¿LE DA OTRA OPORTUNIDAD?

SI ESTÁ TOTALMENTE CLARO PARA MÍ…

Acababa de contar aquí en esta bitácora lo que me sucedió en uno de los aeropuertos de esta ciudad la semana pasada.

La facilidad con la que la gente que debe dar información –porque es la que la conoce- a la que no la sabe, le puede llegar a parecer algo completamente obvio, solo por el hecho de repetirlo incontables veces. En el peor de los casos, a lo largo de años.

-¿Me puede decir cómo llego a tal sitio, señorita o señor?

-¡Pues, no! ¡Estoy harta/o de decirlo y que la gente no lo aprenda!

Acababa de decirle el viernes a la profesora de música (violín) de nuestro tercer hijo de seis años que tenía la sospecha que estaba yendo demasiado rápido con él.

Para ello, le conté lo que me pasó en mi primer día aquí en Colonia. Buscando la iglesia en la que me había citado con alguien, me paré a descansar junto a la catedral y pregunté por el Dom, sin saber que se trataba del mismo lugar que yo buscaba.

-Detrás de usted, jovencito –me respondió un lugareño, sin poder entender por qué lo preguntaba yo-. ¡Está allí a sus espaldas desde hace siglos!

Al final de la clase vi la hoja de tareas de mi hijo y casi me caigo de espaldas. No sabe que si sigue exigiéndole al máximo a mi hijo, todos corremos el riesgo que suceda lo que pasó con mis hijas: un día se cansaron de las exigencias de su profesora de piano y se negaron a seguir tocando.

Acababa de comentarlo un peruano aquí, bitacorero de Berlín, El Dani, quien después de experimentarlo en varios países, se sigue asombrando de ese mismo defecto humano.

La incapacidad que tenemos muchos para ponernos en el lugar del otro. Eso de creer que porque está totalmente claro para nosotros, lo tiene que estar también -y automáticamente, además- para los demás.

O de convencernos de que basta repetir algo hasta la saciedad para que quede claro.

Se lo dije a mi hija mayor –de 12 años- hoy:

-Ten cuidado que eso de casarse no es como salir de compras –esperaba que al final me entendiera-. En la tienda uno puede decir: “Quiero unos filetes de tal. Pero sin huesos ni espinas. Y sin los intestinos”. Cuando uno se casa, no es posible ser tan selectivo.

Se rió.

-¿Qué ha pasado? –me preguntó. Me gustó que sacara sus propias conclusiones.

-Tu madre me ha dejado una linda lista.

-¿Para el almuerzo, no? Hoy llega Anja con su nuevo novio de visita. Trae a sus dos hijos, también.

-¿Anja ya tiene dos hijos?

-No, pues, Mapi. Los hijos son de él.

-Ah.

Me explico.

Me gusta cocinar. Es un placer para mí. Sobre todo un sábado. Un típico día sin mayor apuro y uno que puedo coronar con el ejemplar de Babelia de El País.

Cocinando se me ocurren buenas ideas, mientras me embarco en el mundo de los sentidos puros. Intelecto y sentidos en un viaje multicolor, interesante y con un buen fin: que a todos les guste y queden bien alimentados.

Un sábado me anima a salir de compras –suelo detestar hacerlo-, aprovecho para entrar en relación más profunda con alguno de mis hijos, y sé que mi esposa lo utilizará para llevarse la camioneta y hacer sus propias diligencias.

El sábado tiene su propio encanto para mí. El domingo es más como un día de renuncia o descanso absoluto para la mayoría de la gente. El sábado es vida, todas las posibilidades abiertas. Es un decir. Porque, la verdad, suelo regirme –salvo lo estrictamente necesario- muy poco por la dictadura del calendario.

De tal manera que el sábado pasado, a la hora de pasar a la cocina a prepararme un café descafeinado con leche para acompañar mi revisión de las noticias del diario, me encontré sobre la mesa de trabajo con un mensaje de mi esposa.

“Tenemos visita. No estaría mal si te prepararas unas Yucas a la Huancaína, un Pollo con Mole, arroz y ensalada. Llegan a las 13:30 y ellos traen Mousse de Chocolate. Seremos diez en total”.

¡Zas!

¿Por qué no me pidió una mesa en la Luna y, por favor, el postre en Marte?

Pero, no, así de fácil era la cosa para ella. Como en un restaurante. Encima, ese “No estaría mal”. ¿En qué bendito momento de mi vida se me había ocurrido decirle que me fascina cocinar?

En un restaurante, es -más o menos- fácil.

