UN SÁBADO COMO CUALQUIER OTRO

Llega el sábado y para mí un día especial.

Es el día en que, por fin –después de esperar toda la semana para hacerlo-, puedo acercarme a la estación de la pequeña ciudad más próxima, Pulheim, a recoger El País.

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Tal vez es así, porque revivo con este rito, aquél de mis épocas de universitario en Lima cuando esperaba el domingo por El Caballo Rojo. Ahora se llama Babelia. Es europeo. Español, para más señas.

Sucede, también que hoy, aparte de ser sábado, es 28 de julio, día en que se celebra el centésimo octogésimo sexto -186- aniversario de la independencia peruana de la corona española de entonces.

Creo que los limeños somos seres fáciles en eso de extrañar, de echar de menos, de melancoliquear nuestra Lima La Horrible, la del color panza de burro (marca registrada). Así es que hoy me comprometí seriamente conmigo mismo a ocuparme de otros temas.

Junto con el diario español, suelo adquirir El Tiempo alemán, tal vez el semanario de gran formato más serio e influyente de este país, después de El Espejo.

La diferencia está en que éste último, Der Spiegel, ya se ha convertido por razones meramente competitivas -es decir, parcialmente tontas, porque competir no significa necesariamente mejorar- en una especie de Todo En Un Minuto y el otro acoge artículos de hasta tres páginas enteras.

Leer un semanario o un suplemento tiene su encanto aparte, porque significa leer el trabajo de autores que se han ocupado de un tema, han leído, investigado y se han preocupado de volcar contenidos que ellos mismos aprecian a un artículo o texto con un lenguaje que difiere del de la noticia diaria. Esmerado, vamos a decir.

Originalmente, mi hija mayor había quedado en acompañarme, para –de paso- devolver unos libros suyos a la biblioteca, pero al final (avergonzándose un poco, porque ella es una chica de palabra) me rogó que le permitiera irse con su mamá a no sé qué compras a la siguiente ciudad, Brauweiler, pero que está en la dirección opuesta.

Como mi esposa sabe que los sábados es el día de Babelia y El Tiempo, y de lectura concentrada para mí, no me había preguntado si quería acompañarla en sus compras. En cambio, me quedó claro que yo tendría que ocuparme del almuerzo.

-¿Quieres que cocine? –le pregunté retóricamente, al salir de casa.

-No, no te preocupes. Tenemos bastantes restos. Habría que calentarlos nomás.

Y sí. Al regresar de mi periplo, abrí la refrigeradora y vi que quedaban tallarines a la boloñesa del día anterior y arroz y un puré de frijoles que yo mismo había preparado dos días atrás. También una bolsa de una especie de anticuchos –pinchos o brochetas- macerados que seguíamos sin abrir.

¿Qué podría hacer? Primero, cerciorarme si el arroz y los frijoles no se habían echado a perder. No, felizmente.

Ya sé, me dije: un buen Tacu Tacu. (*)

Los anticuchos estaban pensados para una parrillada en la terraza. Lo pensé un poco. Tomé uno solo y probé a freírlo en una sartén. Quedó delicioso. En la parrilla al carbón habría quedado mucho mejor, pero para salvar el día estaba muy bien.

El Tacu Tacu es un plato típico peruano que se hace mezclando arroz y frijoles -batidos o machacados- y sofriendo esa mezcla. Es la típica comida hecha de los ‘restos’ del día anterior; o del mediodía, si se consume por la noche. No es un plato exclusivo de mi país. Se llama gallo pinto, por ejemplo, en Costa Rica.

Seguí mi receta propia.

Corté cebolla roja y ajos frescos en cubitos muy finos. Luego los sofreí en buen aceite de oliva.

Como no tenía ají (chile) fresco, tomé un poco del seco -casi en polvo- y cierta cantidad de caldo de verdura (deshidratado), y los añadí al conjunto. En el momento en que esta pasta empezaba a pasar de un color dorado a uno dorado oscuro, incorporé el puré de frijoles, el arroz y el culantro picado.

El truco de un buen Tacu Tacu está en la consistencia de la masa. Hay que sofreírla hasta que se vaya quedando un poco seca y el conjunto se presente humeante sobre el plato.

(Suelo añadir un chorrito de crema de leche o leche evaporada, así como un chorrito mínimo de puré de tomates.)

Al final corregí el punto de sal, agregué algunos condimentos (pimienta, sazonador) más y serví el resultado acompañando los anticuchos que había ido friendo paralelamente. Para evitar tener menos problemas al hacerlo en la sartén, los había partido por la mitad previamente.

Un poco de ensalada con limón y Crema di Balsamico por lo de las vitaminas y, zas, ya estaba el almuerzo del sábado. Las Fiestas Patrias lejos de mi país. Pero recordé que se trataba de no pensar en ello.

