CASTILLOS: MAGIA Y LEYENDA (II)

El rey Luis II de Baviera (1845-1886), el constructor del mítico castillo de Neuschwanstein, no lo tuvo fácil.

Habiendo llegado apenas a los 18 años al trono, tuvo que enfrentarse a la gran expectativa general de engendrar un heredero real.

Para ello, se había comprometido con la princesa Sofía, quien era a la vez su prima y hermana menor de la -cinematográfica- emperatriz Sissi.

El único pequeño detalle que estorbaba a todo esto, era que a Luis no le gustaba Sofía. Ni siquiera otras mujeres.

Solo los hombres. 

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Aunque consiguió posponer el enlace varias veces, Sofía terminó cansándose y casándose después con uno de los condes que la cortejaban.

Luis, por su parte, se fue escapando cada vez más de la vida administrativa, hasta terminar refugiándose en su quimérico castillo de Neuschwanstein. Allí se entregó a sus particulares inclinaciones, de cuyas experiencias dejó constancia en un diario que desapareció en la Segunda Guerra Mundial.

Otra vez la guerra.

El gran mecenas de Richard Wagner, el rey que habría preferido serlo en un cuento de hadas, pasó sus últimos días en un sanatorio psiquiátrico, debido a la decisión del gobierno alemán de declararlo incapaz para gobernar.

Fue el Rey Loco, por excelencia. Pero, no por eso, menos humano. Un ser ansioso de escapar de la realidad de esta vida, para cambiarla por una de fantasía.

El 13 de junio de 1886 le pidió a su médico psiquiatra y tutor –quien justamente había firmado el certificado de su supuesta incapacidad- que lo acompañara a un paseo por el lago de Starnberg en Baviera.

A pesar de que Luis II era conocido como buen nadador, ambos fueron encontrados muertos por ahogamiento.

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Otros castillos como el de Burg Bran en Rumanía, mantienen su encanto pero debido a razones, vamos a decir, más bien sangrientas.

Un conde del siglo XV se hizo famoso allí por su sed de venganza: a sus enemigos los condenaba a morir por empalamiento (clavados por palos puntiagudos). Mentalmente alterado, es muy famoso hasta ahora -ya habrán adivinado- no precisamente por ser uno de los soberanos más brutales de su época.

Según el mito, como una forma de burlarse de sus enemigos muertos, bebía de su sangre, para hacerse inmortal.

Aunque los historiadores dudan de que el conde aquel, un tal Vlad III Draculea haya vivido en el castillo de Burg Bran en la localidad rumana de Snagov, los visitantes no dejan de percibir un claro escalofrío sobre sus espaldas cuando ingresan a él.

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Los castillos no tenían que estar necesariamente en un lugar geográficamente casi inaccesible, es decir, muy bien resguardado. Eso dependía de la época y de las características político- económicas de la región en cuestión.

El palacio de Versalles, por ejemplo, no parece poder concurrir –por fuera- ni con la construcción de ensueño del castillo bávaro de Neuschwanstein ni con el draculesco Burg Bran. En cambio, aquí durmió durante mucho tiempo María Antonieta y cualquier princesa de cualquier cuento de hadas no habría tenido nada en contra de esperar por los siglos de los siglos a su príncipe allí, según reza un dicho alemán.

Se dice que el rey Luis XIV miraba con envidia el palacio de su ministro de Hacienda, un tal Nicolas Fouquet.

Cuando éste terminó en la cárcel, el rey encargó a los dos mejores arquitectos de la época –Charles Le Brun y Andre La Notre- la construcción de lo que debía ser su pabellón o palacete de caza, cerca del mercado de Versalles, allá por 1661.

Versalles era una localidad vecina a París que él había escogido para mejor atender a sus numerosas amantes lejos del tráfago de la Ciudad Luz.

El número y el capricho de sus amantes habrían sido los determinantes en el desarrollo arquitectónico del palacio; gran ejemplo, por lo demás, de extrema decadencia humana.

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La lista de castillos europeos que aún se mantienen en pie y en buen estado de conservación es relativamente corta.

A unos 25 kilómetros al sur de San Petersburgo se encuentra, por ejemplo, el Palacio de Catalina I (zarina de Rusia de 1725 a 1727), portento de arquitectura y jardinería que alguna vez fue sede de los zares rusos.

Este palacio fue saqueado durante la Segunda Guerra mundial por soldados alemanes. Por esas cosas –en este caso, buenas- que tiene el destino, en el 2003 su reapertura fue inaugurada conjuntamente por Putin y Schröder, presidentes de Rusia y Alemania, respectivamente.

La edificación palaciega se compone de varios unidades, la mayor de las cuales tiene una longitud de casi 350 metros. El Salón de Ámbar del palacio (foto inmediata superior), ahora reconstruido, es considerado por muchos como la Octava Maravilla de Mundo.

(La decimoséptima tendrá que ser ahora, teniendo en cuenta las flamantes llamadas maravillas modernas.)

Los paneles de ámbar que recubrían esa sala fueron ‘confiscados’ por los nazis, encontrándose en paradero desconocido desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Este capítulo de la historia de los dos países ha llegado, incluso, a ser tema de una novela: El salón de ámbar de la escritora alicantina Matilde Asensi. Libro con muy mala crítica, por lo demás, y que no conozco.Anzeige

Lo más probable es que esos paneles, hechos del ámbar que abunda en el Mar Báltico, hayan sido víctimas de un incendio ocurrido en Königsberg, ciudad hasta donde habían sido transportados por los nazis.

El mito y la leyenda –grandes necesidades del Mono Sapiens- se solazan cada cierto tiempo en este tema. Se dice que cazadores de tesoros artísticos no dejan de perseguir sus huellas.

En 1972, artistas rusos iniciaron la reconstrucción del Salón de Ámbar en base a viejas fotografías en blanco y negro de los referidos paneles, que, ahora, nuevamente, pueden ser apreciados en el Palacio de Catalina.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, martes 17-07-2007

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