MI(S) DESTINO(S) EUROPEO(S)

Para mi viaje a Europa procuré prepararme bien. Primero, mentalmente.

En esa época, 1985, no era común emigrar de mi país, Perú. Apenas existían compatriotas u otros latinoamericanos en Europa.

Ahora es bastante diferente.

¡Hasta una procesión del Señor de los Milagros han llegado a organizar los peruanos en esta ciudad católica de Colonia!

(Sólo fue una miniversión. Pero cómo sacaban los alemanes sus máquinas fotográficas por lo exótico del asunto, asombrados de actuar como turistas en su propio país.)

La verdad es que no sé cómo pude tener el atrevimiento de venirme a este continente prácticamente sin conocer a nadie, con muy poco dinero, sin saber el idioma del primer país al que llegué, Francia, y solo con una oferta verbal de trabajo como músico.

Al final, lo de la oferta laboral resultó ser una estafa, una fanfarronada, para ser más exactos.

Aunque me había preparado mentalmente para el peor de los casos, no fue nada fácil tener que reconocer que me encontraba en una situación más que crítica y que nunca antes había experimentado en mi vida. Pero ni de lejos.

Alguna vez me animaré a contarlo en detalle.

Ahora quiero iluminar otros pasajes de mi memoria: he terminado asentándome en Alemania y soy feliz en este país –por más que no sea lo que me había imaginado-, pero también pude haber terminado en Suecia, en Italia o en España.

(En mi primera visita a esta última me topé con tan grande hostilidad hacia lo latinoamericano, que de alguna forma me alegro –y me apeno por lo del idioma y la cultura- que no haya sido así. No lo digo por la gente culta y educada, se entiende.)

Me acuerdo que una de las cosas que hice con mayor gusto antes de partir, fue visitar a una serie de personas y personajes que habían visitado Europa y tenido una experiencia aquí.

De este continente yo conocía solo Mannheim, aquí en Alemania y un trozo de la Selva Negra.

En Mannheim pasé 3 meses de mi vida asistiendo becado, gracias al Instituto Goethe, a un curso de alemán avanzado. Una excursión organizada por gente del instituto me permitió pasar un fin de semana en esos bosques que menciono y que se encuentran al sur de este país.

-¿Conoces a Mafalda? –le pregunté a la joven secretaria que estaba cerca de mí, contemplando desde una montaña el frondoso e impresionante paisaje de la Selva Negra alemana y que formaba parte del grupo guía de nuestra excursión de futuros académicos de diversos países del mundo.

Creo que era finales de octubre, por la frivolidad y lo voluble del clima. Recorríamos senderos de caminante, como parte del programa de la excursión.

-No sé quién es –respondió ella, a mi ingenua pregunta. Yo estaba convencido de que a Mafalda se la conocía en el mundo entero-. ¿Y por qué lo preguntas?

Le expliqué quién era en mi alemán de libro de entonces.

-Hay una tira donde creo que Felipe ve a Mafalda observando a unas hormiguitas con mucha concentración y le pregunta: “¿Qué observas? Si sólo son unas simples hormiguitas que están sobre una hoja de lechuga”. Luego, continúa pensando que la hoja de lechuga está sobre el suelo, el suelo en el departamento, éste en Buenos Aires, ésta en Argentina, ese país en América, y así, sucesivamente. En la última viñeta, creo que Felipe empieza a comer hojas de lechuga en el suelo, como una hormiguita.

-¿Y por qué viene a cuento eso ahora? –me preguntó Elke. Tenía veintiuno o veintidós años y ese tipo de cabello largo, fuerte y sedoso que tanto me gustaba.

-Mira este paisaje. Ahora soy yo el que se siente como una hormiguita -le dije, avergonzándome por haber compartido con ella ese momento y esos pensamientos.

Creo que allí nos enamoramos, viendo el cielo estrellado y la luna contemplando cuán tontos podíamos ser.

Tal vez porque me enamoré de Elke (ella fue a visitarme un par de meses después a Lima) o simplemente no se me ocurrió, no recuerdo haber tenido entonces muchos deseos de sacarle jugo turístico a aquellos 3 meses en Alemania.

Recuerdo que aprovechábamos cualquier fin de semana para pasarlo juntos, sin importarnos apenas donde.

