MUERTE EN VENECIA (Continuación)

Gustav Mahler provenía de una familia judía.

Con la llegada de los nazis al poder, su música, junto con las obras de innumerables artistas y creadores judíos, fue prohibida en los territorios del llamado Tercer Reich o Tercer Imperio.

(Reich se pronuncia aproximadamente como raij.)

Pero, aún antes de eso, su particular concepción de la sinfonía, como capítulo especial dentro de la composición musical, fue la que puso las primeras trabas al gran reconocimiento de su obra, que recién llegó a materializarse 50 años después de su muerte.

Me estoy refiriendo a los elementos mundanos mencionados ayer, las dilatadas proporciones de sus composiciones, el uso de la armonía disonante: todas, características sumamente irritantes para el gusto de la época.

Se trataba de una clara heterogeneidad (mezcla de partes de diversa naturaleza en un todo) sujeta por un corsé ortopédico de corte clásico, vienés, además, que no le hizo ganar precisamente amigos en las cortes de entendidos de su tiempo.

El año de 1907 fue decisivo para su vida y para su obra.

Había recibido una propuesta para dirigir en el Metropolitan Opera de Nueva York, cuando muere su hija mayor, María, víctima de la difteria, en un momento en el que el ambiente hostil hacia su música en Viena se había vuelto insoportable y ya tenía firmado el contrato que lo ligaría por un par de años a la Gran Manzana.

Cinco años atrás, en 1902, se había casado con una compositora a la que le llevaba 20 años de edad, Alma Schindler.

La muerte de su hija, en vez de unirlos, distancia a la pareja.

Poco después, le es diagnosticada una afección cardíaca.

Mahler cree ver en todo esto -junto al suicidio de su hermano- el signo de su claro y definitivo fin. (*)

En su total entrega a la música consigue encontrar un (su) refugio y las respuestas (en forma de símbolos llamados notas musicales) a las grandes preguntas acerca de la vida y de la muerte, del sentido de ambas y del amor.

Todo eso lo dejó plasmado en su obra La canción de la Tierra.

Así llamó a la que debía ser su Novena Sinfonía.

Pero su manía supersticiosa no le permitió usar esta denominación numeral (ordinal), debido a que tres grandes de todos los tiempos -Beethoven, Schubert y Bruckner- habían muerto poco después de componer sus propias novenas.

(Mahler no terminó de escribir su Décima Sinfonía.)

Lo que vino luego en su vida, solo puede ser comparado a las emociones, vuelos, caídas y remontares que una buena sinfonía u ópera puede despertar en la conciencia y en los sentidos de un auditor atento.

En 1910, en el penúltimo año de su vida, ya en suelo usamericano, es reemplazado por nada menos que Arturo Toscanini en el Metropolitan Opera, por lo que tuvo que aceptar hacerse cargo de la Filarmónica de Nueva York. Tampoco en esta se le presentaron mejor las cosas.

Para colmo de males, descubre que su joven esposa, Alma, lo engaña con el joven y ya famoso arquitecto alemán Walter Gropius.

Su Décima Sinfonía –inconclusa- nace en esta época especialmente borrascosa de su vida.

Una carta pasional de Alma, dirigida a su joven amante, llega a las manos de Mahler, al colocar ella -por equivocación- la dirección de su esposo como la del destinatario.

El compositor cae, así, en un torbellino de celos, pasión y amor ciego que lo lleva a dedicarle su 8ª Sinfonía y pasajes enteros de su 10ª, en preparación.

“¡Por ti vivir! ¡Por ti morir! ¡Almschi!”, es lo último que escribió para esa obra. (Almschi es un diminutivo de Alma.)

Desesperado por creer haber perdido el centro de su universo y al borde de un colapso mental, Mahler pide una cita con Sigmund Freud, quien le hace un análisis psicoanalítico en una sola sesión de una tarde. Traduzco, de una carta de ese otro gran judío, cuyo pensamiento influenció casi todo el siglo XX:

“Hemos dado un paseo muy interesante por su vida sentimental pasada, descubriendo, especialmente, una marcada ligazón a su madre. Tuve la oportunidad de admirar su genial capacidad para comprender las cosas. No me fue posible descifrar su cuadro neurótico. Era como si un oscuro y profundo hoyo, hubiera quedado cubierto por una misteriosa construcción arquitectónica”

El 21 de febrero de 1911, en Nueva York, Mahler dirige su último concierto, pero ya está enfermo. Lo que en principio se había creído que era una gripe, termina diagnosticándosele como una infección bacteriana al corazón.

Los médicos de EEUU, París y, finalmente, Viena no pueden hallar ningún remedio para su enfermedad y regresa a esta última, para morir el 18 de mayo de 1911.

Cuatro años después, su joven viuda Alma cerraba el círculo pasional, casándose con Gropius, el arquitecto alemán que había sido su amante en los últimos años de vida del compositor.

Paul Thomas Mann (Lübeck, 1875-Zürich, 1955), por su parte, más conocido como Thomas Mann y gran admirador de Gustav Mahler, escribió una novela corta titulada La muerte en Venecia (Der Tod in Venedig), en la que recrea ciertos aspectos mahlerianos en su personaje principal: Gustav von Aschenbach.

