AGUA, HIELO & QUEMADURAS (Continuación)

Lo que refiero hoy aquí forma parte de mi propia experiencia personal y no pretende nada más que ser registro o constancia de eso.

En el caso de las quemaduras, me alienta el deseo de transmitir un conocimiento empírico que puede sacar a más de uno de un apuro de esa índole.

¿Qué es una quemadura?

No sé qué sucede exactamente cuando sucede algún fenómeno. Salvo muy pocas cosas, de las cuales tengo cierto conocimiento más o menos confiable (así lo creo), de demasiadas cosas no sé nada o muy poco. Pero soy de los que les gusta hacerse preguntas y tratar de hallar sus respuestas.

(Cualquier falta de rigurosidad y profundidad en el tema se debe al carácter casi diario de esta bitácora, a que tengo varias obligaciones laborales y personales más, y, lógicamente, a mis propias limitaciones e ignorancia.) (**)

¿Qué sucede cuando alguien, por ejemplo, toma con las manos un plato que ha estado en un horno a más de 250ºC?

Vayamos por partes.

La temperatura corporal normal puede oscilar entre los 36,5°C y los 37,2°C . Lo cual corresponde en la escala Fahrenheit a los 97,8° F hasta los 99°F.

Por experiencia propia sabemos que temperaturas –del agua, por ejemplo- a partir de las cercanas a la temperatura de su ebullición -100°C – pueden ser bastante dolorosas. Digamos que en circunstancias normales, por la ‘alta’ diferencia de temperaturas interna y externa, a partir de los 70 u 80°C, más o menos, se puede afirmar que “nos quemamos” con el agua. Sentimos dolor.

¿Siempre?

No. (Hasta cierto límite.)

Depende de la persona, del momento (de esa persona: no siempre reaccionamos igual por diferentes motivos psíquicos y fisiológicos, o por una mezcla de ellos) y de las circunstancias.

En las saunas, por ejemplo, existen cabinas –las finlandesas- que pueden llegar a estar a casi la temperatura de ebullición del agua, 100°C (a nivel del mar).

¿Difícil de creer?

Lo he experimentado en carne propia, sin ser esto una metáfora y he llegado a gozarlo (en intercalación con baños helados), aunque por cuestiones culturales no he llegado a convertirlo en una práctica habitual. Pero, si se presenta la oportunidad es algo que hago una y otra vez con gusto, por el alto grado de relajación que puede proporcionar.

(La siguiente página empieza con esta proposición: Estás invitado a quitarte toda tu ropa y entrar en una pequeña habitación donde la temperatura es de casi 100 C y donde tendrás que sentarte desnudo junto a los demás y sudar. Después irás fuera y, desnudo, te meterás de un salto en un pequeño agujero hecho en un lago o mar helado para refrescarte en el agua congelada. Si prefieres puedes revolcarte en la nieve.)

http://www.finland.fi/netcomm/news/showarticle.asp?intNWSAID=26077&intSubArtID=16218

Justo ahora recuerdo con qué celos y sentimientos confusos reaccionaba, cuando una de mis primeras novias de mi etapa limeña, una austriaca, me contaba cómo todo su grupo de amigos y amigas se metían juntos –desnudos, se entiende- a la sauna. Ahora, no es algo que me parezca necesariamente natural, pero ya no lo vería con tan malos ojos.

Decía que depende de la persona, porque hay personas más sensibles al calor (y al frío) que otras. Particularmente, aquí en Alemania me conocen –despectivamente, se entiende- como un Warmduscher, que significa que prefiero el agua caliente para ducharme o bañarme. Aunque pueda parecerle increíble a alguien, no es el caso de todos los alemanes.

¿Qué sucede cuando colocamos al fuego una olla o tetera con agua?

Después de cierto tiempo esta se calienta, hasta que empieza a hervir y el líquido elemento empieza a convertirse en vapor escapando hacia arriba.

Si alguien ha olvidado alguna vez apagar el fuego, sabe que después de otro cierto tiempo adicional el agua terminará consumiéndose y lo que seguirá calentándose ya será sólo el recipiente.

Muchos incendios se originan así.

Alguien olvidó apagar alguna hornilla y, cuando regresa, su casa es un montón de escombros negruzcos.

