OTRA VEZ PARÍS

La tomé como era.

La miré y traté de descubrir en qué parte de su cuerpo o de su vestimenta había invertido más tiempo. Creía que eso a las mujeres les gustaba, que uno supiera de sus esfuerzos. El poder de observación y el halago juntos de la mano.

¡Cuánto me equivocaba!, sin saberlo.

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Me temblaban las piernas de ese solo atrevimiento, pero ya estaba ahí. Frente a ella.

Guapa de película, como diría –tal vez- un español. Simpática, como diría un peruano. Diosa, quizás, un argentino. Pero ese vaho como a melancolía que impregnaba todo lo que pudiera ella hacer o decir, y que se dejaba traslucir en sus movimientos, era la verdadera y profunda razón por la que yo me había atrevido a hablarle.

De los hombres sé muy poco. De las mujeres menos, a pesar de haberme criado prácticamente solo con ellas. Me fascina la estupidez de las personas en general. También la mía, claro. El egoísmo absurdo en todo nivel, en toda latitud y en toda época. Lo que el hombre se permite con el hombre en nuestra nada presentable historia mundial.

En ese tiempo no sabía, ni había aceptado que lo que llevamos puesto es tan perecedero como en cualquier otro ser vivo. El traje que ahora llevamos es el que después reemplazará temporalmente uno de madera –en el mejor de los casos- y, después, la pura madre tierra.

Busqué lo mejor que sinceramente pude descubrir en su rostro, en sus atuendos o en las cosas que llevaba y se lo quise decir. Pero no pude. No llevaba maquillaje, como la mujer de mis sueños y con la que tantas veces en mi país había soñado. Y no había tenido.

En cambio salió otro tema de mis labios, como si un estúpido –uno aún mayor que yo- hubiera tomado posesión de mi cuerpo. La simple y terrible verdad.

-En realidad, solo me gustaría practicar alemán contigo –le dije.

Es una de las frases más tontas que he dicho en mi vida. Lo sé ahora y lo supe cuando ya había dejado mi cuerpo y era imposible el retorno. Pero también era real y sincera.

-Me muero por conocerte –tendría que haber sido la correcta. Pero somos capaces muy rara vez de ser tan sinceros.

-¡Es el afane más estúpido que he escuchado en mi vida! – me contestó.

Eso no lo dijo ella, claro. Es solo la traducción de lo que dijo en alemán. Pero creo que así se hablaba en mi ciudad en esos tiempos, en la ciudad de la que me separaban escasos diez mil o más kilómetros y un par de meses de distancia real. Afanar. Afanarse a una hembrita, era lo que se decía.

(Curiosamente, acabando de consultar el diccionario me encuentro gloriosamente con lo siguiente:

afanar.

(Der. del ár. hisp. faná, y este del ár. clás. fanā’, extinción o agotamiento por la pasión).

1. tr. vulg. Hurtar, estafar, robar.

2. tr. p. us. Trabajar a alguien, traerle apurado.

3. intr. Entregarse al trabajo con solicitud congojosa. U. m. c. prnl.

4. intr. Hacer diligencias con vehemente anhelo para conseguir algo. U. m. c. prnl.

5. intr. Trabajar corporalmente, como los jornaleros. U. t. c. prnl.

Es decir, en ése mi caso, ¡todas las acepciones y la misma etimología de la palabra coincidían con lo que yo estaba haciendo o me proponía hacer!)

-¿Qué te crees, estúpida? –quise preguntarle.

Le dije algo muy parecido porque ella me respondió:

-¿Y tú quién diablos te crees?

-Nadie. Absolutamente nadie. Solo me gustaría practicar mi alemán contigo. Sé que tienes novio. El asiático ese alto y con sombrero que siempre va contigo. Pero he escuchado en alguna oportunidad que hablas alemán y supuse que serías alemana. Eso es todo. Eres altísima, demasiado para mi gusto; tienes novio, está claro que eres muy guapa. Lo sabes. Está bien. Pero eso no te da derecho a decir esas cosas.

-¿Qué cosas?

-Que quiero levantarte, afanarte o como se diga.

Ella suspiró y luego sonrió. ¿Cómo pueden soportar vivir siendo siempre observadas mujeres tan hermosas como ella?, me pregunté.

Cerré los ojos esperando una bofetada. O esperando que cuando los abriera ya se hubiera ido.

Cerré los ojos para decirme, lo querías hacer y lo has hecho, ahora ponte a caminar. Sigue tu camino. A seguir corriendo por París. Por el mismo París que sigue siendo un gran monstruo desconocido para ti.

El París de dejar morir los atardeceres sentado en el suelo en la plaza del Beaubourg -junto al Centro Pompidou- viendo como todos los diversos grupos de turistas, magrebíes, borrachines y demás, se emborrachan bebiendo alcohol y tú yogur líquido. El París que recién empiezas a entender y no sabes si vas a poder soportarlo.


Desde Lima, la capital del imperio colonial español que Pizarro había fundado sin saber lo que le esperaba climáticamente –y que un par de meses después ya no podía volver a cambiar porque lo acababa de hacer con Jauja, primera capital fundada en medio de los Andes- había llegado yo a París no hacía mucho tiempo atrás.

La Ciudad Luz me había mostrado casi inmediatamente sus garras. Pero ahora, por lo menos, yo ya no tenía miedo de cerrar los ojos.

-¿Me permites que lo piense? –me preguntó ella, substrayéndome de mi semimundo de ensoñación al otro lado de la realidad.

Por un momento no entendí su pregunta. ¿Me la estaba haciendo a mí? ¿Qué tiene que pensarse?, me pregunté.

Pero, para empezar, le sonreí tontamente.

Y asentí, sin atreverme a decir nada más, por un momento.

 

HjorgeV

Sinthern-Pulheim, 22-10-2007

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