EL TIEMPO TIENE MÁS LETRAS (II)

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Miguel, o la persona que dice llamarse así, me ha dado más o menos sin quejarse la que debe ser la llave de su cuarto de hotel. Ahora la llevo yo en uno de mis bolsillos.

Normalmente las reglas exigen que se depongan las llaves de las habitaciones en la recepción si uno abandona un hotel, pero mi intuición no me ha fallado. He sospechado, simplemente, que Miguel es de los que prefieren actuar lo más discretamente posible. Evitar pasar repetidas veces por la recepción forma parte de eso.

No sé en lo que me estoy metiendo, pero ya es muy tarde cuando uso el control remoto para desconectar el cierre centralizado de las puertas de mi camioneta y permitir que suba.

Me dirijo hacia el centro de la ciudad por simple inercia.

Durante el trayecto se crea un espeso silencio entre nosotros. Mi suerte es que llevo en mi mente una canción que no me quiere abandonar. Su suerte, la desconozco. Por ahora solo nos queda abrir bien los ojos en busca de una farmacia abierta. Es casi medianoche, la ciudad ya ha empezado a dormir profundamente.

-¿En qué hotel estás? –le pregunto en el primer semáforo que nos detiene. Me muestra la tarjeta del hotel.

-Lo conozco –le digo-. Esperemos que haya una farmacia abierta en el camino.

-¿No hay boticas abiertas en Alemania? –me pregunta él, con su vocecita.

-¿Las hay en el Ecuador a estas horas de la noche?

-Las de turno, pues.

-Una de esas es la que buscamos -le respondo.

En plena avenida Zülpicher, una de las más frecuentadas por los universitarios de esta ciudad, descubro una. Invado parcialmente la acera y detengo el vehículo. Le pongo la mano para que me de el dinero. Él introduce la mano a uno de sus bolsillos y saca varios billetes de cincuenta. Me entrega uno.

-¿Alcanzará? –me pregunta. Sonrío. Pero no le respondo. En cambio, bajo de la camioneta y me dirijo a la farmacia.

En el asiento trasero he dejado, como de costumbre, mi maletín de trabajo.

Contiene una portátil muy compacta. Un regalo de mi ex esposa por mi cumpleaños, en una época en la que todavía creíamos que podíamos superar nuestras frecuentes crisis. No temo que el hombre se pueda interesar por algo así. Lo que le interesa me lo está dando en este momento el farmacéutico a través de la única ventanilla abierta. Pago y regreso al automóvil.

Cerca de la universidad doblo a la derecha tomando la Avenida Universitaria y de allí, un poco más allá, la Luxemburgo, a la izquierda. Avanzo en dirección al centro de Colonia más o menos medio kilómetro y doblo en la Moltke. Veinte metros más allá, al lado izquierdo, entro a la playa de estacionamiento del hotel en el que está alojado el hombre. Lo conozco porque es uno de los pocos cercanos a la universidad.

Pienso que al pasar por la recepción podrían tomarme por su amante profesional, pero el hombrecito me hace una seña a tiempo para tomar un camino que lleva directamente a las habitaciones de los pisos superiores. Camino con la misma naturalidad con la que entré al hospital y sé que nadie se va a fijar en mí.

El olor de su habitación me hace recordar la ropa de Lima. Sobre todo porque es diferente a todos los olores que conozco de Alemania y me hace recordar al que sale de mi maleta después de llegar de un viaje a mi país.

-¿Cuándo me va a pagar? –le pregunto.

-No sé cuándo van a venir. La verdad, no sé. Pensé que ya estarían esperándome, pero no se han aparecido, vea. Por eso me puse tan nervioso y al final terminé saliendo a buscar un purgante. Los nervios, oiga, vea, señor.

-Regreso dentro de una hora, ¿le parece bien? –le pregunto, empezando a imaginarme que me puedo meter en un gran lío si a mi regreso me encuentro con la policía y me confunden con un narcotraficante. Como no tengo nada que temer, le tiendo la mano.

-Su pasaporte –le digo, dejándole la palma de la mano abierta hacia arriba para que no quepa ninguna duda.

Me queda mirando con cierta tristeza.

-¿Quieres que te diga cómo tienes que tomar este purgante o no?

Me entrega el pasaporte.

-Vuelvo dentro de una hora. Si no han llegado, vas a tener que inventarte algo –le digo, a modo de despedida y después de traducirle las indicaciones. Sé que lleva encima suficiente dinero para pagarme porque lo he visto al parar en la farmacia.

Salgo a la noche.

Al querer utilizar el control remoto de la camioneta, me digo que no tengo por qué perder tan buen parqueo. Cruzo el patio que sirve de playa de estacionamiento haciendo sonar el cascajo blanco bajo mis zapatos. ¿A qué lío me he metido?

Doy una vuelta por la Zülpicher. Observo el cuadro de siempre: negocios que cada tiempo se ponen de moda para cambiar después de manos. Estudiantes despiertos y algunos ya medio borrachos un martes a la medianoche. Hay muy poca gente en las calles, pero hay movimiento. Algunos bares ya empiezan a cerrar sus puertas. En una esquina descubro un bar que no había visto antes y entro.

