JORSCHE DIGAH: EL TIEMPO TIENE MÁS LETRAS (relato) (I)

Suena el teléfono.

No puedo encontrar el bendito acorde que me falta y el inesperado timbrazo del teléfono consigue sacarme de quicio.

-¿Diga? –pregunto, fastidiado, olvidando, como siempre, que debería decir mi apellido para seguir las costumbres de este país.

Pero sucede que cuando suena el teléfono, uno no está mentalmente preparado para pensar en esas cosas. Y menos si falta el único acorde que queda por buscar. De un par de los hallados tampoco estoy muy seguro.

-Habla el doctor Müller del Hospital Universitario –me dice una voz en alemán que suena a muchos libros leídos. Creo reconocer un acento del este, de la antigua Alemania Democrática.

-Hablo yo –le digo, simplemente por molestar.

La llamada me ha molestado a mí, también, y le devuelvo la pelota al extraño. Me ha interrumpido en mi trabajo musical. Se trata solo de una afición, pero para mí es un trabajo. Y respetable, además.

No me ha interrumpido realmente, porque igual había llegado a un callejón sin salida, pero considero que el teléfono es como una parte de una persona. Sobre todo si esa persona, como yo, vive sola y se trata de una conexión privada. ¿Y a quién le gusta intromisiones no advertidas ni anunciadas en la esfera privada?

Además no sé por qué diablos tendría que estar llamándome ningún doctor de ningún hospital a ninguna hora.

Echo un vistazo al reloj de la pared de la estancia principal del departamento. Son más de las diez de la noche.

Empiezo a sospechar que se puede tratar de una llamada profesional. Intento calmarme.

-Disculpe, señor Digah –dice, más razonablemente ahora, la voz cultivada al otro lado de la línea-. Sé que es tarde y que lo estoy interrumpiendo en su vida privada.

Lo había dicho: una persona culta.

-Dígame en qué lo puedo servir y tal vez así podamos avanzar un poco –remacho yo.

-Se trata de un joven peruano. Está aquí a mi lado y la verdad es que no sé qué es lo que quiere. Al parecer tiene un problema grave pero no habla nada de alemán. ¿Usted es traductor o intérprete, no?

Por un momento quiero preguntarle cómo diablos consiguió mi número telefónico, pero luego lo olvido y paso a interesarme por el asunto por el cual me está llamando.

-¿Sería posible que hable directamente yo con la persona en cuestión? –le pregunto, tratando de pensar en forma práctica.

-Señor Digah –me dice una vocecita masculina al teléfono, momentos después-. Venga en cuanto antes, señor. Es una cosa de vida o muerte, se lo ruego, señor.

No le hago perder más tiempo y le pido que me vuelva a pasar con el doctor Müller.

Antes, me siento tentado de preguntarle si conoce mi tarifa como traductor e intérprete, pero no lo hago. Muy rara vez he tenido –verdaderos- problemas con ello, así es que no suele preocuparme mucho el asunto.

Si Alemania tiene un par de encantos, ese precisamente es uno de ellos.

Müller me da la información que necesito para llegar hasta donde están. No es difícil. Conozco muy bien el lugar. Allí nació mi hija Mona, hace ya casi cinco años. Mi hija a quien apenas he podido ver en los últimos meses y a quien mi esposa, prácticamente, la mantiene secuestrada.

Es una historia larga esa, demasiado acongojante para mí, como para estar machacándola en mi cabeza continuamente.

Baste decir que mi ex esposa se vale de su gran popularidad como presentadora de televisión, para eludir la ley e impedirme cumplir mi derecho a ver a mi propia hija. Ella es la que tiene la fama y el dinero. Es decir, los contactos necesarios y los mejores abogados.

Al abandonar el lugar donde vivo y salir al aire libre, noto que hace mucho más frío de lo que parecía desde mi cómodo sillón en mi pajarera de cristal, con vistas al exterior pero a salvo del frío, en donde hace apenas unos minutos atrás he estado sentado con mi guitarra entre las piernas y tratando de sacar los acordes de una vieja canción de César Banana Pueyrredón.

La búsqueda en la red no me ha servido de mucho. El apellido de ese cantautor argentino, que parece una broma, pero es real, apenas ha mostrado enlaces en los diversos buscadores que he utilizado.

Era una noche tormentosa, allí estábamos los dos

Como pétalos de rosa, solo hablando de amor…

Cuando subo a mi camioneta me acuerdo de que el aparato de sonido del automóvil está descompuesto y no voy a poder seguir escuchando el disco que he introducido a mi maletín de trabajo y con el que pensaba acompañar mi recorrido hasta el Hospital Universitario.

-No importa –me digo-. Cantar también se puede.

