BORRACHO Y PUNTO

Lo dijo un político alemán del Partido de los Verdes no hace mucho, muy indignado, por cierto:

“Nos rompemos el cuello para declarar que nos interesa el desarrollo del Tercer Mundo, pero no tenemos escrúpulos cuando se trata de arrebatarle a sus más destacados profesionales y su mejor y más joven mano de obra”.

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Se refería a un proyecto de ley alemán que propugnaba la creación de una especie de Green Card para ciudadanos extranjeros –básicamente especialistas informáticos de la India- interesados en trabajar en Alemania.

(Propongo un nombre: la German Card, que ya a más de uno tiene que habérsele ocurrido.)

Este caso particular me vino a la memoria, cuando me vi confrontado con el triste caso de la muchachita ecuatoriana que fue atacada por un cobarde la semana pasada en un tren de Barcelona.

El hombre fue detenido pocas horas después, dejando una cosa bien clara: la policía española supo reaccionar en la medida adecuada en este caso.

Me acordé, entonces, de lo que escribí ayer aquí, que Europa debería agradecer que los inmigrantes que llegan, lo hacen tratando de buscarse simple y llanamente un destino mejor, trabajando para ello, y no a ‘desquitársela’ por los años de expolio, esclavismo y abusos sufridos por sus antepasados en las antiguas colonias europeas.

(Que también llegan sujetos indeseables con las migraciones está de más decirlo, tanto como creer que si no llegaran esos sujetos no existiría la delincuencia en este continente.)

El video lo muestra: una tranquila y discreta muchachita sentada en un tren de Barcelona.

Esa es la otra cara, pues, de la inmigración: la llamada fuga de talentos y de la mejor mano de obra de los países del Tercer Mundo. Encima, les cae palo (patadas y golpes, en este caso) por hacerle un gran favor recíproco al país al que llegan: al fin y al cabo, eso es lo que también dicen las estadísticas económicas.

Eso es el racismo y la xenofobia.

Mostrar un rechazo visceral, puramente visceral, contra quien no tiene tu mismo color de piel ni tu procedencia.

Lo paradójico es que el asunto no es del todo transparente. Las mismas personas que afirman despreciar ciertos grupos étnicos, se sirven y se han servido de ellos en determinados campos y actividades.

Allí tienen para no ir muy lejos, la música latina que se escucha a lo largo y ancho de España y los jugadores de origen africano que aplauden los españoles cada fin de semana en los estadios y frente al televisor.

Los esclavos africanos eran para los imperios coloniales europeos y para los usamericanos seres de ‘menor categoría’, pero qué bien que los hacían trabajar para ellos. A cambio de pan, agua y látigos.

Tan mala no tenía que ser esa ‘categoría’, entonces, para dejarlos hacer los trabajos más duros y ruines.

El caso de España es especial, me digo, porque ese país soporta varias olas migratorias actualmente.

Por una parte tiene la de Europa Occidental y del Este, ésta última debido principalmente a la ampliación de la Unión Europea. Luego tiene el contingente de africanos que llegan desesperadamente por vía marítima. Y los latinoamericanos, que constituyen la tercera parte de todos sus inmigrantes. (Los asiáticos y gente de otras nacionalidades, los dejamos de lado, por ahora.)

Según el censo del INE, Instituto Nacional de Estadísticas, de 2007, el 9,93% de la población de España es de nacionalidad extranjera.

Es decir, más o menos uno de cada diez no es español en ese país ibérico. El mayor grupo inmigrante lo forman los europeos con 38,81%.

36,21% del total de inmigrantes son de origen latinoamericano.

21,06% son de Europa Occidental.

17,75% de Europa del Este.

14,83% de África del Norte.

4,12% de África subsahariana.

Las nacionalidades más comunes son la marroquí, la rumana, la ecuatoriana, la británica y la colombiana.

Esto es curiosísimo, porque las nacionalidades relacionadas –las de México y Perú- con los dos virreinatos españoles más importantes –el Virreinato de Nueva España y el Virreinato del Perú-, apenas están representadas en la inmigración española en comparación con las demás.

De ese total de 36,21% de inmigrantes de Latinoamércia, solo el 2,31% lo conforman mis compatriotas peruanos. Y los mexicanos no figuran, prácticamente, en las estadísticas. Prefieren irse al país del norte, debe ser por eso.

A esto hay que agregar que el número de inmigrantes latinoamericanos es, en realidad, mayor. Muchos de ellos conservan la nacionalidad de sus padres y abuelos, pudiendo, además, recibir ayuda estatal para establecerse, por tratarse de un caso especial de ‘retorno’.

Por otra parte, los latinoamericanos inmigrantes tienen más facilidad para nacionalizarse –solo el idioma común ya es una ventaja para ellos- y adquirir el pasaporte español, dejando de figurar así en las estadísticas migratorias.

Finalmente, el alto porcentaje de italianos censados en España (cerca de 120.00, el 2,79% del total) corresponde, en su gran mayoría, a descendientes de italianos procedentes de Uruguay, Argentina y Chile.