Media hora después, salgo con unos diez euros de menos y un cuarto litro de pésimo vino encima, cuyo sabor he tenido que ir limpiándomelo de la lengua con abundante agua mineral. Cuando me doy cuenta de que llevo caminando casi media hora recorriendo la zona y la canción que no me había querido abandonar antes no se ha vuelto a presentar en mi mente, decido volver al hotel.

Dudo un momento antes de tocar la puerta con los nudillos.

-Pase, señor. Ya me tenía asustado con lo del pasaporte –me dice, mirando desconfiadamente hacia el pasillo detrás mío.

La televisión está encendida y él vuelve a sentarse a su lugar al pie de la cama, desde el que está maniobrando el control remoto.

-No se han aparecido hasta ahora los desgraciados esos -me dice.

-¿Qué ves? –le pregunto, casi paralizado. Lo estoy viendo yo, con mis propios ojos, pero no me lo puedo creer.

-No, nada. Apenas hay ocho o diez canales. Así no más.

-¿Y eso? –insisto, porque veo que no ha vuelto a cambiar de canal.

-No sé, no entiendo nada, pero es muy bonita –me dice él, sonriendo tontamente, como avergonzado, pero sin dejar de mirar las imágenes que muestra el aparato. Hay una mujer entrevistando a un personaje muy famoso de este país.

-Esa es, esa es mi… -empiezo a decir, pero un nudo repentino en la garganta me impide seguir hablando. Luego mi controlo y le pido que me pague.

-Mi parte ya está cumplida. Y lavada –dice él, sin cambiar de canal ni voltear para mirarme -deberían llegar en cualquier momento. Si le doy de lo que tengo me quedo sin nada.

En vez de exigírselo, vuelvo a observar la pantalla, anonadado. Me siento como un pobre muñeco sin control.

-Esa es mi ex esposa –alcanzo a decir, sintiéndome un imbécil, porque sé que va a sonar como una tontería en sus oídos.

El sonríe, pero sin hacerme caso. Como si no hubiera escuchado mis palabras.

-Esto es surrealismo puro –me escucho decir.

¿Su qué? –dice él, mirándome por un momento a los ojos. Los tiene rojos, congestionados. No quiero saber por qué.

-Prefiero que me tutees –le digo, tratando de recurrir a un humor que él no puede entender y expulso una risa envuelta con una tos artificial-. A veces siento como si la vida fuera un gran libro, Miguel. Un gran libro de nunca acabar que es alimentado con letras por el tiempo. Pero todo el tiempo. Alimentado todo el tiempo por el tiempo. Con letras. Así de estúpidos son mis pensamientos, a veces, Miguel. Seguro que ese no es tu nombre.

-¿Qué está hablando el paisano? –pregunta él, exagerando la entonación al hablar, pero sin quitar la vista del rostro de la mujer rubia que ocupa la mitad de la pantalla.

Ahora sí cambia de canal y empieza a zapear con el control remoto. Veo una sucesión de programas diferentes. No son muchos.

Levanto y bajo los hombros, como un niño que no puede entender muchas cosas y sabe que eso es parte de la niñez.

-¿Cuándo crees que van a llegar? –le pregunto, para alejarme del tema del tiempo en mi mente y pensando que puede ser muy peligroso que me encuentren aquí con Miguel, pero a él no parece preocuparle en absoluto el asunto y continúa concentrado en la televisión.

Llego a pensar si no debería pedir la ayuda de Andreas, uno de mis mejores amigos y que es policía.

-¿Quién te ha dado mi número? –le pregunto, preocupado ya, tratando de olvidarme de la idea del tiempo y de las letras que lo alimentan, pero sin conseguirlo del todo. Pero ahora Miguel ha vuelto al mismo rostro en la pantalla, martirizándome.

-Es guapa la mujer, para qué -dice él, como esquivando mi pregunta.

Sí, el tiempo siempre tiene más letras disponibles, me pasa por la mente sin control, esperando su respuesta. Retiro mi vista de la pantalla para no tener que enfrentarme al rostro de la madre de mi hija. Era una noche tormentosa. El tiempo tiene más letras. Sí.

Oímos claramente que alguien llama a la puerta.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, viernes 27-07-2007

P.D.: Qué no daría por volver a visitarla pronto, a mi Lima La Horrible, la del cielo color panza de burro (marca registrada), la de los ambulantes a diestra y siniestra, la que alguna vez fue colonial y ahora es andina, la de sus habitantes que pueden aceptar de todo pero no dejar de comer rico, la ciudad de la gente que atiende al turista como un amigo que pronto se irá para no volver y le da las gracias por haberle recordado su tenue existencia por este mundo, la Lima de Salazar Bondy y de Mario Vargas, de Martín Adán y José Santos Chocano, la del pintor Humareda, la de la música negra en el ambiente, la del Tren Eléctrico que solo llegó a medir 800 metros y que ahora es un macetero, la de la avenida Arequipa y el Puente de la Señora Granda, la Lima que se fue, se va y vuelve con más fuerza, la del valsecito azul en el corazón, la del Cordano y la del Juanito, la de las peñas de rompe y raja, la de la risa fácil, con su cartelera de actividades culturales casi tan larga como la de una ciudad europea, la Lima que te hace reír y llorar, con su garúa impenitente y su severo sol. Qué no daría por verla pronto. HjV

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