MUERTE EN VENECIA: MANN, MAHLER & VISCONTI

Vi la película en un cineclub de Lima a finales de los años 70.

Debo confesar que me aburrió tanto que no llegué a entender el argumento ni de qué se trataba.

Ahora sé que era demasiado joven e ingenuo para poder entender y poder apreciar ese portento del séptimo arte, obra del italiano Visconti, basada en una novela del alemán Thomas Mann y que tiene como fondo musical la Quinta Sinfonía del austriaco Gustav Mahler.

Todo esto, independientemente de su fuerte y clara carga homosexual.

No abandoné la sala, como suelo hacer cuando una película se me vuelve insoportable, por respeto al amigo que me había propuesto ir a verla.

Se trataba de Muerte en Venecia (1971).

Una película del conde de Lonate Pozzolo, don Luchino Visconti di Modrone (Milán, 1906-Roma, 1976).

Aquí en Alemania se le conoce como el duque de Modrone, pero se trata de una equivocación, porque su padre –y no él- era tal.

Como no creo ni en princesas ni en hadas mágicas, lo de las monarquías y las llamadas noblezas es algo que me deja perfectamente frío; divertido, sin embargo, me resulta, en cambio, hacer recordar los títulos nobiliarios de ese aristócrata, porque llegó a ser un teórico marxista. Un conde marxista.

Abiertamente homosexual, miembro del Partido Comunista Italiano, director de teatro, gran cineasta neorrealista y escritor, además, para más señas.

Ahora, con los ojos de hoy, me parece increíble no haber entendido que quien me había invitado al cine aquella vez –un gran amigo de toda la vida al cual me gustaría volver a ver-, estaba tratando de mostrarme o simplemente introducirme a su universo homosexual.

Por esas cosas que tiene el destino, recién unos años después, cuando se presentó la oportunidad de salir con una pareja de amigas, mi amigo –que voy a llamar Mario– se vio obligado a dejar claro algo que, para mí, no lo estaba de ninguna manera.

-Vamos, Mario, la amiga de Monique es muy simpática –le había insistido, tratando de convencerlo de que me acompañara como pareja de la otra chica, amiga de la que más tarde llegaría a ser mi novia entonces-. Bueno, por lo menos eso es lo que me han dicho. ¿Qué te parece si salimos a cenar los cuatro juntos y de allí vemos qué hacemos? ¿Vamos a una peña, por ejemplo?

-No sé –había respondido él, haciendo ligeros gestos de desagrado con la boca y el resto de su rostro-. La verdad es que no tengo ganas de conocer a una persona que no sé si me va a caer bien y tampoco quisiera herirla diciéndole que me aburro con ella. ¿Lo entiendes? Creo que ya sabes qué tan directo puedo ser en ese sentido.

-No tienes que aburrirte, hombre –le había dicho yo, convencido de que lograría animarlo-. Mira, por allí te gusta la chica y te olvidas de toda esa onda intelectual con la que te gusta arropar todo.

-Es que no se trata de ninguna onda intelectual, Jorge –me había replicado él, sonriendo como solo pueden sonreír los sabios, pero recién ahora lo sé-. Se trata simplemente de que a mí solo me interesan las personas que tienen algo que decir. No sé si me puedes entender. No las que hablan por hablar.

-Tiene un BMW, imagínate. A ti que te gustan las motocicletas y los motores.

-Pero eso es un automóvil, muchacho. Es como si a ti te vendieran una entrada para el fútbol y al entrar al estadio te encuentras con que se trata de un partido de béisbol.

-Eso sí sería una estafa –había corroborado yo.

-¿Ya ves?

-Vamos, hombre –le había vuelto a insistir-. Por lo menos hazlo por amistad. Solamente te pido que me acompañes. Sería un sacrificio que harías por mí. Te debería un gran favor, ¿qué te parece?

-Las cosas son más complicadas, Jorge. Mira, yo no tengo, cómo decirlo, vamos a ver: no manejo el mismo código de ustedes. No sé si me vas a entender. ¿Te acuerdas cuando se armaban las primeras fiestas y ustedes corrían a abrazarse con las chicas a bailar Samba pa ti o Aubrey de Bread?

Asentí. ¡Cómo no iba a recordar esos hitos! Verdaderos hitos musicales en mi vida de adolescente.

-Bueno, pues, cuando ustedes se iban a sus primeras fiestas a aparrar y a olerle el cabello a las muchachas, como dicen mis hermanos, a mí me interesaban otras cosas. El mundo, la historia del hombre, el arte, la música clásica, qué se yo. Eso de colgarse de las chicas y alucinar que se las comen, disculpa, así hablan mis hermanos, eso, te decía, eso no era lo mío. No es lo mío.

-Está bien, está bien –le había dicho yo, sin terminar de entenderlo, en realidad.

¿Tan tonto era yo?

-No. No está bien, Jorge. Tú quieres que yo me pase una noche, varias horas, demasiadas, con alguien a quien no me interesa en absoluto conocer y tú sigues sin entender.

-Pero bueno, Mario, podrías pasártelas conversando sobre música, arquitectura, de todo lo que tú quieras. Tengo entendido que ha vivido en Europa. En Alemania si no me equivoco.

Era verdad. La chica con la que yo había empezado a salir, una profesora austriaca de alemán, la había tenido de alumna y me lo había contado.

-¿Cómo te lo tengo que explicar? –se había devanado los sesos mi amigo.

