AGUA, HIELO & QUEMADURAS

-Perdón –dice el cocinero del restaurante, con el rostro congelado en un rictus de pánico, al interrumpirnos-. Toni, ¡tienes que venir a la cocina, Ela se ha quemado las manos!

A eso se debía el grito que acabábamos de escuchar y que mi interlocutor ha intentado simplemente ignorar para no interrumpir nuestra conversación.

Toni es italiano y el principal camarero del Flederius, el restaurante en el que me encuentro cenando. Suele fungir de administrador, cuando no está el dueño. Nos conocemos desde hace tiempo y suelo refrescar mi italiano con él.

-¡Llama a Stefan! –le dice Suri, el cocinero, refiriéndose al dueño.

-¡Merda! –espeta Toni-. Perdona, Jorschen, pero siempre es lo mismo –continúa en su italiano con marcado acento siciliano y que a veces hay que pasarlo por un cedazo para poder entenderlo-. Cada vez que tenemos gente nueva ayudando en la cocina tiene que suceder algo. No aprenden. ¡Porca madonna putana!

-¿Porca madonna putana? ¿Puerca virgen puta? ¡Los que no aprenden son ellos! –me dice mi Loro Atento, despertándose de su lugar sobre mi hombro derecho y sin que nadie, salvo yo, pueda escucharlo.

Ha vuelto a hablar después de mucho tiempo. Debería celebrarlo.

-¿Por qué? –le digo, viendo como el siciliano se aleja en dirección a la cocina.

-¿Cómo puede afirmar eso? –dice, ya en voz audible, mi loro-. Si sucede a menudo, es que son ellos los que no han aprendido. No han aprendido a tomar previsiones ni a prevenirlo.

Al abrirse las puertas batientes de la cocina, veo a una muchacha rubia, ligeramente pasada de peso que llora y se mira las manos, mientras deja caer agua fría sobre ellas.

Como me sucede casi siempre en ese tipo de situaciones, no puedo quedarme sentado y me acerco hasta donde está.

-¡Hielo! –pido, entrando a la cocina sin pedir permiso. Sé que casi todos han detenido sus labores y están como paralizados. La mayoría me conoce por Toni, pero, igual, yo sé que apenas debían haberse percatado de mi presencia.

-¡Hielo! –repito, pero enseguida veo a Tony pasándome una balde o cubo de esos que se usan para mantener frías las botellas de vino blanco, repleto de hielo.

La mujer, instintivamente, quiere meter las manos dentro pero la detengo a tiempo y de un salto me acerco al caño (grifo) de agua más cercano.

-¡Las manos dentro! –le digo, mientras veo cómo se le salen las lágrimas.

-¡Le dije a ese tonto que no tiene que estar tratando así a los nuevos! –se queja el cocinero, señalando a su compañero de trabajo, mientras está rebuscando el maletín de primeros auxilios, pero demasiado nerviosamente.

Es afgano y la persona a la que se refiere es su compatriota y colega de trabajo, aunque por lo que he entendido provienen de diferentes etnias y no comparten el mismo idioma materno.

-Saca las manos –le ordeno a la mujer que responde al nombre de Ela y que por la forma de hablar sospecho que debe ser polaca. Tiene unos profundos ojos claros, de color indeterminado o, tal vez, para mí, indescriptible. Debe ser por el pánico, me digo.

¿Polska? –le pregunto, para ganarme su confianza.

Ella asiente y me suelta una retahíla de palabras que no entiendo para nada. Le explico en alemán que no hablo polaco, que solo sé algunas frases de cajón.

-Mantén las manos en el balde –le vuelvo a ordenar.

Por la puerta trasera de la cocina acaba de hacer su aparición una figura de dos metros y con cara de circunstancias. Debe ser el dueño. Lo he visto un par de veces en mis visitas al Flederius, pero no como para memorizar su rostro.

Ahora que está parado y parece un coloso que se ha equivocado de lugar, no estoy seguro de que sea el que supongo. Tiene el aspecto de la gente que sabe que no todo lo que brilla es oro. En este caso, su estatura.

-Tiene que haber una crema en el botiquín –es lo primero que se le ocurre decir al avanzar hacia nosotros, que estamos parados junto a una máquina del tamaño de un lavaplatos automático y que solo sirve para hacer cubitos de hielo.

Al costado tenemos un lavatorio o lavabo, totalmente en metal.

-Nada de cremas –digo, mirándolo fijamente a los ojos por un par de instantes.

Por el brillo de sus ojos, calculo que lo hemos interrumpido mientras cenaba con un par de botellas de vino, ya vacías, al lado.

-El problema es que yo ahora no podría llevarla al hospital –me dice, sin importarle en preguntarme qué hago yo en la cocina de su restaurante ni quién soy-. No podría conducir por lo que he bebido. ¿Médico?

-No. Amigo de Toni. Pero nada de cremas, por favor.

Como me queda mirando le digo:

-Asumo la responsabilidad.

-¿Va a poder trabajar en los próximos días? –me pregunta.

Es de los que tienen el pensamiento tan viciado, que enseguida me hace recordar el chiste del tipo millonario y materialista al que otro vehículo le ha cercenado un brazo junto con la puerta de su Porsche al tratar de apearse de éste.

Debería contárselo, pero no es el momento.

-¡La puerta de mi Porsche! –es lo primero que le preocupa al tipo del chiste.