Lo digo, pensando ahora en esa gente que es capaz de recorrer en muy poco tiempo ciento ochenta y un mil lugares turísticos. No sé cómo lo hacen.

Personalmente, yo he sido siempre un pésimo turista.

En cambio, he sabido impregnarme de otra forma de las ciudades en las que he vivido o he visitado, de tal manera que, aunque no guardo ningún trofeo turístico de ellas –los llamados souvernirs son trofeos-, no se pueden escapar ellas así no más de mí.

¿De no haberme venido a Alemania, a qué país habría ido a parar?

Recuerdo de esa época de preparativos en Lima, con especial cariño temporal (el tiempo ayuda mucho en muchas cosas), un par de entrevistas que tuve con compatriotas míos que habían vivido en diferentes países europeos.

-¡Alemania era una fiesta! -me decían unos.

-¡Suecia también! -otros.

Ahora que he cumplido 22 años de vivir en este país teutón, comprendo cómo es que habiendo deseado establecerse ellos en este continente, no lo hicieron. Porque simplemente no pudieron.

Pero se referían a Europa, como a un viejo amigo de aventuras, al que bastaba decirle tu nombre y alguna contraseña para que él (ella) empezara a envolverte en sus fabulosos juegos, con muchachas de belleza y “rubiedad” indescriptible, esas cosas que están en la imaginación de muchos hombres -y mujeres- sobre estos países del norte.

Una de las primeras cosas que se da uno cuenta aquí es que no hay muchas rubias. Verdaderas, se entiende. (En los hombres, la cosa es más sincera, vamos a decir.)

-Las mujeres sobran en Alemania, hermano –me contaba uno de los personajes al que yo había acudido entonces, en busca de conocimiento indirecto-. No es como aquí que las mujeres no son independientes. Ellas hacen su vida. Está bien, no sobran, claro. Pero te llega a dar la impresión de que lo hicieran, porque son activas en todo, hermano.

-¿Y cómo es en el invierno? Imagínate, estás en un lugar en el que no conoces a nadie, hace frío y ya no tienes dinero. ¿Qué haces? –les preguntaba yo.

Ese tipo de cosas me interesaban.

Había conseguido imaginarme un sinnúmero de posibilidades. Y para saber por la experiencia de otros qué hacer en caso de toparme con ellas, me recorrí aquella vez media Lima en busca de gente que pudiera respondérmelas.

Creo que el principal motor de mi viaje fue mi ingenuidad. Me encontraba estudiando Matemáticas en la U.N.I. de Lima, pero mi sueño seguía siendo venirme a Europa y dedicarme solo a escribir.

Como se me presentó la oportunidad de viajar a París como músico, pensé que bien podría aprovechar la oportunidad para estudiar en la Ciudad Luz. Ya no sé bien por qué se me metió a la cabeza lo de Cinematografía. Tal vez sólo porque sonaba bien.

Si alguien me hubiera preguntado en esa época por qué, le habría respondido que por mi interés por los guiones, por las historias que cuentan. Que me gustaría escribir libretos cinematográficos. Era lo más cercano a mi sueño secreto que se me podía ocurrir.

Repasando esta mi segunda vida, ajusto la vista y veo con sorpresa que no he estado lejos de ir a parar a Italia, a Verona, exactamente.

Una alemana despampanante, con un busto tan perfecto que no he vuelto a ver en mi vida (ni en imágenes), alta, rubia, guapa y con porte aristocrático, para más señas (aunque provenía de una familia bastante normalita), estuvo a punto de convencerme, sin conseguirlo.

¿Qué me hubiera hecho yo en Italia, con una mujer que en cada restaurante italiano que visitábamos, nos querían atender todos los camareros, y a la vez? Hasta los cocineros y lavaplatos salían de la cocina para acercarse a nuestra mesa bajo el pretexto de escuchar el perfecto italiano de mi novia.

Sí, lo hablaba muy bien, porque había vivido un par de años allí.

Pero así de interesante y atrevido era también cómo se vestía ella.

Digamos que no era mucho lo que dejaba a la imaginación.

(Un intento: tal vez lo que sólo dejaba a la imaginación era lo mejor, consiguiendo volver aún más locos a los hombres.)

