LAS CHICAS VARGAS

Había pasado casi cinco años estudiando en Europa.

Antes de abandonar Suiza, había tenido que renunciar a su puesto como practicante en un estudio fotográfico en Ginebra.

Corría el año de 1916. Dos años atrás había empezado la guerra y él debía abandonar por orden paterna su formación europea para volver a su querida Arequipa. Ahora, de paso por Nueva York, la simple vista de una belleza pelirroja pasando por su lado, le había causado una fascinación tal, que había empezado a temblar, pero no de frío.

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Con apenas quince años, en 1911, su padre –un fotógrafo especializado en retratos y paisajes y conocido en Europa por sus trabajos- lo había acompañado a Suiza, junto a su hermano Max, con el fin de completar sus estudios. Don Max Vargas quería que sus seis hijos tuvieran la mejor formación profesional posible en su campo.

Aunque se dice que Alberto había aprendido a usar el recién inventado aerógrafo para retocar las fotografías del estudio arequipeño de su padre, su verdadera pasión era el dibujo y la pintura.

Ahora se hallaba recorriendo las calles de Nueva York, deslumbrándose con el calor mundano de la Gran Manzana, con todo lo que ese fruto podía ofrecer en formas exuberantes y perfume. Incluida su inclinación por lo podrido.

Era octubre de ese año, 1916.

Se había pasado cinco años fieros en escuelas de fotografía en Suiza, aunque inicialmente estaba previsto que se formara también en Londres, para luego regresar al estudio paterno a aplicar todo lo aprendido. Su inglés no era bueno. Dominaba el francés que se usaba en Ginebra y el alemán suizo del resto del país.

Pero se lo estaba pasando bien en Nueva York.

Su padre, viendo que la Primera Guerra Mundial ya llevaba dos años de iniciada sin visos de concluir pronto, le había dado órdenes de regresar a Arequipa. Le había escrito que prefería verlo sin haber concluido su formación, pero por lo menos vivo.

Así, había abandonado todo en Suiza y se había dirigido primero a Londres, según las indicaciones paternas, desde donde debía zarpar en el próximo barco disponible al Perú.

En París, sin embargo, había recibido la orden de unirse a su hermano Max en Nueva York, para de allí regresar juntos al terruño characato, a la tierra de muchos famosos Vargas.

Ahora recorría uno de los lugares que más le habían atraído en su corta estadía en la ciudad de los rascacielos y el flamante metro: Broadway.

Minutos atrás había avistado, caminando muy rápidamente entre las calles rebosantes de gente, a una mujer pelirroja cuya particular belleza lo había dejado pasmado.

-Perdóneme –le dijo al portero del teatro, en su inglés mínimo y trémulo, pero cortés-. Soy un artista peruano y vengo de Suiza. Quisiera saber si usted fuera tan amable de decirme cuál es el nombre de la belleza que acaba de entrar.

-No sé si usted sea un artista o no. Pero tampoco es el primero que hace esa pregunta –le dijo el moreno portero, dejando su pose de alerta inicial, debido a los buenos modales y la ropa del joven que tenía delante suyo-. En todo caso usted tiene muy buen gusto y se ve que sabe tratar a la gente. Ella es la señorita Clift. Allí lo puede ver en el cartel. Anna Mae Clift, bailarina del Follies.

-¿Follies? ¿Como las Follies Bergères de París? –preguntó él.

-¿Usted está muy bien informado, no? –dijo el moreno, mostrando dos filas bien alineadas de perlas muy blancas-. Este es solo el Greenwich Village Follies.

Vargas sabía del trabajo del gran artista francés Henry Toulouse-Lautrec, quien había inmortalizado a muchas bailarinas con su trabajo. El Gran Maestro de los Carteles que también había trabajado para el famoso Moulin Rouge y que había muerto cuando él era apenas un niño de cinco años.

-Es lo que todo caballero europeo quisiera ver –le respondió al portero, sonrojándose porque, todavía no había alcanzado la mayoría de edad. Por suerte, sus ropas europeas le daban cierto toque de distinción que bien compensaban los escasos meses que le faltaban para cumplir los 21 años.

Anna Mae Clift. Pelirroja. Infinitamente bella. Su mente se sentía como embriagada por un licor desconocido hasta entonces para él. La mujer que podía hacer de cualquier hombre un gran artista.

Pero él ya lo era. Sin saber bien cómo, decidió esperarla.

Al terminar la función, tuvo que aguardar casi una hora más hasta poder distinguirla entre las numerosas coristas que también salían de trabajar.

-Perdóneme, señorita. Eh, eh, estaría muy interesado en hacerle una pregunta –le dijo él, con la ansiedad del que sabe que caerá a un vacío interminable apenas acabada su pregunta.

Ella lo miró de arriba abajo y reconoció que se trataba de un extranjero.

Europeo, seguramente, por el modo de vestir. ¿Qué querría? ¿Contratarla para otro teatro? No, no lo creía. Demasiado joven para ser un empresario. Le sonrió, sin habérselo propuesto, en verdad. Si el muchachito quería con ella, lo que ella empezaba a sospechar, se equivocaba. Esta era Nueva York, y ese tipo de ofensas se podían pagar con la vida. Ella no era de las que se vendían.