Con todo esto, se tiene un potaje muy interesante, pero a la vez fuente de muchas rivalidades, absurdas y tontas la mayoría de ellas.

Por otra parte, si el idioma resulta inicialmente una ventaja para un inmigrante latinoamericano, después es el que permite entender las quejas y los insultos de los españoles xenófobos y racistas, como en este caso. Los británicos y alemanes que viven en España, apenas se enteran de lo que hablan de ellos, por ejemplo. Y lo mismo vale para los ciudadanos de otros países que aún no dominan el idioma.

(Aquí tienen el otro lado absurdo de la construcción xenofobia/racismo/ventajismo: cuando los inmigrantes son ‘blancos’ y pudientes ya no molestan, y apenas se nota.)

Pero volvamos al caso que nos ocupa. El agresor de la joven ecuatoriana, por ejemplo, sabía que ella le estaba entendiendo todos sus insultos.

Sergi Xavier M.M. ha dicho a los medios de comunicación:

“Se me ha ido la olla, pero mucho”.

Desconozco, lamentablemente esta expresión y no me puedo imaginar qué pueda significar concretamente, salvo que es equivalente a que ‘se le fue la mano’. En el diccionario de la Real Academia no figura ese uso. (¿’Se me ha quemado la olla’, será lo más próximo.? Porque, ¿cómo será eso de que una olla se le va a uno? A mí, que me gusta cocinar, no se me ocurre mucho.)

Me llaman la atención, eso sí, dos cosas.

La primera. El País usa dos nombres para referirse al agresor. Por un lado Sergi y, por otro, seguramente castellanizado ya el nombre, Sergio.

La segunda. El diario protege su identidad. ¿Por qué?

(Esta deficiencia ya ha sido corregida.)

Pero sigamos. En otra parte de su declaración, publicada por El País, el ‘valiente’ agresor agrega:

“Iba borracho y punto”.

Creo que esta declaración sirve para aliviar en un sentido: se trata de un pobre y triste individuo, del cual ya se tenían noticias por ciertos antecedentes policiales. En el video que acompaña a la siguiente nota, se puede ver que sigue con sus poses de fanfarrón y matón de pueblo frente a los periodistas.

La muchacha ecuatoriana, por su parte, afirma:

“Borracho no estaba”.

Sospecho que la muchacha no miente y que Sergi Xavier Martín Martínez estaba bajo los efectos de alguna otra droga. Por la forma de levantar la pierna para patearle la cara y teniendo en cuenta que seguía telefoneando estando el tren en movimiento, es muy difícil creer que no esté mintiendo al decir que “iba borracho y punto”.

Debe mentir para evitarse más conflictos, por cuestiones de drogas (ilegales), con la policía.

Lo que quiero decir, es que parece ser que esta agresión racista y xenófoba no representa todo un movimiento organizado de personas, como los neonazis aquí en Alemania. Se trata del acto de un tipo medio desquiciado, ignorante y que vive casi al margen de la ley.

Sin embargo, eso no deja de preocupar.

Veremos cómo reacciona la justicia española ante este grave caso ciudadano.

Por lo pronto, la policía española, repito, ha cumplido a cabalidad sus funciones por las que recibe dinero de todos los contribuyentes. Eso hay que elogiarlo sin cortapisas.

Para mí, personalmente, este funesto suceso es más grave que una simple caricatura de la familia coronaria española, familia que, en caso de dejar de percibir los 8 millones de euros que recibe anualmente –vaya a saber uno para gastarlos cómo-, no tendría seguramente ningún problema para sobrevivir. Y bien.

Los comentarios que adornan la noticia correspondiente ya están mostrando el rostro nervioso de esa parte de España que cree que las migraciones se pueden detener y que los españoles nunca emigraron a otros países.

Fuera por simple lucro o necesidad.

La memoria histórica, es lo que quería decir ayer, también, es uno de los cursos no escolares más duros con el que se tienen que enfrentar muchas sociedades en el mundo.

Muchos españoles olvidan –o ignoran- que, desde que Colón llegó a América, millones de españoles han partido hacia tierras latinoamericanas. E, inicialmente, no precisamente a trabajar, como todos sabemos.

 

Los principales países receptores en épocas más modernas han sido, tradicionalmente, Argentina, México, Brasil y Cuba.

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Desde 1830 hasta 1914 millones de españoles estuvieron involucrados en la emigración como temporeros a Francia: como mano de obra barata para las tareas agrícolas.

Después de la Segunda Guerra Mundial, un par de millones de españoles partieron masivamente a Francia, Suiza y Alemania a buscarse un futuro digno. Muchos regresaron para volver a instalarse en su país con lo ahorrado en el extranjero.

¿Y qué decir de la migración española al norte de África y la misma migración del campo español a las ciudades?

Como ya se ve, muchos tienen memoria histórica solo para lo que les conviene. Si es que la tienen.

¿Tan difícil es entender que es mejor darnos la mano todos?

HjorgeV

Sinthern-Pulheim, 24-10-2007

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