TAXI PAPÁ Y DROGAS

La idea no era mala.

Se trataba de mostrar a los niños cuáles son los riesgos reales que conlleva el consumo de drogas, a través de experimentos y juegos.

Sobre todo, aquellos riesgos que tienen una incidencia directa sobre los demás y que se traducen en gravísimos accidentes de tránsito y graves problemas de salud, por ejemplo.

Se trataba de una actividad oreganizada por la policía de Colonia y dirigida al público en general.

-Tienes que salir a la una –me dijo mi esposa.

-¿A qué hora empieza?

-A las 13 y 45 –me respondió-. A las 13 y 5 salen las chicas del colegio, las recoges y se van a la ciudad.

Me dio un recorte del periódico con la actividad en cuestión y en el que figuraba la dirección.

Si las chicas salen a esa hora, pensé, hasta que lleguen a la salida del colegio, suban, se sienten, se pongan el cinturón de seguridad, más la cantidad de niños y vehículos de todo calibre que hay a esa hora, pensé, saldremos a eso de la una y quince.

¿Media hora hasta el centro de Colonia a esa hora de la tarde?

Jamás, me dije.

-Creo que has vuelto a calcular mal -le dije, sin que me hiciera mucho caso.

En esto debemos ser la pareja perfecta, porque ni ella se entera a veces de mis opiniones ni yo tengo que hacer -entonces- mucho esfuerzo para formularlas.

Llegamos a las dos y cinco.

Es decir, veinte minutos tarde.

Y eso que tuvimos suerte con el estacionamiento. Además, descubrimos que la dirección indicada, Breitestraße 72, albergaba hasta tres entradas diferentes bajo un mismo número. Saludos de Murphy.

Como no tenía ganas de enfrentarme con el mal humor de nadie –cosa frecuente en este país- decidí quedarme fuera. Era un día relativamente lindo, además. De esos que parecen hechos para pasear con un par de ideas en la mente. (Aunque después resultó mentiroso.)

-Ya empezó hace 20 minutos -el portero.

-Tiene un reloj que funciona el señor -yo.

-¿Cómo dice? -el portero.

-Si nos va a dejar entrar o no.

Algo así quería evitar.

Si hay algo que detesto especialmente es esa gente a la que le gusta castigarte verbalmente. Reprenderte por lo que has hecho, antes de ponerte el semáforo en verde para lo que sea.

-Ha estado conduciendo por encima del límite de velocidad -me dijo una vez un policía que iba delante mío en un automóvil civil y que me hizo señas para detener mi camioneta. Si era cierto lo que él decía, me había sobrepasado por muy poco. Venía malhumorado el tipo.

No le respondí.

-Usted sabe que todo conductor… -continuó él, gran cascarrabias.

-¿Cuál es su trabajo? -lo interrumpí, casi con una sonrisa.

-¿Cómo que cuál es mi trabajo?

-Sí -le hablé lo más clara y neutralmente posible-. ¿Cuál es su trabajo, caballero? Si me tiene que poner una multa hágalo y tendré que aceptarlo. Si me interesa recibir una reprimenda de su parte, déjeme su número y ya yo lo llamaré si se da el caso.

-No venga usted a hacerse el fresco, joven -empezó a balancearse sobre las dos piernas.

-Dígame usted qué ley o reglamento estipula que una multa debe ir acompañada de una reprimenda. ¿Conducía muy rápido? Pues bien, aténgase a su labor y póngame una multa o lléveme a la comisaría si cree que le estoy faltando el respeto. Sé aceptar las leyes, ¿sabe? Lo único que no quiero es cargar con el malhumor de otra gente. Con el mío trato de ser egoísta.

-Mire, mire… -empezó a decir.

Felizmente me tocó un tipo juicioso y el asunto no pasó de ese intercambio de palabras y, me imagino, que no se atrevió a ponerme una multa porque no estaba muy seguro de lo que afirmaba.

-Pregunten si es posible que se queden solas o si necesitan que las acompañe un adulto –les dije a mis hijas, quienes habían convencido a una de sus amigas para que viniera con nosotros.

Era una de esas muchachitas que por su aspecto físico parecen salidas de una película para niños o de una historieta gráfica.

-No creo que tengamos problemas por eso –dijo la rubia con las pecas, haciendo balancear las dos colas de su cabello, mientras tratábamos de atravesar la ciudad-. Tal vez nos pregunten por qué llegamos tarde, pero nada más.

