RACISMO: TODOS VENIMOS DE ÁFRICA (Cont.)

Tal vez el mejor libro contra el racismo ha sido escrito por un usamericano, Jared Diamond.

Se trata de Armas, gérmenes y acero, una traducción no muy feliz -en mi opinión- de Guns, Germs and Steel, porque ‘germs’ se refiere a ‘gérmenes patógenos’ y no a gérmenes en general.

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Curiosamente, en alemán, el título es más explícito aún: Pobres y Ricos, Arm und reich (el plural es optativo, en este caso). Porque Diamond en su libro trata de explicar justamente cómo es que se han formado naciones ricas frente a otras pobres en el mundo y que tal diferencia, se trata más bien de un desfase: los imperios europeos o emparentados con Europa que ahora gozan de una gran ventaja, la obtuvieron en su momento gracias, principalmente, a sus colonias. Y hacer aquello fue posible porque tenían las armas y la teconología para hacerlo (por eso la alusión al acero).

En muchos casos, además, las enfermedades que portaban a los nuevos mundos -América incluida-, y contra las que ellos ya habían tenido la oportunidad de desarrollar resistencias o inmunidad, se encargaron de diezmar las poblaciones de los invadidos, haciendo aún más  fácil su penetración en los nuevos territorios.

Jared Mason Diamond (Boston, 1937) es un biólogo evolutivo, fisiólogo y biogeógrafo que estuvo dedicado durante décadas a estudios antropológicos de campo en Nueva Guinea. Desde el 2004 es profesor de Geografía en la Universidad de California, después de haber ocupado una cátedra de Fisiología en la misma universidad.

En su libro, Diamond muestra, que la actual preponderancia económica del Norte sobre Sur y de Occidente sobre Oriente, tiene sus orígenes en la diferente disponibilidad inicial de recursos de los continentes y en el más rápido desarrollo de unas culturas frente a otras por esas mismas razones, y no en una supuesta superioridad racial.

¿Cómo pudo Pizarro con apenas 180 hombres sojuzgar al Imperio Incaico?, por ejemplo, es una de las preguntas que responde en su libro. O, también, cómo es posible que África no haya avanzado o no pueda avanzar mucho en su desarrollo.

Se ha especializado en buscar explicaciones no racistas en la historia del avance de nuestra civilización, pues considera que sin estas, muchos seres humanos tienden a buscar esas explicaciones en una supuesta superioridad de alguna raza o grupo humano.

Su compatriota James Watson, con sus provocantes afirmaciones (básicamente, que los africanos son menos inteligentes), muestra el mismo comportamiento erróneo: el hecho de que África siga subdesarrollada y apenas avance, lo quiere explicar él con una simple y supuesta ‘inferioridad racial’, de inteligencia, en este caso.

En este punto, yo me permito agregar y recordar, que el hombre (sobre todo occidental) se ha servido de las teorías racistas a lo largo de la historia, también por simple conveniencia.

No solo por ignorancia.

Los judíos alemanes que Hitler y sus consortes asesinaron por millones, eran propietarios de una inmensa fortuna. Fortuna, luego botín de guerra, que llegó a tener un nombre: el Oro Nazi. El sucio oro nazi.

Además, los nazis se apoderaron de los negocios, industrias, propiedades y objetos de arte de sus conciudadanos judíos, botín que después supieron aprovechar muy bien. Hasta el día de hoy, de alguna manera. Por más que se calle bien ese asunto en este país.

Para los españoles conquistadores de la época de Francisco Pizarro, los indígenas americanos (los incas y aztecas, entre otros) eran poco más que animales, simples perros que podían tratar y hacer con ellos lo que quisieran. Lo que suele hacer el hombre con otros animales. Además, como esas ‘bestias’ no creían en su dios cristiano, se sentían aún con más derecho de hacer con ellos lo que quisieran.

La historia de los imperios coloniales es más de lo mismo.

Los esclavos africanos ‘no podían’ ser personas para los esclavizadores blancos. No solo porque lo creían así, simplemente, también, porque les convenía creer así.

