LA VERDADERA REVOLUCIÓN FEMENINA (II)

En la historia que refería ayer y que estuve escribiendo y reescribiendo como un obsesionado durante un buen par de años, las mujeres habían conseguido hacerse con el poder del mundo. Lo dominaban sin cortapisas.

Se trataba de una Dictadura Femenina, en la que los hombres solo tenían derechos muy restringidos.

Era una mezcla de ciencia ficción, crítica social, bola de cristal y sátira. Mi intención había sido escribirla en tono de comedia. (En realidad me burlaba del hombre y sus defectos, llevados a esas potencias llamadas sarcasmo y caricatura.)

A pesar de que la empecé varias veces, no terminé por completo lo que pensé que podía a llegar a ser una novela. No sé cuántas veces la reescribí y nunca quedé contento con el resultado.

(Ni siquiera sé si guardo alguna copia de mis esfuerzos.)

En mi escenario, la gente vivía debajo de la superficie de la ciudad por la alta contaminación radiactiva de la atmósfera. La Gran Guerra Atómica no se había producido, pero los efectos de varios pequeños misiles nucleares, que se habían lanzado como armas disuasivas entre las llamadas potencias, habían producido tal pánico y tal caos en el mundo entero, que éste, tal como lo conocemos, había empezado rápidamente a colapsar.

Un día habían dejado de funcionar parcialmente las comunicaciones. Al fallar éstas, los negocios habían empezado a tambalearse. Luego los problemas con el envío de combustibles en el mundo y más problemas con las comunicaciones habían hecho el resto, junto con el lanzamiento de misiles en diversas regiones.

Se trataba, también, de un mundo que se valía de tecnologías muy desarrolladas y la gente -en las ciudades- se desplazaba por túneles subterráneos ayudándose por medio de bandas transportadoras, que yo llamaba transbandas. Las instalaciones del metro, habían pasado a constituir el nuevo centro de la ciudad, junto con sus ampliaciones y ramificaciones de menos envergadura.

Como he dicho, se trataba, en realidad, de una sátira. De tal manera que había incluido muchos elementos absurdos, pero que eran una copia o caricatura de muchas de nuestras actuales condiciones de vida, algunas de signo contrario y muchas veces utilizadas anacrónicamente.

Los hombres no podían votar, por ejemplo.

(En una época anterior lo habían podido hacer con el permiso de sus parejas, pero éstas –mujeres- habían mostrado demasiado buen corazón y el gobierno matriarcal había dicho que se corría el riesgo de volver a caer en una sociedad patriarcal y había eliminado esa posibilidad.)

Y apenas tenían voz.

En la nueva sociedad matriarcal, a partir de cierta edad, los hombres estaban obligados a entregas periódicas de su semen.

Esa práctica había sido escandalosa al comienzo, por la logística inicial (puestos ambulantes por toda la ciudad), pero, después, vistos los grandes resultados obtenidos, se veían como un mal menor.

El paso principal lo habían dado las mujeres negándose, simplemente, a parir.

En mi historia el proceso había empezado lentamente y luego había corrido todo como un reguero de pólvora; muy seco, además. El siguiente paso había consistido en seleccionar los nacimientos. Las mujeres se habían decidido solo a traer a niñas mujeres al mundo.

La escribí a comienzos de los 90, de tal manera que en mi historia no incluía elementos tan obvios e indispensables hoy pero casi completamente desconocidos entonces, como los celulares y las infaltables computadoras de hoy.

(Ken Olson, presidente de la Corporación de Equipos Digitales –Digital Equipment Corporation-, había afirmado uno cuantos años antes: “No hay ninguna razón para querer tener una computadora en casa”.)

La verdad, si las mujeres se lo propusieran ahora, en estos tiempos, lo tendrían más fácil, puesto que el celular y la computadora u ordenador han revolucionado la velocidad –que no la calidad, necesariamente- de las comunicaciones ‘interhumanas’.

Los hombres, aparte de no tener voto, apenas tenían voz en mi relato, tenían sumamente restringido el acceso a la universidad, no podían elevar demasiado la voz en ningún lugar y solo podían encontrarse con sus parejas en determinadas viviendas puestas a disposición por el estado matriarcal y en las que el control era absoluto.

Mi historia empezaba más o menos así (se trata de una reconstrucción que improvisaré en este momento, algo que no me será difícil, puesto que la llevé en la cabeza durante años):

tunel.jpg

 

[A esa hora de la mañana todos los túneles subterráneos del entorno del Neumarkt de Colonia se encontraban atestados con la gente que se había quedado rezagada del Primer Flujo Matutino. Tiabana caminaba, como siempre, algunos pasos por delante del padre de su futura hija Tiabana II. Futura, porque hasta que no cumpliera los nueve meses de estadía en la Incubadora Estatal, no le permitirían llevársela a casa.