-Tráigame, por favor, un Cebiche para empezar, con su Leche de Tigre, se entiende. Luego me comeré un Carpaccio y una mínima porción de Ñoquis con Salvia y mantequilla. Para continuar deseo una pequeña porción de Sudado de Lenguado, con unos granos de arroz bien graneado de acompañamiento. De plato principal, por favor, un Filete natural, argentino, un poquito tostado por fuera y crudo por dentro; con una Ensalada de Berros de guarnición. Evitaré el postre hoy, ¿sabe? Pero si insiste, tráigame una cucharada de un buen Mousse de Chocolate y un poco de Gelatina de Fresa, por favor.

Así de fácil.

-Ah, lo olvidaba, camarero. Tengo menos de una hora para comer todo. Pero dejaré una jugosa propina.

Así de fácil puede ser en un restaurante. Si está poco visitado, claro. Pero, ¿en casa?

Mi esposa también sabe cocinar. Sabe lo que toma preparar una ensalada y un buen arroz. Lo demás, no sé. Pero lo primero, seguro que sí.

Eran casi las 11:00 de la mañana.

¿Quería que preparara esos 6 platos en cosa de unas dos horas? ¿Y para 10 personas?

En un restaurante todo está preparado cuando llegan los comensales. Todo está a la mano. Comprado, traído (no es desdeñable esto), desempaquetado, lavado, cortado, fileteado si se da el caso y reservado a las temperaturas convenientes. Todos los ingredientes, aderezos, salsas y condimentos están listos y a la mano.

Un cocinero de restaurante no tiene problemas en cocinar para una sola persona o para 50. Conoce las proporciones. Alguien, sin esa práctica, como yo, que está acostumbrado a cocinar más o menos cualquier cosa para las 6 personas que somos, sufre cuando esa cifra varía. Para arriba o para abajo. Es la fuerza de la costumbre. Además, tiene ayudantes.

Repasé el escenario en mi mente. Es lo que hago con muchas tareas que se me presentan. Así puedo ver en la imaginación a tiempo con qué problemas me podría enfrentar.

¡Ni hablar!, me dije, después de hacerlo.

Salvo que renuncie a mi cafecito descafeinado con leche y a las noticias del día, pensé.

Y así fue. Cuando terminé de preparar todo, allí seguía contemplándome mi pobre taza (es un vaso grande), como un amigo o amiga que has ignorado por completo toda la noche en una fiesta.

Cualquier juez me comprendería.

-No supo ponerse en mi lugar, señor juez.

-¿Y por eso se quiere divorciar?

-Era sábado, señor juez. Día de Babelia.

-¿Babelia? ¡Qué feo nombre para una amante!

Por lo menos me concentré en lo que hacía y todo estuvo listo a tiempo.

Les presento aquí el resultado, por si a alguien le pudiera interesar. No sé.

Primero: hay varias formas de hacer arroz.

La más sencilla es uniendo la cantidad deseada de arroz, junto con más o menos el doble de esa cantidad de agua, añadiendo un poco de sal y poniendo todo a fuego fuerte. Cuando el agua rompe a hervir, se baja el fuego casi al mínimo, se destapa un poco la olla y ya está. Solo basta esperar a que se consuma el resto de agua.

Si el arroz es bueno y solo sirve de acompañamiento de algo verdaderamente rico y jugoso, bastará.

Hay otras formas.

La que prefiero empieza por sofreír en aceite de oliva, cebolla blanca y ajo picados muy finamente, hasta que empiece a dorarse todo. Se agrega sal para acelerar el dorado, teniendo cuidado de que no se nos queme el conjunto; se agrega el arroz y más o menos un litro y medio de agua por cada kilo de arroz. Para terminar, se procede como en el caso anterior.

La cantidad de agua es algo que depende de muchos factores. Del tipo de fuego y de la hornilla que se utilice, del tipo de olla o cacerola y –sobre todo- del tipo de arroz. También del gusto de cada persona.

Eso es algo que solo es posible descubrirlo en la práctica. Por eso es importante concentrarse en un solo tipo de arroz.

Segundo. El Mole.

Si existe la posibilidad de comprar la pasta de Mole Poblano (aquí en esta zona de Alemania es relativamente sencillo), no es difícil hacer una versión casera. Según la receta de la etiqueta, basta mezclar esa pasta con caldo de pollo o verduras.

Prefiero hacer una versión diferente.

Tomo Pasta de Maní (suelen tenerla todos los supermercados del mundo) y la mezclo a partes iguales con la pasta de Mole. Sofrío esa mezcla sobre cebolla y ajos previamente dorados en buen aceite; agrego caldo y un poco de crema de leche. Dejo que espese y corrijo al final el punto de sal.