Es decir, la supuesta ‘superioridad racial’ siempre ha sido un invento puntual de los que han tenido la sartén por la mano en su momento histórico, llámense estos franceses, ingleses, holandeses, belgas, españoles o usamericanos. (No me estoy refiriendo -necesariamente- a los actuales ciudadanos de esas nacionalidades, por supuesto. No olvidar que no escogemos nuestros padres ni el lugar ni el momento donde nacemos.)

La supuesta ‘superioridad blanca’ ha sido históricamente, insisto, un simple deseo que, en sus épocas correspondientes, ha servido para justificar todo tipo de abusos, injusticias y barbaridades.

También en la actual, claro, pero mucho más sutilmente.

(Esto me lleva a pensar que si alguna vez los islamistas extremistas llegaran a ganarle el pulso a los actuales líderes occidentales -parte de éstos con comportamientos parcialmente demenciales, injustos, crueles y ridículos-, no nos debería llamar la atención que acudiéramos a un nuevo escenario de una supuesta superioridad racial o étnica esta vez de otro signo. Imagínenselo ustedes mismos. Y, por favor, traten de verlo como el queso que le devuelven otros pueblos a Occidente, porque otra cosa -básicamente- no es.)

Pero volvamos a la anécdota que había mencionado.

La conozco justamente por Diamond. Antes de pasar a contarla, tengamos en cuenta que los aborígenes australianos deben haber llegado a poblar su continente hace aproximadamente unos 45.000 a 50.000 años.

No existe absoluta claridad en este punto.

Debieron llegar siguiendo la expansión demográfica humana que ya había poblado Eurasia.

Fueron de los primeros hombres en navegar grandes distancias marítimas, en un tiempo en que no había hecho su aparición aún la escritura ni la agricultura en el mundo.

Eran típicos cazadores (sobre todo pescadores, seguramente) y recolectores nómades con una característica muy especial, la misma que debieron tener los primeros pobladores de América, del continente americano:

Eran ya unos grandes y expertos navegantes para su tiempo.

Es decir, los primeros habitantes australianos, los ancestros de los aborígenes de Australia, fueron en su época los seres humanos del planeta más avanzados tecnológicamente. Algo que, extrapolado al presente, los pone a la misma altura de los astronautas que han llegado a la Luna y se mueven por el espacio hoy.

Bueno, pues, esos primeros fantásticos hombres se quedaron en Australia y se adaptaron a su suelo, su geografía y su clima, tan hostiles por lo demás. Se quedaron aislados durante miles de años, entre otras cosas porque las condiciones geográficas y climáticas cambiaron también.

La anécdota que vengo prometiendo ilustra claramente los graves errores que se pueden cometer por no entender que la óptica con la que se miran las cosas -y tal vez la única que conocemos- no tiene por qué ser la correcta, como afirmo que es el caso de Watson.

A finales del siglo antepasado, un grupo de expedicionarios –en su mayoría ingleses- se puso como objetivo cruzar el continente australiano de sur a norte. Pretendían sentar las bases para instalar las líneas de telégrafo a lo largo de Australia. Algo que recién consiguió en 1862 John McDouall Stuart.

Se trataba de colonos (invasores, en realidad), parte del mismo grupo de gente que había llegado a ese continente y que se había asombrado de encontrar grupos humanos –los aborígenes- que vivían casi como en la edad de piedra.

¡Tantos miles de años y no han sido capaces de desarrollarse como nosotros! –era lo que seguramente pensaban, cuando pertrechados de compases, caballos, telescopios, provisiones, rifles, brújulas, sextantes, mucha agua y armas de fuego, partieron con su expedición.

(Hasta ahora se suele callar desde el punto de vista occidental, que también los primeros invasores que llegaron a Australia, encontraron diversas civilizaciones que vivían de la pesca fundamentalmente y de la agricultura, pero que sus tierras les fueron arrebatadas por los ingleses. Esos aborígenes –vamos a decir- los más exitosos de su tiempo en su duro continente, probablemente murieron todos a manos invasoras; si no lo hicieron de forma directa, por lo menos a causa de las enfermedades –gérmenes patógenos- importados.)

Poco antes de alcanzar su objetivo y creyendo que no les sería posible hacerlo, los expedicionarios decidieron detenerse y una parte de ellos regresó en busca de ayuda. Estos hombres tampoco tuvieron mucha suerte en su encomienda y habrían muerto en el camino si un grupo de aborígenes no les habría enseñado cómo no morir de hambre ni de sed en el desierto.