¿Qué sucede si colocamos el mismo recipiente, pero herméticamente cerrado al fuego?

Sucederá lo mismo, con la diferencia que como el vapor de agua no puede escapar, llegará un punto en que el recipiente explote. El gran peligro de las ollas a presión.

Como el cuerpo humano está constituido más o menos por 70% de agua, cuando nos quemamos alguna parte del cuerpo debe suceder algo parecido, solo que el recipiente es el resto del mismo cuerpo. (**)

Lo he vivido.

Por buscar una vez una fuente de calor, coloqué mis manos sobre unas superficies destinadas a mantener cafeteras calientes y sobre las palmas de mis manos se formaron instantáneamente ampollas enormes.

¿Qué hice?

El caso que relaté ayer sucedió realmente, aunque he cambiado bastante de la escenografía original y del elenco, simplemente para convertirlo en un ejercicio de escritura más.

Me consta que la muchacha no tuvo ningún problema al día siguiente y fue como si no le hubiera sucedido nada.

Me imagino que es gracias a la alta concentración de agua en nuestros tejidos que estos no se deterioran inmediatamente (sino el calor los secaría inmediatamente, dañándolos irreversiblemente y dejando cicatrices, lo que sucede en el caso de quemaduras graves) y que el efecto del agua con hielo es múltiple: desinflama la región afectada, alivia el dolor y le pasa agua a nuestros tejidos –superficiales- afectados.

(Ojo que me estoy refiriendo a quemaduras no graves aquí, como aquellas que nos hacemos al tratar de sacar un plato o recipiente del horno, o por contacto con una plancha, por ejemplo. Doy testimonio de lo que me ha ocurrido y nada más.)

La experiencia que me sirvió para ayudar a esa muchacha polaca ayudante de cocina en el restaurante que me encontraba anteanoche, me ocurrió en uno de los primeros trabajos que tuve aquí en Colonia, más o menos recién llegado a la ciudad.

El lugar se llamaba Café Especial –aún existe- y sé que tiene –o tenía- sucursales en Londres, Amstermdam y París.

Me encargaba en ese entonces de hacer cocteles.

Decir que era barman, sería una pretensión. Lo que había que hacer era litros y litros de margaritas de todos los sabores posibles y servir muchos tequilas. (En una oportunidad vi cómo dos tipos se zamparon 62 tequilas cada uno y salieron por propio pie del lugar al ver que ya no se les quería seguir atendiendo. ¿Pagaron? Sí.) (Ahora sé que debían tener un par de otras drogas dentro.)

Buscando calentarme las manos, llegué a una máquina de café, de esas que pululan en este país y que consisten en un simple filtro y un calentador de agua acoplado.

Como la máquina se sentía especialmente caliente –fue un invierno especialmente frío y eso de estar en permanente contacto con el agua fría y los vasos helados no era ningún chiste para mí-, seguí buscando, con la esperanza de encontrar su lugar más caliente.

Hasta que llegué a una superficie que se usa (no lo sabía) para mantener calientes las jarras de café.

Lo único que recuerdo es cómo se levantaron instantáneamente las ampollas sobre las palmas de mi mano y que mi primera reacción instintiva, la misma de la de la chica de hace un par de noches, fue buscar un chorro de agua fría.

Mi mala –y buena- suerte fue que me equivoqué de llaves y abrí la del agua caliente. También recuerdo que pegué un grito y que mi próxima reacción fue meter mis manos a la máquina de hacer hielo (la buena suerte).

Cuando llegó mi jefe para llevarme al hospital, le dije que no, porque no quería dejar lo que me producía alivio: el agua con hielo. Y porque no quería perder el trabajo.

Ya había probado a retirar las manos, porque el frío también hace doler –y puede causar mucho daño: existen heridas y amputaciones por congelamiento-, pero después de unos instantes no lo podía soportar más y volvía a poner las manos en el hielo.

(Qué curioso, justo ahora que escribo esto, he empezado a percibir en mis manos esa sensación de que se están secando, como me ocurrió entonces.)

El hecho es que después de un buen rato pude empezar a trabajar otra vez, haciendo de vez en cuando una pausa para volver a introducir mis manos al balde que tenía cerca.