-Soy el padre de nuestra hija –le había dicho él esa mañana, antes de dejar el departamento que compartían en los edificios familiares que el gobierno proporcionaba casi gratuitamente a las mujeres más destacadas de la sociedad matriarcal-. Lo sabes muy bien. Ya lo soy. Desde el primer momento en que quedó concebida. Y tengo derecho a verla como tú.

-No seas tonto, aún no ha nacido Tibana II –le había respondido ella, con esa sonrisa propia de los altos cargos dirigenciales y que muchos críticos y críticas del sistema matriarcal lo veían como una copia masculina y rezago de tiempos que ninguna mujer quería que se volvieran a repetir-. Oficialmente todavía pertenece al estado.

-Ustedes que lucharon históricamente tanto por poder abortar, se pasaron luego a reconocer los derechos de los nonatos, tal como si se tratara de personas de a pie –había continuado su queja él-. Ahora les importa un comino qué sucede con los niños en esos primeros nueve meses de vida.¡Mujeres!

-¿Niños? Bebés querrás decir – había respondido ella, sin inmutarse. Era su estilo.

-Muy bien, bebés; si así lo quieres. Pero, ¿por qué ahora los bebés no tienen ningún derecho? Las mujeres en su momento lucharon por los derechos de los fetos. Qué hablo. Ustedes han luchado por A y por B y luego contra A y contra B, para pasar solo a la lucha contra A y no contra B, y así sucesivamente.

Tiabana le había sonreído por toda respuesta. Él sabía que su argumentación era muy floja y se había resignado a callar.

Ahora caminaban por una de las bandas transportadoras, las transabandas, que conectaban la ciudad subterráneamente. Como Tiabana pertenecía al Consejo de las Artistas, un ente tan respetado como el Consejo de las Científicas, eso le daba derecho a poder aumentar la velocidad de las transbandas. Los escáneres instalados a lo largo de la complicada red de túneles que comunicaban las zonas más importantes de la ciudad se encargaban de activar automáticamente los mecanismos de aceleración.

Eso estaba hecho así, para evitar tumultos por problemas de envidia. En épocas anteriores, las mujeres pertenecientes a la élite estatal habían portado una tarjeta que tenían que usar para poder aumentar la velocidad de las transbandas. Hasta que otras mujeres habían empezado a quejarse:

-¿Nos hemos librado de la supremacía de los hombres, para caer en la supremacía de las empleadas estatales? –había sido una queja común por toda la ciudad.

El Consejo Matriarcal, para evitar problemas, y con su consabida rapidez para atacarlos, había cambiado el sistema preferencial haciéndolo más discreto.

Ahora el asunto ya lo era bastante, pero no dejaba de causar gracia ver cómo la gente se volteaba para ver por quién (cuál mujer)se había activado autmáticamente determinada transbanda.

-Si siempre tienes que llevar la delantera, aún caminando –le dijo él, tratando de reprimir su tono de reproche, porque sabía que entonces no tendría ningún chance con su pedido-, será muy difícil que puedas entender lo que te quiero decir.

Tomar la delantera era una costumbre rezago de la época en la que Tiabana tenía que adelantarse para poder introducir su tarjeta en las conexiones de las transbandas.

-Mira –insistió él, al no obtener ninguna respuesta por parte de ella-. Han anunciado bajos niveles para este fin de semana. Si tenemos suerte podremos salir un día de este fin de semana al balcón a pasar la tarde.

Se refería a los niveles de contaminación de la atmósfera. Cada par de meses se levantaba la prohibición de exponerse al aire libre, pero muy pocos hacían uso de ese privilegio, porque estaba ligado a una serie de controles superiores. Además de que podía resultar muy dañino para las pieles más blancas, debido a los largos años de abstinencia solar.

Ella se detuvo por un momento. No era su costumbre. A pesar de avanzar bastante rápidamente –y aún más que los demás, con el aumento privilegiado de la transbanda- era de las que no podían quedarse quietas y caminaba muy rápido por la superficie de goma mullida.

-¿Lo haces porque no te gusta el sabor de la vitamina D o porque realmente te gustaría pasar un par de horas conmigo en el balcón? –le preguntó ella, mirándolo fijamente a los ojos.

-Tengo un par de cosas de las que me gustaría hablarte –aprovechó él la ocasión para decírselo de una buena vez.

-Ya lo sé –le replicó ella, retomando su rápido paso-. Es el mismo tema de siempre, ¿no?

-No, no, no –dijo él, demasiado rápidamente, para corregirse inmediatamente-. Sí, sí, sí, quiero decir. Sabes muy bien la ilusión que me haría asistir a ciertos cursos de la universidad.