Mientras iba preparando todo, había extendido el diario al lado derecho de la mesa de trabajo de la cocina y así me había ido enterando de esas noticias que no requieren de una mirada especialmente atenta: una argentina que postulará a la presidencia de su país, otra vez el caso de la caricatura requisada en España, la visita de Sarkozy a África, el Tour de Farce, esas cosas.

También, una noticia sobre el Perú, pero que no mencionaba la celebración de nuestras Fiestas Patrias. El redactor de El País no se había enterado. Mala señal (cuando un periodista se encona en ser superficial). El artículo solo se ocupaba del primer año del segundo gobierno de Alan García.

La crema de balsámico que menciono es un producto italiano derivado del vinagre o aceto balsámico. Por eso también se llama Crema all’ Aceto Balsamico o Crema Balsamica, en la lengua de Dante.

Es una especie de salsa que se ha puesto de moda entre los llamados restaurantes de categoría para hacer decoraciones geométricas en sus platos agregando un producto con buen sabor y versátil.

Por su consistencia, es posible hacer interesantes trazos sobre el plato con un par de movimientos de muñeca y crear una decoración comestible y práctica. Por su sabor -a vinagre balsámico pero más discreto, dulzón y cremoso, y que va con cualquier tipo de plato- se puede usar sin ningún temor.

Digamos que es una especie de ketchup de ‘alto nivel’, aunque lo único que tal vez tenga con él en común sea lo dulcete de su sabor. Es de color marrón oscuro y brillante, y su sabor me hace recordar un poco al de la salsa de soya (siyau en mi país).

La recomiendo especialmente, aparte de por su buen sabor -tan versátil como acompañante-, porque puede sacarlo a uno de apuros: como decoración, para completar una salsa, como condimento de una ensalada; o para mejorar el sabor del arroz, papas, puré o verduras, en caso de emergencia y no solo en caso de emergencia.

Se suele vender en un tubo de plástico que permite por presión manual, impulsar el contenido en forma de chisguete o chorro fino lento. No necesita refrigeración y puede quedarse en la cocina y/o en el comedor siempre a la mano. También soporta el calor sin ningún problema, para hacer salsas calientes.

La descubrí porque me llamó la atención como decoración en un plato que había pedido. Al preguntar me dieron una respuesta que no me dejó contento. El sabor tenía, como dije, reminiscencias a siyau dulce y a ketchup, pero con una consistencia cremosa y agradable, y muchos más ingredientes; algunos tenuamente ácidos.

Debo decir que me gusta mucho el aceto o vinagre balsámico, sobre todo en la ensalada de tomate con mozzarella y albahaca, por ejemplo, pero de allí a creer que podía llegar a fascinarme una crema de balsámico, no estaba dentro de los márgenes de mi imaginación. De un producto industrial, encima.

Pero es excelente. (Se me ocurre que lo he podido usar en el tacu tacu de hoy, incorporándolo a los ajos, al aceite de oliva y a la cebolla picada, al comienzo. Me lo imagino en coalición perfecta con los ajos y el aceite. Nativo y extra virgen, por favor.)

Tal vez solo quepa agregar que he comprado la primera marca –única- que encontré en el supermercado que frecuentamos. No es tan buena como la que había probado en el restaurante que menciono, pero no se queda para nada atrás.

Como refería, después de pasar por El País en la estación, me dirigí a la biblioteca de la ciudad, porque tenía que devolver algunos libros, todos en alemán.

Entre ellos, Opiniones de un payaso del colonés y premio Nobel de 1972, Heinrich Böll (uno de sus hijos está casado con una ecuatoriana y viven en Colonia, ciudad donde nació su padre, fallecido en 1985); Los tres mosqueteros de Alelumas Jandro –Alejandro Dumas-, que en su versión alemana no me atrajo demasiado y un libro de Grisham, disidente de su producción negra.

También uno de un autor centroamericano cuyo nombre y obra ahora he olvidado. Mucho no me debe haber impresionado porque el libro tampoco lo terminé.

La biblioteca mencionada cierra los sábados al mediodía, de tal manera que después de comprar el diario no me quedaba mucho tiempo.

-El libro está muy deteriorado, tiene que llevárselo y reponerlo por su cuenta -me dijo la bibliotecaria que me atendió.

Se trataba de uno de los libros que se había prestado una de mis hijas. Asentí. No me era posible reconocer qué era lo que estaba roto o dañado, pero tampoco tenía ganas de comprobarlo.

-Si hubiera estado un poco menos dañado, tal vez no habría sido necesario reponerlo -añadió-. Le voy a prorrogar el préstamo, así tiene tiempo para poder reponerlo. Pero lo tiene que hacer.