Después de más o menos una hora, y cuando ya había pasado la hora punta del negocio, accedí a que me llevaran al hospital, para lo cual improvisé una bolsa llena con agua y hielo para el camino.

En el hospital el médico me dijo que me iba a poner una crema y que me iba a vendar.

-Entonces no voy a poder trabajar –le comenté.

-No se preocupe, yo le hago una dispensa médica.

Ahora viene lo interesante. Antes de salir del restaurante, yo había intentado seguir trabajando y lo había conseguido, tal como lo acabo de referir. Además, el dolor y la sensación de ‘secazón’ habían remitido. Sentía mis manos normales. Era casi milagroso.

Se lo expliqué al doctor.

-Puede ser –me respondió-. Pero nosotros somos los médicos y sabemos cómo tratar su caso. (*)

Me negué. Simplemente me negué.

Y al día siguiente no tenía ninguna señal, marca, ampolla, dolor ni sensación desagradable alguna.

Creo que he repetido la fórmula suficientes veces. Lo haré una vez más, puesto que debo finalizar con estas líneas, ya que tengo –especialmente esta semana- muchas obligaciones laborales. Agua con hielo.

Es importantísimo.

La receta contra quemaduras como las que he referido aquí –me imagino que funcionan para todo tipo de ellas- pero, como no soy ningún médico, insisto en que esto que he dicho hoy se trata de una simple receta casera, con todo lo que eso significa (incluida la ausencia de responsabilidad).

Personalmente me ha ocurrido haberme quemado la lengua con alguna sopa, de esa forma que nos hace arrpentir de nuestro apuro y de nuestra burrada, porque sabemos que nos vamos a pasar días sin poder degustar los alimentos, aparte del dolor inicial y esa sensación desagradable que queda.

Seguí entonces el consejo que había escuchado alguna vez en mi país –creo que de un familiar-: poner ají (chili) directamente sobre la herida. (Abierto y con sus venas.)

Como mi lengua había quedado tan dañada como para sentir algún dolor más, me decidí a quitarme el clavo de la curiosidad y no me importó ponerme un ají picante abierto por la mitad para hacer el experimento. ¿Qué más daba?, por así decirlo.

¿Qué creen que sucedió?

Tal vez trate de profundizar el tema en otra página de este cuaderno que cuenta, pero ya les digo el resultado.

A los diez o quince minutos ya estaba comiendo y degustando yo como si nada hubiera ocurrido.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, miércoles 29-08-2007

 

(*) Me acabo de enterar por una colega, que su hijo sufrió una quemadura en la zona pectoral y en el hospital mantuvieron esa zona varias horas bajo un chorro de agua muy fría. Indagaré por más informaciones concretas.

Recomiendo (a los adultos) hacer un experimento o truco ‘mágico’ que tiene que ver con esto, aunque atacado el asunto desde otra perspectiva. Se trata de sujetar un trozo de hielo entre el pulgar y el índice durante un buen rato. Más o menos hasta que ya no se pueda soportar: unos dos o tres minutos. Luego, hagan la prueba a tomar entre esos mismos dos dedos un cigarrillo encendido por sus extremos: por el filtro y por la punta encendida. (Solo les recomiendo no hacerlo durante más de tres o cuatro segundos.) Que no haya niños cerca, por favor.

(**) Como he estudiado algunos semestres Física en la Universidad Nacional de Ingeniería de Lima, eso me sirvió -aunque tarde- para entender que un análisis verdaderamente riguroso que tratara de enfocar una quemadura como un fenómeno puramente físico, escapaba del marco (de todos los marcos) de una pobre bitácora como ésta y podría -incluso- servir como base para el tema de una tesis de graduación profesional.

 

 

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One comment

  1. Cómo se les ocurre dar información errónea a todos, si lo que causa el hielo es aún más quemadura.

    Hola, Sara. Si se aplicara SOLAMENTE hielo, seguro que quemaría más. Lo que sí sé por experiencia propia y lo sigo haciendo, es que el agua mantenida fría con UN POCO de hielo dentro (pero no demasiado) ha causado milagros en mi propio caso varias veces y por lo menos en el caso que menciono. Hablo por experiencia propia y directa. Si tú lo has experimentado de diferente manera, ¿por qué no lo cuentas? Saludos desde el deshielo alemán. HjV

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