-¿Cuánto tiempo pasó hasta que las mujeres pudimos igualar en número a los hombres en las universidades? –le preguntó ella, con ese tono tan neutral que la había catapultado a los más altos puestos de la administración matriarcal.

-Sabes muy bien que todo eso no me interesa, Tabi. Lo único que quiero es poder hacer uso de mi derecho a matricularme en una universidad. Eso es todo.

-¿Y qué quieres? ¿Qué ponga en peligro mi puesto en el ministerio?

Había indicios de que, al paso que iba, Tabiana terminaría ocupando el cargo de ministra del ramo. Y había quienes afirmaban, incluso, que ese solo sería el comienzo de una gran carrera política.

-¿No podrías testificar por mí? –insistió él-. Me conoces. Sabes bien que solo me interesa lo académico.Quiero ir a la universidad.

Ella volvió a detener su paso. Se dirigían a la Incubadora Central, en donde se hallaba Tabiana II desde que había sido fecundada en vitro. Por lo menos esa era la versión oficial. La verdad era que Tabiana había hecho uso de sus contactos para saltearse ese paso burocrático obligatorio. Tabi II había sido concebido según los antiguos usos sexuales humanos. Pero eso constituía un absoluto tabú.

-Lo único que te pido es que guardes un poco de discreción ahora –dijo ella, deteniéndose sobre la transbanda-. Sabes muy bien que mi cargo me prohibe, en realidad, caminar a tu lado. Nosotras las de los Consejos Directivos solo estamos permitidas de estar con ustedes en los complejos habitacionales, no en la calle. Lo sabes más que bien.

-No caminas a mi lado –replicó, rápidamente él-. Me llevas por lo menos cinco metros de distancia.

Ella miró a su alrededor, para asegurarse. Por eso era que siempre escogía el horario entre el Primer y el Segundo Flujo, para evitar ser reconocida por alguien del ministerio. Ahora, solo los que se habían rezagados y algunos que se atrevían a usar las transbandas antes de la hora, eran los únicos posibles testigos de su compañía masculina pública. Pero tanto los rezagados como los adelantados a la hora, estaban cometiendo faltas graves y eso le confería a Tabiana cierta tranquilidad.

En última instancia podía probar que el hombre que la acompañaba a un par de metros de distancia era el padre biológico de su hija.

-Respóndeme a una pregunta –dijo ella, casi como hablando con el aire y sin esperar a que él hiciera algún comentario previo-. ¿Serías capaz de denunciarme por, por, vamos a decir, nuestra forma tan poco convencional de haber fecundado uno de mis óvulos?

Él se quedó por unos momentos callado, mientras se dejaban transportar. Sabía lo que ella estaba pensando. Lo decían todos los libros, desde los escolares hasta los científicos.

La preponderancia femenina se encontraba en permanente riesgo. Los hombres harían todo lo posible –hasta el último momento- y usando todo tipo de medios lícitos e ilícitos, para recuperar su poder perdido. El poder femenino tenía que ser permanenetemente ejercido para poder perpetuarse y evitar que se voltee la tortilla.

-No te podría mentir –le dijo él, resignándose.

Sabía que si ella así lo deseaba, podía hacer examinar su respuesta para que la sometieran a un detector de mentiras. Había suficientes cámaras al alrededor. Bastaba utilizar la mejor toma para ello.

-Claro que no me podrías mentir. Pero sería bueno que de vez en cuando dijeras abiertamente lo que piensas. ¿No crees?

-¡Eso es lo que estoy tratando de hacer todo el tiempo y tú te obstinas en mantener esta maldita distancia de cinco metros por delante! –exclamó él, pero cuidándose de no traspasar el nivel de decibelios que hacían saltar las alarmas de la ciudad.

Hacía mucho tiempo que a los hombres no se les permitía levantar la voz en ningún lugar. Absolutamente en ninguno de la ciudad.]

Más o menos así seguía mi relato.

Recuerdo claramente la serie de cuidados que debía tener para mantener una atmósfera plausible y burlona a la vez. La dificultad no había estado para mí tanto en la relación entre Tabiana y el personaje masculino y su especial psicología –eso me lo puedo imaginar con relativa comodidad: el intercambio de papeles-, sino en el escenario general o principal en el que se encontraba enmarcado mi relato.

Las mujeres habían tomado el poder. Sí.

Y tenían perfectamente claro que a los hombres los tenían que mantener sojuzgados para poder controlarlos.

Pero, ¿cómo sería realmente un mundo así, una sociedad matriarcal?, me sigo preguntando ahora.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, miércoles 22-08-2007

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