.

(Para decirlo en términos populares, semejaba el juego del Teléfono Malogrado, como decimos en mi país, o Teléfono Descompuesto.)

Lo que digo es una exageración, claro, pero sirva para ilustrar históricamente esa época.


Entonces, hace su aparición en el mundo la Máquina de Escribir. (El primer ejemplar producido industrialmente, se puede considerar que fue una Remington, de 1874.)

Con ella, aparece la LEGIBILIDAD en todo tipo de documentos.

También, la mayor velocidad en su producción.

Cuando apareció la primera máquina de escribir, pocos –tal como le sucede a muchos ahora- fueron capaces de poder ver o adivinar su importancia.

Se revolucionaron los negocios y con ellos el comercio.

Aumentó enormemente la velocidad del intercambio de ideas e información.

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Periodistas, escritores, estadistas, profesores y negociantes abandonaron inmediatamente ese laborioso proceso manual de escribir rápido y cifrado (para no interrumpir el flujo del pensamiento), y de tener que descifrarlo o de volver a escribir todo más adelante, para sí mismos o para la persona encargada de pasarlo al papel o documento oficial.

El nuevo producto no solo les aliviaba el trabajo, contribuía también a la proliferación y al desarrollo de las ideas.

En menos de 50 años, el mundo (el adelantado, tal como ahora con internet: el primer mundo se aleja cada vez más, triste e irremediablemente, del mundo mísero) dio más pasos cuantitativos y cualitativos que en varios de los siglos anteriores juntos.

No creo equivocarme al afirmar, que la máquina de escribir fue uno de los inventos –sino el principal- más catalizadores de la llamada Revolución Industrial y de muchas de las revoluciones tecnológicas posteriores.

No por nada, una de las bases de las computadoras actuales la constituye el teclado de la desaparecida máquina de escribir. ¿Les parece exagerado decir base? ¿Se imaginan una computadora u ordenador sin él?

Sin este teclado sería imposible aprovechar el potencial y la rapidez que esconde esta armazón que está aún en sus inicios.

Claro que llegarán los tiempos en que la máquina pueda leer los pensamientos y se haga superfluo el teclado, por lo menos en cierta manera. Pero no creo que en muchas.

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La disposición de las teclas que ahora pulso terminando de escribir esta breve loa a la revolucionaria, humilde y ya desaparecida máquina (para muchos, como para mí, la computadora u ordenador no es otra cosa que una moderna máquina de escribir con más y mejores aplicaciones), no es –de lejos- la ideal.

Dudo que al Mono Sapiens se le ocurra alguna vez rectificar este error.

Se dice que el problema es el dinero.

Tontamente, la industria considera –como a comienzos del siglo pasado- que perdería dinero, si hubiera que adoptar una nueva disposición de las teclas de una computadora.

Personalmente, opino que el comienzo sería difícil, pero que una vez superado ese obstáculo, ocurriría una pequeña nueva revolución cultural, al ganarse mucho más gente de todas las actividades humanas para la mecanografía.

Me atrevo a decir que muchos empezaron a utilizar solo dos dedos, porque notaron enseguida que la disposición de las letras no es lógica. Es, en realidad, caótica, además.

La industria boicoteó a los primeros rápidos mecanógrafos y mecanógrafas, distribuyendo las teclas de tal manera que rebajaran su velocidad y con ella la frecuencia de los atascos de las varillas, patillas o palancas percutoras.

Lo mejor hubiera sido mejorar el producto en su momento. Regresar al principio lógico de “letra más usada, letra más a la mano”.

Pero ¿cuándo le interesó a la industria realmente el verdadero desarrollo humano?

Bastaría, propongo aquí -como un burdo ejemplo personal-, con distribuir las teclas alfabéticamente. Así, sería posible ubicar las letras de un solo vistazo, aún sin tener mayor experiencia con el teclado.

Cualesquiera de las inteligentes propuestas que ya tienen más de un siglo de antigüedad y que han sido sistemáticamente desoídas por la industria, bastarían para dar un paso adelante.

Habría mayor difusión de ideas, pensamientos, propuestas, sentimientos y mensajes en el mundo.

Aumentando la probabilidad de mejorarlo, entonces.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, viernes 22 de junio del 2007

(*) Según mi parecer, la agricultura forzó la aparición de la escritura primero, junto con la ganadería. Y ésta última la de las matemáticas, en su sección aritmética, inicialmente. Pero ese ya es otro posible tema de esta bitácora.

La primera fotografía muestra una de las primeras máquinas de escribir portátiles. La intermedia una evolución de la Remington. La tercera fotografía muestra un modelo ‘combinado’ de la Olivetti que pasó rápidamente al olvido.

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2 comments

  1. Yo tengo una máquina de escribir que parece ser mucho mas antigua que las ilustradas. Con base de terciado y tapa de chapa, escribe corriendo una palanca sobre la ranura correspondiente a cada letra, la que se baja para imprimir sobre una cinta. El tambor, un cilindro, contiene las letras en mayúscula y minúscula, las primeras con una palanquita de mano sube el tambor a ese efecto. Si alguien está interesado en saber más, escribirme con el titulo ” maquina de escribir”. Gracias, Eduardo.

    Rpta.: Hola, Eduardo: Suena interesante. Aquí el emilio para los interesados:
    kmwulff@gesell.com.ar

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