El policía que se acerca a tratar de ayudar le dice:

-¡Qué preocupaciones! ¡¿No se da cuenta primero que ha perdido un brazo en el accidente, señor?!

-¡Ay! –grita el hombre, ahondándose el gesto de pánico en su rostro-. ¡Mi Rolex!

La muchacha ha seguido llorando mientras tanto y yo me he limitado a controlar que devolviera al cubo de agua con hielo sus manos cada vez que ella creía que ya había pasado todo.

Suele suceder. Que la recuperación sea tan rápida que el o la afectada crea que ya pasó lo peor. Pero no.

-Sóbate las manos, una contra otra –le ordeno, ya con la voz más controlada.

Veo que se las soba con un gesto de estupor. No lo puede creer. Hace apenas un par de minutos se ha quemado las manos por tratar de asir un plato que había estado en un horno con casi 300 grados celsius de temperatura. El triple de la del punto de ebullición del agua.

Sigue llorando, aunque yo ya sé que no puede ser por el dolor.

-El maldito sabía que estaba caliente ese plato y me dijo tres veces que se lo pasara –me dice ella, más con rabia que con alivio.

-Seguramente se le olvidó decirte que estaba caliente.

-¡Había estado diez minutos en el horno!

-Si lo hubiera sabido te lo habría dicho –insisto, mientras veo con alivio, cómo ella se vuelve a sobar las manos entre sí y está segura que tiene que haber ocurrido un milagro.

-Ya no te duele, ¿no?

-Creo que no –me dice, sin saber si en realidad no está mintiendo, tal es el estupor en el que se encuentra-. Pero están muy frías.

-Eso es lo malo. Significa que ahora tienes que hacer una pausa. Prueba a seguir trabajando. Si tienes la sensación de que las manos se te empiezan a secar y te empiezan a doler, devuélvelas al agua con hielo –le digo, mientras observo cómo los demás ya se han reintegrado a su trabajo y han pasado a ignorarnos. La función tiene que continuar.

Sé que a esta hora de la noche su trabajo debe consistir en recoger todo tipo de trastos para lavarlos o introducirlos al lavaplatos y luego empezar con la limpieza de todo tipo de superficies de la cocina. Lo conozco. He tenido un par de este tipo de negocios en mi vida y sé cómo funcionan.

Me quedo un rato más, parado junto al cocinero quien ya está recuperado del susto.

-Mi colega es muy apurado, ¿sabes? ¿Jorsche o Jorschen, no? –me pregunta, mientras hace girar unas costillas de cerdo ibérico, y yo asiento, sin corregirlo-. Como tiene que coger su tren a cierta hora determinada, sabes, a partir de cierto momento de la noche empieza a agitar a todo el mundo. Es imposible trabajar así.

-No ha sido seguramente con intención –le digo, mientras observo cómo la muchacha pasa el trapo por las mesas metálicas de trabajo sin aparentes problemas.

-Otra vez las manos al balde –le digo.

El jefe ya ha desaparecido del lugar, en busca de la puerta de su Porsche, me imagino.

-No –me responde ella, secándose las últimas lágrimas.

Sé que se va olvidar de agradecérmelo. Forma parte del choque que acaba de pasar. Por lo menos deseo que mañana pueda trabajar también.

-Manos al agua con hielo –le ordeno, pasando del consejo al modo imperativo, sin perder la paciencia ni levantar innecesariamente la voz. Solo con convicción. Sé que funciona. Pasé años en eso.

-Ya –dice y obedece, sintiendo vergüenza, pero sin saber por qué.

Sé también que no puede objetarme nada.

El estado de choque se le está pasando y sé perfectamente que la he sacado de lo que para ella ha sido un pequeño infierno.

Esta gente no viene a Alemania a trabajar y en caso de necesidad, declararse enferma. Un accidente laboral puede significar romper con todos los sueños (planeados) de todo un año. Me debe a mí, por lo menos, hacerme caso un par de minutos más. Se lo digo y ella asiente.

-¿Cómo te vas a casa? –le pregunto.

-En mi automóvil.

-Lo ideal sería que pudieras mantener las manos cerca del balde mientras conduces –agrego.

-Es automático.

-Ideal –le digo, sabiendo que es muy raro encontrar esos vehículos en este país. Algo que sigo sin poder entender: embrague, cambio, embrague, cambio. Buen ejercicio para las piernas debe pensar la mayoría. Pero no es por eso.

-Lo mejor es que tengas un pequeño balde o cubo con agua y hielo cerca, por lo menos durante unas dos horas más –insisto-. No lo olvides, si sientes que la piel se reseca y te empieza a doler es que tienes que volver a mantener las manos en agua con hielo. Agua con hielo. Nunca hielo solo.

Se lo repito, porque por propia experiencia sé que la gente lo olvida una vez que ha pasado el primer momento de conmoción.

A los diez o quince minutos se creen capaces de seguir su vida normal, pero el proceso de recuperación con este método puede durar hasta dos horas. O un poco más. Menos, si la quemadura ha sido ligera.

Lo he vivido en carne propia. Y he vivido también el caso de alguien que quiso tratarse una quemadura de lengua con un trozo de hielo seco y se le quedó pegado sobre ella. Por eso la advertencia.

¿Qué sucede cuando se produce una quemadura?

¿Por qué se forman las ampollas en la piel?

¿Por qué se produce una herida y queda una cicatriz después de una quemadura?

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, martes 28-08-2007

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