Tercero. El Pollo.

Me gusta adobar el pollo (o pavo) con comino, vinagre blanco, ajo molido, otras especias y un poco de sal antes de freírlo. Si tiene dos hojas de laurel, mejor.

Como hacerlo requiere tener filetes muy delgados y no los tenía (solo pechugas deshuesadas y limpias), y ese procedimiento es muy laborioso, me decidí por utilizar las pechugas enteras y usar el horno para cerrar el proceso de cocción de la carne, después de sofreírla.

Se deja ésta por lo menos una media hora en la mezcla anteriormente mencionada, removiendo de vez en cuando para que se distribuya bien todo.

Recomiendo agregar unas gotas de Siyau o Salsa de Soya al adobo. Y una pizca de azúcar o miel.

Para empezar, precalentar el horno a 200-250 ºC.

Preparar un par de buenas sartenes mínimamente aceitadas a fuego muy alto y disminuir un poco el fuego antes de colocar las piezas de pollo sobre las superficies que deben estar muy calientes.

En este momento hay que tener mucho cuidado para que el ajo residual no se queme al contacto.

Para evitarlo, es preferible limpiar la carne de cualquier residuo de ajo antes de freírla. Pero no tirar el líquido que después servirá para bañar las piezas fritas antes de meterlas al horno.

Freír con rigor las piezas por ambos lados, colocarlas sobre papel de hornear o en una bandeja adecuada e introducir todo al horno por unos 20 minutos.

El truco está en calcular el momento exacto, de tal manera que la carne resulte muy suave por dentro y un tanto crocante por fuera. No es fácil. Hay que equivocarse varias veces.

Cuarto. La Salsa a la Huancaína.

Las Yucas las había comprado mi esposa el día anterior. Las venden los negocios chinos por aquí. Vienen peladas y congeladas, listas para ponerlas a hervir.

Si se agrega unos cuantos granitos de anís, sal y azúcar al agua en las que se las hierve, quedan mucho más sabrosas. Tener cuidado de no recocinar la yuca. Para evitarlo, pinchar con un tenedor o un cuchillo puntiagudo e ir controlando.

La Salsa Huancaína tiene muchas versiones. La verdad: hago siempre una diferente, de acuerdo a las circunstancias y a lo que tengo a la mano.

La que hice esta vez requirió de dos pimientos rojos grandes (a modo de ají no picante), cebollas, ajos, galletas de vainilla, queso fresco, crema de leche, palillo o curcuma y tres huevos duros.

Primero se fríe la cebolla, los trozos de pimiento (o ají) y el ajo en una cacerola de cierta altura, para que después se pueda usar la licuadora de mano directamente en ella, si es el caso. En la misma cacerola o sartén alta, se condimenta con palillo, sal, un poco de caldo de verdura y pimienta. Después de dejar hervir todo un poco, agregar la crema de leche, apagar el fuego y dejar reposar.

Cuando esté todo tibio, agregar unas dos galletas por persona, los huevos duros y el queso fresco a gusto y licuar. Corregir el punto de sal y agregar al final unas gotas de limón para equilibrar el conjunto. Se puede agregar perejil o culantro fresco picado.

Suelo hacerme, cada vez que puedo y consigo ají fresco, una salsa que luego conservo algunos días en la refrigeradora o nevera.

La hago con piezas de ají muy picante, blanqueándolo un poco de acuerdo al grado de picor que se quiera alcanzar. Un buen consejo es no temer que pique demasiado. Los aceites etéreos tienden a desaparecer con los días, de tal manera que ya solo al segundo día, la salsa que el primer dia fue insoportable, es ahora comestible.

Pensaba añadir parte de esta Salsa Picante a la otra, pero finalmente decidí que cada quién se sirviera lo que quisiera.

Dicen que les gustó.

Personalmente, perdí el apetito de tanto ir probando por miedo a calcular mal sobre todo el punto de sal para diez personas. Además, de haberlo sabido, me habría conseguido una buena copa de vino blanco muy frío o un vaso de cerveza bien helada. No fue así.

Los dos niños de la nueva pareja de nuestra querida amiga Anja, resultaron ser vegetarianos que nunca habían comido yucas ni las querían probar. El arroz tampoco les atrajo. Alemania es el país de la papa o patata, volví a recordar. El país de las salsas gruesas a base de harina sin mayor gracia adicional. ¿Qué esperaba yo?

Nada.

La gran pregunta es: mi esposa, siendo alemana y conociendo a su ganado, ¿qué esperaba?

-¿Le da otra oportunidad? –me pregunta el juez.

-Muchas -le respondo.

HjorgeV

Colonia, 25-09-2007

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