En la novela, empero, no se trata de un compositor, sino de un escritor ya famoso y cincuentón, quien debido a un encuentro fortuito con un hombre que se lo queda mirando fija y penetrantemente en la calle, deduce de allí que lo que necesita es hacer un viaje, alejarse por un tiempo de todo, para poder acercarse a la inspiración.

Ya en Venecia, ciudad que está próxima a sufrir el terrible impacto de la peste, se queda prendado de la belleza física de un joven visitante del balneario en el que se encuentra.

Al final, von Aschenbach muere, sin haber resuelto su –tardía- fascinación homosexual.

En la vida real, Mahler ya había escrito una canción (un Lied) a una niña a la precoz edad de seis años y su vida había sido una frecuente búsqueda del gran amor (femenino), que creyó encontrar en Alma, pero que al final tampoco pudo ser.

Mann, por su parte, a pesar de estar documentadas sus claras inclinaciones homosexuales en su diario personal y otros escritos, parece ser que se quedó sin atreverse a materializarlas. (Tal vez ‘corporizarlas’ sea la mejor expresión.)

Lo que sí está claro que hizo, fue casarse con Katharina Katia Pringsheim con la que tuvo seis hijos.

El tema del hombre maduro fascinado platónicamente y ‘desde lejos’ por especialmente bellos efebos es uno de los temas recurrentes en varias de sus principales obras como Los Buddenbrook y Tonio Krüger.

Visconti, finalmente, vuelve a lo que podríamos llamar la idea original y le da el oficio de compositor al personaje principal en su película Muerte en Venecia (sin el artículo femenino inicial).

En el último acto, Aschenbach, ya enfermo de cólera, acude desde temprano a la playa pues se ha enterado que la familia polaca de Tadzio partirá después de comer.

Allí ve al objeto de su fascinación pelearse con un amigo, del cual sabe que es algo más que eso porque los ha visto besarse. Cuando intenta levantarse para acercarse a ellos, las fuerzas lo abandonan debido a la enfermedad y se desploma.

Mientras va siendo testigo de cómo el efebo polaco se introduce en el mar señalando hacia el horizonte en sus juegos, y su rostro se va cubriendo de gruesas gotas de la tinta negra que caen de su cabello y que un peluquero local le ha convencido de usar para ocultar las canas, Aschenbach muere.

Sin que Tadzio ni su familia se den cuenta, los encargados de la playa ven el cadáver y lo retiran.

(Aquí habría que reprocharles a Mann y a Visconti no haberse informado bien de cuáles son los síntomas del cólera, como enfermedad, que fue la peste que azotaba Venecia en la historia. De otra manera, habrían situado sus escenarios muy cerca de uno o varios retretes.)

Las referencias biográficas de esta gran obra de arte, La muerte en Venecia, son varias.

Parece ser -según el testimonio de la esposa de Thomas Mann, Katia, en sus memorias- que el escritor alemán vivió una escena muy similar en una de las visitas de la familia a Venecia. Excursión que concluyó abruptamente cuando se enteraron de que la epidemia ya estaba alcanzando los límites de la ciudad.

El conde marxista italiano, Luchino Visconti, por su parte, era –ya que estamos en el tema- una persona que no tenía ningún empacho en mostrar su verdadera inclinación sexual, pero esta fue su primera película en la que se ocupó abiertamente del tema.

La verdad, su caso retrata una de esas injusticias solapadas –de la cual no se le puede culpar- según la cual, a los llamados nobles se les permite todo tipo de extravagancias (la homosexualidad no lo es) pero no a aquellos que provienen del llamado pueblo llano, como fue el caso de su compatriota Pier Paolo Passolini, por ejemplo.

Pero ese ya sería tema de otra página de este cuaderno que cuenta.

Quede constancia, como punto -casi- final, de que gracias al trabajo de difusión del gran Leonard Bernstein, durante la década de los 60, fue posible recuperar definitivamente a Mahler y a su gran obra para la posteridad.

En 1971, Luchino Visconti (se lee Luquino en castellano), tomando de la mano a Gustav Mahler, lo hizo pasar con su gran obra fílmica al Salón de la Inmortalidad, donde ya se encontraba esperándolos Thomas Mann.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, martes 07-08-2007

(*) Sufría, además, de hemorroides (estando a punto -en más de una oportunidad- de morir desangrado), así como de una amigdalitis crónica, que fue la que seguramente le provocó la infección bacterial cardíaca que terminó causándole la muerte cuando estaba por cumplir 51 años de edad.

P.D.: Aquí una prueba de que la animadversión hacia todo lo judío, no pasaba de ser una gran pose de los grandes criminales nazis.

LOS DISCOS SECRETOS DE HITLER

http://www.elpais.com/articulo/cultura/discos/secretos/Hitler/elpepucul/20070807elpepucul_1/Tes

A continuación, para los amantes de los detalles, la música clásica y el cine, una reseña extensa y muy bien documentada de la película, que he descubierto justo antes de terminar esta entrada y de la cual he tomado algunas informaciones complementarias al final:

http://www.filomusica.com/filo18/visconti5.html

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