POSTALES DE ALEMANIA: Separe su basura y viva feliz

Alguna vez se aparecerá la persona oportuna y hará un estudio sobre esto.

Me refiero a la costumbre -manía, más bien- alemana de separar la basura.

Este país tiene sus paradojas. A pesar de ser bastante limpio y ordenado, arrojar chicles (usados) y colillas de cigarrillos al suelo, por ejemplo, es algo que parece no estar mal visto, a juzgar por la indolencia con que esto se toma y acepta.

Es invisible. Nadie lo nota.

 

Algo también nuevo es ver cómo en las entradas de los supermercados se empiezan a acumular los recibos o facturas que la gente deja en los carritos o cochecitos de compra y que, al final, terminan regadas por el suelo, a las entradas de dichos negocios.

Aldi y compañía han empezado a ahorrar en todo, en la limpieza ‘externa’, en este caso.

Estoy seguro de que hay gente especializada en hacer negocios gigantescos con este tipo de cosas. Con la condición humana, en el fondo. 

No hace mucho un reportaje de la televisión mostraba cómo en muchos estados de este país se separaba la basura en vano, porque todo terminaba mezclándose en un mismo lugar para ser reciclado.

A la gente, eso, no parece importarle. Sigue separándola religiosamente.

El siguiente gran negocio (Rumsfeld acaparó el de la gripe aviar) será hacerle creer a la gente que su vacío personal lo podrá resolver con la cirugía. ¿Le duele la mano? ¡No faltaba más! ¿De qué tamaño quiere la nueva? Etcétera.

Otro gran negocio es el de las curas (de salud). Pero ese ya será tema de otra bitácora.

Lo volví a notar hace un momento cuando me puse a hojear el diario. Antes les voy a contar que recibimos el Anunciador Colonés -el diario más importante de Colonia- gratis. Sí; sin pagar un centavo y en casa.

Parece increíble, pero tiene que ver con una de las costumbres alemanas que más llama la atención a sus mismos habitantes, sin que por esto se les pase por la cabeza cambiar de forma de ser: separar la basura.

No soy de los que podrían hacer un análisis psicoanalítico de esto (los especialistas pueden hacérselo hasta a las piedras, si uno está dispuesto a pagar los honorarios: sino, ¿para qué son especialistas?) ni me siento tentado de verlo como un aspecto más de esa otra gran manía teutona: el orden. Por sobre todas las cosas, además.

Quedémosnos provincianamente en eso: al alemán le fascina separar su basura.

Esos basureros múltiples que ahora se pueden ver en las grandes estaciones y aeropuertos de muchas ciudades europeas y que nadie parece saber para qué sirven y que por eso mismo suelen estar -muchas veces- vacíos, pongo mi mano al fuego, tienen que ser un invento alemán, me digo.

Nuestro hogar, como todos los de esta zona, por ejemplo, tiene un barril para la basura biológica o biodegradable adonde puede ir a para a parar todo lo que pueda convertirse en humus. Su color es el marrón. (Los colores varían de región a región.)

El siguiente barril es azul y allí va a parar todo lo que sea de papel y cartón. Luego tenemos un barril amarillo, adonde tienen que ir a parar plásticos, metales y todo tipo de materiales que hayan servido de envoltura para algún producto comercial.

Todo tiene que estar limpio.

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Lo primero que hacen los empleados municipales antes de proceder a vaciar una vez por semana –por lo general- estos barriles, es abrir las tapas y controlar si se ha procedido correctamente.

¿A usted se le ocurrió tirar el envase de yogur con demasiados restos dentro? Prohibido, su barril no será vaciado y tendrá que esperar hasta la siguiente semana. ¿Se equivocó y puso dentro alguna pieza de plástico o un juguete roto? Lo mismo. Y no hay lugar a queja ni perdón.

Nosotros vivimos en una especie de pasaje que alberga cinco chalets adosados.

Esta manzana está estructurada de tal manera que este modelito se repite tres veces: pasaje, hilera de casas, jardines traseros; pasaje, hilera de casas, etc. No se repite más porque luego viene un riachuelo y más allá empieza otra forma de agrupar las viviendas.

Este pueblucho me gusta, entre otras cosas, justamente por eso: por su caprichosa pero no demasiado complicada geografía. Y las diferentes nuevas urbanizaciones le van dando variedad a la vista. Como se trata de una zona semirural –todo el resto que nos rodea son grandes campos de cultivo-, ese avance urbanístico es todavía bastante lento.

Alguna vez se pondrá aún más de moda y ya todo cambiará.

Mientras tanto, podremos seguir observando fenómenos que sería imposible de encontrar en la ciudad: el caso éste del diario que les digo.

El primer vecino de nuestra fila de casas lo recibe muy temprano por la mañana y lo lee antes de salir a trabajar.

Como no desea coleccionar más basura, se lo pone en la puerta de la siguiente familia: Elfriede y Heinrich, una pareja de alemanes sesentones que nos tienen especial cariño como familia.

(Anteayer, para no ir muy lejos, se apareció Elfriede con un pequeño balde o cubo lleno de frambuesas que había cosechado de su propio jardín. Yo le quise agradecer con una salsa especialmente picante y fresca que me estaba preparando para la semana, pero lo picante apenas se va descubriendo en este país.)

Ya habrán adivinado -correctamente- que luego de leer ellos el diario, más o menos al mediodía, nos lo pasan a nosotros.

A nosotros nos toca, finalmente, leerlo y tirarlo como deshecho al barril azul.

¿Se lo pueden imaginar? ¿Recibir en casa el diario gratis simplemente para que alguien se ahorre espacio en su barril azul?

Curiosamente, no hace mucho operaron a Elfriede de unas várices en las piernas y, al parecer, no estuvo en casa un par de días.

-¿No te diste cuenta de que no recibían el diario? –me preguntó, completamente decepcionada.

Como, a pesar de no ser creyente, procuro no mentir, le dije la verdad.

-Suelo leer la prensa digital. En español, además. El Anunciador Colonés lo leo raras veces –le dije-. Los sábados compro El País y El Tiempo- un semanario alemán este último.

Sé que se molestó de alguna forma, pero así es a veces en la vida, cuando la gente se hace ilusiones gratuitamente y suele ser decepcionada.

-Mi esposa lo lee a diario –agregué, tratando de arreglar un poco la cosa, sin éxito.

Pero ya se le pasó.

Sobre todo porque nuestro pequeño de dos años suele alegrarle la vida tocándole el timbre y reclamando sus dulces.

-Esos no son tus dulces, Yose Toño –le procuramos aclarar las cosas a nuestro hijo que pronto cumplirá tres años.

-Elfriede dice que son míos –remarca él, absolutamente convencido de lo que dice.

Y sí, nuestra simpática vecina alemana le ha dicho que ella compra dulces que son exclusivamente para él y que solo necesita tocar el timbre para recibirlos. Ella es la guardiana de sus dulces, le ha dicho. Él, el verdadero dueño de ellos.

Entonces, nosotros -para devolverles el favor- les tiramos el diario a la basura.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern

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