LA VERDADERA REVOLUCIÓN FEMENINA (I)

Hoy, dos noticias de El País me hicieron recordar mis particulares relaciones con el tema de la emancipación femenina.

En una de ellas, se afirmaba que la inclinación de los niños por determinados colores, no es algo cultural ni aprendido. Depende del sexo, no de la educación.

Es decir, está en nuestra información genética.

http://www.elpais.com/articulo/sociedad/rosa/hecho/chicas/elpepusoc/20070820elpepusoc_3/Tes

La segunda era una simple noticia referida al tiempo y cuyo título rezaba así: El verano que desconcierta al hombre del tiempo.

 

http://www.elpais.com/articulo/espana/verano/desconcierta/hombre/tiempo/elpepunac/20070821elpepinac_10/Tes

-¿Por qué la innecesaria visión masculina? –se preguntó mi Lector Atento-. Bastaba poner ‘a los metereólogos’.

Esas dos noticias me hicieron recordar una historia futurista que empecé a escribir varias veces hace mucho tiempo y que –creo- terminé arrojando -también- varias veces al tacho. En ella había empezado a entretejer mis inquietudes y mis particulares impresiones sobre la emancipación femenina.

Debo reconocer que en ese entonces –todavía- no había superado el recelo que sentía –y que ya no tengo- respecto a las mujeres que sólo gustan de mujeres.

Mi óptica respecto a ellas y mi relación con las mujeres homosexuales ha cambiado en mi vida por varios motivos.

Intelectualmente –en algún momento- decidí ser consecuente con mis ideas: si todos somos o debemos considerarnos iguales (por lo menos como punto de partida), entonces también tenía que ser consecuente con aquellos que no compartían mis inclinaciones sexuales.

Me gustara o no.

Viví una temporada bastante especial, por ejemplo, cuando me encontraba entrenando un equipo de mujeres y aún no terminaba de interiorizarlo. Creo que allí aprendí que a ser consecuente con lo que se piensa, es algo que se aprende -como el balompié- en la práctica.

Por un lado recordaba haber visto en mi vida ciertas chicas que preferían jugar con los varones y hasta llegaban a vestirse así.

Por otro, me encontraba con mujeres (masculinas, voy a decirlo, aunque sé que habrá quejas y lo comprendo, porque soy bastante ignorante en estos asuntos) que no querían saber nada con nosotros los hombres y hasta parecían odiarnos.

¿Por qué?, me preguntaba. Si muchas quieren ser como nosotros, ¿por qué ese afán por matar al padre, para decirlo de alguna manera?

(Creo que tiene mucho de esa figura –la de matar al padre-, que es también uno de los motores de la pubertad y de la adolescencia, y que muchos llevan -¿llevamos?-, arrastramos, por el contrario todas nuestras vidas. Pero ese ya es otro tema y yo detesto estar mezclándolos.)

Hasta que la casualidad llegó para bautizarme.

No fue hace mucho. Me dedicaba en ese momento, -todavía- a los negocios, y tenía una pareja de clientas, de la cual una de ellas, vamos a decir, la más femenina, era especialmente guapa. Guapísima.

Para ese entonces, ya hacía bastante tiempo que había dejado yo atrás mi discreta aversión hacia todo lo que significaba lesbianismo.

La chica, mujer, muchacha, joven, era tan guapa que llamaba la atención por donde fuera. Como veía que las dos venían con regularidad a visitar mi negocio, me dije que no debían tener una especial aversión hacia o contra mí.

-Mira –le dije en una oportunidad a la más…, ¿qué?, ¿dominante?, ¿masculina?, bueno, a ella/él se lo dije, armándome de valor y en tono de broma, porque no había podido contenerme-. No sé qué vas a pensar de mí, pero con una novia así de guapa que tienes, yo me cuidaría hasta de los hombres.

Ella/él me quedó mirando y se empezó a reír.

-Sí –le insistí, abrazando con un solo brazo a su guapa pareja, quien también había empezado a reír-. Si no estuviera casado y se diera la casualidad que tú te descuidaras, lo intentaría todo. Tenlo por seguro.

Era una broma bastante atrevida. No sé cómo me salió. Una de esas cosas que después recuerdas y no te reconoces a ti mismo.

El hecho es que en vez de molestarse, ella/él me abrazó con cariño y me estampó sendos besos fortísimos en las mejillas.

Baf.

Me quedé baf, como dicen los alemanes.

¿Una lesbiana -de las masculinas, además, si es correcto lo que digo- besando cariñosamente a un hombre heterosexual convencido?

He tratado de explicarme ese fenómeno y no he llegado a una conclusión clara. Creo, para abreviar, que la rivalidad entre hombres y lesbianas es eso: pura rivalidad. Con mi broma, yo estaba mostrándoles claramente que había perdido, para seguir con la misma metáfora. Mi ‘amenaza’ las tenía sin cuidado y era una muestra más de lo guapa que de verdad era esa joven.

