LAS CHICAS VARGAS (Continuación)

La fotografía muestra a un muchacho arequipeño recién llegado a EEUU.

Se encuentra entre la documentación que guardan los Archivos Smithsonianos del Arte Usamericano.

Debe ser del año 1918. En todo caso, de antes de 1923, cuando empezó a trabajar para el empresario Florenz Ziegfeld, y después de 1916, el año de su llegada. Debía tener entonces entre 22 y 25 años.

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Se ve a un joven mestizo con típicos rasgos indígenas, muy seguro de sí mismo, bien trajeado y con el gesto de quien sabe lo que vale. Su novia es Anna Mae Clift, una corista del Greenwich Village Follies de Broadway.

Me volví a acordar de él hace un par de años, con motivo de una reunión de ex alumnos de mi colegio limeño.

Uno de mis ex compañeros me hizo recordar uno de mis apodos de entonces: El Morboso.

Lo recordé perfectamente.

Camino al colegio compraba un ejemplor del diario limeño Ojo de ese entonces, con sus letras verdes y negras. Creo que era el de los lunes, seguramente para poner como pretexto lo de los resultados futbolísticos del fin de semana.

En verdad lo compraba por la fotografía de las dos páginas centrales. Se trataba siempre de una chica vestida con biquini, a la que yo retocaba con lápiz y borrador, hasta que a la hora del recreo al mediodía, ya estaba completamente desnuda.

Desde cierta distancia, incluso, apenas se notaba la falsificación.

Me reí. Eran tiempos en que los diarios costaban un sol y las fotografías eran en blanco y negro.

-¿Yo el morboso? –les dije-. ¿Quién me exigía que me diera prisa con el resultado de mi trabajo y me acuciaba ya desde el lunes por la mañana? –les pregunté, consiguiendo que algunos se sonrojaran.

Joaquín Alberto Vargas Chávez (Arequipa, 1896-EEUU, 1982) había estudiado en los Julian Studios de Ginebra, antes de la Primera Guerra Mundial.

Pasó casi cinco años estudiando en Suiza, después de dejar la honorable República de Arequipa. (Hasta un pasaporte propio tienen esos orgullosos arequipeños, cuya ciudad vio nacer, entre otros, a Mario Vargas, por ejemplo. No sé si pariente de nuestro invitado de hoy.)

Su padre los acompañó a él y a su hermano menor Max hasta el país helvético, pero antes pasaron por París, donde tenían que mostrar unos trabajos sobre unas ruinas incaicas.

Allí, en la Ciudad Luz, cambió su destino para siempre.

En la capital francesa pudo observar de cerca y admirar las obras de los grandes artistas de todos los tiempos. Lo asombraron especialmente los trabajos de Ingres y Rafael Kirchner.

París -sus museos, sus exposiciones, su arte por doquier- dejó impresionado al muchachito de 15 años.

La idea de su padre era que después de estudiar en Suiza, pasara con su hermano a Londres a perfeccionar lo aprendido, para finalmente volver a Arequipa a aplicar sus conocimientos.

Cuando don Max Vargas vio que la Segunda Guerra Mundial tenía para largo, los mandó a regresar al Perú siguiendo la ruta de Londres. Al cambiar –por alguna razón- de parecer, tuvieron que seguir la ruta que pasaba por París y Nueva York.

Fue en esta última ciudad, caminando por las calles de la Gran Manzana, de Broadway concretamente, que se quedó prendado de una pelirroja que le hace olvidarse de todo y le cambia la vida. Esa mujer, Ana Mae Clift, se convirtió desde ese momento en la compañera de toda su vida.

Ya sin el apoyo económico paterno y abandonado a su suerte, por decisión propia, tuvo que buscarse la vida solo.

Sus primeros trabajos fueron de género diverso: casas de modas, sombrererías, espectáculos, y como retratista de clientes privados.

En 1930 se casó con Anna Mae y se dice que ella fue la que pagó los gastos.

Después de trabajar para Ziegfeld y su espectáculo las Ziegfeld Follies –copiado de las Folies Bergère de París- y para numerosos estudios de Hollywood, en 1940 la legendaria revista Esquire lo contrató como sucesor del famoso dibujante pin-up George Petty.

Para entonces, Vargas ya había retratado a Greta Garbo, Marlene Dietrich y Shirley Temple, para poner algunos ejemplos.

La revista Esquire, fundada en tiempos de la Gran Depresión económica en 1933, publicaba artículos y colaboraciones de escritores de la talla de Ernest Hemingway y F. Scott Fitzgerald.

Por decisión de la revista, Vargas tuvo que suprimir la ese final de su apellido, pasando a firmar sus trabajos como Varga.

Trabajaba utilizando una técnica mixta, básicamente con lápices de colores y acuarelas, y, posteriormente, con aerógrafo.