Tenía un suave acento francés. Pero también desconcertantes rasgos indígenas, casi como los de los indios norteamericanos. Volvió a sonreír, le empezaba a causar gracia. Un pájaro exótico, pensó.

-¿Y cuál es la pregunta, joven? –dijo finalmente, preparándose para lanzarle una bofetada bien puesta en caso de…

-Soy artista, señorita. Mire, aquí están mis credenciales –dijo él, llevándose torpemente las manos hacia los bolsillos y dejando caer varias cosas.

Ella volvió a sonreír, tratando de contener una carcajada, en realidad, mientras lo observaba apresurándose a recoger lo que había dejado caer al suelo en su nerviosismo. Le temblaban las manos al pobre. ¡Qué primor! Los hombres que se atrevían a acercársele no solo pintaban canas: ya habían dejado de tener cabello, incluso. Y a esos caballeros no les temblaba todavía nada, pero tampoco eran tan educados como este muchachito. ¿Qué edad tendría? ¿Apenas veinte? Ni eso. ¿Sabría que ella era mayor que él?

-Mire, daría lo que estuviera en mis manos si usted me permitiera hacer un retrato suyo –casi tartamudeó él-. Puedo pedirle a mi padre que me envíe una remesa de dinero.

-¿Un retrato mío? –exclamó Anna Mae-. Eso es algo que nunca me han pedido. ¿No estará pensando, usted joven…?

-No, no, no –se apresuró a tranqulizarla él-. Le puedo mostrar de qué soy capaz. Mire –continuó él, sacando un lápiz y un bloc que siempre cargaba consigo-. Puedo hacer una caricatura del portero si desea. Mire.

En menos de un minuto la había terminado.

Anna Mae Clift rió con ganas.

Eran pocos los hombres que habían conseguido hacerla reír tan espontáneamente en su vida. Y ya no le importó si realmente era otra cosa lo que quería este muchachito que le había dicho que era peruano y que todo lo que quería era dedicarse a pintar.

Había que ver qué genial era dominando el lápiz.

Casi 60 años después, cuand Anna Mae Clift falleció en 1974, el ya mundialmente famoso Vargas, se negó a seguir pintando. Y entró en una grave depresión.

Vargas, el mismo muchachito arequipeño que se había atrevido a dirigirle la palabra a una diosa pelirroja allá durante la Primera Guerra en Nueva York.

Vargas, ahora conocido como Alberto Vargas y por sus Chicas Vargas: las Varga Girls, con la revista Esquire, primero, y luego las Vargas Girls, con Playboy, después, y ya con la s final de su apellido original.

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Joaquín Alberto Vargas Chávez, el que había admirado y envidiado el trabajo de Tolouse-Lautrec como el precursor de las chicas de almanaque o pin-up.

Vargas, el characato que había inmortalizado para el mundo del arte ese género tan desprestigiado y secretamente admirado en sus comienzos, acababa de perder a su modelo de toda la vida.

A la corista que en Broadway, y en camino de Ginebra a su Arequipa natal, solo había querido retratar y había terminado siendo su esposa.

Continúa mañana…

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, lunes 13-07-2007

4 thoughts on “LAS CHICAS VARGAS

  1. Muy agradable la narración sobre alberto vargas, del cual supe de sus chicas por mi padre ya que el coleccionó algunos de calendarios de los 50s. Algunos los guardo como un bonito recuerdo de él. Ahora que me convertí en arquitecto es un tema del cual me agradaria tener mas información.

    Gracias desde México

  2. Tras haber leído tu relato, con espectativa total e ignorancia plena, porque no sabía de quién se trataba, solo hasta casi el final. Yo llegué a tu página buscando a una chica latina quizás, del álbum del Sto. Papper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles, que figura atrás simplemente como ” La chica Vargas”. Conociendo de Rita Haywort que se llamaba en realidad Margarita Carmen Cansino, pensaba hallar un caso similar. Pero me quedo muy gratamente sorprendido con la historia de estas espléndidas personas. Un saludo.

    Efectivamente. Su padre fue un bailarín sevillano y Rita Cansino empezó a su lado su carrera artística a los 13 años. Después adoptaría el apellido de su madre Volga Hayworth de origen irlandés. Un ejemplo de cómo el ángel de una persona puede llegar a pasar desapercibido en la llamada vida real, en la que solo se le conocía como “tímida y bondadosa”. Gracias por tus comentarios. Saludos. HjV

  3. Estupenda la narración que hace honor al arequipeño Alberto Vargas Chávez. Él fue pariente lejano de mi madre (el tronco familiar de los Chávez es uno solo en Arequipa e incluso tienen un mausoleo a la entrada del cementerio de La Apacheta, en esa ciudad, en donde todavía se depositan los restos de los Chávez que fallecen en Arequipa). Jhon Updike le dedicó un artículo a Alberto Vargas hace unos años.

    Lástima que en el museo municipal de Arequipa hayan desaparecido los originales de algunas de las Vargas Girls, por negligencia de un funcionario de cultura en la gestión de los inefalbles Cáceres Velásquez

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