SOPAS ASIÁTICAS DE DOMINGO

La vida debería empezar con una sopa asiática.

Creo que si cada bebé recibiera, junto con su primera leche, una buena sopa perucho-asiática, estaría mejor preparado para la vida. Es un decir.

Como anoche me bebí media botella de ron, esta mañana al despertar, el primer pensamiento que tuve fue el de abrirle un juicio a los cubanos.

Aunque no estoy seguro si ellos lo inventaron.

(Hablando de aguardientes, justo ayer en El País me volví a topar con una de esas perlas que últimamente están proliferando en ese magnífico diario español. Uno de los artículos del diario trataba sobre una botella de pisco bautizada con el número de grados del último terremoto ocurrido en el Perú. Lo habían titulado así: Pisco 7.9: un licor de mal gusto. ¿No tienen un diccionario a la mano todos los redactores de ese y cualquier periódico? Qué digo. La Real Academia ofrece gratuitamente el suyo en la red. Al alcance de cualquiera. Que quiera hacerlo, claro está. Además, ¿no tienen correctores? Más aún, ¿nadie les dice nada?

http://www.elpais.com/articulo/revista/agosto/Pisco/79/licor/mal/gusto/elpepucul/20070825elpepirdv_27/Tes

Me refregué los ojos. Pero la ignominia seguía ahí. No había leído mal.

¿Dónde se formarán muchos de los periodistas de hoy?, me pregunté. Porque no me parece normal que un profesional de la noticia no sepa qué significa la palabra licor. Veamos el diccionario.

licor.

(Del lat. liqŭor, -ōris).

1. m. Bebida espiritosa obtenida por destilación, maceración o mezcla de diversas sustancias, y compuesta de alcohol, agua, azúcar y esencias aromáticas variadas.

2. m. Cuerpo líquido.

Me imagino que se podría argumentar post mortem, que ha sido la segunda acepción la utilizada. Lo malo es que en este caso la confusión y la ignorancia, por lo tanto, se podría multiplicar. Y ese ha sido el caso. Ahora puede haber mucha gente que, esperando, al comprar una botella de pisco, un licor, es decir una bebida espirituosa dulce, no lo encuentre y piense que la han estafado. Señores y señoras -son pocas- de El País: el pisco no es un licor. El vino y la cerveza, tampoco.)

(Pero eso no es todo. En el artículo de marras hay varios errores. Pisco sour está escrito con ‘a’ –sauer-, como ¡en alemán! Si bien es cierto que así se pronuncia, no se escribe de tal forma en el Perú, sino que se respeta la grafía inglesa original. Y me imagino que lo mismo sucede en el país hermano de Chile. Por otra parte, al nombre del presidente peruano le han clavado una tilde y, de paso, lo han convertido en agudo. ¡Vaya alguien a escribir Zápatero o Jóse, por ejemplo!

Ahora vean esta frase: “Pocas veces una botella de pisco -bebida alcohólica, aguardiente, que se bebe sola o como ingrediente para hacer el delicioso pisco sauer, y cuya denominación de origen se lo disputan Perú y Chile-, ha causado tanta polémica entre los peruanos. “

¿Qué se disputa? La denominación de origen. Entonces, ¿por qué “se lo disputan”? Buena pregunta. De concordancia.)

Por lo menos hoy ha quedado claro -también, una vez más- para mí, que ninguna persona de este mundo debería empezar ninguno de sus días con una resaca.

Lo peor es esa especie de ingravidez y esa indolencia dolorosísimas (perdonen el oxímoron) que parece que han llegado para quedarse. Esa angustia existencialista a flor de boca.

-¿Vienes con nosotros al desayuno del nido de Tonio? –me había preguntado ya ayer mi esposa.

No tuve necesidad de responderle. Sabe que detesto ese tipo de reuniones, en las que termino aburriéndome absolutamente como un santo de yeso o habiendo contribuido a que los demás estén más convencidos de que me deben faltar un par de tornillos.

(Esto último no es tan fácil. Porque es necesario encontrar por lo menos a una o dos personas que tengan ganas de pasar un simple buen momento sin sentido, es decir, estar con los cinco o más sentidos perfectamente alertas para encontrarle más de un sentido a todo. Y reírse durante un par de horas. Difícil labor en este país.)

La ventaja de vivir en Alemania, está en que, si así lo deseo, puedo esconderme perfectamente detrás de ciertas costumbres germanas. Ser poco o nada sociable, por ejemplo. No está mal visto. Es muy normal.

Estás paseando con tu novia y se les cruza en el camino el antiguo novio, alemanes los dos. Ellos se saludan, tú inclinas la cabeza, empieza el intercambio de palabras entre ellos, pero el sujeto en cuestión no tiene ojos para ti. Encima, es domingo y has dejado de existir. Te has vuelto invisible.

Ahora se ponen a conversar y puedes empezar a rogar que al tipo no se le ocurra alargar la conversación con ella y que todo no pase de un simple saludo espontáneo en la calle, porque, entonces, aparte de sentirte de cartón piedra, vas a tener que escuchar qué magníficos tiempos tienen que haber pasado los dos como pareja, a juzgar por el entusiasmo con el que hablan.