A partir de ese momento, creo que me convertí –es un simple decir- en uno de los pocos hombres heterosexuales con mayor cantidad de contactos físicos cariñosos con mujeres homosexuales.

El siguiente paso fue notar que, en realidad, lesbianas y yo, tenemos los mismos gustos. ¿Por qué tendríamos que desconfiar tanto los unos de los otros?

Claro, la inseguridad tiene un papel importante en el asunto.

Pero también lo tiene en todo tipo de relación de cualquier signo matemático.

De mis primeros tiempos aquí en Alemania, recuerdo ahora a una chica –alemana- que le decíamos La Licuadora. Burdo apodo era éste. Más burdos –aún- éramos nosotros.

El sobrenombre o alias se lo había ganado por sus frecuentes y nada discretos movimientos concéntricos de cadera que hacía al bailar los ritmos latinos.

Ella, que voy a llamar aquí Bárbara, frecuentaba todos los lugares latinos de la época que estoy hablando, allá a finales de los 80 en Colonia.

Tenía una de esas figuras que llamamos despampanante y que consiste en unas nutridas caderas precedidas por una cintura de esas que antes se llamaban de avispa y que creo que ya no existen o están en franco proceso de desaparición.

(Otra especie en ese proceso.)

Tenía el cabello lacio y largo. Era guapa sin llegar a ser bonita y tenía un elemento más que resultaba un tanto misterioso, pero que podía pasar desapercibido para la mayoría. No sabíamos bien lo que era.

Era de las que con la mirada pueden construir un muro muy seguro a su alrededor. O con el simple gesto; como ciertas limeñas.

Ya no sé cómo, pero el hecho es que terminé acompañándola a su casa en una fría madrugada de invierno alemán al salir de la discoteca en la que habíamos coincidido.

Habíamos bailado y bebido algo juntos. Luego habíamos empezado a charlar y, de pronto, me encontraba caminando por las calles de Colonia junto a ella.

-Seguro que vas a querer quedarte a dormir en casa –me dijo, sin darme chance a saber en qué realmente estaba metido, cuando llegamos a la puerta del lugar donde vivía y yo me disponía a despedirme de ella.

En verdad, no había que ser ni muy tonto ni muy inteligente para entender una pregunta así, pero yo fui esos dos extremos esa noche. O eso, por lo menos, era lo que había creído.

Me invitó algo de beber.

Después empezó a desnudarse delante mío, enfundándose a continuación en su piyama. Yo -creo, ya no lo sé bien- hice más o menos lo mismo, me quedé en ropa interior y me eché a su lado.

Recuerdo que tenía una cama bastante grande, comparada con las estudiantiles que me dedicaba a conocer con cierto carácter deportivo en esos tiempos presídicos.

Creo que nos abrazamos y llegamos a besarnos. Ya no lo sé más. No lo recuerdo.

Solo sé que en determinado momento me dijo:

-Bueno, ahora lo que viene lo vas a tener que hacer solo porque yo soy de las que prefieren a las mujeres para eso.

Baf.

Otra vez, baf.

Recuerdo que me quedé tan estupidizado –perdonen el verbo- que solo atiné a levantarme, vestirme en silencio e irme a casa con la cabeza gacha.

Baf.

Creo que el golpe, incluso, me quedó doliendo durante cierto tiempo. ¿Por el rechazo? ¿Por la trama tan absurda o tan maligna, si era una trama? Me imagino que sí.

También por lo surreal de la experiencia.

¿Quién te lleva hasta el borde la piscina solo para decirte que no hay agua o que sí la hay pero no es para ti? ¿Era su forma de manifestar su rencor contra los hombres, de hacerles daño?

¿De hacerles sentir lo tontos que somos y de cómo es tan fácil manipularnos con un simple par de movimientos cabareteros?

¿O, en cambio, esperaba que yo no me rindiera así nomás –como sí lo hice- e insistiera y la luchara?

Recuerdo que el absurdo me golpeó más que las ganas frustradas de ese entonces.

¿Me había soportado tanto tiempo –bailando, conversando camino a su casa y en el interludio en su habitación- solo para decirme que eso no era lo suyo?

¿Quería ver qué tan bien podía controlarme yo? ¿Por qué me besó, entonces?

En mi caso el absurdo había sido más poderoso que todo lo demás.

Si lo que quería era dejarme un recuerdo claro de ella, se había topado con alguien que suele saber aceptar los deseos ajenos.

Pero, ¿quién se aficiona a dejar ese tipo de recuerdos? ¿Y para qué?

No lo sé.

El tema me sigue interesando porque es un ejemplo más de la complejidad del alma humana.

De la insondabilidad del comportamiento humano. En este caso, femenino.

Por lo menos, ahora, sí sabría cómo tendría que haber reaccionado.

-¿Que solo te gustan las mujeres, dices?

-Así es.

-Pues, estamos en el mismo equipo.

-¿Cómo es eso?

-A mí también.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, martes 21-08-2007

ALEJANDRO FERNÁNDEZ & MALÚ: CONTIGO APRENDÍ (A. Manzanero)

 

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