Ahora me duele haber sido tan necio.

-Di que no serías capaz de hacerme el favor como amigo y ya está.

-¡Es que no está!, Jorge. No me interesan las mujeres. Basta. Ustedes crecieron soñando con sus perfumes, que las abrazaban, besaban, qué se yo. Todo eso no lo conozco. Así de sencillo. Las mujeres no me dicen nada.

-Ya.

Recuerdo que antes de eso habíamos salido mucho juntos.

Me había llevado a ver películas como ésta, Muerte en Venecia, y otras más de las cuales yo salía un poco aturdido, seguramente porque mis hormonas de ese entonces necesitaban algo más que música clásica, buenas actuaciones o temas que él encontraba más que interesantes y a mí, simplemente, me aburrían.

Disfrutaba con él por su erudición. Era un poco mayor que yo. Tenía ojos verdes y una manera de ser que hasta ahora admiro y extraño en mi vida de adulto: franca, abierta, sincera y clara. Era una persona cultivada en el sentido que debería encontrarse más a menudo, pero que apenas existe en la vida real.

Después de esa vez dejamos de frecuentarnos.

La verdad completa era que él tenía una amiga argentina –algo mayor que nosotros y a la que nunca llegué a conocer- que era profesora de ballet y alguna vez habíamos podido asistir a la escuela que dirigía.

Creo que esa era una de las grandes razones entonces, por las cuales habíamos empezado a frecuentarnos: la sola vista de uno de los ensayos de las bailarinas me había dejado completamente obnubilado por ese entonces y quería volver a repetir la experiencia.

Como las cosas -ahora sí- habían quedado claras, dejamos de vernos.

Me dolía porque era (y debe seguir siéndolo) una persona magnífica, de esas que te dan ganas de conocer y no perder como amigas, pero yo entendía que no debía hacerle falsas esperanzas.

A él le gustaban los hombres y eso era algo que yo -aunque no pudiera entenderlo ni comprenderlo-tenía que respetarlo.

Esa vez en el cine, recuerdo que le brillaban los ojos en muchas de las escenas de Muerte en Venecia. Lo pude ver, porque, como ya lo he dicho, estaba tan aburrido, que mi vista se perdía frecuentemente fuera de la pantalla, buscando algún punto en qué fijarse.

Ahora me pregunto si no habría soltado él alguna lágrima de emoción.

Lo digo ahora -más de 25 años después- que me he puesto a escuchar la Quinta Sinfonía de Mahler y, aunque sigo sin entender el placer que deben sentir algunos hombres (muchos) en la contemplación de la belleza masculina, entiendo que se trata de una verdadera obra de arte.

Gustav Mahler (Kaliste, 1860-Viena, 1911) fue un compositor que, aunque considerado como austriaco, había nacido en la actual República Checa.

(Kaliste era un pequeño pueblo bohemio perteneciente al Imperio Austro-Húngaro.)

Como director de orquesta y ópera, era/fue considerado uno de los más importantes de su tiempo, pero se debe a su peculiar talento como compositor (denominado post-romántico), su paso al Salón de la Eternidad.

Mahler decía que componer una sinfonía era “como construir un mundo con todos los medios posibles“. Y actuaba en consecuencia, introduciendo en su obra elementos de melodías populares y de marchas militares, por ejemplo.

Pese a todo, hasta mucho después de su muerte no fue reconocido su genio como compositor, más allá del fervor de un grupo de entusiastas cercanos a su obra.

Recién a partir de 1960 –es decir, 50 años, medio siglo después del fin de su paso por esta Tierra- empezó a reconocerse y a revalorizarse su gran arte.

¿Qué había sucedido?

(Continúa mañana…)

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, lunes 06-07-2007

GUSTAV MAHLER: QUINTA SINFONÍA (4º Movimiento, Adagietto)

El gran Zubin Mehta conduciendo la Filarmónica de Israel en una presentación en el Teatro Municipal de Santiago de Chile en el 2001.

El compositor hindú dirigió en 1999 otra obra de Mahler con esa misma orquesta. Fue en las cercanías de lo que había sido un campo de concentración nazi en la ciudad alemana de Weimar.

Se trataba de la 2ª Sinfonía del gran maestro austriaco: Resurrección.

Célebre ese concierto, además, porque participó junto a la israelí, una orquesta alemana: la Sinfónica de Radio Baviera.

Mahler estrenó su Quinta Sinfonía, curiosamente, aquí en esta ciudad -Colonia-, un 18 de octubre de 1904.

HjorgeV

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2 comments

  1. Definitivamente, me han entrado muchas ganas de verla. A pesar de tu comentario, y al igual que tú, no soy homosexual, pero comprendo su situación. Sin embargo, nunca pierdo la oportunidad de encontrarme alguna joyita en el cine.
    Te agradezco la publicación de éste artículo y concuerdo contigo sobre la música. Es hermosa.
    Saludos.

  2. Te felicito por tus acertados comentarios sobre el tema y porque ya tienes mucho de madurez con la que habías soñado y admirado en Mario.

    Soy bisexual casado y con dos hijos de 30 y 25 años hombres, y, ví la obra en el cine en esos años 70’s y la tengo en mis archivos, junto con la obra de Mahler y el libro de Mann, más sin embargo, no por eso soy ferviente admirador de una obra de arte tan genial y bella como es MURTE EN VENECIA, por una fusión tan bien lograda en el cinel de todos los tiempos por Visconti.

    Gracias a todos.

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