¿Y tú? Allí, a un lado. Sigues invisible. No te han presentado, ni siquiera te han saludado. Ni una sola mirada.

(Tampoco es que me atraiga siempre esa costumbre de mi país que consiste en presentar a todos a todo el mundo, con besito incluido. Pero esta costumbre alemana puede llegar a ser desesperante.)

Me ha sucedido varias veces y en alguna oportunidad aproveché la ocasión para terminar con mi novia de entonces. Simplemente me fui.

-Un momento, por favor –me dijo ella.

-Sí –le dije, sin detener ni un momento mi paso. Creo que ni cuenta se dio, con lo que le gusta a los alemanes conversar.

(Probablemente se casó con el mismo tipo y ahora viven felices. Mi contribución, me alegro.)

Creo que hay ocasiones en la vida de todos en las que no deberíamos dejar de prestarle atención a ciertos signos. Estaba celoso yo, seguramente, sí. Pero, ¿no notaba ella claramente que lo que el tipo estaba haciendo era hacerme notar que yo estaba pasando por lo que había sido su territorio?

Y, si ella lo notaba, ¿por qué no hacía nada para evitarlo? Bastaba despedirse y seguir nuestro paseo dominguero.

Creo que el domingo es el día que decide el futuro de muchas parejas. El día que debería tener pocos pretextos. Si hay que estar inventando demasiados para poderla pasar con tu pareja, puede uno estar seguro que la cosa no funcionará.

-¿Vienes o no vienes?

-No, gracias. Ya sabes cómo me aburro en esas reuniones.

-Siempre es mejor preguntar, ¿no crees? -me dijo ella y se lo agradecí esta mañana cuando volvió a preguntarme si iba con ellos al desayuno de la guardería, organizado -justamente- para que se conozcan los padres de familia.

Después me arrepentí, porque por la resaca me empezó a doler el centro del ser. Esa sensación de que te duele hasta los zapatos. Ese dolor sordo y profundo que se siente como un tren que no quiere –más- arrancar en ti, pero que te está haciendo sentir su presencia todo el tiempo. Para nada. Para ver vacías las paredes de las habitaciones. Vacía tu mente y el cielo. Vacíos los espacios. Vacías las páginas del libro que querías leer.

Si alguna vez exististe, ha quedado muy poco de ti ahora.

El teléfono, me dije.

Buena idea, como una forma para alejar a los fantasmas. Llamé a EEUU, Venezuela, Perú y Alemania. No tuve suerte. No encontré a nadie.

Nunca me ha pasado: cuatro países y casi una docena de llamadas.

Muy bien. Soy enemigo del teléfono y ahora él me lo está haciendo pagar, me dije. Debo aceptarlo. Hay que saber reconocer los signos.

Una sopa.

Sí. Esa tenía que ser la solución a mi falta de todo, empezando por el apetito.

Cuando me quedo solo y siento pavor de tener que preparar o cocinar algo para una sola persona (muchos de ustedes que leen esto, tal vez no saben a qué pavor me refiero: lo peor es tener que comer solo, también, cuando uno se ha acostumbrado a seis personas en la mesa), recurro a las sopas asiáticas instantáneas.

Como soy un amante de las sopas, en general, desde que descubrí las asiáticas en un negocio chino, no las he vuelto a abandonar.

Ni ellas a mí.

Son de las que vienen con fideos que solo necesitan un hervor y llevan unos sobrecitos dentro: uno con yerbas secas, otro con el concentrado de caldo de pollo, uno más para el picante y uno final con el polvo de caldo deshidratado.

Como suelo hacer, desbaraté los fideos dentro de la misma bolsa hasta dejarlos en trozos pequeños (prueben a comer fideos con una cuchara, los asiáticos usan palitos o palillos adicionales) y luego eché todo a una cacerola con agua. Le agregué el jugo de medio limón, trozos de ají, jengibre (kión o quión, en mi país) y ajo picado. Todos frescos.

Como me había preparado días atrás una salsa picante, agregué una cucharadita.

Cuando el agua rompió a hervir incorporé un huevo –sin su cáscara- dentro y di una sola removida fuerte: para que se rompa la yema, pero no del todo, le de cierto color al caldo y quede solo parcialmente cocido y duro.

Apagué inmediatamente el fuego y dejé enfriar un poco. Antes de servir, agregué un chorrito de salsa de soya (cuidado que hay algunas que llevan bastante sal), y unas rodajitas de cebollita china o cebollín.

Esa sopa es la que me ha permitido empezar a escribir estas líneas, esta mañana -ya mediodía- de un domingo inicialmente duro y vacío. Y me ha hecho sudar un poco, de paso, ayudando a despertar a mi metabolismo resaqueado.

Sin ella no me habría sido posible escribir una sola línea hoy. Ni una sola. (No saben qué reconfortantes pueden ser, sobre todo en eso de poder mirarse en el espejo y reconocerse de nuevo. Ah, eras tú.)

Lo decía al comienzo: la vida tendría que empezar con una sopa así. Hagan alguna vez la prueba. Motivos, sobran.

O, ya les tocará.

Que tengan un buen domingo.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, domingo 26-08-2007

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