Solo queríamos nosotros, ese momento eternizar

Y la noche lloraba emocionada

Hasta que el sol de madrugada obligó a decir adiós…

En el camino desde el pueblucho de las afueras de Colonia donde vivo, hasta el Hospital Universitario, voy sopesando todas las posibilidades. Mi intuición y experiencia me dice que se trata de un problema que tiene que ver con drogas.

Al llegar al hospital no tengo ningún problema para encontrar estacionamiento por lo avanzado de la hora y me dirijo a la zona de emergencias, usando la puerta principal sin preocuparme apenas de saludar a la enfermera recepcionista que lo que más desea, a juzgar por su mirada, es que no la molesten.

Al nacer mi hija usé tantas veces esa misma puerta y a tan diversas horas del día –mi ex esposa estuvo como tres días esperando por el parto-, que ya me sé de memoria cómo hay que entrar al hospital sin que nadie tenga que preguntarle a uno nada.

El doctor Müller es un hombre de unos cuarenta años perdidos parcialmente en comer más de la cuenta, pero sin llegar a ese límite a partir del cual, el sobrepeso se vuelve un tema cansino para propios y extraños. Digo perdidos, porque su mirada me hace recordar la de aquellas personas que no han alcanzado lo que buscaban en la vida y han creído poder encontrar algún sentido en un par de placeres mundanos.

-¿A punto de divorciarse? –quiero preguntarle, por creer que ese es su caso; pero, por supuesto, no lo hago.

En cambio, le doy la mano, presentándome, y lo mismo hago con el hombrecito que lo acompaña. Es muy pequeño, aunque se ve claramente que no está lejos de cumplir los treinta.

Al teléfono el doctor Müller me ha dicho que el paciente es peruano como yo, pero a mí no me ha sonado como tal. A mi supuesto compatriota lo veo preocupado, bastante pálido y a punto de perder los nervios. Ahora que lo escucho en persona, sé que no es peruano.

-Ha venido como una emergencia –me dice Müller, visiblemente harto del asunto y usando la jerga de hospital-, pero no veo qué pueda tener. No habla alemán ni inglés. Y los gestos que me hace me parecen muy graciosos y creo entender qué es lo que quiere y que puede necesitar ayuda urgentemente, pero resulta que si lo entiendo mal y cometo algún error, entonces está en juego mi puesto de trabajo.

Ha hablado sin parar, como un político que sin ensayar su discurso sabe llenar el tiempo con palabras. La barbilla le tiembla un poco al terminar de hacerlo. No conozco a ningún profesional de la medicina que le caiga bien el trabajo por turnos. Me dirijo a mi supuesto compatriota.

-Para empezar –le digo, sin darle ninguna explicación adicional y tuteándolo-, tú no eres peruano. Tú eres del Ecuador. Y si quieres que te ayude…

-…por favor, señor Digah, yo sé que usted me puede ayudar- me implora, interrumpiéndome.

-Mira -le digo, sintiéndome desarmado-, para eso he venido y me he desplazado ya unos veinte kilómetros. Ahora, lo que me interesa saber primero es por qué has mentido con lo de tu nacionalidad.

Sin responder, introduce una mano a uno de los bolsillos traseros de su pantalón y me muestra un pasaporte que yo reconozco enseguida como el de mi país. No me molesto en revisarlo con detenimiento. Sé que es falsificado. Me basta con ver el nombre que figura en el documento. Según eso, se llama Miguel. Pero yo sé que también es falso. Decido seguirle el juego. La otra posibilidad es retirarme y pasarle la factura a dios. Como no soy creyente, me resulta muy lejana.

-¿En qué te puedo servir, Miguel?

-Necesito que me den un purgante, señor Digah, cuanto antes, por favor, señor –me suplica.

En sus ojos veo pánico y angustia real. Sé de qué se trata. Ha venido por ayuda pero no ha conseguido explicar su problema a los médicos sin meterse aún en más líos.

-¿Cuántos llevas? –le pregunto, como si fuera un conocedor del asunto.

Solo lo conozco por películas y por las noticias y reportajes de los diarios. Dirijo una mirada discreta hacia su abdomen, pero no creo reconocer nada especial.

-Son veintidós, señor –me dice él, como en un ruego-. Solo un buen purgante, nada más. Es todo lo que le pido que me ayude.

-¿Por qué no lo trataste en una farmacia? –le pregunto, porque no entiendo por qué ha tenido que venir hasta un hospital para conseguir un buen purgante.

Müller, me toca un brazo, pero le hago un gesto de paciencia con las dos manos. No solo debe estar, debe tener también alguna tarea pendiente y quiere desaparecer dejándome el bulto.

-No hablo alemán, señor. Tenía miedo de que llamaran a la policía. En un hospital es diferente –me dice Miguel. Miguel Benavides, es lo que he podido ver rápidamente en su pasaporte. Benavides no sé cuántos.

