POSTALES DE ALEMANIA: Economía, salsa y tacañería

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Acababa de leer hace apenas unas semanas que los índices económicos de este país habían mejorado mucho más de lo esperado, cuando ahora de otras fuentes empiezan a llegar ciertas voces de alarma.

Se dice que si el gobierno no toma las medidas pertinentes, la próxima crisis económica puede ser muy grave.

Por ahora todo parece ir bien.

Sí. La economía alemana, parece haber salido de esa marcada depresión en la que estuvo estancada desde la introducción del euro en el 2001 hasta, vamos a decir, comienzos de este año.

Me atrevo a afirmar que el punto más bajo se alcanzó el año 2005, cuando se batió la marca de negocios declarados en bancarrota y la de hogares endeudados hasta el cuello.

Algo que no se había visto nunca en este país.

Para el que no lo sabe –y es difícil imaginar esa contingencia-, Alemania quedó destruida al final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945; guerra que la misma Alemania Nazi de entonces había provocado con la invasión de Polonia en 1939.

Muchas ciudades quedaron casi completamente destruidas por los más que inhumanos bombardeos aliados a la población civi. Colonia, esta ciudad, por ejemplo, quedó destruida en un 80%.

Como se trataba de los nazis –hoy en día son los llamados ‘terroristas’ los objetivos- valía todo.

Tanto, que hoy mismo, por ejemplo, los mayores atentados -también verdaderamente terroristas- de la historia (las bombas lanzadas a Hiroshima y Nagasaki) se siguen recordando apenas como meros incidentes de esa guerra, en la que murieron 60 millones de personas y catalogada como la peor de toda la historia de la humanidad.

(La inmensa mayoría de ellas civiles. Creo que ni siquiera tendría que haberlo mencionado.)

Pero esos son hechos que pertenecen a otro capítulo, tema o historia, y no hay cosa que yo deteste más que estar mezclándolo todo.

¿Cómo es posible que un país carcomido moralmente durante muchos años por un régimen fascista, sádico, inhumano y demente, apenas un par de décadas después ya estaba dando muestras de haberse recuperado muy bien?

Hay muchas teorías al respecto.

Una de ellas dice que, enfrentado este país a los monstruos de su pasado reciente, no le quedaba otra cosa que suicidarse o entregarse de tal manera al trabajo, que no le quedara tiempo ni fuerzas para pensar en ese pasado.

Según esa teoría, el llamado Milagro Económico Alemán, es un resultado de la ‘aplicación ‘masiva de eso que en el psicoanálisis se llama represión, y que consiste en relegar al inconsciente aquello que no nos gusta, nos atormenta, queremos ignorar o simplemente no nos deja vivir.

Algo tiene que tener de cierto eso.

Al llegar yo a Colonia, hace ya 22 años, no tenía para nada en cuenta todo esto.

No sé si ya lo he contado aquí. Pero al pasar de Francia a este país, me había imaginado encontrar una Alemania que me había forjado mental o idelamente, a partir de los alemanes que había conocido en el Perú y de las experiencias que había recogido en mi primera y corta estadía aquí, unos tres años antes de venirme definitivamente a Europa.

Acompáñenme en una de mis primeras noches aquí en esta ciudad.

Imagínense que es domingo, es invierno europeo, hace un frío de miedo (esa vez los termómetros bajarían hasta los 18 grados bajo cero) y me están acompañando al único lugar que ofrecía música latina entonces.

Se llamaba Souterrain; un subterráneo, sí.

Un bar para estudiantes que ya no existe y que tenía en su parte posterior una discreta y pequeña sala para conciertos provista de un diminuto escenario.

Me habían contado que allí se podía bailar salsa los domingos.

El lugar no era propiamente una discoteca, pero me habían garantizado -también- que allí se podía bailar ritmos latinos. Y era cierto. ¿Desean acompañarme? Para eso les recomiendo traer un buen machete o unas buenas y largas tijeras para cortar el humo del ambiente y poder avanzar.

¿Esto es una discoteca?, fue lo primero que me pregunté.

Desconocía que existía una gran fracción de estudiantes sin muchas ganas de estudiar, progresistas o alternativos para más señas, en o por encima de los treinta y con los medios económicos para fumar y beber más o menos todos los días, y que parecían dedicarse a discutir los problemas mundiales y los más acuciantes del país como actividad principal.

Ese era el público de la parte anterior y primera del bar.

Al fondo del local, en el ambiente que a veces acogía conciertos de bandas desconocidas, sonaba música africana cuando entré por primera vez.

No recuerdo, entonces, haber visto a ningún latino.

O tal vez no presté atención a eso, de lo asombrado que estaba de encontrarme con música -netamente- africana y no con salsa, que era la información que tenía.

