EL GATO (relato)

-No debiste haberla tratado así, Julian –le dijo ella, sorprendiéndose de su repentino compasivo tono de voz respecto a Frau Ellenberg.

De pronto había sentido compasión por la anciana. Le parecía increíble, después de haberse pasado tantos años litigando con ella, muchas veces personalmente.

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Hasta antes del abierto enfrentamiento que acababan de tener con la que había sido su casera durante más de diez años y que pronto ya no lo sería, no había sido así. ¿Compasión con ella?

Al contrario, la mayoría de divergencias y discusiones que habían terminado en un caso para el abogado, habían partido de ella misma, no de Julian, de su propia impulsividad agresiva que normalmente podía controlar, pero no con la dueña del lugar donde vivían. Su tacañería era insoportable.

Momentos antes, al verlo a su esposo así, discutiendo con Frau Ellenberg tan convencido de sí mismo, hablando por ellos dos, se había olvidado por completo de todo y se había concentrado en él. En su rostro, en su mímica. En su cabello. Pronto tendría que ir al peluquero, se dijo, como perdiendo el enlace con la realidad inmediata.

Hacía mucho tiempo que no lo había vivido así. Tan exaltado, tan vibrante. En los últimos tiempos se había portado muy mal con él. Casi perversamente, a veces. ¡Es que podía ser tan desesperadamente pasivo!

Después había caído cada vez en una especie de vértigo que era como un terrible cargo de conciencia que le llegaba a pesar como un gran monumento al mal.

Ese tipo de estados anímicos era algo que la perseguía desde la primera vez que había hecho algo muy malo, muy perverso, en su niñez. El gato. No quería pensarlo más. El gato. Lo podía llegar a ver frente a ella tan vívidamente cada vez que sucedía algo así.

Como si el animal no se hubiera movido desde entonces y la siguiera observando con sus ojos muertos.

Podía ver sus garras y sus fauces abiertas iniciales, casi a punto de saltar sobre su rostro para atacarla. Entonces, tenía once o doce años, se había propuesto dejar de hostigarlo con el bastón del abuelo, por miedo a que la pudiera atacar. Pero había llegado a hacerle mucho daño al animal.

-¡Condenado gato! –se recordó maldiciéndolo y dándole golpes con el bastón.

Llevaban once años de casados. ¿Lo quería todavía? Difícil pregunta. ¿Difícil pregunta?

Se preguntó enseguida si esa respuesta no era el mejor indicador de que ya no era así. Pero vivían juntos. Se habían casado y no tenían hijos. Nunca los habían querido tener. Había sido una decisión mutua no tenerlos. Se sentía bien con él.

Llevaban más de diez años viviendo juntos. ¿Era querer a alguien no desearse seguir probando suerte en el mundo de las relaciones de pareja? ¿No querer interesarse por ningún otro hombre? ¿O solo se trataba de su falta de oportunidades?

El consultorio jurídico en el que trabajaba solía ser visitado por gente por la cual nunca había sentido ninguna atracción. Se trataba por lo general de hombres mayores, bien trajeados y con la cabeza y los ojos bien puestos sobre sus actas y sus particulares problemas. No recordaba de ninguna vez en la que alguno se hubiera interesado particularmente por ella.

¿O eso tenía que ver más bien con que pronto cumpliría los cuarenta? ¿Podía ser? ¿Sintiéndose ya vieja y sin atractivos a esa edad que no era edad? ¿Era por eso que pensaba que tal vez ya no lo quería a él, porque quería demostrarse tal vez que todavía podía ser atractiva como mujer en el mundo de allá afuera? ¿Sería capaz de dejarlo por otro hombre? ¿Volverlo a probar? ¿Una simple aventura?

Se sobresaltó, avergonzándose.

Se lo quedó mirando de reojo, mientras él conducía. Trató de concentrarse en el camino. Recordó la primera vez. Su mano temblorosa, rodeando tontamente su cintura desnuda. ¡Había sido tan tímido él! Once años de casados. Trece años de conocerse. Más de diez años viviendo juntos. Era para no creérselo. Sintió que las lágrimas pugnaban por abrirse paso en algún lugar inefable de su pecho y que una de ola de cariño la invadía de pronto.

Tal vez no lo amaba como ordenaban los manuales. Pero era suyo. Y ella le seguía perteneciendo a él mientras no cambiara de opinión.

Sonrió para sí.

Algo tenía que andar mal o muy bien en ella, se dijo, para pensar en esos términos sobre la relación de una pareja. Me pertenece. Le pertenezco. ¿Qué tonterías estoy pensando? Sonrió, otra vez, no sin cierta melancolía.

La mala conciencia empezaba a aflojar sus garras. El gato.

Nunca lo había visto así, tan exaltado. Hasta el color de su rostro había cambiado y sus facciones parecían más fieras al verlo así. De sus rasgos emanaba un resplandor que parecía iluminar la carretera.

Dentro de un par de semanas ya no tendrían que vérselas con Frau Ellenberg. Pasarían a ocupar una casa que al cabo de unos años sería suya. De ellos, como pareja.

-Ven, Julian –le dijo, tomándolo muy suavemente de la mano, pero conduciéndolo con firmeza al descender del automóvil en dirección al departamento que pronto abandonarían-. Quiero que te vuelva a temblar la mano al tocar mi cintura -le susurró cálidamente al oído.

Llevaba años sin hacerlo.

HjorgeV

Colonia, 04-10-2007

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