-Está bien –le digo, sin estar del todo seguro si verdaderamente lo puedo ayudar-. Voy a ocuparme de tu problema, pero primero quiero que me pagues mi trabajo. Por adelantado.

-¿Qué trabajo? –me pregunta él, sorprendiéndose.

Lo ha preguntado en serio. No se trata de una pregunta retórica de su parte.

-Todo lo que voy a hacer para que usted pueda recuperar del baño de su hotel lo que tiene que recuperar –le digo, tratándolo sorpresivamente de usted y mirándolo a los ojos como si se tratara de un niño con problemas para entender, pero sin poder evitar un dejo de comicidad.

-Yo me tengo que ir ya, señor Digah –me dice el médico-. Si necesita algo…

-… este hombre necesita un buen purgante y le da vergüenza explicarlo detalladamente –le digo, tratando de ser lo más discreto posible y tratando de crearle una duda-. Tiene vergüenza de hablar de sus necesidades.

Müller duda por un momento. Se muerde los labios. Yo sé que sospecha algo o, incluso, lo tiene claro; pero en su programación no está meterse en otros asuntos. Y menos en líos. Debe estar midiendo los alcances de su decisión antes de decirme algo.

-Le voy a hacer una receta –me dice, finalmente-. Pero usted mismo me va a tener que firmar un recibo. Si no lo quiere hacer, tendré que llamar a la policía.

-¿Polís? –casi grita el hombrecito-. No, no, polís; plis. No polís.

El médico se queda por un momento sin reacción. Me lo quedo mirando. Me divierte el asunto, porque me ha hablado como si yo fuera el que tuviera que temer algo. Y son ellos dos los que tienen que temer más que yo, en realidad. Siento la tentación de apoyarme sobre mis dos talones, dar la media vuelta y salir con la sonrisa del perdedor que sabe que a veces es así y no hay nada que hacer.

-Puedo tomar la responsabilidad –le respondo, después de sopesar varias posibilidades y escenarios. Acompaño mis palabras con una larga bajada de mis dos párpados, que quieren decir: “¿Qué espera para guardar el rabo y huir, doctor Müller, o sea, para hacer lo que más desea?”

¿Cómo diablos ha conseguido esta persona mi número de teléfono?, es la siguiente pregunta que me vuelve a asaltar, mientras veo cómo Müller rellena un pequeño formulario. Después me entrega lo que parece una receta y se va casi sin despedirse, como quien quiere dejar en claro que un encuentro casual es un encuentro casual y punto. Le hago una seña al supuesto Miguel para que me siga. ¿Cómo diablos ha llegado a tener mi número?, vuelvo a preguntarme.

Nuestro amor comenzó a vivir

Vivirá mientras haya ilusión

Y podamos cantar esta suave canción

Que brota del corazón, que ya somos dos…

La canción no se me quiere ir de la cabeza mientras nos dirigimos hasta donde he dejado estacionado mi automóvil. Es una situación completamente absurda.

Los coros, la segunda voz, los punteos de la guitarra eléctrica, las respuestas del sintetizador imitando el sonido de una armónica. El resto de la orquestación del tema. Todo se reproduce en mi mente como si estuviera conectada directamente a una fuente de sonido. Voy con un extraño en una situación más que extraña y a mi mente no parece preocuparle otra cosa que una canción de Pueyrredón.

-Mira –le he dicho antes de salir del hospital-. Para empezar no eres peruano. ¿Ya? ¿Está bien? Lo sabes tú y ahora lo sé yo. Te quiero ayudar, pero yo vivo de trabajar, compadre. De eso vivo yo. De tra-ba-jar. Es muy fácil. He dejado lo que tenía que hacer para venir hasta aquí y ayudarte. Tú me has llamado, no lo olvides. ¿Me entiendes, compadre?

-Le puedo pagar después –me ha respondido él, con un hilito de voz, sin dejar el trato respetuoso que ha usado conmigo desde el principio.

-Estás en un hotel, ¿no? –le he preguntado y él ha asentido-. Dame la llave de tu habitación –le he ordenado.

Ahora la llevo en uno de mis bolsillos.

CONTINÚA Y TERMINA MAÑANA

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, jueves 26-07-2007

CÉSAR BANANA PUEYRREDÓN: NUESTRO AMOR COMENZÓ A VIVIR

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Un comentario sobre “JORSCHE DIGAH: EL TIEMPO TIENE MÁS LETRAS (relato) (I)

  1. Dejé Buenos Aires y a mi regreso en Lima, Peru, sonaba la melodia de esta inolvidable cancion que refleja el sentimiento del adolescente con tanta calidad, corria Setiembre de 1975 y mi recuerdo por ese Buenos Aires magico.

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