EL ROBIN WOOD PORNO

Esto sí que es noticia.

El gobierno australiano se había gastado 60 millones de euros (casi 82 de dólares, al cambio de hoy) en un filtro antiporno pensando en sus púberes y demás adolescentes y jóvenes, y un muchachito de apenas 16 años consiguió romper en apenas 30 minutos lo que todo un ejército de programadores había ideado por ese astronómico y vergonzoso precio.

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La Mancomunidad de Australia (Commonwealth of Australia) había pretendido, con su frustrado proyecto, ofrecer a los padres de familia del país un seguro filtro antipornográfico para las navegaciones virtuales de sus hijos. Para ello llevaba anunciándolo con bastante antelación, sin ahorrrarse bombos ni platillos.

Lamentablemente, muchos jovencitos, en vez de agradecer el costoso interés estatal, se dedicaron inmediatamente a tratar de cascar o quebrantar el nuevo sistema protector, el National Filter Scheme.

El primero en conseguirlo fue el adolescente Tom Wood, de 16 años, colegial de Melbourne, en apenas media hora.

¿Para eso había gastado el gobierno nada menos que 60 millones de euros?

Lo interesante de su quebranto cibernético es que el listado del menú permanecía inalterado, de tal manera que aquellos padres preocupados por la creación del ábrete sésamo woodiano, creyeron que todo seguía en orden.

Los responsables del gobierno -con el rostro rojo de vergüenza e indignación, seguramente- se apresuraron a ofrecer una versión mejorada del filtro.

40 minutos después de presentado, el colegial Wood lo había vuelto a cascar.

¿Quién carga con esta cuenta millonaria por algo que no ha servido para nada (de lo que se quería)?

Los contribuyentes, claro está.

Su hazaña tiene mucho de las de un Robin Hood moderno: eso de quitarles (información) a los que más tienen o son encargados de cuidarla, para repartirla entre los pobres (muchachitos) hambrientos (de esa información concreta).

Aquí en Alemania aparece un anuario de los casos más drásticos en materia de malversar los fondos del estado, o sea, de todos. Un puente que no unía nada fue el hazmerreír del año, en su momento, por ejemplo.

Debe suceder en todos los países. Son habitados por el Mono Sapiens.

Sospecho que hay un gran negocio de alguien detrás de este caso particular australiano.

Ningún programa antipornográfico puede costar ese dineral. Por lo tanto debo suponer que la mayor cantidad de dinero se ha debido gastar en su implementación masiva y la propaganda o publicidad correspondientes.

No me llamaría la atención, que sea un nuevo caso del neocapitalismo, capitalismo tiburón o turbocapitalismo.

Se te ocurre una idea, tienes dinero suficiente para llevar a cabo proyectos de gran envergadura, tienes los contactos para impulsar tu idea (si no los tienes los compras) y después pones manos a la obra.

Antes, discutes con tus amigotes y asesores el plan, en un burdel de lujo, por ejemplo, decides empezar una campaña periodística (pagada, se entiende) para denigrar esa plaga llamada pornografía (que menos daño -y más placer- causa que la estupidez y la ambición desmedida de los señores dueños de la idea), y luego pasas a criticar al gobierno en esa misma campaña por no hacer nada para proteger a la juventud en ese sentido.

¿Acto final? Te ríes.

Luego te apareces como Super Sapiens y ofreces tu ayuda, en forma de cómodo paquete nacional inmediato para ser usado. ¡En todo el país! ¡No quedará hogar que no esté protegido contra la pornografía!

¡Todo por la ganga de 60 milloncitos!

Como en el fondo eres un mercader tonto –porque es un tonto quien no tiene otra cosa que dinero en la cabeza-, ahorras en el verdadero y principal producto que ofreces: en los programas, el soporte lógico o software.

Claro que para llegar a implementar tu idea a ese nivel del que habla la cifra de más de 80 millones de dólares, has tenido que tener gente en el tinglado estatal dispuesta a abrirte una serie de puertas.

La corrupción, estoy convencido, está en nuestros genes. Lo que varía es la modalidad. En el llamado Tercer Mundo se hace caótica y ostensiblemente, de tal manera que molesta y llama la atención y llega a dar vergüenza. Apesta, vamos a decir.

En el llamado Primer Mundo se hace elegante y silenciosamente. Con corbata y gemelos. Si se descubre, uno mueve la cabeza de un lado a otro por dos segundos -o tres- y ya está. (Si deseas puedes llegar hasta a invadir un par de países por tu propia decisión, destruir uno de ellos casi completamente y estar seguro de que la comunidad internacional apenas te dirá nada.)

Como en todo el mundo, cuando se trata de aplicar las leyes y las penas más severas, son los pobres los que pagan el pato.

Y lo pagan, al final, más de una vez, siendo como es que casi no tienen para pagar nada.

Por eso, a este muchachito, como padre, yo le daría un premio.

Como administrador estatal, le daría una beca.