La mala suerte de este grupo fue que uno de ellos –lo más probable es que por simple fanfarronería- mostró e hizo uso de su arma de fuego y eso provocó la huida en estampida de los aborígenes.

Cuando el grupo que los esperaba regresó, al ver que tardaban, solo encontró los esqueletos de sus compañeros. El resto se lo habían comido aves carroñeras, roedores e insectos.

¿Enseñanza de esto?

Los aborígenes bien podían haber exclamado:

-¡Tantos años de civilización y conocimientos, tan bien equipados y pertrechados, y no son capaces de sobrevivir en un simple desierto sin ayuda nuestra ni un par de días!

¿Quiénes eran o fueron en este caso los más inteligentes?

Eso depende de cómo se vea la cosa.

Regresemos al tema que nos ocupa.

Watson basa su apreciación en la escasa o nula respuesta africana ante la ayuda que Occidente le da.

Es decir, algo así como: “Miren cuánto tiempo llevamos ayudándolos y no han podido avanzar ni un centímetro en su desarrollo”. Puede llegar a ser desesperante verlo, sí.

Pero tratemos de ver las cosas como en el caso de los aborígenes australianos.

¿Cómo se puede hablar de inteligencia en África cuando el problema principal es la alimentación y la falta de educación, infraestructuras mínimas y alto grado de corrupción a nivel estatal?

En este punto, el científico Watson muestra ser poco o nada inteligente. Seguramente se trata de simple ignorancia. ¿Conoce la historia universal, habrá leído sobre África o la habrá visitado? ¿Sabe, por ejemplo, que la corrupción siempre es una historia con dos caras: el que se deja corromper y el que corrompe, y que en esta última está el llamado hombre blanco en este caso? Lo dudo.

Veámoslo en otras partes del planeta.

Se suele decir que Latinoamérica no avanza porque no quiere.

¿Qué tanto de cierto hay en esto?

Si fuera cierto que no lo hace porque sus habitantes y sus dirigentes no lo quieren, creo que sería una obvia contradicción: ¿quién no quiere avanzar, ver a sus hijos bien alimentados y educados?

Si las cosas no funcionan, en vez de tratarlo de ver desde el punto de vista occidental (lo que funciona en Alemania, España o EEUU no tiene por qué funcionar necesariamente en nuestros países y viceversa), deberíamos tratar de preguntarnos por qué.

Según mi punto de vista, la mejor enseñanza -a lo largo de siglos- que dejaron los invasores españoles de ese tiempo es que el que tiene las armas y el poder, hace lo que quiere. Por eso, actualmente, la cultura de la viveza tiene fuerte arraigo en países como el mío, el Perú.

Por otro lado, los españoles de entonces destruyeron toda una cultura y, cuando se fueron, tres siglos más tarde, dejaron otros representantes de los mismos intereses, líderes elitistas que no representaban para nada -o muy poco- los intereses del resto de la población y que hicieron lo posible por tratar de perpetuar el esquema social, ahora en su poder.

Veámoslo en ejemplos más triviales.

Como he tenido la suerte de aprender a cocinar (lo hice en tierras teutonas por simple necesidad de no tener que pasar hambre, porque la comida alemana no me gusta), he comprobado también que la mayoría de mis amigos y conocidos alemanes, muchos de ellos académicos y profesionales, apenas pueden poner la mantequilla y el queso en su pan. Tal vez ‘cocinar’ un huevo duro. Y, estoy seguro, que, de hacer una competencia a ver quién lo hace más rápido, la mayoría no aprobaría la prueba. (¿Saben ustedes calcular a cabalidad, cuánto necesita hervir un huevo para que esté duro? Hagan la prueba.)

¿Tendría que colegir que mis amigos y conocidos alemanes no son inteligentes?

Pero, un momento, ¿se necesita de cierta inteligencia para saber cocinar? ¿O para jugar a la pelota? ¿Para bailar, acaso?

Actualmente la ciencia reconoce varios tipos de inteligencia. Se habla de siete inteligencias diferentes.

Termina mañana…

HjorgeV

Sinthern-Pulheim, 19-10-2007

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