-Díganles la verdad. Es lo que menos problemas suele traer –les recomendé.

-Ya, ya –me respondieron las tres, al unísono.

Me quedé solo en la puerta, hasta que regresó una de ellas para anunciarme que podía pasar a recogerlas a las tres y cuarto.

-De acuerdo.

Me volví a quedar solo frente a la puerta de la administración central del principal diario colonés, en pleno centro de la ciudad.

Desde donde estaba se podía ver la catedral a lo lejos, por encima de la gente que a esa hora regresaba de hacer la pausa del mediodía o de los escasos vecinos del lugar.

Como tenía que enviar dinero a Lima, pensé que podría aprovechar muy bien la hora para ir caminando hasta la estación central y hacerlo. Las condiciones climáticas habían cambiado rápidamente y no eran las ideales para un paseo, pero, con suerte, podría ir y volver sin que me pescara un chubasco, de esos propios de esta época.

En el trayecto hasta el centro de Colonia, habíamos estado conversando sobre el asunto.

-¿Saben lo que son las drogas? –les había preguntado.

-¡Claro! ¿Qué nos crees?

-Muy bien. Nómbrenme tres.

Se rieron, pero aceptaron el reto.

-¿Saben que en Holanda está permitido el uso de la marihuana con fines recreativos? -les pregunté.

Se quedaron calladas por un momento.

-Éxtasis –dijo la de la historieta.

Ajá, pensé.

-Alcohol –dijo mi hija menor.

-Una tercera –insistí, pero se quedaron calladas, entre riéndose, intercambiando miradas y tratando de asegurarse de no decir ninguna tontería.

-Hay varias más –dijo mi hija mayor.

-Nómbralas.

-No sé bien los nombres.

-¿Y por qué no dicen nicotina? –pregunté.

-Ya –intervino Marla, la rubia con las dos colas-. Estábamos hablando de drogas de verdad, ¿no?.

-La nicotina lo es. Y de las que causan mucho daño, además. Triplica el peligro de sufrir un infarto cerebral, por ejemplo.

-Sí –dijo Marisol, la menor-. A la gente que fuma se le nota. Tiene la temperatura corporal más baja que los demás. Lo vi en un programa de televisión.

-Se le nota en la piel. Hasta en el cabello -agregué.

Seguimos conversando en torno al tema.

-Eso es lo malo –les dije-. El comercio ha conseguido que una de las drogas más funestas, pesadas para el que no la consume y con efectos directos para el que la consume pasivamente, pase como un producto comercial más. Como una bebida o un chicle. Existen máquinas automáticas expendedoras de nicotina por todas partes. Publicidad en casi todos los medios. Está prohibida en los colegios y otros centros de estudios, pero los maestros y profesores se drogan (fuman) sin ningún escrúpulo. Se usa hasta en los restaurantes.

-Pero eso ya está prohibido –dijo una de ellas.

-Y los menores de 16 ya no pueden fumar en la calle.

Era nuevo para mí. Allí me enteré que según una nueva ley que acaba de entrar en vigor, los menores que sean descubiertos fumando en la vía pública se verán obligados a pagar hasta 40 euros de multa.

¿Tiene sentido algo así?

Tengo la sospecha que ese tiro podría salirle por la culata al estado. Según la misma ley, ahora las máquinas expendedoras solo se pueden activar con una tarjeta bancaria, es decir, solo mayores de 18 años pueden tener acceso a algo así.

Las tiendas que vendan nicotina –en cualquiera de sus formas- a menores, pueden ser multadas hasta con 10.000 euros de multa.

¿Funciona algo así?

¿No se corre el riesgo de ganar todo un círculo de personas –menores- envueltas en una especie de tráfico amistoso de drogas, en este caso, de nicotina?

Les expuse el problema a las chicas. Ellas tienen entre once y doce años. Como aparentan más, pronto se van a ver confrontadas con varias drogas. Empezando con las falsamente llamadas sociales.

¡Todas son sociales!

Solo que un par de ellas –alcohol y tabaco- han conseguido hacerse con la etiqueta de ‘inofensivas’, y sospecho que las industrias respectivas deben financiar muchas de las llamadas ‘campañas antidrogas’, que, en el fondo, solo sirven para apisonarles el camino a ellas dos.

¿Puede existir una sociedad libre de drogas?

Esta es una pregunta que se han hecho y se siguen haciendo expertos, sociólogos, investigadores, médicos, padres y demás personas involucradas en el tema.