Media hora después, cuando ya estaba por retirarme vencido, llegó Héctor Lavoe y su Triste y vacía, que se convirtió en mi himno por ese entonces. Le siguieron piezas que de salsa tenían muy poco. Pero qué más daba ya.

El público que bailaba, y que era el minoritario, estaba conformado principalmente por mujeres. Estudiantes todas.

Al resto de los presentes allí, rodeando la pista de baile, tienen que imaginárselos observando las piruetas de algunos y moviendo discretamente la cabeza y la parte superior del cuerpo de izquierda a derecha.

El asunto era divertido.

El solo hecho de estar a miles de kilómetros de mi país y escuchar lo más parecido a la música que en ese entonces mis compatriotas debían estar escuchando parcialmente al otro lado del Atlántico, era ya todo un acontecimiento para mí.

Y allí le daba yo al baile, sin importarme si lo que hacía o trataba de hacer, más tenía de gimnasia terapéutica que de otra cosa, porque había que estar evitando las pisadas a cada momento.

A la primera chica con la que logré urdir un par de pasos más o menos decentes, y que me gustaba, le pregunté si tendría ganas de tomar algo en la barra conmigo, visto que había acabado la media hora de salsa y ahora le tocaba el turno a los ritmos africanos por espacio de treinta minutos. Eso me lo había explicado ella, entre paso y paso. Es decir entre salto y salto.

-Claro –me respondió, sin mirarme a los ojos.

La verdad, entonces me sentía tan necesitado de compañía femenina, que pasé por alto ese detalle.

¿Si no quería acompañarme a tomar una cerveza, una copa de vino o lo que fuera, por qué carajo no me lo decía? ¿Por qué tenía que resignarse a hacer algo solo porque su pareja de baile se lo pedía?

Ya en la barra, le pregunté cómo se llamaba –algo que no entendí por el fuerte ruido ambiental- y también si me aceptaba una cerveza.

Me dijo que no.

Que ella misma se la podía pagar.

No dije nada. Creo que hay circunstancias tan duras para un hombre, que explicarlas demasiado les puede hacer perder su verdadero sentido.

Acepté perder, tomé el asunto deportivamente y me acerqué sin chistar a la barra donde se expendían las bebidas. Cogí mi copa, pagué y regresé -ya solo- al ambiente del fondo.

Esa primera noche no me atreví a bailar con nadie más.

Recuerdo que estuve allí parado, como un observador más pero anulado, apoyado contra una de las columnas del lugar, macerando mi melancolía con cerveza y los pocos cigarrillos que entonces también fumaba.

El domingo siguiente llegué dispuesto a hacer algo que ya había visto que hacían los alemanes: bailar solo.

Le tomé tanto gusto al asunto, que conforme pasaban los domingos me fui acostumbrando a bailar solo o a sacar a bailar a alguien, para luego despedirme e irme a la barra a tomar algo y a esperar la siguiente media hora salsera.

Era noviembre o diciembre y salir un domingo de noche tenía una especie de encanto masoquista por aquello de las calles vacías y especialmente frías de ese invierno con nieve. La aventura de salir totalmente sudado del lugar, aunque bien arropado, para subir a la bicicleta como todos los estudiantes y pedalear hasta donde vivía, era parte del encanto de esa época.

Creo que fueron unos dos meses así. Hasta que conocí a la que sería mi primera chica.

Se llamaba B. y aunque no sabía bailar salsa, se las arreglaba de alguna manera bastante elegante para disimularlo.

Hagamos aquí un corte.

Lo que yo no sabía era una larga lista de cosas.

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Ignoraba que cuando a una alemana le gustas de verdad, puede coger una timidez tan tremenda que luego no hay forma de quitársela.

Ignoraba que es muy mal visto en este país no pagar uno mismo por su propia consumición (en un lugar público). Seas hombre o mujer.

Lo supe mucho después, y cuando me enteré estuve riéndome mucho y con especiales ganas recordando esos tiempos del subterráneo y las chicas que no aceptaban que les invitaras a nada.

Yo había tomado ese gesto como desprecio hacia mi persona y, después, como expresión de ese afán tan alemán por ser correctos, y que es una de las razones por las que me he quedado en esta mi segunda patria.

Las chicas salen solas en este país y se pagan ellas mismas lo que consumen. Aún las parejas fijas, después de años, mantienen eso de las cuentas separadas.

Pero ahora ya sé también que se trata(ba) de pura tacañería.

Y ese es un tema del que me quiero ocupar pronto.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, jueves 19-07-2007

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Un comentario sobre “POSTALES DE ALEMANIA: Economía, salsa y tacañería

  1. tu nazi chica aleman loca …yo fraso-FF patagon vs. aleman-SS guerra mundial de 2015 año final las peleas alemania tambien ..jaajaaaaa

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