Porque ha demostrado que sabe intercalar perfectamente sus impulsos hormonales con algo productivo y útil como es el asunto de la programación de computadoras.

(Además, gracias a entusiastas como él, tal vez alguna vez salga al mercado una computadora que también se pueda accionar con los pies. Para cambiar rápidamente de idioma y teclado, por ejemplo. O para pasar a escribir en itálica con un solo movimiento.)

Además, ¿qué puede haber de terrible en el sexo, salvo el morbo que le puedan aumentar gratuitamente esas mentes que ven en todo pecado y no por eso dejan de practicarlo ni soñar con él?

No me estoy refiriendo a prácticas, vamos a decir salvajes, o, si quieren, las especialmente fetichistas y que pueden conllevar peligro para la salud.

Me estoy refiriendo a la pornografía ‘normal’, a esa que se ocupa del contacto sexual o crudamente carnal entre un hombre y una mujer (hay más variaciones), detesta mayormente la ropa y tiene cierta inclinación ginecológica. Lamentablemente, esto último.

Por lo demás, la mejor forma de despertar la curiosidad y el ansia de lo desconocido y prohibido, son campañas como esta australiana.

¿Ya se olvidaron esos políticos de sus propios días de curiosidad y descubrimientos?

¿Ya se olvidaron de cómo querían conocer el mundo y sus secretos, incluidos los sexuales?

El dinero que deberían invertir en contrarrestrar otras deficiencias genéticas que el Mono Sapiens lleva encima, como la violencia gratuita, el ser abusivo con el más débil o su inclinación por someter a la mujer, lo han invertido en algo que más o menos en la mayoría de los casos es fuente de placer personal perfectamente valedero y, además, asunto estrictamente personal.

¿No es mejor que los jovencitos se dediquen y entreguen al amor propio (¡Hola, Onán!) que salgan a la calle a formar bandas o a traficar con drogas?, me pregunto yo, exagerando.

El problema es que eso implicaría tener bien puestos ciertos pantalones y poder saltar sobre nuestras propias cárceles como individuos: sobre nuestros prejuicios, temores, fobias, malas experiencias, vergüenzas y sobre nuestra propia educación.

Creo que no hay que ser demasiado genio para entender que eso es mejor mil veces que un jovencito dedicado todo el día a matar salvajemente rivales en la computadora. Virginia ha dado un pésimo, quiero decir, un buen ejemplo.

(El caso de las jovencitas debe ser diferente. Solo puedo hablar de lo que conozco.)

Además, se sabe que no se puede estar todo el día en eso.

Personalmente, veo que mis hijas están en la edad en la que les gustaría saber de todo y me imagino que también buscarán información en la red.

Muchas veces me he sentido tentado de controlar qué páginas visitan (es muy fácil en nuestro caso), pero he tenido la suerte de poder controlar ese impulso mío.

Creo que a los niños ya grandes hay que tratarlos como lo que son: personas con los mismos derechos y obligaciones que todos los demás. Perdón: personas con más derechos y menos obligaciones. (Por eso existe la línea divisoria llamada mayoría de edad.)

Es decir, tienen derecho a su propia esfera íntima. Como sé que si tienen un especial deseo de esclarecimiento sexual –aparte del que se brinda en la escuela ya desde muy temprano-, y lo van a conseguir en casa (a escondidas), con amigas o donde sea, me digo que es mejor que lo hagan en un ambiente como el familiar, donde el posible riesgo de ser descubiertas restrinja sus atrevimientos un poco.

Como en este país las chicas y los chicos empiezan desde muy temprano a tener sus propias experiencias sexuales, soy de los que preferirían que lo hagan en casa.

¡¿Cómo?! -exclamará alguno, más acostumbrado a otras normas y principios.

Sí. En casa. Mejor que debajo de un puente, con dios sabe quién y bajo qué influjos.

Aquí en Alemania no es rara la figura de la jovencita o jovencito que ya con 16 años informa (ojalá solicitara, dirán muchos) que su novio o novia correspondiente se va a quedar a dormir en casa.

Son muy pocos los hogares alemanes donde eso no es posible.

Personalmente, he llegado a pasar vergüenza propia y ajena al día siguiente cuando alguna de mis novias ha tenido el coraje de presentarme a sus padres en el desayuno sin haberme prevenido.

Si a uno de mis lectores le causa pavor la idea de tener que recoger a su hija de fiestas de perreo o reguetón, a mí me la causa, la de tener que acercarme a la mesa del desayuno de un domingo en casa, sorprenderme con la vista de un muchachito de atuendos estrafalarios y con olor a marihuana, con tatuajes y perforaciones por todo el cuerpo, corte de pelo iroqués y pidiendo permiso para fumar al final, después de haberse apropiado de mi periódico del fin de semana.

¿Qué haría?

¿La verdad? Soy de los que confían en la educación que le he dado a mis hijos.

Pero, siempre queda el cosquilleo de la posibilidad.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, sábado 01-09-2007

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