Su especialidad eran mujeres de aire sensual y formas idealizadas, larguísimas y contorneadas piernas, senos turgentes y bullentes, y que parecían haber sido pilladas en determinado momento comprometedor (o casi desnudas mientras hablaban por teléfono), pero que, a la vez, dejaban muy claro cierto exhibicionismo.

Como se trataba de tiempos en los que la fotografía no había llegado aún a su apogeo y la depresión económica no lo permitiría hasta un par de décadas después, constituían, prácticamente, la pornografía suave o ligera de entonces.

Con los trabajos de Vargas, la revista Esquire alcanzó cuotas de ventas impensables para su época.

A él, sin embargo, se lo retribuyeron muy mal en muchos sentidos y le prohibieron por orden judicial usar el nombre Varga (sin la ese) para firmar otros trabajos.

Decepcionado con el trato que le dispensaban quienes se habían vuelto millonarios con sus trabajos, se mudó con su esposa a Los Ángeles, donde pasará un buen tiempo hasta que a Alberto Vargas le empiece a ir mejor.

Las chicas de almanaque -o de calendario, pin up: ‘para colgar’- alcanzaron su apogeo durante la Segunda Guerra Mundial.

El gobierno usamericano de entonces llegó, incluso, a aceptar a regañadientes la costumbre de los pilotos aviadores de hacerlas reproducir en el fuselaje de sus aviones como una forma de personalizarlos.

Después, consciente del poder de las imágenes, repartió gratuitamente miles de carteles entre los soldados en el frente. ¿El pretexto oficial? Para “elevarles la moral”.

Visto con los ojos de ahora, en esta época de pornografía al alcance de cualquiera, nos puede parecer increíble que unas simples pinturas -estilizadas, además- pudieran haber servido para alimentar las fantasías sexuales de millones de hombres durante décadas.

Esquire también le prohibió a Vargas utilizar su apellido recortado para firmar sus trabajos cuando este dejó de trabajar para la revista.

El arequipeño, no habiendo podido defenderse judicialmente, tuvo que esperar hasta los años 60 para volver a publicar sus trabajos en un medio importante y reencontrarse con el éxito y la fama de la mano de una revista ahora sí verdaderamente atrevida y que se acababa de fundar en 1953, Playboy.

En Playboy empezó a publicar sus Vargas Girls, aumentando en varios grados el nivel de coquetería, sensualidad e idealización de las formas femeninas.

En el primer número de ese icono del erotismo gráfico apareció nadie menos que Marilyn Monroe, la chica almanaque por excelencia.

(¿Qué tomaría esa diosa para estar en esa permanente pose sensual y como dispuesta a todo inmediatamente? Me guardo mis sospechas.)

Se dice que Hugh Hefner -el dueño eterno de Plaboy- quiso obligarlo a incluir el vello púbico en sus trabajos, algo a lo que él se negó, entre otras cosas, por respeto a su esposa.

Su época de apogeo le llegó con esta revista al gran Alberto Vargas, a una edad en la que la mayoría de hombres ya ha pasado a jubilarse.

Al morir su esposa Anna Mae en 1974, luego de una caída de la que no pudo recuperarse, cae él mismo en un estado depresivo que lo lleva a abandonar la pintura. En 1978, con la publicación de sus memorias, se vuelve a animar a hacerlo.

Su sobrina Astrid Vargas Conde, lo acompañó en sus últimos ocho años de vida.

Quizá sea Europa, su primer puerto al salir de su Arequipa, la que le haya dado el merecido reconocimiento que en vida le fue negado en forma de sueldos míseros y contratos leoninos.

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Murió un 30 de diciembre de 1982, a los 86 años de edad, de un infarto al corazón.

Se dice que Vargas, al igual que varias de sus modelos, estuvo varias veces al borde de la quiebra. Como muchos verdaderos artistas, el dinero había sido algo secundario para él.

Hoy, sus trabajos cuelgan de las paredes de galerías, museos y exposiciones especiales, y se pagan cientos de miles de dólares por originales suyos.

Su mirada de artista y erotómano nato ha sido compartida por millones de personas, inclemente al paso del tiempo y de las nuevas y fantásticas tecnologías.

Y sus modelos no se han movido ni un solo momento de sus poses.

                HjorgeV

                Pulheim-Sinthern, martes 14-08-2007

VIDEO: HOMENAJE A JOAQUÍN ALBERTO VARGAS

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2 comments

  1. Ah, no me podía perder esta segunda parte. Lástima el video ya no está operativo. Pero bueno, gracias por tirar de mi hacia aquella época increíble.

    Rpta.: Mira qué gran sorpresa me das. Un motivo más para seguir escribiendo. Había leído en alguna parte algo sobre ese gran artista arequipeño y yo mismo me sentí trasladado a esas fascinantes épocas. El resto fue un par de días de trabajo. Se agradecen tus palabras. Saludos. HjV

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