Parece que no.

Que se sepa, las drogas han acompañado al hombre, fielmente, desde que este las descubrió.

En todas las civilizaciones el hombre ha consumido drogas por motivos diversos: medicinales, rituales, religiosos, por simple costumbre o por simples motivos lúdicos o recreativos.

La historia de muchas culturas, es también la historia de su particular lucha contra lo que se puede considerar como una plaga.

O no.

La convivencia del hombre con dos drogas que son, cada una por su parte, más perniciosas (el alcohol y el tabaco son las que causan más muertes) que todas las demás llamadas duras juntas, lo demuestra.

El hombre puede convivir perfectamente con ellas.

El asunto es cómo.

¿Tiene sentido una actitud puramente represiva y que criminaliza por edades, mientras que los demás pueden actuar a sus anchas?

Me imagino que tiene sentido hasta cierta edad. Pero a partir de otra –los 14 o 15- esa criminalización puede obtener un efecto contrario, porque es bien sabido que uno de los ganchos de toda droga es su carácter prohibido.

Uno de los ganchos, no el único.

El mayor problema (social) lo constituyen, por otra parte, los llamados grupos de riesgo.

No se necesita ser ningún sociólogo ni un investigador especializado del asunto para saber que más o menos todos –una gran mayoría de nosotros- hemos pasado y pasamos por la tentación de varias drogas. Repito. Están en las vallas de publicidad, en las fiestas, en los bares, en los hogares.

Nuestro contacto con las drogas es ‘muy alto’ considerado desde dos puntos de vista: frecuencia y magnitud.

Creo que nuestra actitud respecto a las drogas está viciado por ese ‘triunfo’ de la industria del tabaco y del alcohol.

No lo está tal vez para aquél que ya pasó por esas vicisitudes, pero sí para aquellos, jóvenes y adolescentes, que empiezan a ‘despertar’ en ese tipo de aspectos de la vida.

¿Cuál es el riesgo?

Que, al final, más gente termine enganchada tanto a las llamadas drogas duras como a las falsamente llamadas blandas.

Si por los adictos a las primeras es muy difícil hacer algo y muchos gobiernos se rompen la cabeza en busca de soluciones, a la larga, por lo menos en Europa, el continuo crecimiento de adictos a la nicotina y el alcohol, pondrá aún en más apuro el funcionamiento de varios sistemas sociales.

El sistema laboral o el sanitario, por ejemplo.

De hecho, el alcoholismo juvenil ha aumentado y proliferado alarmantemente en las dos últimas décadas en este país.

Los jóvenes ya no quieren esperar a cumplir 18 para ‘gozar’ con todo lo que la publicidad y propaganda promocionan, y que ellos escuchan, ven y consumen por donde vayan.

Sea sexy, cul (ya castellanizado, si ha venido a quedarse, no lo sé) y diferente: fume o beba tal.

Lo paradójico es que los adultos lo hayamos permitido. Le hemos dado todas las llaves a la industria y al comercio, y nos hemos encontrado con que ellos no han sabido hacer otra cosa que la que mejor saben: vender.

A ser posible sin ningún escrúpulo.

Lo grave es que lo sigamos permitiendo y nos dejemos engañar tan fácilmente.

¿Sería posible una sociedad sin drogas prohibidas?

Muchos expertos dicen que sí.

Otros claman, en cambio, tontamente, por prohibir todas. A pesar de que es obvio que eso aumentaría la delincuencia y el crimen organizado, como ocurrió con la Gran Prohibición –la Ley Seca- en EEUU allá a comienzos del siglo pasado.

En mi pobre opinión, creo que el sencillo y siguiente paso a dar, sería sacarnos la máscara. Dejar la hipocresía a un lado, que solo defiende el bolsillo de dos industrias legales que ya han ganado lo suficiente y no necesitan más ganancias.

Muchachas y muchachos, la nicotina y el alcohol también son drogas muy peligrosas. Las consumen muchos adultos. Todas las drogas son peligrosas. Pero también nos pueden gustar.

¿No será mejor aprender a vivir más sana y abiertamente con ellas?

Creo que lo otro sería querer negarnos (ejercicio muy humano) y escapar a nuestro sino.

Como decía Paracelso, el padre de la farmacología, ya hace medio millar de años -quien consideraba que todas las sustancias eran venenosas-, la diferencia entre un veneno y un medicamento está en la dosis.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, 11-09-2007

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