Le dije que no se preocupara. Quedaban menos de cinco minutos para cerrar. Una vez terminados los trámites de devolución, pensaba recoger rápidamente un par de libros de la zona de novedades inmediatamente contigua.

-No crea que es una arbitrariedad de mi parte –insistió la mujer que me atendía. Debía tener unos treinta años, pero de esos que pronto perderían la t al comienzo.

Dicho esto, le mostró el libro a una de sus colegas y ésta confirmó la necesidad de reponerlo.

-¿Ya ve? No es cosa mía. Va a tener que reponerlo -continuó la bibliotecaria-. Le he prorrogado el plazo de devolución, así usted tiene ahora tiempo para comprar uno nuevo y, pues, ya está, lo trae y nosotros nos ocupamos del resto.

Asentí y le volví a dar las gracias. Di un vistazo al reloj y vi que apenas faltaban dos minutos para la hora de cierre. Como estamos en Alemania, me dije, la hora de cierre es la hora de cierre.

-Tal vez tendría que recomendarle a su hija que tenga más cuidado. Pero ahora ya no se puede hacer nada –concluyó la mujer-. Va a tener que reponer simplemente el libro.

Di un vistazo a mis espaldas y no vi a nadie. Era el único en la cola. Un minuto para la una de la tarde.

-Muchas gracias –le dije, ya desilusionado y con una sonrisa triste en la boca-. ¿Algo más?

-Como le digo –empezó otra vez ella-. Va a tener que comprar un libro nuevo…

La interrumpí.

Detesto interrumpir a los alemanes. Sé que es gente que se muere por hablar. Que ven en la conversación una especie de terapia psicológica. Y que eso es algo confirmado por la ciencia: hablar ayuda mucho a las personas. Especialmente a las mujeres.

Lo fui contando hoy mientras comíamos con ganas el Tacu Tacu y nos preguntábamos todos cuándo podríamos visitar nuevamente el Perú, el tema que llevaba todo el día tratando de evitar.

-He leído que las mujeres necesitan al teléfono unos 20 minutos para decir algo para lo que los hombres suelen invertir solo 2 minutos –dijo María Luisa, la mayor, de 12 años y que ya mide casi un metro setenta y cinco-. Somos mujeres, papá. Es así.

-Sí, pero me lo había dicho ya cinco veces, hija. Cinco veces –remarqué, comprobando que no hay nada como el ají fresco como acompañante en ciertos casos. Y una Inka Cola bien helada, habrían añadido mis hijas.

-No había cumplido todavía sus 20 minutos, pues, Mapi –dijo Marisol, la de 11 años-. ¿Le dijiste algo? Tal como te conozco, no creo que te hayas podido quedar callado.

-Me lo ha dicho cinco veces, señorita –le dije a la bibliotecaria, con una sonrisa triste, porque ya faltaba solo un par de segundos para la hora de cierre.

-¡¿Te atreviste a decírselo?! –la mayor.

-¡Me había hecho perder la oportunidad de poder prestarme un par de libros para la semana!

-¿Qué le dijiste? –la menor.

-Eso –respondí-. Que me había repetido todo cinco veces.

-¡Qué atrevimiento el tuyo, Mapi! –la mayor.

-¡Increíble! ¡Yo me habría muerto de vergüenza! –la menor.

-¿Cinco veces lo mismo? –el tercero, Jorge Juan, de seis años-. ¿Lo mismo?

-¿Eh? ¿Cinco? –el de dos años, nuestro hijo menor-. ¿Para qué? ¿Cinco? ¿Cinco qué?

Tenía pensado ocuparme hoy de los libros recomendados en Babelia.

Tenía pensado, alternativamente, ocuparme hoy del 186 aniversario de la Independencia del Perú. Pero después me había decidido por no tratar el tema para nada. No tenía pensado ocuparme tanto de un plato afroperuano ni de un producto italiano que acabará poniéndose de moda.

Esa bibliotecaria había o ha conseguido, consiguió sacarme de quicio.

¡Repetirme cinco veces lo mismo!

La verdad es que no es fácil ser peruano en un día así, sábado y 28 de julio.

No, tan lejos de mi primera patria.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, sábado 28-07-2007

(*) No hay unanimidad en la forma de escribir Tacu Tacu. Tampoco está clara la etimología de la palabra que nombra ese plato afroperuano. He preferido las dos mayúsculas -hoy- por razones exclusivamente sentimentales en este 28 de julio. La fotografía de arriba pertenece al Primer Fotógrafo Indígena de América, al puneño Martín Chambi: El gigante de Paruro.

P.D.: Sobre Gallo Pinto costarricense:

http://www.southerncostarica.biz/spanish/costa-rica/comidas-tipicas-de-costa-rica.html

http://www.aulafacil.com/cursosenviados/cocinacostarica.htm

http://espanol.answers.yahoo.com/question/index?qid=20060714133813AAieZL3

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