¿Qué me hubiera hecho yo con una mujer con la que ni siquiera estando con ella podía estar y vivir tranquilo?, me pregunté entonces.

Felizmente entendí, en esa media docena de visitas a restaurantes italianos con ella que, justamente a ese país, era al que no debía ir con una mujer así. De ninguna manera.

Cuando comprendí que no me iba a ir con ella a Verona, porque simplemente no podría, abrí la puerta de su departamento una madrugada y salí a las calles de esa zona sur de Colonia donde vivía.

Era una solución tonta y abstrusa. Pero era una solución para mí.

¿De qué tenía miedo?, me pregunto ahora. ¿De enamorarme perdidamente y sufrir como un perro? ¿La quería? ¿Estaba enamorado? ¿O todo no pasaba de ser ese fuerte estado de exaltación hormonal que puede producir la compañía de una mujer así?

Ella salió a buscarme con su automóvil y cuando me encontró, anduvimos varios cientos metros por las calles cubiertas de nieve, desplazándonos ella por la pista y yo por la resbalosa acera y discutiendo en la madrugada. Quería que le explicara por qué no y, justamente eso, era lo que yo no sabía.

Nunca llegué a explicarme su obsesión.

Yo era alguien que no tenía nada para ofrecerle en ese momento. Mis estudios estaban estancados, acababa de cumplir treinta años, mis proyectos no avanzaban como debían y el idioma había resultado ser un escollo mucho más grande del que me había imaginado.

Había probado varias cosas: profesor de idiomas, músico, locutor de radio (para La Voz de Alemania, la Deutsche Welle), barman, ayudante de filmaciones. Pero seguía sin encontrar mi centro.

¿Fui el primer hombre en su vida que no se dejó obnubilar por su figura, su porte, su atractivo y su buen gusto? ¿El primero que la dejó en pleno noviazgo, a pesar de que todo parecía marchar perfectamente? ¿No lo pudo soportar, porque simplemente no conocía esa nueva situación?

No lo sé. Nunca lo supe.

¿Y qué había hecho ella antes en Italia?, era algo que nunca le llegué a preguntar. Una de mis sospechas, por la cantidad de ropa de alta costura y finas pieles que tenía, es que había estado casada con un millonario italiano.

¿Y qué pensaba hacer ella en Italia, al volver, después?, fue algo que sí le pregunté y sólo me respondió con generalidades. Pero generalidades en las que ahora encuentro bastante significado.

-Da igual a donde uno vaya –me dijo alguna vez-. Lo importante es desearlo.

Tenía razón. Pero solo en cierta forma.

Ocurría que en ese momento mi deseo no coincidía con el de ella. Eso era todo.

Aunque tuve la increíble suerte de encontrar trabajo como profesor de idiomas en mi absoluto primer día en Colonia, pronto comprendí que Alemania no era ninguna fiesta. Y menos París, ciudad que tuve la oportunidad de conocer a lo largo de varios meses de infructuosa estadía allí.

Tal vez llegué a la matemática conclusión antihemingwayiana de que, si París no era una fiesta y ya había conocido en carne propia que Alemania tampoco, entonces no tendrían por qué tener muchas mayores chances los países nórdicos.

Seguramente España podría haber sido el siguiente país en la lista, pero mi primer viaje a la Madre Patria, a Madrid, resultó ser un medio desastre –era invierno, además- y no me gustó nada la ciudad.

(Volví a visitar Madrid por tercera vez no hace mucho, con ocasión de una exposición sobre la obra del fotógrafo indigenista Martín Chambi, y me vine con una impresión completamente diferente. Es que una ciudad tiene muchas caras. Y uno mismo también. Y esas caras van variando -además- con el tiempo.)

Si mi primera visita a España fue un medio desastre, mi segunda, esta vez a Barcelona, fue un desastre completo.

Después de viajar en automóvil con unos punks que solo escuchaban su música de dos acordes y que se pasaron el viaje de 18 horas fumando una marihuana que tiene que haber sido muy fuerte, fui víctima de un asalto nada más llegar a Barcelona y un loco usamericano me amenazó de muerte en el albergue en el que me había alojado.

Se molestó porque no tenía ganas yo, de conversar con él.

Después de todo lo que había pasado me sentía en mi derecho de no hablar con nadie.

Ya les contaré.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, miércoles 08-08-2007

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